Acerca de Jaime Poncela.

Periodista, redactor publicitario, controlador de redes sociales, cincuentón, bocazas, depresivo, cáustico y aspirante a vividor y/o rentista.

Paradojas

Una vez me tocó un décimo de lotería que había comprado en un tanatorio. El mismo día que enterré a mi padre, la suerte decidió que fuese millonario. No hay mal que por bien no venga, se podría decir en este funesto caso y sin temor a equivocarse. Tengo un amigo que compró lotería el día de su boda. Le tocaron cien millones de euros, pero su mujer le puso los cuernos con media humanidad durante el tiempo que él era rico. A otro le diagnosticaron un cáncer el mismo día que compró un cuponazo a la puerta del hospital. El día que se lo extirparon le robaron la cartera. Así es la vida. La distancia más corta entre los dos puntos que marcan la suerte y la desgracia, el melodrama y la tragedia, es un ciego de la ONCE o un niño de San Ildefonso pregonando miles de euros. No se sabe nunca cómo acabará uno el año, si sobre el podio de la suerte, como el novio de la muerte, o excarcelado por los bomberos de un coche convertido en una lata de sardinas. No es posible saber si el 31 de diciembre del año siguiente se habrá dado uno de baja de la nómina de su empresa para veranear en Bali, o del padrón de habitantes para visitar las grandes praderas de Manitú con un forense como médico de cabecera. Al fin y al cabo, la vida es como la lotería: todo el mundo espera algo de ella, pero casi nadie lo consigue. Se reciben más pedradas que pedreas, y tenga usted por seguro que al final no se llevará ni lo jugado ni lo puesto.

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Un siglo

Me han dicho que algunos bancos ya dan hipotecas a cien años como hacen en Japón, al parecer. Sería, además de una decisión empresarial de gran efecto, el medio más directo de desmentir esa frase de que no hay mal que cien años dure. Lo habrá, aunque se podrá sufrir en cómodos plazos mensuales que siempre es un consuelo. Hipotecas de un siglo. No es mala idea, ya que la clase media podrá dejar algo en herencia a sus hijos: un pufo a perpetuidad y los apellidos. Y punto. Ya no se dirá aquello de «hijo, todo lo que ves es tuyo», sino «hijo, todo lo que hay aquí es del banco». Una hipoteca de un siglo no será amortizable, sino inmortal. Sus cuotas arrastrarán nuestras deudas por encima de nuestras cenizas cuando ya no quede ni un recuerdo de nuestro nombre, con la ventaja de que nadie podrá embargarnos en el nicho, en el cielo, en el purgatorio o en el vertedero donde los encontremos. Empufarse para cien años será también una forma de devolvernos la fe en el Más Allá si es que la hemos perdido. No sabremos si hay vida más allá de la muerte, pero tendremos la certeza de que hay una hipoteca que nos sobrevivirá igual que una viuda alegre, dispuesta a comerse nuestros ahorros hasta la raspa. Y nuestros deudos serán también deudores por el mismo precio, y la imagen clásica de la muerte ya no será la de la vieja dama con la guadaña. No señor, será la del cobrador del frac, que también va de luto y es tan infalible como ella. Feliz eternidad.

Y van 57

Haber sobrevivido hasta diciembre un año más es señal de salud, de paciencia o puede que sea sólo una casualidad en la que no tenemos nada que ver. La vida es una eterna oposición a cátedra en la que jamás se suele pasar de profesor adjunto, pero hay que estudiarse bien todos los temas y pasar exámenes constantes en los que diciembre parece ser el mes en que dan las notas del parcial que toca. Todo se precipita en dirección al día 31 como hacia un embudo que es, en realidad, el lugar estrecho por el que la arena de reloj pasa de un año a otro. En diciembre se afilan el frío y los sentimientos, se encamina uno hacia un callejón sin salida amenizado con panderetas y turrón, y lo único cierto de haber llegado hasta este punto es que somos un año más viejos y más conscientes de ello.

