Justino Mazcada

Justino Mazcada no terminó la carrera de medicina por ser un guarro. Jamás se lavaba las manos después de las autopsias y antes de comer, ni tampoco después de comer y antes de las autopsias. Si bien en el primer caso el perjudicado era él mismo ya que el maridaje de la masa encefálica humana con la fabada es muy discutible, su costumbre de no lavarse las manos después de comer y antes de las autopsias provocó quejas en los familiares de los difuntos que se encontraban con la desagradable sorpresa de velar el cadáver de sus deudos en salsa boloñesa o con guarnición.Justino Mazcada fue expulsado de la facultad por limpiarse los dientes con hilo de suturar heridas y también por robar bisturíes usados en operaciones quirúrgicas famosas, como por ejemplo la reconstrucción del himen de Leticia Sabater o el implante de cerebro de Goebbels a Ernesto Sáenz de Buruaga.

Pero como su afición por la medicina era enorme y durante su etapa universitaria había sustraído más de un centenar de batas blancas de diferentes tallas a las que pensaba ir dando salida de alguna manera, montó primero una tienda de ultramarinos en la que daba gusto verle despachando, escalopines, cebollas o phoskitos tan blanco y radiante con su guardapolvo como un neurocirujano de la Clínica Mayo. Lo único que llamaba la atención a sus clientas era que en el reborde del bolso superior de las batas de Justino Mazcada se leía unos días doctor López-Ibor, otras doctor Vallejo-Nájera, otras doctora Jiménez-Díaz y otras “celador” o “auxiliar” a secas.

Esta pluralidad de identidades causaba en la clientela del colmado una cierta zozobra mezclada con orgullo, ya que por encima del inquietante revoltijo de nombres que aparecían en la bata prevalecía en el público la seguridad de que todas las mercancías estaban garantizadas al ser despachadas por un doctor o doctora, sea cual fuera su nombre. Sin embargo, el comercio minorista no satisfacía la intensa vocación médica de Justino y, además, las batas se le ensuciaban enseguida despachando comestibles. De manera que encargó por Internet un título de doctor en Medicina, le quitó el polvo a los viejos y escasos apuntes de la facultad, sacó brillo a su colección de bisturíes históricos y mandó a la tintorería todas sus batas con el encargo de que, además de dejarlas en perfecto estado de revista, se rotulase en el bolsillo superior de cada una de ellas y con letra clara el nombre de “doctor Mazcada”. Como no sabía curar enfermedades, Justino decidió inventarlas. Se hizo muy famoso entre las clases altas y desocupadas. Esas gentes podridas de dinero y con una salud de hierro merced a una excelente alimentación, ejercicio moderado y básicamente a no haber dado un palo al agua en su vida, necesitaban algo exótico en su vida y Justino Mazcada se lo facilitaba. Inventó la psicosis renal, el sudor de hígado, la menopausia juvenil, el acné de uñas, la depresión optimizante, el catarro de próstata, la gripe capilar y el sarampión del sueño. Como las enfermedades eran inventadas no producían en el paciente molestia alguna y, sin embargo, le permitían explayarse durante horas con sus amistades sobre tan rara dolencia para cuyo tratamiento el doctor Mazcada prescribía caramelos Sugus. En fin, Justino Mazcada, una eminencia que hizo felices y enfermos a cientos de sanos pero infelices ciudadanos.

Hiperbólico Ramírez

Cabe suponer que los hijos e hijas de puta también celebran el día de la madre. A veces cuesta trabajo creerlo, pero no están exentos de esa fiesta aunque sus pobres madres serán seguramente ajenas a la condición infame de sus vástagos, gentes odiadas en silencio o insultadas a voces en manifestaciones y escraches. Pero la vida es así de salomónica y permite a todas las madres, incluso las de los hijos e hijas de puta que en el mundo hay, creer que su descendencia es de primera calidad, incapaz de un mal gesto, una mala obra o una mala palabra, unas excelentes personas, en resumen. Por eso Hiperbólico Ramírez, experto en idear efemérides inolvidables propuso a las instituciones la inclusión del Día Mundial del Hijoputa o HijoPuta´s Day (en versión norteamericana), una jornada en la que las madres de ministros corruptos, banqueros expertos en usura, asesinos en serie, periodistas deleznables, fascistas varios, cantantes melódicos de Eurovisión, cocineros deconstructores y estafadores, adivinos, nigromantes, escritores de best sellers o arzobispos fascistoides de algunas diócesis y cardenales pederastas primados, son homenajeadas por seguir siendo capaces de albergar la esperanza de que tal cantidad de hijos de puta sueltos, los suyos mayormente, puedan ser capaces aún de regenerarse por el bien de la especie.

