Acerca de Jaime Poncela.

Periodista, redactor publicitario, controlador de redes sociales, cincuentón, bocazas, depresivo, cáustico y aspirante a vividor y/o rentista.

Fiambre

En las cenas de verano se sacan los fiambres cuando hay que improvisar un refrigerio con los amigos. Cenar fiambres es como no cenar en realidad, pero tiene ese punto de creatividad, ligereza, innovación e imaginación que hace pasar por alto la dudosa procedencia de esa mortadela con tal de no tener que meterse en la cocina a preparar alambicadas recetas en las que no puede faltar alguna reducción de Pedro Ximénez. Sacar el fiambre quiere decir “me habéis pillado en bragas, pero como son enrollado os improviso un picoteo”. Y esto es más o menos lo que pasa con el nuevo Gobierno. Invitó a muchos amigos a la fiesta de verano en la que iba a celebrar la reconquista del poder por parte de la izquierda y la marcha de los corruptos y apandadores, y se ha encontrado con que lo único que había en la nevera para acompañar los festejos era un fiambre: el de Franco. Y a falta de políticas y decisiones de más sustancia que no se van a lograr porque los socios del presidente Sánchez son muy glotones y no se van a la cama con menos de una mariscada entre pecho y espalda, el presidente se ha visto obligado a poner fiambre franquista en la mesa del Consejo de Ministros para contentar a los invitados al festín. Se han ido cortando las lonchas amojamadas del dictador y se han ido sirviendo en raciones pequeñas y muy anunciadas entre los corrillos que han acudido a los jardines de Moncloa. A la derechona hispana, tanto a la que que lo pareció toda la vida como a la que andaba disimulando, lo de sacar el fiambre le ha parecido inapropiado. No olvidemos que ellos llevan casi un siglo alimentándose del caldo gordo que se cocina con los huesos del dictador en la fosa común con forma de olla podrida llamada el Valle de los Caídos.

Esto no tiene arreglo.

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Héctor Jácome. Nuestro sabio.

Dice Serrat que prefiere los sabios por conocer que a los locos conocidos. Serrat es mi Biblia laica, aquella que no tiene más dogma que el sentido común, la ternura, la ironía y el sentimiento mágico de la vida. Esa es la razón por la que la consulto a menudo y me conozco de memoria algunos de sus versículos, versos y culos más inspiradores. De manera que cuando conocí a Héctor Jácome no tuve duda de que prefería toda su sabiduría mezclada como en cambalache, que a la de cualquier loco conocido con varios máster de la universidad más cara del mundo.

Héctor Jácome, que tendrá cuarenta y algo para siempre, es artista fotógrafo de tiro largo y certero, feliz en sus tormentos, largo en largos abrazos, proclive al beso y al verso en prosa, monógamo sucesivo, mujeriego por necesidad y no por vicio, solitario que reclama compañía, miembro de la más pulida aristocracia del barrio que se conoce en ciertos bares, arquitecto que no ejerce de ello para poder llevar a cabo la construcción de mundos que tiene la gentileza de compartir con los demás, ciegos nosotros para ver tanta magia como la que Héctor descubre en una tapa de alcantarilla nevada, en la barbilla de una mujer, en una huella suelta, en un paredón salido del derribo, en la mirada lánguida de un simio.

El día que Héctor me vendió un libro y me lo devolvió mil kilómetros después de perdérmelo adornado con un penacho de pelos de chimpancé como marcapáginas, me quedó claro que había tenido la suerte de topar con un ser irrepetible y sabio, feliz en sus melancolías, triste con los tristes, alegre con reparos, como hay que estar si se es sabio como él, amable siempre, dispuesto a abrir esos enormes brazos y a no dejar de amenazarte con más besos y abrazos por mucho que tú seas un poco sieso y huyas de los cariños de Héctor Jácome.

