Molan mucho

Cómo molan estos chicos y chicas del catalanismo. Resulta que Puigdemont dijo que Europa estaba anticuada, gagá, podrida y que era parte del aparato represivo montado contra la sacrosanta patraña del independentismo. Dijo todo esto pero a continuación se largó de Erasmus póstumo a Bruselas, donde da conferencias en varios idiomas, se pasea con aire machadiano (ay no, que era un fascista anticatalán) y se autodenomina exiliado y preso político. Con dos cojones. Además se ha alquilado una casita de nada en Waterloo y parece que no tiene intención alguna de volver a España a enfrentar su propio Watergate y acabar en la cárcel de Estremera con el resto de compañeros mártires de la sardana y el castellet. Europa no era tan mala para Puigdemont, al parecer.

Pero mola más Anna Gabriel, la chica de piel cetrina, discurso pasionario, mirada retadora, flequillo batasuno y amplia colección de camisetas reivindicativas que ventilan la sobaquera con facilidad. Esta señora es anticapitalista pero se exilia en Suiza, que es cuna, tumba, biblia, diccionario, espejo, grial y filón del capitalismo más salvaje, depurado y sibilino del planeta; el sitio que aloja las fortunas de más dudosa procedencia y que debería producir vómitos y espasmos a la batalladora Anna Gabriel, tan antisistema ella, y ahora escondida en una caja de seguridad helvética junto al dinero de monarcas trincones, narcos, traficantes de armas y otras especies. Lo que hay que ver. Si Companys levanta la cabeza se autofusila.

Una anticapitalista en Suiza y un antieuropeo en Bruselas son una pareja tan esquizoide como un obrero de derechas, aunque me temo que estas paradojas que son tan llamativas para los de mi edad, los amargados pollavieja que todo lo criticamos, ya van a dejar de serlo para siempre, porque el postureo todo lo puede y la coherencia no pasa de ser una base de maquillaje muy etérea. Ya se sabía que todo esto de la estelada y la pajarita amarilla eran un camelo, pero hay por ahí mucha gente algo gregaria/borrega /simple que se lo sigue creyendo y que te miran mal si no lo crees tú porque ahora para ser progre basta con leer algún catecismo y escupir al que no se lo sabe. La progresía antisistema vive ahora en Waterloo y Suiza descojonada de la risa, mientras la ramplonería pseudoprogre que les jalea sigue pensando que los fascistas y los burgueses somos los otros, los que no merecemos carné de guais.

Ya lo dijo Forges: Suiza, patria querida. Lo decía por los evasores de capitales en crudo,  los que iban a la helvética cargados de collares de la abuela, candelabros y sacos de billetes de mil duros escondidos en el capó del milquinientos nergro. Ahora lo que se evade a Suiza son caraduras disfrazados de revolucionarios y visionarios. Cómo molan.

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Palabros y palabras

La mediocridad y el postureo imperantes a fecha de hoy en las opiniones públicas y publicadas, han convertido en asunto de gran debate nacional y enormes voces en castañeu el tema de si debe decirse “portavoza” cuando la portavoz es una moza (y olé). Desde que Carmen Romero (ex señora de FG) se sacó de la manga aquello de “jóvenes y jóvenas” en los felices e inocentes ochenta, no hemos parado de escuchar memeces parecidas desde las trincheras del feminismo atrabiliario que han sido respondidas con bobadas similares desde los reductos de machismo militante. (Nota del autor: los adjetivos empleados son intercambiables). Luego vino la generación de Bibiana (Aido, no confundir con Bibiana Fernández antes Bibi Andersen) con aquello de “miembros y miembras”, y rematamos ahora con la señora de Iglesias y su chorrada de la “portavoza”. Uno es de los que opinan que el idioma no discrimina, que lo que discrimina son las leyes, y la gente, y la cerrilidad, y la mala educación, y perder el tiempo en debatir gilipolleces, así que me hartan mucho estos coloquios absurdos y de una enorme vacuidad que solo sirven para enmascarar la falta de verdaderas ideas y proyectos con alguna chicha para conseguir que las tías ganen lo mismo que los tíos, para que dejen de matarlas a martillazos o de violarlas con la disculpa de que llevan minifalda y es que van provocando.