Desde su punto de vista, la santa patrona del Día Mundial de los Bastardos debería ser la Madre de Moisés, la única suficientemente honrada para deshacerse de él en un cesto de mimbre al presentir que a su hijo terminaría por írsele la olla con tanta plaga de mosquitos, sapos, otras porquerías y primogénitos muertos. “Madre no hay más que una, por suerte” era el lema del movimiento social impulsado por Hiperbólico Ramírez en el que se combinaba el homenaje a estas sufridas mujeres y en el que, al tiempo, latía un íntimo deseo de que las de su especie no fuesen demasiado frecuentes ni demasiado prolíficas.

Hiperbólico Ramírez que había estudiado veterinaria y comportamiento animal en la casa de Fieras del Retiro, diferenciaba bien el contenido del tradicional Día de la Madre del que él proponía para el Día Mundial del Bastardo y la Hija de Perra. Si el primero debía dedicarse a las madres que son una santas a secas y les gusta salir a comer una vez al año con unos hijos y nueras alcoholizados y unos nietos que no dejan de mirar el móvil, el segundo Día, el inventado por él, tenía otras destinatarias. “Hay mujeres que tienen mucho mérito habiendo alumbrado especímenes que dan ganas de vomitar y que, sin embargo, aún son capaces de no repudiarlos”, puede leerse en el expediente justificativo de su petición al Estado. En sus memorias tituladas “Tu madre será una santa pero tu ya sabes lo que eres”, Ramírez relata la niñez de tipos como Franco, Hitler, Cristiano Ronaldo, Cristóbal Montoro, Jordi Pujol, Esperanza Aguirre, Luis Bárcenas o José Luis Moreno. Pese a que dedicó buena parte de su vida a pasear y defender su  idea en diferentes foros internacionales, Hiperbólico Ramírez no fue capaz de conseguir que el Día Mundial del Hijoputa cuajara ya que, a principios del siglo XXI, el volumen de hijos de puta era tan elevado que no haría sido suficiente con un solo día de festejos y hubiera hecho falta toda una semana de eventos dedicados a los hijos de puta y sus pobres madres. Así que, como dicen los periodistas deportivos, no pudo ser. Otra hijoputez del destino.

Estigma Queen

Cuando abandonó el convento por propia voluntad, la reverenda madre Cleofé de Arimatea decidió que lo primero que tenía que hacer en su nueva vida era cambiarse el nombre. Tras más de diez años atendiendo por Cleofé de Arimatea, sobrenombre que tomó al entrar en religión, le resultaba difícil recuperar el suyo: Felipa González. Recordaba que al hacerse novicia las monjas más viejas de la comunidad consideraron urgente que la nueva hermana arrancase de sus señas de identidad un nombre y un apellido que, amén de ser muy bastos, recordaban de forma grosera e hiriente al diabólico socialista que, según ellas, tanto daño había hecho a España y a la religión. Así que Felipa González fue rebautizada como Cleofé de Arimatea en recuerdo de Santa María Cleofé o Cleofás, hermana de la Virgen María y, por tanto, tía de Jesucristo. Menuda responsabilidad tuvo que haber sido tener un sobrino como aquél, pensaba Felipa cuando era Cleofé.

En fin, que al salir de los muros conventuales la vida de la ex monja se complicaba en todos los aspectos, desde elegir nuevo nombre, hasta tener que buscarse un nuevo oficio en aquella España que entonces vivía la plena burbuja del ladrillo y en la que mandaba un tipo llamado Aznar, jefe de un partido muy poco amigo de Felipe González y, cabía suponer, de cualquiera que como ella fuera portadora de un nombre tan parecido al del pérfido sociata. Así que se cuidó mucho de revelar su verdadera identidad y siguió firmando solicitudes de empleo con su antiguo nombre conventual, tratando de abrirse camino y empezar una nueva vida.