Lamenta y disfruta a la vez de la vida que tiene. Lamenta a un tiempo que se hayan ido otros tiempos que fueron mejores o simplemente anteriores, pero disfruta de estos tiempos de ahora y va creando los tiempos futuros a base de fotografías espléndidas, mágicas, fotos que están en libros como “Pequeñas notas para una canción de invierno” donde el paisaje invernal de una ciudad cualquiera parece un pastel de azúcar glas, y la nieve revela que no somos nadie si no la pisamos, que ella es la que testifica que aún seguimos. Esto lo ha conseguido ese tipo excesivo y despeinado que se llama Héctor Jácome.

Héctor Jácome pudo haber sido un magnífico pirata, un vociferante sheriff del condado, un afgano con harenes y camellos, un monstruo amable de Disney, un poeta romántico con unas envidiables caídas de ojos, un fugado de Alcatraz, un vizconde arruinado, el mismísimo Greystoke, el juez de la horca, la sota de bastos con barba, un misionero renegado de los que busca la fe por su cuenta, un tratante de caballos, un profeta o un chamán. Puede que Héctor sea todos esos tipos a la vez y por eso es Héctor. Puede, incluso, que por ser toda esa mezcla de seres que viven en él sea el artista que es y sea, además, un ser humano y hasta sobrehumano al que es imposible no querer y no añorar cuando nos faltan sus abrazos de sabio y sus besos de niño.

Canallas tóxicos

Parece ser que las descargas de la canción “Despacito” producen una emisión de gases a la atmósfera equivalente a la que realizan 100.000 taxis durante un año. Siempre me maravillará la cantidad de tiempo libre que tiene alguna gente para dedicarse a realizar estudios y cálculos tan exactos como prescindibles. Lo que no entiendo es por qué las emisiones de gases las tienen que hacer los pobres taxistas y no los coches cualesquiera o las siderurgias. En fin. Al margen de estas dudas de menor cuantía científica y demoscópica, me gustaría proponer desde esta tribuna de proyección mundial (calla, ho) que alguien haga un informe sobre la equivalencia en gases tóxicos que provienen de las canalladas que vierten a diario en las redes sociales cierta camada de hijos de cien mil soldados para quienes la verdad, la decencia, el decoro, el respeto por la honra ajena o el simple concepto del buen gusto son elementos que desconocen profundamente porque desprecian cuanto ignoran y sentencian acerca todo con un palillo en la boca.

Hay emboscado tras el matu de las redes sociales un mugriento y tóxico hijoputismo tabernario que insulta a migrantes, homosexuales, mujeres, cicloturistas, funcionarios… y que se expresa mediante presuntas muestras ‘artísticas’ (memes, cartelitos, gifs animados, etc) cuya única finalidad es dar soporte al insulto impune y anónimo, basado en afirmaciones falsas e insostenibles, que si se enfrentan a la prueba del algodón de la realidad no tienen un pase; si se caen de su papelín grasiento se matan.

Calumnias, amenazas veladas o directamente abiertas, burlas de la peor especie hacia personas de trayectoria personal y profesional intachable, colectivos indefensos, o personas que son diferentes, se hacen pasar por sesudos manifiestos contra ciertos maléficos ‘poderes’ con la justificación intelectual y aún justiciera de que cualquiera que ostente un puesto de responsabilidad en cualquier institución, empresa, club de fútbol, asociación de vecinos o lo que sea, tiene que aguantar en silencio (como las almorranas) ser insultado en sede pública y callejera por una morralla de zánganos, resentidos, manipuladores, acomplejados y mentirosos profesionales.

Tratar de defenderse de forma directa de tales lindezas será celebrado como una nueva victoria del batallón de cucarachas que, atechadas bajo este nuevo fuenteovejunismo de la peor calaña, promueven el ‘montonín’ de patio de colegio donde a mayor confusión, mayor diversión para quienes estimulan estas algaradas virtuales con escupitajos en tecnicolor. Si alguien protesta tratando de desmentir las calumnias que se le atribuyen como un sambenito inquisitorial, la tropa ratonil que ejecuta el libelo de turno verá, por un lado, refrendado su encomiable intento de poner “en su sitio” a cualquiera que no piense como ellos y, por otro, estos seres de piel sensible apelarán de inmediato a la manida libertad de expresión como amparo de cualquier canallada, una libertad que solo circula en una dirección, que solo es para estos adolescentes tardíos, inquisidores de medio pelo que, para colmo, emiten juicios desde una dudosa autoridad moral que huele a meados de gato.

