Aznar

Leí hace poco que lo preocupante no es que un loco se crea un rey, sino que un rey se crea rey, ya que esa es la verdadera expresión de la locura. Dándole vueltas al asunto me encontré de bruces en la televisión con Aznar creyéndose Aznar. Hace años se creía Bush o Blair, pero como sus referentes en la alta política se han jubilado él no ha tenido más remedio que terminar por creerse Aznar, hablar como si fuera Aznar, posar como un Aznar pensar como él y actuar como esa persona. Por el bien de España y para echarle en cara a Rajoy que no se parezca lo suficiente a Aznar. El problema de ciertos ególatras es que llega un momento en la vida en el que han pasado por encima de tanta gente en busca de sí mismos, que llegan a la conclusión de que no hay otro ser vivo en el mundo capaz de igualarse a él. Aznar ha llegado al cénit de su autoestima o de su estupidez y, por si no nos habíamos dado cuenta, hace gala de ello en televisión y en horario de máxima audiencia. Narciso se ahogó después de caer al estanque en cuyas aguas veía reflejada su hermosa cara de manera obsesiva. Aznar, pese a ser narcisista de pro, ni siquiera se atraganta escuchando su discurso de presidente de comunidad de vecinos al que le han pillado haciendo pis en las jardineras del portal y tiene que salir del lío como sea. Montar el bodorrio de purpurina del Escorial o ser amiguete de los chorizos de la Gurtel, esos que se paseaban por allí como en “Uno de los nuestros”, mirando al Estado por encima del hombro, habrían sido vergüenzas suficientes como para quedarse callado una larga temporada. Pero Aznar ha pedido ayuda a Aznar para huir hacia adelante y ambos han salido a la palestra a llamar idiota a todo el mundo, encaramados en su imaginada superioridad moral. Tal vez el próximo paso sea que Mourinho se crea Aznar, o que Aznar quiera ser también Mourinho y acabe entrenando al Real Madrid.

Herencias

Miguel Blesa, compañero de pupitre de José María Aznar, ha acabado en la cárcel por meter la mano (las manos, mejor dicho) en el cajón de Bankia y dejar aquello como un solar. Miguel Ángel Rodríguez (MAR para los amiguetes), aquel jefe de prensa de José María Aznar que le tiraba los tejos babosos a la Constitución cuando llegó a la mayoría de edad, fue detenido hace unos días por conducir cuadruplicando la tasa de alcoholemia. Ana Botella, esposa de José María Aznar, ha convertido la Alcaldía de Madrid en una reunión de damas de la caridad tras zafarse del terrorífico, del criminal asunto del Madrid Arena.

Bárcenas y Correa, invitados de postín en la boda de la hija de José María Aznar, aquellos que desfilaban engominados y chaqueados por el patio de El Escorial, sintiéndose adalides de un nuevo imperio, mirando a España por encima del hombro, son ahora vulgares reos del choricismo de altos vuelos, tramposos y sobrecogedores que pasaron de las portadas del ¡Hola! a los pliegos de cordel ejemplarizantes. Eran ellos los triunfadores de aquellos tiempos fabulosos, los héroes del capitalismo sanguinario,  provistos de la indigencia intelectual y la chulería genética heredada de José María Aznar, su padre putativo e ideológico que los nombres herederos universales de una herencia que ahora nos toca administrar a quienes no tuvimos arte ni parte. José María Aznar, castellano recio, de humor tan reseco como los caminos de Quintanilla de Onésimo, severo corrector de las debilidades ajenas, moralista de pro, amante del dominó más que del ajedrez, nos ha dejado esta herencia a todos, incluso a su querido PP que tantas veces se queja de las herencias recibidas.

La contabilidad se cierra con Rodrigo Rato que, sin que se sepan las razones, aún sigue siendo hijo adoptivo de Gijón. En Vivero (Lugo) ya le han retirado los honores al prohombre. ¿Cuándo va a solicitar lo propio la oposición del Consistorio gijonés? Sería saludable poder descargarnos de un trocito de tanta herencia podrida.