Tras meses y meses de peregrinar por agencias de colocación, empresas de trabajo temporal y otras sucursales regentadas por negreros y esclavistas con corbata de seda en los que lo mejor que se le ofrecía era pagar por trabajar, Felipa conoció en un bar de Onteniente a un sobrino nieto de Rita Barberá que se hacía llamar el Mañas, un auténtico sinvergüenza que lo mismo organizaba un concurso de misses para Canal Nou o la visita de un imitador del Papa,  que trasegaba subvenciones a fondo perdido para la cría de caracoles. Con su labia y un par de copas de Soberano con Coca Cola, el Mañas se llevó al huerto a Felipa,  mujer aún de buen ver cuyas carnes se mantenían tersas gracias al ejercicio y la buena alimentación del cenobio. Por aquella época el Mañas colaboraba en la puesta en marcha de una cadena de locales de strip tease de carretera y vio con claridad que una antigua monja metida a stripper sería una deslumbrante y morbosa novedad en el mercado de la carne. Así que propuso el negocio a Felipa quien tras ciertos remilgos iniciales aceptó encantada con una sola condición: elegir un nombre artístico adecuado. No sería Felipa ni Cleofé, sería Estigma Queen, la reina del strip tease místico, el cuerpo del pecado llegado del retiro conventual que admiraba a los borrachos del club mostrando en sus desnudos una marcha de nacimiento visible en su nalga derecha que recordaba a la Virgen del Pilar y que, según ella y el Mañas aseguraban, era un estigma milagroso. Si bien Estigma Queen triunfó durante un tiempo, su fama se marchitó pronto ya que los clientes más pacatos y catolicones que se refugiaban en la sombra del local vieron en la nalga de la antigua monja un serio aviso del Señor para dejar tanto vicio. El Mañas se deshizo pronto de la pobre Felipa que, humillada, pidió el reingreso en su convento. Hoy es una virtuosa madre superiora que, en secreto, sigue llevando un liguero y medias de seda bajo su hábito de basta tela de saco.

Leontino Delicado

Leontino Delicado fue barman de palabras. Se ganó la vida haciendo cócteles de sujetos y predicados, mezclando nombres, adjetivos, verbos, adverbios y preposiciones con enorme maestría. Leontino sufrió de niño problemas de tartamudez y dislexia que consiguió dejar atrás gracias a una innovadora terapia de jarabe de letras que su madre le daba cada noche en orden alfabético y a cucharadas, siempre bien mezcladas con leche templada y miel. La señora Delicado quiso agilizar el proceso de curación de su hijo a base de la ingesta diaria de sopas de letras para cenar, pero tuvo que renunciar a este tratamiento de choque porque a Leontino le hacían daño los rabos de las eñes, llamadas correctamente virgulillas,  que se escapaban entre el caldo y cuyo tamaño hacía imposible su localización ni con un colador o chino de los más menudos.

El caso es que, gracias a estas terapias experimentales, Leontino delicado llegó a la edad adulta sin rastro alguno de sus problemas para hablar. Tal vez si aquel rey inglés tartamudo hubiera conocido la terapia de letras de la familia Delicado no habría tenido que aguantar a estrictos preceptores de la pronunciación ni a domadores de lenguas con frenillo. Pasaron los años y Leontino investigó la aplicación en adultos de las recetas caseras de su madre. Tras varios años de investigación consiguió patentar la fórmula del cóctel de palabras, un combinado para tomar entre horas o antes de las comidas que permitía hacer una perfecta digestión para después tragarse o después de haberse tragado, pongamos por caso, una reunión de trabajo, una campaña electoral, la bronca del jefe, un sálvame de luxe o cualquier tipo de amasijo indigesto de palabrería infame.

Los cócteles de palabras de Leontino Delicado eran mano de santo, infusiones milagrosas y personalizadas, porque había uno para cada ocasión en función de si el barman de la palabras usaba sujetos, verbos y predicados con mayor o menor índice de toxicidad. Por ejemplo, el verbo contraer estaba embotellado en un envase a prueba de balas a pesar de tener un aspecto de palabra inofensiva. A Leontino le daba mucho miedo que cualquiera pudiera combinar con igual soltura contraer el sida que contraer matrimonio. Este caso avalaba su tesis de que las palabras deben ser mezcladas con cuidado y consumidas por la persona adecuada en cada caso. Una mala mezcla de palabras podría ser mortal, como por ejemplo democracia orgánica, socialismo real, compañeros de partido,  amor eterno, movilidad laboral, crecimiento negativo, religión obligatoria o indemnización diferida.