Diciembre es un mes moribundo que tiene los días contados. Todo está vendido. Diciembre está convencido de que el año que viene por estas fechas todos volveremos a pensar lo mismo. Si estamos aquí será por casualidad, si hemos cumplido algunas de nuestras promesas del uno de enero será por orgullo y si podemos seguir comiendo turrón será porque nos han respetado la diabetes y el colesterol. Diciembre es tan decadente como el resto de los meses, pero, como es el último, le hemos exigido morir con aparente dignidad y rodeado de la familia, aunque cada vez que le hacemos la autopsia sólo encontramos restos de alcohol, deseos incumplidos y un calendario sin hojas. Y van 57. Que no decaiga esta decadencia.

Silogismos del Toma 3

No entender nada es una forma de sobrevivir. Sobrevivir es una variante de no entender. Entender y sobrevivir son una forma de sufrir. Sufrir es una forma de entender. Sufrir es una ordinariez. Vivir es una ordinariez sufrida sin principio y sin final. Entender, ignorar sufrir, vivir… Puntos suspendidos.

Una mujer enseña un hombro sin querer. El sexo es una mujer con un hombro desnudo sin querer. El sexo sin querer es un hombro de mujer frente a un hombre desnudo o vestido, queriendo o sin querer, que ve de pronto el sexo de esa mujer a la que no conoce.

Este es un café de artistas y de autistas y de entrevistas y de avistadas. Artistas que escriben o miran como autistas y creen limar así las aristas de un día más sin arte, ni parte, ni oste, ni moste, sin avistarla y sin entrevistarla.

Este es un café sin leche y con vino. Café con alcohol que el arte destila hacia el hígado del que cree ser artista limando su pronunciada arista de mediocridad, arista que se pronuncia con las vocales muy afiladas, vocales que cortan la boca. Juegos de palabras, fuegos con palabras artificiales que no son reales hasta que no se posan sobre un papel. Lleva uno las palabras al bar, las lleva en la cabeza flotando, como se llevan los peces de colores en esa bolsa que te dan en las tiendas de animales. Y esos peces no son de verdad ni están seguros hasta que no nadan en la pecera, así las palabras no están vivas hasta que no navegan en el papel.

Llevo en la cabeza palabras embolsadas como peces de colores que suelto en el mismo bar al que otros llevan sus perros de compañía y sus novios amaestrados. O viceversa.

A veces no hay nada como ponerse a contar simplezas de peces de colores en un bar para darse cuenta de que uno no sabe escribir ni lo más elemental. Suelto peces en el bar y hay que soltarlos en la mar. Escribo, pero debería ser analfabeto. Todo al revés.

Rafa Testón- Rafa Tesón, con buena letra.

Siempre me resultó interesante la gente que sabe tanto de literatura como de fútbol y que, además, es capaz de hablar de ambas materias con la misma solvencia y conocimiento, pasión y, muy importante, ausencia de afanes proselitistas. Rafa Testón (Rafael Gutiérrez, como se dirige a él Javier del Pino cuando lo lleva a la Ser de Madrid) es un librero profesional en la mejor acepción posible del término, y un sufridor del fútbol que escribe sobre sus cuitas en los periódicos hilando tan fino como Manuel Vicent lo hace al hablar de habas tiernas y dioses del Olimpo. Rafa es Testón y pudiera ser Tesón de apellido como ya lo es de actitud ante la vida, y la complicada tarea que es ser librero en los tiempos de e-book. Tiene Testón el tesón diario de vivir con la mejor letra posible, escribiendo cada jornada con caligrafía muy legible para sus semejantes siendo una excelente persona, un tipo generoso y atento, que generalmente está de buen humor, al que siempre me encuentro caminando a paso largo, yendo a la compra o a la lavandería, y que sonríe de una acera a otra lanzando un destello de humanidad y simpatía de los que tan necesitados andamos en estos tiempos de mosqueos generales.