Tal vez todos seamos culpables de este encanallamiento generalizado por comisión, omisión o ignorancia, por formar parte activa de una sociedad en la que una cabeza piensa y veinte embisten y donde todo es un espectáculo, todo vale, todos mienten y las voces de la serenidad, el diálogo y la negociación son despreciadas porque no contribuyen a la charada general en la que los reptiles salen ganando y emitiendo gases tóxicos en nuestra precaria convivencia.

Corruptio optimi pessima

No sé si me produce más estupor el chalecito en la sierra de los jefes de Podemos o el numerito de someter a la votación de la militancia su continuidad en las respectivas poltronas tras cometer ese delito de lesa ideología que consiste en comprar las camisas en Alcampo y los chalés en la inmobiliaria que frecuentan De Guindos y la casta. Como el referéndum auto convocado para el lunes por esta pareja feliz tenga las mismas garantías que el que se perpetró en Gijón para autorefrendar el pacto con Foro Asturias de Xixón sí Puede, mucho me temo que el resultado va a estar más que cocinado. Estos finos estrategas no dan puntada sin hilo, nunca la han dado, de manera que en este lamentable espectáculo político-inmobiliario-conyugal tiene que haber gato en cerrado. O los señores de Iglesias-Montero quieren darse un baño de masas, blindar su autoridad por los siglos de los siglos y quedarse con el santo y la peana (el cargo y el chalé) tras obtener un masivo refrendo de su depurada y ordenada grey, o esta es una fenomenal disculpa para dar el portazo, irse al chalé a ver crecer a los gemelos remojando los juanetes en la pileta, y dejar que el invento morado lo gestionen otros. Si no alcanzamos los cielos nos conformamos con la piscina, deben haber pensado los chavales.

Este sainete parece uno de aquellos acertijos que Kiko Ledgar (que los improbables lectores mileniales me perdonen esta viejuna referencia televisiva) en los que el presentador del “Un, dos, tres” hacía sufrir a los concursantes (amigos y vecinos de Galapagar) con acertijos y trabalenguas para que eligieran un premio escondido que podría ser un apartamento en Marbella, un Seat 1430 o una calabaza. La diferencia entre Iglesias y Ledgard es que el líder de Podemos es presentador y concursante a la vez y sabe detrás de qué puerta está cada regalo, de manera que pase lo que pase, ellos siempre ganan. Ya se verá.

Cierto es que en un país lleno de chorizos y chorizas, puertas giratorias, licenciaturas falsas, tipos que se hacen llamar presos políticos o afirman estar en el exilio, sobres de dinero “b” y mucha basura más, debería ser anecdótico que dos diputados se comprasen un chalé de 600.000 pavos. Allá ellos con su dinero. El problema es que después de tanto tiempo dando la tabarra a todo dios desde una supuesta superioridad moral, desde la verdad absoluta, y anunciando limpiezas estalinistas hasta en las escondidas alcantarillas del Estado, no era esperable una cantada de este calibre y menos aún que sus protagonistas no previesen el efecto de la operación.

Uno lo siente por esos amigos que tiene que (cada vez menos) aún siguen creyendo que Podemos era la solución a la podredumbre política hispana y se han quedado de una pieza con este asunto del chalé. Una máxima clásica (perdonen la pedantería) atribuida a Tomás de Aquino sentencia que “corruptio optimi pessima” o sea que la corrupción de los mejores (o de quienes como tales se nos presentaron) es lo peor. Eso pensarán estos días gentes a las que también gustaría tener un casoplón en la sierra, pero no pueden y nunca se fiaron de quienes hablan de austeridad y solidaridad desde el porche de un chalé de los de a 600.000 la unidad. En cualquier caso, la política española está muy enferma y no parece que haya nadie capaz de ponerse al frente del equipo médico.