A Leontino le gustaban más los cócteles de palabras ligeras y sin aparente sentido, cócteles para el aperitivo o digestivos para la sobremesa que sus clientes pedían a diario para  tomar o para llevar y a los que cada uno de ellos encontraba un sabor y unos matices diferentes que luego utilizaba para expresarse en su vida cotidiana. Entre los combinados más célebres  de Leontino Delicado, están recaudar orinales, trasegar fe, madre flauta, vender atmósfera, ponderar gallinas,  padre apocalíptico, suegra desnatada, salacot taquigráfico, espatulomancia irreversible, contratos epicenos, marido ranura, tierra tierna o hijos de la gran suerte, entre muchos otros.

Leontino fue condecorado con la estrella Michelín de la Real Academia de la Lengua estofada.

Donato Zancas

Donato Zancas aseguraba ser hijo natural de Tarzán. No de Johnny Weismuller, no; él decía ser hijo del mismísimo Tarzán. Donato Zancas se pasaba el día en el bar “La selva”, un tugurio del que era propietario y al que aseguraba haber puesto ese nombre comercial en recuerdo de su padre. Según Donato Zancas relataba una y otra vez a los cuatro alcohólicos que seguían tomando vasos de vino barato en la penumbra de “La Selva”, su madre fue brutalmente secuestrada y violada por Tarzán durante un safari por el Congo Belga. Los parroquianos que escuchaban una vez más la historia como quien oye llover, habían conocido bien a la madre de Donato, Pura Zancas, y la recordaban como una de las profesionales del oficio más viejo del mundo que ejerció desde bien jovencita hasta su muerte cuando ya no estaba en edad de merecer otra cosa que no fuera la jubilación y tal vez la medalla al mérito en el Trabajo.

Donato juraba que su madre había terminado en el arroyo por culpa de Tarzán, que ella misma se lo había contado en cierta ocasión cuando, siendo Donato un niño de corta edad, encontró bajo la cama un escueto braslip de caballero con estampaciones de leopardo y otras estampaciones. Pura Zancas, ya mayor, había tirado los precios y recibía en casa a señores de gabardina que hacían cola en el descansillo de la escalera y se saludaban educadamente preguntando “¿quién da la vez?”. Con los ojos arrasados en lágrimas la Zancas reveló a su hijo que aquel sucinto braslip despistado entre las pelusas del suelo había custodiado nada menos que la hombría de Trazán, su padre bioológico.

En este punto del relato Donato invitaba a todos los clientes (tres) a un ronda. Su madre, continuaba perorando Zancas tras el pelotazo de vinazo, le contó que ella, huérfana desde tierna edad y siendo ya una pollita en sazón, había viajado al África negra acompañando a sus tíos y padres adoptivos, los vizcondes de Zancas. Tras el rapto, posterior violación y después de pasar varios días de liana en liana, desorientada, con cistitis y medio sorda por los berridos de la manada de elefantes que acompañaba a Tarzán a todas partes, Pura fue devuelta a sus tíos por una patrulla de soldados nativos tocados todos con un sombrero rojo llamado fez. Ellos (los tíos), lejos de acoger a Pura con el cariño que merece alguien que ha pasado tan duro trance la echaron de casa (al llegar de vuelta a España, eso sí) abocándola al pendejismo callejero de la peor especie.

El niño Zancas se creyó la selvática historia y llegó a la conclusión de que su madre había perdido en la jungla africana su honra y su holgada vida aristocrática para rematar sus desgracias y su ignominia en la aún más cruel jungla del asfalto, y resolvió que mejor habría sido para ella haberse quedado con Tarzán . Obsesionado toda la vida con esta idea y tratando de hacerla feliz, negoció la compra a bajo precio del cadáver de un chimpancé que un veterinario guardaba en un congelador a la espera de una aplazada autopsia. Adquirido el mono, Donato Zancas se gastó un pastón en disecarlo. Lo metió en una urna de cristal rodeado de felechos, cubrió todo con una lona y llegó con él enorme bulto a su casa el día que Pura cumplía los 65 años gritando “Mami, te traigo una sorpresa”. Ella no llegó a levantarse del bidé. Tras gritar horrorizada murió allí de una apoplejía al ver el mono disecado. Mientras agonizaba decía: “puta mona Chita, tu me lo robaste”.