Rafa Testón que iba para filólogo pero prefirió vender letras a analizarlas, pertenece a la nueva generación de libreros gijoneses que han salido en apoyo del bastión irreductible que siempre fue Paradiso y que, por suerte, contribuyen a dar oxígeno a ese viejo comercio de papel escrito que, aunque casi siempre herido y convalenciente, jamás desaparecerá mientras haya profesionales como él y como otro puñado que aún levantan la persiana cada día, confiados en los atractivos de Cervantes, Chejov, Rosa Montero, Laura Fjader, Menéndez Salmón, Eduardo Mendoza, Paco García Pérez, los libros de Pascual Ortiz, editor, e incluso y a años luz de distancia, Jaime Poncela, si me permiten la humorada y por meterme de rondón en esta estantería en la que sobro.

Rafael quiere hacerse perdonar el irremediable hecho de haber nacido en Oviedo, y lo intenta bañándose en el Cantábrico de La Escalerona muchos días al año, y corriendo por el Muro hasta haber conseguido esa planta espigada de atleta casi etíope que expulsa sus demonios personales y comerciales desfogando adrenalina por las aceras, razón por la que generalmente está de buen humor y arranca la sonrisa a un cuarto de vuelta. Luego abre la tienda, su librería ‘La Buena Letra’, y mientras atiende a clientes, paseantes, visitantes, realquilados, refugiados culturales y pelmazos, va leyendo todo lo que cae en sus manos para convertirse en uno de los mejores consejeros literarios que uno ha conocido. Rafa es un fino descriptor y prescriptor de literatura, y tiene un ojo infalible para recomendar libros, de manera que si usted quiere ligar con una moza que sea dada a la lectura no tiene más que recomendarle un título que antes le haya recomendado a usted Rafa Testón. Éxito seguro.

La librería ‘La Buena Letra’ es, por mor de la laboriosidad, imaginación y buenos contactos de Rafa Testón (para esta tarea también es Rafa Tesón), un foro cultural que atiende las curiosidades de todo el espectro lector que va desde los 3 a los 99 años, ya que para todos se organizan eventos, tertulias, presentaciones, conciertos, juegos y lo que se tercie. Fíjense cómo será que un servidor presentó hace años un libro en ‘La Buena Letra’ y aquella cosa acabó con todo el auditorio cantando ‘Asturias patria querida’ y degustando una exquisita empanada elaborada por la señora Testón. No digo más.

En un prólogo que Rafa tuvo la generosidad de escribir para el segundo de mis dos libros, decía que le gustaban mis escritos pero que a él no le gustaría ser Jaime Poncela. Y no sabe cuántas razones hay para hacer esa afirmación (la segunda). Yo, por contra, cuando sea mayor y con mucho tesón, me gustaría ser como Rafa.

Avisos

Te avisa la vida de que se acaba el depósito. Uno espera que la advertencia llegue con el cáncer, el infarto, el hostión en el arcén, la degeneración física, la desmemoria, la baba del ictus… Pero ocurre que los avisos llegan de manera más sutil, en forma de una nube gris que difumina cualquier optimismo, cualquier esperanza, cualquier confianza en el género humano empezando por uno mismo. Avisos de que tu tiempo se acaba son los números rojos sin plan de pensiones, que no te den crédito ni en los bancos del parque, aquel pasado que siempre fue mejor, el miedo permanente a un diagnóstico laboral maligno y terminal, el terror a la soledad, el frío que te entra por la espalda cuando suena el despertador cada mañana y hay que volver ahí, a seguir. Te has desgastado como un lapicero al que sigues sacando punta para poner el punto sobre alguna ‘i’ que ya nadie lee.

Te avisan del final cercano el miedo permanente a lo conocido y el desinterés por lo desconocido, los amigos que se van o los que quedan malheridos y arrastran cadenas más pesadas que las tuyas. Te avisa del final esa falsa euforia que solo consigue darte el ansiolítico que te sirven en la barra de la farmacia o esa copa que te ponen sin que la pidas ya en la barra del bar. Estas avisado de que el depósito entrará pronto en reserva o la maquinaria se irá oxidando cuando tienes ya más vida por detrás que por delante, cuando pensar en la muerte es a veces un consuelo, cuando las generaciones que vienen detrás son más listas, más prácticas, menos supersticiosas y sin miedos ni por lo civil, ni por lo militar, ni por lo divino. Ellos ya te han quitado el sitio, a lo mejor porque te has pasado la vida sin ser capaz de tener el tuyo propio y ahora ya no hay tiempo para construir nada.

