Odios

No tengo palabras para mostrar mi enorme satisfacción (añadir orgullo es demasiado monárquico hasta para hacerlo en día de Reyes) por haber sido capaz de superar una Navidad más. Este tour de force, este reto para campeones, esta concentración descontrolada de alcohol, afecto, nostalgia, falsificaciones históricas, comida, cava, turrón de lo duro y musgo mezclado con bombillas chinas, es lo que mide sin duda nuestra capacidad de resistencia ante la vida. Porque cuando uno ya lleva doce meses pagando impuestos, madrugando, agachándose ante el poder, tragando bilis mientras oye a idiotas con bachillerato dirigir un país, llega diciembre y te remata con la prueba final de aguantar el maratón navideño. Así que llegar al 7 de enero con vida y sin haber sufrido ninguna intolerancia alimentaria, reyerta familiar, ni coma etílico, es una prueba de salud mental y corporal que debería ser convalidada con el reconocimiento médico obligatorio de la empresa. La Navidad nos acredita como atletas de la vida, como seres endurecidos por el tiempo a quienes cada diciembre superado pone una medalla de oro (falso) en el pecho.

Y ya en enero podemos volver a odiar sin complejos, a maldecir por lo bajo y por lo alto, a escupir para arriba, a desear al hombre o la mujer del vecino o la vecina, y a pasar las horas muertas de las fiestas tirado en un sofá sin más obligaciones que las de no hacer nada, sin reuniones tumultuosas regadas con ginebra. Además, a partir del 7 de enero ya se puede apear del soniquete diario el puto mantra de ‘feliz año’ con el que nos engañamos y engañamos a tanta gente entre el 31 de diciembre y el día de Reyes. Porque más allá de la cortesía navideña conviene matizar desde el principio del final de la tregua de las fiestas que hay muchas personas a las que uno no desea un feliz año, ni siquiera un feliz minuto, y espera que 2019 les vaya como el culo porque ya está bien de que la suerte premie a tantos imbéciles y olvide a tanta gente honrada, trabajadora y con mucho talento. Odiar ya está permitido en enero. Y no solo por tener que padecer la famosa cuesta de enero que ya no termina en 12 meses, sino porque el odio es un sentimiento aceptable y liberador aunque sea de puertas para dentro, ejercido sin excesos, sin armas, sin golpes, sin salivazos, sin bengalas y sin escribir en Twitter. Uno puede y debe reconocer su propio odio como un sentimiento natural que ya no debe remansarse por culpa del niño Jesús ni el anuncio de Coca-Cola. Dediquemos 2019 a odiar con fundamento, sin rabia, sin violencia y con humor a las personas y causas adecuadas. No erremos en el odio. Saber con certeza a quienes odiamos nos permitirá querer más a quienes aún nos quieren. Sean quienes sean, que nunca se sabe.

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