Trinidad y Tobago

Doña Trinidad y Tobago dedicó su vida a la educación. Ni a la buena ni a la mala educación, decía ella, solo a la educación a secas. Porque la educación era para ella un elemento neutro, una mercancía como pudiera serlo el caviar de Beluga, las pipas de girasol o el carbón de Silesia y Pomerania. La profesora Tobago manejaba la educación como los tenderos manejan la mercancía: a tanto el kilo o a tanto el metro. Doctora en Pedagogía del Esperpento por la Universidad de Disneylandia, estableció en su primera y muy recordada reforma que los huesecillos del oído interno serían denominados desde ese momento como panza, redecilla, libro y cuajar, mientras que las partes del estómago de los rumiantes serían el yunque, el martillo y el estribo.

Pasado el primer estupor general de los veterinarios y acalladas por sordera administrativa las quejas del colegio de otorrinos, Trinidad y Tobago supo que lo suyo era hacer reformas educativas por encargo, sin importar la ideología del gobierno contratante ya que concluyó que a todos les daba un poco lo mismo el resultado de sus reformas con tal de que fueran peores que las del anterior legislador. Conseguido dar el primer paso en contribuir a la ignorancia de los estudiantes y la sociedad, un criterio fundamental para ser ministro de educación de cualquier país, la doctora Tobago amplió sus horizontes reformadores.

Después de doctorarse en Geografía Especulativa por la Universidad Pontificia de Perlora, reformó los libros de texto de esta materia pasando a ser Nueva York la capital de España, siendo los sanfermines fiesta de interés nacional en Ceuta y Melilla y determinando que el Ecuador pasaría por una finca que sus suegros tenían en Ciudad Real, provincia de Huesca, estado de Minnesota del Sur.

Ya lanzada en la reconversión profunda del sistema educativo, Trinidad y Tobago consiguió que  “el tanto por tanto, pitusa” pasara a convertirse en la regla básica y universal de las matemáticas escolares, y el “pelín” en la medida básica universal de todas las longitudes, volúmenes y distancias, quedando el metro para desplazamientos suburbanos de personas con pocos recursos. La reforma de las matemáticas se amplió meses después determinando que los múltiplos del “pelín” fueran el pelo de un calvo para dimensiones un pelín mayores que el pelín, el mogollón, equivalente a muchos pelinos, el mazo, equivalente a muchos mogollones, o el pila o la pila, unidad de medida equiparable a infinidad de mogollones. Siguiendo las piadosas recomendaciones del cardenal Amable Alimaña, prefecto de la Congregación para el Analfabetismo Mundial y la Fe y siendo ya ministra sin cartera, Trinidad y Tobago decretó que la Religión sería, además de asignatura curricular y obligada, una de las ciencias exactas. De esta manera la Santísima Trinidad comenzó a representarse como el número “pi” y los niños debían saber multiplicar los panes y los peces para pasar la reválida.

Ya retirada de la política, Trinidad y Tobago ha fundado una universidad privada financiada por varios fabricantes de piensos compuestos para mascotas y a la que diversas instituciones europeas de muchas campanillas encargan anualmente la elaboración del informe PIS.

Macedonio Peral

Macedonio Peral dedicó casi toda su vida al insólito y muy lucrativo negocio de ser inventor. Inventor de mentiras. Debe entenderse bien este oficio, ya que Macedonio era un tipo sincero a carta cabal. Jamás mentía en su vida privada pero era capaz de inventar las trolas mejor elaboradas y creíbles para ser empleadas en la vida de los demás, de sus clientes. Porque Macedonio tallaba mentiras como si fueran diamantes y llegaba a cobrar por ellas auténticas fortunas. Sus falsedades de encargo eran joyas y a ese precio las vendía. Eran mentiras de autor, no simples falsedades de la copa del pan.