Solo en mitad de un desierto que es el futuro. Oye los avisos.

Blasfemos y gilipollas

Las organizaciones cristianas ultraconservadoras dicen que la masturbación es una forma de aborto. Según los defensores de la familia y la dignidad humana, los hombres somos padres de paja, simples inseminadores a quienes se les caen los hijos al váter cuando hacemos pis. En cierta dictadura comunista la masturbación era considerada “adulterio manual”. Idiotas nunca faltan en cualquiera de los dos extremos del arco iris. Tenemos ahora en el escenario a un grupo de abogados cristianos que persigue con saña la blasfemia y, cómo no, el aborto.Siempre me ha llamado la atención esa necesidad que tenen algunas personas de adjetivar su profesión: abogados cristianos, jueces conservadores, peluqueros calvos, etc. Sería más divertido crear asociaciones de peluqueros conservadores, abogados calvos, o ateos cristianos. Yo mismo soy promotor de la asociación apátridas nacionalistas con el fin de aumentar el nivel de caos y estupidez en el que nos manejamos a diario hasta ver si esto revienta de una vez.

Viene esta digresión a que a uno le parece que poner las creencias de personales en la tarjeta de visita es poco profesional ya que, cuando menos, cabe sospechar que un abogado cristiano nunca llevará como es debido (iba a decir como Dios manda, pero no procede) una demanda de divorcio y se puede sospechar con fundamento que dedicará su profesión como arma arrojadiza en defensa de una relativa y sectaria justicia, no de la Justicia con mayúscula que, toga mediante, debería ser su único sacerdocio. Porque ponerse a perseguir blasfemos a estas alturas del partido es una actividad tan ñoña, vacía e inútil como la de considerar la masturbación una variante del aborto. Es un simple intento de volver al pais del gobierno de sotanas y uniformes y al nacionalcatolicismo de los primeros viernes de mes y la delación del descreído.

Cagarse en Dios, en dios, (hay dioses mayores y menores) o en cualquiera de sus divinas variantes es una actividad terapeútica que tiene más que vez con la frustración vital que con la teología. No sé si cagarse en Zeus, en Apolo, en Amón o en Thor y Odín es en puridad una blasfemia porque, claro, ¿en que dios del panteón grecolatino, egipcio o nórdico se caga uno cuando blasfema? Dios es un sustantivo genérico, una marca blanca que los abogados cristianos parecen querer apropiarse de mala manera. ¿Y que pasa cuando decimos que tal futbolista es un dios? ¿Si me cago en CR7 que es un dios de la cancha estoy blasfemando?.

Aconsejo a los abogados cristianos que se pasen por cualquier chigre asturiano con su talonario de multas modelo padre Astete y vayan denunciando a todos los ciudadanos que se cagan en Dios porque cierra Alcoa, porque cierran las minas, porque el tren no llega, porque el sueldo no alcanza, porque siempre ganan los mismos, etc, etc. Se pueden poner las botas los letrados que tanto endiosan a Dios. Puestos a elegir, uno prefiere soportar a un blasfemo que a un gilipollas. Que baje Dios y lo vea.