El Grado

El fangal que se está armando con la cosa del  Grado de Deportes de la Universidad vuelve a retratar a nuestra pobre pero vociferante Asturias que no se entiende ni hablando en castellano, cómo para entenderse falando en llingua o en lo que sea. Aquí somos más de faltar, fallar y  follar que de falar y dialogar en cualquier idioma. Basta con poner un caramelo, un campus, un Grado, un campeonato de chapes, a la puerta del colegio para que el patio se revuelva en el afán desmedido de colgarse medallas políticas en el reparto de la miseria que de vez en cuando nos cae de alguna parte. Mieres quiere el Grado porque ser de las Cuencas es un grado, al parecer, y si no le dan el grado dice el señor alcalde Aníbal que da una patada al calderu y que se acaba cualquier colaboración con el resto de Asturias, y hasta dicen que se niegan a colaborar con el viejo y revivido asunto del Área Metropolitana, cómo si alguien supiera lo que es.

Por cierto que el único que lo sabe todo de la cosa del Área es el profesor Aladino Fernández, eminencia gris es eso tan abstruso que es la ordenación del territorio. Aladino, que fue además alcalde de Langreo, es un gran geógrafo amén de un tipo discreto que no suelta prenda sobre esta repentina resurrección de una concepción global de Asturias que es imposible de poner en marcha cuando aquí somos más cantonalistas que Cartagena. Pues eso.

Está bien lo del Grado, ¡viva la Universidad! Se anunció la cosa y todos al montonín, a ver quien saca más partido del anuncio (que por ahora no es más que eso) y a meter empujones a la Universidad de Oviedo (que a ver cuando ye de Asturias) para que decida pronto, que se acerca la campaña electoral, carajo, como si esto fuera una alcaldada más de las de por mis cojones y no un asunto que requiere tiempo y sensatez, análisis, imparcialidad, además de mucho dinero. Y en esto viene Gijón y levanta el dedo para decir que, ojo, en esta ciudad hay una piscina y un polideportivo por barrio cuadrado, además de una panoplia de pistas, velódromos, hipódromos y toda la pesca, a la que hay que añadir detalles como el porrón de socios e instalaciones del Grupo Covadonga, el Santa Olaya, el CHAS, el Club de Regatas, el Tenis de Somió, tres campos de golf (dos de ellos públicos), carriles de bici, sendas del colesterol, y haber sido Ciudad Europea del Deporte, sede de campeonatos, maratones y copas Davis varias. Y paro de contar porque me cansa hablar de lo evidente y presenciar estas degollinas asturianas que tanto gustan a la prensa y tanto nos joden a nosotros mismos. Y, por cierto, debemos recordar que el campus de Gijón se hizo a puro huevo y tras años de sufrir desplantes y cacicadas de los señores López Cuesta y Bueno que en gloria estean.

A uno le parece que si el rector Granda se levanta mañana y dice que lo ha consultado con la almohada y con sus gónadas y que el Grado estará en tal sitio o en tal otro (nada de salomonadas equitativas y de repartir, que se lo comen) todo el mundo estará contento aunque el Grado no exista de verdad hasta dentro de diez años, porque aquí cuenta más el fuero que el huevo, poner una chincheta en el mapa, y dejar tuerto al competidor aunque uno se quede ciego en el duelo. Vamos bien en deporte aunque no haya Grado. Somos campeones del mundo demostrado nuestro grado de inmadurez y falta de perspectiva como comunidad. Puxa.

Manadas

Una manada de jueces ha dejado a medias el castigo merecido por una manada de canallas que ven en las mujeres piezas de caza mayor en vez de seres humanos. El resultado de la sentencia de la manada de jueces parapetados tras su lenguaje lleno de circunloquios y corporativismo, ha sido que una manada de políticos se ha puesto a decir tópicos, a darse golpes de pecho y a prometer que ahora reformarán como es debido la ley que aplican los jueces. De la manada de políticos se ha escapado uno (ocurre en los mejores encierros y capeas) que se ha ido de frente a por uno de los jueces de la manada con toga, el más montaraz de ellos al parecer, consiguiendo el primero con su salida de tono que varias manadas más de jueces y fiscales hayan puesto precio a su cabeza. Total para nada, porque el político escapado de la manada ha venido a contar aquél chiste de Gila sobre agentes secretos sutiles: “aquí hay un juez que no está nada bien y no digo más”, vino a sentenciar el ministro, emulando al espía de Gila que trataba de descubrir al asesino diciendo aquello de “aquí hay alguien que ha matado a alguien”.