Aprendió el oficio de joven en el taller de su abuelo, Vitrubio Peral, zapatero de oficio que, de vez en cuando, ayudaba a sus amigos a crear disculpas muy creíbles para llegar tarde a casa después de estar de putas o bebiendo como cosacos hasta el agua de los floreros. Todas sus trolas colaban. Vitrubio, tan honesto como su nieto, no mintió jamás a su esposa Rufa pero ayudó a que sus amigos cometieran todo tipo de adulterios y tropelías facilitandoles argumentos tan falsos como indestructibles mientras remendaba unos mocasines o ponía tacones, espais o medias suelas a destajo. Vitrubio se veía  así mismo como el tabernero abstemio que vive del alcoholismo pero, a la vez, asume la labor social de dar de beber al sediento.

Macedonio vio pronto el filón comercial de aquel talento familiar para la mentira en cabeza ajena que él había heredado y decidió explotarlo por cuenta propia abriendo un taller de medias verdades porque como principiante le parecían más fáciles de fabricar que las mentiras puras. A la puerta de su local colocó una placa similar a la de un notario o un registrador de la propiedad en el que se podía leerse:

Macedonio Peral. Inventor.

Se remiendan verdades.

Se miente por encargo.

Se cogen puntos a las medias.

 

Sin embargo pronto vio que una media verdad es material caducado, muy difícil de hacer pasar por mentira pura ya que los remiendos de mentira sobre verdad suelen tener las costuras muy endebles, así que decidió fabricar falacias de primera mano, nuevas. Citaba aquí a las Sagradas Escrituras: “No metáis vino nuevo en odres viejos”. Empezó su carrera dando a su primo Isaac una disculpa fabulosa para no casarse con su novia de toda la vida. Ese fue el primer paso para que su reputación corriera como la pólvora. La frase “no es por tí, es por mí” se atribuye con razón a Macedonio Peral, lo mismo que expresiones tan populares y universales como “no es lo que parece”, “solo somos amigos”. “qué bien te veo”, “pongo la mano en el fuego por su honradez” o“no pasan los años por tí”.

Bajo la divisa de que “no hay mentiras, solo hay verdades alternativas” Macedonio se inventó las carreras militares más heroicas que desembocaron en generalatos de mucha estrella en la bocamanga; los currículos cum laude de analfabetos redondos que llegaron a honoris causa, o admirables vidas de cardenales cuyas llagas no eran místicas, sino simples chupetones de sacristía. Algunos aseguran que Peral fue llamado por la NASA para montar el tinglado de un falso viaje a la Luna, aunque no pudo aceptar el encargo por no dominar los idiomas.

Macedonio solo ponía una condición a sus clientes: ser capaces de representar bien la mentira que él les había fabricado con tanto esfuerzo y talento. Bajo esta premisa consiguió que Adolfo Suárez pasará por un demócrata de toda la vida, que Felipe González se las diera de rojo durante años y nos metiera en la OTAN y que Fraga pareciera no haber conocido a Franco. Los años trajeron a su taller a mentirosos con mucho dinero pero cada vez con menos vocación, incapaces de exhibir con elegancia sus bulos de encargo, menrtirosos chungos y sin glamour. Quiso dejar el oficio cuando Luis Roldán se le cayó con todo el equipo después de tantos años de perfecto embuste. Fue el primer aviso de una larga cadena de disgustos tales como la falta de profesionalidad de algunos Borbones para quienes Macedonio tejió reputaciones inmaculadas que ellos se cargaron en dos safaris.

Tiró la toalla con Aznar y Rajoy: “no fingen una verdad ni cuando la dicen”, escribió sobre ellos Macedonio Peral en sus memorias tituladas: “Si te digo la verdad”.

 

Josep Lluis Manguerols

Josep Lluis Manguerols, conocido como “Ojitos Catalanes” o el “General Óptico”,  fue bizco por amor hasta su muerte. Nació en Mollerusa con un estrabismo tan pronunciado que su primera palabra no fue “mamá”, sino “mamás”, convencido de que era amamantado, criado, alimentado y vestido por dos mujeres idénticas que actuaban con un perfecto grado de coordinación simetría y sincronización. Creyó hasta ser adulto ser hijo de un hombre y medio. Su padre, Jordi Manguerols, era un paisano tan corpulento que el estrabismo de Josep Lluis no era capaz de captar completa la doble imagen de aquel cuerpón.