Fiambre

En las cenas de verano se sacan los fiambres cuando hay que improvisar un refrigerio con los amigos. Cenar fiambres es como no cenar en realidad, pero tiene ese punto de creatividad, ligereza, innovación e imaginación que hace pasar por alto la dudosa procedencia de esa mortadela con tal de no tener que meterse en la cocina a preparar alambicadas recetas en las que no puede faltar alguna reducción de Pedro Ximénez. Sacar el fiambre quiere decir “me habéis pillado en bragas, pero como son enrollado os improviso un picoteo”. Y esto es más o menos lo que pasa con el nuevo Gobierno. Invitó a muchos amigos a la fiesta de verano en la que iba a celebrar la reconquista del poder por parte de la izquierda y la marcha de los corruptos y apandadores, y se ha encontrado con que lo único que había en la nevera para acompañar los festejos era un fiambre: el de Franco. Y a falta de políticas y decisiones de más sustancia que no se van a lograr porque los socios del presidente Sánchez son muy glotones y no se van a la cama con menos de una mariscada entre pecho y espalda, el presidente se ha visto obligado a poner fiambre franquista en la mesa del Consejo de Ministros para contentar a los invitados al festín. Se han ido cortando las lonchas amojamadas del dictador y se han ido sirviendo en raciones pequeñas y muy anunciadas entre los corrillos que han acudido a los jardines de Moncloa. A la derechona hispana, tanto a la que que lo pareció toda la vida como a la que andaba disimulando, lo de sacar el fiambre le ha parecido inapropiado. No olvidemos que ellos llevan casi un siglo alimentándose del caldo gordo que se cocina con los huesos del dictador en la fosa común con forma de olla podrida llamada el Valle de los Caídos.

Esto no tiene arreglo.

Héctor Jácome. Nuestro sabio.

Dice Serrat que prefiere los sabios por conocer que a los locos conocidos. Serrat es mi Biblia laica, aquella que no tiene más dogma que el sentido común, la ternura, la ironía y el sentimiento mágico de la vida. Esa es la razón por la que la consulto a menudo y me conozco de memoria algunos de sus versículos, versos y culos más inspiradores. De manera que cuando conocí a Héctor Jácome no tuve duda de que prefería toda su sabiduría mezclada como en cambalache, que a la de cualquier loco conocido con varios máster de la universidad más cara del mundo.

Héctor Jácome, que tendrá cuarenta y algo para siempre, es artista fotógrafo de tiro largo y certero, feliz en sus tormentos, largo en largos abrazos, proclive al beso y al verso en prosa, monógamo sucesivo, mujeriego por necesidad y no por vicio, solitario que reclama compañía, miembro de la más pulida aristocracia del barrio que se conoce en ciertos bares, arquitecto que no ejerce de ello para poder llevar a cabo la construcción de mundos que tiene la gentileza de compartir con los demás, ciegos nosotros para ver tanta magia como la que Héctor descubre en una tapa de alcantarilla nevada, en la barbilla de una mujer, en una huella suelta, en un paredón salido del derribo, en la mirada lánguida de un simio.

El día que Héctor me vendió un libro y me lo devolvió mil kilómetros después de perdérmelo adornado con un penacho de pelos de chimpancé como marcapáginas, me quedó claro que había tenido la suerte de topar con un ser irrepetible y sabio, feliz en sus melancolías, triste con los tristes, alegre con reparos, como hay que estar si se es sabio como él, amable siempre, dispuesto a abrir esos enormes brazos y a no dejar de amenazarte con más besos y abrazos por mucho que tú seas un poco sieso y huyas de los cariños de Héctor Jácome.

Lamenta y disfruta a la vez de la vida que tiene. Lamenta a un tiempo que se hayan ido otros tiempos que fueron mejores o simplemente anteriores, pero disfruta de estos tiempos de ahora y va creando los tiempos futuros a base de fotografías espléndidas, mágicas, fotos que están en libros como “Pequeñas notas para una canción de invierno” donde el paisaje invernal de una ciudad cualquiera parece un pastel de azúcar glas, y la nieve revela que no somos nadie si no la pisamos, que ella es la que testifica que aún seguimos. Esto lo ha conseguido ese tipo excesivo y despeinado que se llama Héctor Jácome.