Y mientras esto ocurre, hay una manada de periodistas que se levantan cada mañana dispuestos a hacer que no cese el ruido ensordecedor de las estampidas que producen las manadas que atraviesan España con espuma en la boca, con origen y destino en Pamplona, como en unos Sanfermines eternos, apocalípticos y enfermizos. Manadas de tertulianos, psicólogos y observadores; manadas de actores, actrices, opinantes crónicos y otras personalidades del coso hispano, andan corriendo desatados de un micrófono a otro y de una televisión a la siguiente para opinar a tanto el metro sobre este asunto que empieza con una manada y acaba con muchas manadas. Y luego está la manada de peña cabreada que sale a la calle a cagarse en la Justicia, en el Gobierno y en todo lo que se menea porque el patio de España es irrespirable con tanta manada de golfos, y para colmo nos piden ahora que nos traguemos esta sentencia de marras con mesura, sosiego y ecuanimidad, como si fuéramos Francisco de Vitoria o el mismísimo Tomas Moro.

No sé qué pensará de esto la mujer violada. Creyó escapar de una manada y se ha metido en medio de una estampida cruzada de varias docenas de ellas que la llevan y la traen, y la llevarán y la traerán hasta sabe Dios cuándo y dónde. Ella no parece contar en medio de este retumbar ensordecedor en el que España parece encontrar su propio ser que está hecho de encierros, descabellos, carreras, voces, algaradas y ruido, mucho ruido. Este país industrializado lleno de coches inteligentes, teléfonos inteligentes y microchips solo parece estar a gusto cuando todo el camino es una espesa polvareda y la historia cotidiana se mueve con la misma furia irracional que las manadas de ñus cuando cruzan las llanuras de África. La diferencia es que ellos saben lo que quieren y a dónde van y, vistos desde el aire, componen una estampida ordenada. Lo nuestro es un correcalles sin sentido, como la multitud que sale de un teatro en el que alguien ha gritado “fuego”.

Scorsese y Cristina

A causa de alguna extraña alineación planetaria, justicia poética o simple y pedestre casualidad, dos grandes expertos en asuntos mafiosos fueron noticia al mismo tiempo. Martin Scorsese recibía el premio Princesa de las Artes, y, casi a la vez, Cristina Cifuentes entregaba la chapa tras haber superado la dosis de chorizadas permitidas en la calle Génova. Lo que pasa es que Scorsese es un experto en contar la mafia con glamour e inteligencia, con humor negro y grandes actores, mientras que Cristina Cifuentes representa a esa mafia castiza y estraperlista que tiene roña entre las uñas y que acaba cacheada en la trastienda de un Eroski por robar crema de las manos, o pescada falsificando títulos universitarios muy chapuceramente con un bolígrafo Bic.

No son lo mismo los gangs de Nueva York contados por Scorsese con puños y navajas, que las bandas navajeras que se destripan dentro del PP y que responden a los perfiles zafios de Cifuentes, Hernando, González o el capo Mariano. Claro que tampoco es lo mismo dejarse ver con Joe Pesci que con Bárcenas, ni subirse a un taxi conducido por Robert de Niro que tratarse con Esperanza Aguirre cuando aparca en doble fila.

Para tratar con la basura que produce la sociedad es necesario elevarse muchos metros por encima de ella para desentrañar sus claves y educar visualmente a toda una generación acerca de los resortes que mueven la avaricia, la ira, la violencia o la venganza. Scorsese ha tejido obras maestras con la esencia de estos mimbres de la bajeza humana que, de por sí, dan miedo. Cifuentes y su peña solo consiguen dar asco por su falta de estilo hasta para ser unos estafadores. La miseria humana retratada por Scorsese a través de tipos con trajes de seda y gatillo fácil produce vértigo, curiosidad, compasión o morbo. Cuando esa misma miseria la practican políticos como Cifuentes y sus gangs of Madrid, solo producen exasperación, vómito y mucho aburrimiento. Es la diferencia entre un artista y un macarra, entre el talento y la zafiedad, entre la inteligencia y la desfachatez. Seguro que el director de cine neoyorquino no tiene ni idea de quien es la ex presidenta de la Comunidad de Madrid, aunque puede que él fuera el único (tal vez Coppola también) capaz de darle un poco de dignidad cinematográfica a la narración de todo lo que pasa en el PP, partido que cada vez se parece más a una versión descolorida y poligonera de “Uno de los nuestros” en la que las chonis son aún más chonis que Cifuentes y sus cremitas, y los capos también llevan un palillo en la boca aunque vistan como si estuvieran en la boda aznarita del Escorial.