Los ojos torvos y tontilocos del pequeño Manguerols veían un paisano completo y la mitad de otro, razón por la que el rapaz llegó a desarrollar un complejo y medio de Edipo que le obligó a asistir a sesión y media de terapia psiquiátrica. El padre murió atropellado por un autobús cruzando la calle guiado por su hijo. Josep Lluis le dijo “tira que vostè lliures” (tira que libras) creyendo que el segundo autocar que veía venir hacia ellos era una ficción producida por su bizquera. Pero no, aquél día la Compañía de Tranvías de Mollerusa tomó la decisión de doblar el servicio ante el aumento de la demanda. Así pues, el segundo vehículo era tan cierto como el enorme destrozo que su carrocería provocó en el cuerpazo del señor Manguerols padre, que en paz descanse.

La muerte trágica de su padre por culpa de su defecto visual hizo que Manguerols hijo se convirtiera en un personaje triste y amargado. Un bizcotur, según cierta definición bastarda que circula por ahí, recogida por Camilio José Cela en “La Colmena”.

Josep Lluis se dió a la bebida hasta el punto de llegar a ver hasta 22 réplicas simultáneas del mismo camarero echándole del bar, “fills de puta, venir un per un” (“abusones, venid de uno en uno”), protestaba en medio de su delirio ocular y etílico. Rechazaba tajante la expresión “il·lusions òptiques” (“ilusiones ópticas”) porque para él todo lo que entraba por los ojos eran decepciones ópticas. Haciendo la mili mutiló a varios reclutas en el campo de tiro a causa de su imprecisión al apuntar, razón por la que fue licenciado con desonor y el mote humillante del General Óptico. Probó luego trabajos varios con poca suerte. Empeñado en ser trapecista sufrió y provocó graves accidentes porque nunca agarraba donde debía. Con el alias de “Ojitos Catalanes, visionario profesional”,  probó a ser adivino pero lo dejó porque solo era capaz de ver el pasado. Fue contable unos meses de la familia Pujol Ferrusola pero lo echaron por duplicar pérdidas y ganancias a ojos vistas. “Per fer això només prenc” (“para hacer eso ya me valgo yo solito”), justificó el patriarca al despedir al pobre estrábico y extraviado Manguerols.

A punto de arrancarse los ojos para dejar de sufrir conoció a Pepita, una cabaretera del Paralelo ya retirada, coja y pintada como una mona que, pese a su extrema fealdad, era una jamona desde la deteriorada óptica de Manguerols. Su bizquera cobró sentido entonces ya que le permitía ver doblemente a su amada, fea pero suya y conseguida en un dos por uno. Un chollo. Recientemente, Josep Lluis ha sido expulsado de la ONCE por doble contabilidad.

Fulberto de Torronchas

Cierto día y después de comer tres platos de fabada, dos largueros de carne gobernada y una fuente de arroz con leche, amén de café, copa y puro, Fulberto de Torronchas aseguró haber visto a Dios. A Dios en persona, como el que ve a su madre fregando la escalera o a su novia poniéndose las medias. Ese fue el Dios hiperrealista visto por Fulberto,  no un Dios vestido con una túnica tipo batamanta y sito al final de un túnel del que emanase una cegadora luz. Dios estaba allí a su lado, sentado en una silla de tijera, apoyado en un velador de cafetín, vestido con un polo de Lacoste color burdeos unas bermudas color crema y un sombrero Panamá, cubriendo la quiniela y tomando un chupito de orujo de hierbas. Fue tan honda la impresión de Fulberto al ver a la divinidad en pose tan relajada y mundana que saludó a Nuestro Señor con gran recogimiento y le pidió el favor de que compartiera con él los pronósticos de la quiniela que el Sumo Hacedor rellenaba cubriendo con pluma de ala de ángel. Dios, que se daba un aire a Jaime de Mora y Aragón cruzado con Bárcenas, dejó ver a Fulberto la quiniela en su totalidad para, sin más, levantarse, saludar a Torronchas con una leve inclinación de cabeza y alzamiento de sombrero, y seguir su camino en medio de un mar de nubes que se cerró a su paso. Fulberto supuso que iba a echar la quiniela.