Héctor Jácome pudo haber sido un magnífico pirata, un vociferante sheriff del condado, un afgano con harenes y camellos, un monstruo amable de Disney, un poeta romántico con unas envidiables caídas de ojos, un fugado de Alcatraz, un vizconde arruinado, el mismísimo Greystoke, el juez de la horca, la sota de bastos con barba, un misionero renegado de los que busca la fe por su cuenta, un tratante de caballos, un profeta o un chamán. Puede que Héctor sea todos esos tipos a la vez y por eso es Héctor. Puede, incluso, que por ser toda esa mezcla de seres que viven en él sea el artista que es y sea, además, un ser humano y hasta sobrehumano al que es imposible no querer y no añorar cuando nos faltan sus abrazos de sabio y sus besos de niño.

Canallas tóxicos

Parece ser que las descargas de la canción “Despacito” producen una emisión de gases a la atmósfera equivalente a la que realizan 100.000 taxis durante un año. Siempre me maravillará la cantidad de tiempo libre que tiene alguna gente para dedicarse a realizar estudios y cálculos tan exactos como prescindibles. Lo que no entiendo es por qué las emisiones de gases las tienen que hacer los pobres taxistas y no los coches cualesquiera o las siderurgias. En fin. Al margen de estas dudas de menor cuantía científica y demoscópica, me gustaría proponer desde esta tribuna de proyección mundial (calla, ho) que alguien haga un informe sobre la equivalencia en gases tóxicos que provienen de las canalladas que vierten a diario en las redes sociales cierta camada de hijos de cien mil soldados para quienes la verdad, la decencia, el decoro, el respeto por la honra ajena o el simple concepto del buen gusto son elementos que desconocen profundamente porque desprecian cuanto ignoran y sentencian acerca todo con un palillo en la boca.

Hay emboscado tras el matu de las redes sociales un mugriento y tóxico hijoputismo tabernario que insulta a migrantes, homosexuales, mujeres, cicloturistas, funcionarios… y que se expresa mediante presuntas muestras ‘artísticas’ (memes, cartelitos, gifs animados, etc) cuya única finalidad es dar soporte al insulto impune y anónimo, basado en afirmaciones falsas e insostenibles, que si se enfrentan a la prueba del algodón de la realidad no tienen un pase; si se caen de su papelín grasiento se matan.

Calumnias, amenazas veladas o directamente abiertas, burlas de la peor especie hacia personas de trayectoria personal y profesional intachable, colectivos indefensos, o personas que son diferentes, se hacen pasar por sesudos manifiestos contra ciertos maléficos ‘poderes’ con la justificación intelectual y aún justiciera de que cualquiera que ostente un puesto de responsabilidad en cualquier institución, empresa, club de fútbol, asociación de vecinos o lo que sea, tiene que aguantar en silencio (como las almorranas) ser insultado en sede pública y callejera por una morralla de zánganos, resentidos, manipuladores, acomplejados y mentirosos profesionales.

Tratar de defenderse de forma directa de tales lindezas será celebrado como una nueva victoria del batallón de cucarachas que, atechadas bajo este nuevo fuenteovejunismo de la peor calaña, promueven el ‘montonín’ de patio de colegio donde a mayor confusión, mayor diversión para quienes estimulan estas algaradas virtuales con escupitajos en tecnicolor. Si alguien protesta tratando de desmentir las calumnias que se le atribuyen como un sambenito inquisitorial, la tropa ratonil que ejecuta el libelo de turno verá, por un lado, refrendado su encomiable intento de poner “en su sitio” a cualquiera que no piense como ellos y, por otro, estos seres de piel sensible apelarán de inmediato a la manida libertad de expresión como amparo de cualquier canallada, una libertad que solo circula en una dirección, que solo es para estos adolescentes tardíos, inquisidores de medio pelo que, para colmo, emiten juicios desde una dudosa autoridad moral que huele a meados de gato.

Tal vez todos seamos culpables de este encanallamiento generalizado por comisión, omisión o ignorancia, por formar parte activa de una sociedad en la que una cabeza piensa y veinte embisten y donde todo es un espectáculo, todo vale, todos mienten y las voces de la serenidad, el diálogo y la negociación son despreciadas porque no contribuyen a la charada general en la que los reptiles salen ganando y emitiendo gases tóxicos en nuestra precaria convivencia.