Scorsese retrató también con maestría la figura del púgil sonado en blanco y negro. Ese “toro salvaje” hinchado y desfigurado siempre tendrá más dignidad en su caída que Cristina Cifuentes y los de sus casta de delincuentes de medio pelo cuando les pilla el carrito del helado. Estos no tienen ni una película.

57

Pienso al alba que, ay dios, caen ya los 57 

abatido y sedente sobre Roca, el retrete;

Me veo ya un pollavieja, un pureta, un fascista

Yo que fui la promesa de aquel gran periodista.

 

Cuántos días perdidos tentando la cirrosis

En bares y tugurios, con ligues humillantes

Achicando botellas al pie de la psicosis

Queriendo, sin poder, parecerme al de antes.

 

Años perdidos, si señor, 

Ponga otra ronda, por favor.

 

He querido ser cura, cantante, aventurero 

Y al echar hoy las cuentas la suma sale cero

Con más fames que fanes espero alguna cosa

Que de esta torpe larva salga la mariposa. 

 

Pero solo es pura verdad, 

Lo que gritan hoy mis canas

Y mi rotunda obesidad

Que muta a los ex príncipes en ranas. 

 

Años perdidos, si señor, 

Ponga otra ronda, por favor

 

Van 57; golpes de suerte y de castigo.

Tacho el calendario, al tiempo maldigo

Menudo hijoputa, exprime mi vida y deja la monda

Menudo cabrón, a ver si este año pagas tú esta ronda.

 

Y solo he aprendido, la verdad,

Que todo es vanidad.

Bulos feministas

Es conocida esta frase de Mark Twain: “La mentira puede dar media vuelta al mundo mientras la verdad aún se está poniendo los zapatos”. Esta es la razón que, básicamente, explica la facilidad con que las noticias falsas corren como la pólvora, alcanzan la divinizada “viralidad” en las redes sociales y se convierten en verdades reveladas solo comparables a las que Moisés bajó del monte, no sin esfuerzo, esculpidas en las pétreas tablas de la ley. Dicho de otra forma, el mundo está cada vez más lleno de pardillos, ociosos o cabreados que, ansiosos de emociones fuertes, dan por buena cualquier patraña a fuerza de ser repetida y certificada por la pantalla del ordenador. En una entrevista publicada este fin de semana, el sabio Noam Chomsky atribuía el triunfo de la mentira al hecho de que “la gente ya no cree en los hechos”. Sirva todo esto como preámbulo a la sorpresa (relativa) que me produjeron estos días las reacciones agresivas, virulentas y hasta insultantes  con que en ciertas redes sociales se recibió la seca e ilustrativa noticia de que la brecha salarial entre hombres y mujeres en el sector educativo es del 14% a favor del género masculino. Unas redes sociales que consumen sin tasa y sin criterio historias de gatitos con tres cabezas, golpes de estado inexistentes, mujeres barbudas, remedios caseros para el cáncer, o anuncios de fallecimientos que ocurrieron hace una década y a los que se se responde de inmediato con entrañables condolencias y emoticonos lacrimosos, vieron en esta denuncia sobre la brecha salarial femenina un tremendo bulo feminista contra el que arremetieron insultando sin piedad al medio que la publicó, a los periodistas que la escribieron, a las fuentes que la facilitaron y, por supuesto, a las mujeres que cobran menos, malditas mujeres desagradecidas, que se quejan por todo y quieren ganar con la política lo que se les negó, al parecer, con la genética. Qué olfato tan fino muestran ciertos lectores de las redes sociales, estos cazadores compulsivos de presuntos “fakes” feministas,  para denunciar el tufo a mentira de una verdad catedralicia (la desigualdad salarial) y negar la mayor sin aportar mas datos que su propia bilis. La gente ya no cree en los hechos, dice Chomsky, sobre todo si los hechos van contra sus ideas prehistóricas acerca de lo que cada género pinta en el mundo. Así, denuncian una verdad diciendo que todo es falso, manipulado y conspirativo, mientras se tragan las cadenas de mensajes para ser millonario o las recetas caseras para alargar el pene. El 8M tiene muchas razones para seguir siendo cada año una fecha de protesta y reivindicación, y una de ellas debe ser la de conseguir que la verdad de la situación de muchas mujeres pueda atarse las botas con rapidez para alcanzar a las mentiras que dan la vuelta al mundo pregonando una igualdad que no existe ante unos espectadores dispuestos a tragarse dulces mentiras y negar tremendas verdades. La historia no es como nos la están contando y recordar esto cada día es una obligación cívica hasta conseguir que los energúmenos del sexo que sean se callen o, simplemente, acepten los hechos, y se unan a la causa. Por cierto que Mark Twain también escribió que “el hombre es el único animal que se ruboriza. O que debería ruborizarse”.