Fulberto de Torronchas volvió de su rapto místico recuperando el resuello merced a un largo eructo. Pidió a quienes le rodeaban, ya algo preocupados por su respiración agitada y sus ojos en blanco, un boleto en blanco del antiguo patronato de apuestas mutuas deportivo-benéficas, hoy Loterías del Estado. Demandó también un poco de bicarbonato y un bolígrafo, y sin más explicaciones cubrió la quiniela recordando los signos marcados por Dios nuestro Señor durante su breve encuentro. Pegó un pelotazo de catorce (entonces no había quince) gracias que el Calvo Sotelo empató con el Recreativo de Huelva, un resultado insólito.

Con el dinero ganado, envuelto en olor de santidad y en el de sus propios gases, Fulberto vio claro el negocio fundó junto a un criado sordomudo el monasterio de los Padres Quinielistas, estrafalaria congregación mendicante que aseguraba tener línea directa con la divinidad para acertar pronósticos de apuestas de todo tipo, siempre y cuando el padre Torronchas consiguiera llegar al trance a base de ponerse como el tenazas y gratis a base de pote asturiano, casadielles, una mariscada, tres sacos de oricios, dos kilos de santiaguinos o varios chuletones de Ávila, menús variables en función de  los donativos de los pardillos ludópatas que acudían al monasterio. Aseguraba entrevistarse durante sus trances con San Cristóbal para consultar los pronósticos de la Formula 1, con San Quirico para campeonatos de lanzamiento de martillo, con santa Juana de Arco para torneos de ajedrez, con San Sebastián para los certámenes de dardos, además de contar con San Donato de Muenstereifel como asesor en asuntos de lanzamiento de jabalina. Tras comerse tres bugres aseguró haber recibido de Santa María Magdalena los resultados del concurso de Miss Universo.

Hacienda, la Policía de aquí y hasta la Policía Montada del Canadá desmontaron en un pis pas la estafa de Fulberto y sus padres quinielistas tras varias denuncias de gentes arruinadas por invitar a comer al padre Torronchas a base de bien y no conseguir hacer ni línea en el bingo del asilo.

Fulberto reconoció ser un fulero y que acertó la quiniela de Dios por pura chorra . Reside ahora en la costa azul donde vive de leer el futuro en las nalgas de los turistas.

Artemio Sindiós

Artemio Sindiós fue el único mentiroso del mundo que siempre decía la verdad, blasfemaba cuando quería rezar y decía que no cuando quería decir que si. Odiaba profundamente a la persona de la que se enamoraba y era capaz de mandar docenas de rosas o de oricios a mujeres a las que decía odiar con todo su amor. Artemio Sindiós vestía un guardapolvo gris y llevaba siempre una lechera llena de vino con la que mantenía el nivel permanente de su sobriedad alcoholizada. Por esa sinrazón Artemio fue tenido por el abstemio más bebedor del mundo y, con su estatura de dos metros, por el enano más alto de Asturias. Era el ateo que más veces iba a misa, y a pesar de ser analfabeto ingresó en varias academias de altísimo nivel intelectual.

Artemio era un místico, un pensador de la calle, un hombre que insultaba salvajemente a quien pretendía elogiar, que votaba a los más derechistas mientras canturreaba la Internacional y que devolvía inmediatamente la limosna que acababa de pedir por caridad a un probo peatón. Lloraba a lágrima viva cuando un chiste le hacía gracia, entraba en los tanatorios riendo a carcajadas,  devolvía lo robado en el Alimerka, y gritaba a voz en cuello ante cualquier cartel que rogaba guardar silencio.

El ostracismo social al que fue condenado Artemio Sindiós por su extraña y contradictoria forma de ser lo convirtió al mismo tiempo en un filósofo de renombre, columnista en varios periódicos, invitado de honor en las tertulias televisivas, además de ser el autor de casi todos los programas electorales. Pedía por estos trabajos grandes sumas de dinero que reintegraba de inmediato

En cierta ocasión se citó a sí mismo a tal hora en un parque. Como al decir la verdad mentía y al mentir era sincero, Artemio se armó un tremendo lío en la cabeza y jamás se supo de él. No se sabe si llegó a salir de casa en busca de mismo, si se sigue esperando en el lugar de la cita o si, como tantos otros, se quedó a medio camino de ninguna parte.