 

Molan mucho

Cómo molan estos chicos y chicas del catalanismo. Resulta que Puigdemont dijo que Europa estaba anticuada, gagá, podrida y que era parte del aparato represivo montado contra la sacrosanta patraña del independentismo. Dijo todo esto pero a continuación se largó de Erasmus póstumo a Bruselas, donde da conferencias en varios idiomas, se pasea con aire machadiano (ay no, que era un fascista anticatalán) y se autodenomina exiliado y preso político. Con dos cojones. Además se ha alquilado una casita de nada en Waterloo y parece que no tiene intención alguna de volver a España a enfrentar su propio Watergate y acabar en la cárcel de Estremera con el resto de compañeros mártires de la sardana y el castellet. Europa no era tan mala para Puigdemont, al parecer.

Pero mola más Anna Gabriel, la chica de piel cetrina, discurso pasionario, mirada retadora, flequillo batasuno y amplia colección de camisetas reivindicativas que ventilan la sobaquera con facilidad. Esta señora es anticapitalista pero se exilia en Suiza, que es cuna, tumba, biblia, diccionario, espejo, grial y filón del capitalismo más salvaje, depurado y sibilino del planeta; el sitio que aloja las fortunas de más dudosa procedencia y que debería producir vómitos y espasmos a la batalladora Anna Gabriel, tan antisistema ella, y ahora escondida en una caja de seguridad helvética junto al dinero de monarcas trincones, narcos, traficantes de armas y otras especies. Lo que hay que ver. Si Companys levanta la cabeza se autofusila.

Una anticapitalista en Suiza y un antieuropeo en Bruselas son una pareja tan esquizoide como un obrero de derechas, aunque me temo que estas paradojas que son tan llamativas para los de mi edad, los amargados pollavieja que todo lo criticamos, ya van a dejar de serlo para siempre, porque el postureo todo lo puede y la coherencia no pasa de ser una base de maquillaje muy etérea. Ya se sabía que todo esto de la estelada y la pajarita amarilla eran un camelo, pero hay por ahí mucha gente algo gregaria/borrega /simple que se lo sigue creyendo y que te miran mal si no lo crees tú porque ahora para ser progre basta con leer algún catecismo y escupir al que no se lo sabe. La progresía antisistema vive ahora en Waterloo y Suiza descojonada de la risa, mientras la ramplonería pseudoprogre que les jalea sigue pensando que los fascistas y los burgueses somos los otros, los que no merecemos carné de guais.

Ya lo dijo Forges: Suiza, patria querida. Lo decía por los evasores de capitales en crudo,  los que iban a la helvética cargados de collares de la abuela, candelabros y sacos de billetes de mil duros escondidos en el capó del milquinientos nergro. Ahora lo que se evade a Suiza son caraduras disfrazados de revolucionarios y visionarios. Cómo molan.