A uno le parece que este feminismo de chapita, babayada y ocurrencia no le hace ningún favor a las feministas y los feministos (si se me permite este palabro con el fin de dar visibilidad a los machos que no quieren ser machistas) que se toman este asunto en serio y pretenden llegar al fondo de asunto y cambiar de verdad alguno de los cursos de la historia. Convertir las legítimas reivindicaciones de muchas mujeres en una caricatura patrocinada por las ociosas señorías de turno, sean del partido, es pecado de lesa política y una frivolidad de gran tamaño. Casi tanto como quien ha pedido que se prohíba el sexismo en los disfraces de carnaval, siendo carnaval el momento del año en el que casi todo está permitido y casi nada se prohíbe.

Como dice mi amigo el señor Morilla, seguiremos discutiendo el machismo de los disfraces y el uso de miembra y portavoza, pero las mujeres seguirán ganando la mitad del sueldo de los hombres, que ahí está la madre del cordero. Y añado yo que esto es lo mismo que llevar una semana sin tren entre Asturias y la Meseta y seguir discutiendo sobre la oficialidad del asturiano. Palabros, palabras, mediocridad, postureo y todo así.

El tufo

En esta sociedad hiperventilada, hiperdesmadrada que cree que debe estar hiperinformada según y para qué, en la que es difícil diferenciar una tertulia sobre la Liga de fútbol, el Pleno del Congreso o una nueva entrega de Teletienda, a uno se le puede escapar un pedo en público pero no un guasap. A Rajoy se le escapó un preso en público, el preso Puigdemont que se fue con viento fresco a comer coles a Bruselas, hortalizas que, por cierto, producen abundantes flatulencias. Y resulta que en medio de esta comedia de puertas que se abren y se cierran, al señor Puigdemont se le jode el Erasmus póstumo del que disfrutaba con halo de héroe escribiendo guasapos en directo para Ana Rosa. Y tal que así, el olor que ha levantado el escape puigdemontino ha revelado que el nacionalismo catalán esconde un tufo a podrido que para sí lo quisiera Hamlet en Dimamarca, capital Conpenhague que es donde se le escapó el cuesco comunicativo a don Carles el periodista.

Y Mariano creía que iba a disimular que se le había escapado el preso trompetero haciendo “ejem, ejem”, más héteme aquí que llega el guapito de Costa el valenciano y dice que el PP naranjero era la sucursal de la cloaca máxima poblada por ratas del tamaño de un Mercedes Benz que llevan décadas escondiendo sus hedores bajo litros de fragancia de la cara.

Entre los presos, los guasaps y los corruptos que se escapan cada día en España no es de extrañar que este país huela a cerrado y a sucio. Y los que venían a limpiar el camarote se han quedado por el camino. Vaya tufo.

Sucesiones

Los pobres siempre pagan el impuesto de sucesiones, aunque se crea que solo lo pagan los ricos. El impuesto de sucesiones que pagan los pobres es la pobreza heredada. Dice Cáritas que el 80% de los pobres heredan el negocio familiar, es decir, que siguen siendo pobres para los restos. Pese a tan evidencia, no he visto aún ninguna manifestación callejera, ni tampoco editoriales de los periódicos dando la voz de alarma ante este duro gravamen y pidiendo su eliminación inmediata en los próximos presupuestos del Estado o de la comunidad. Los ricos de toda la vida o los hechos a mano a base de lo que sea, hallan siempre múltiples formas de no pagar el impuesto de sucesiones. Los puentes que construye  la ingeniería financiera son más sólidos que los que edifica la ingeniería civil.

En el escalón inferior al de los muy forrados están los menos ricos pero que tienen un buen pasar y muchas pretensiones. Estos se desgañitan por la calle diciendo que el impuesto de sucesiones arruinará a sus hijos, y que es una tremenda injusticia a la que hay que poner fin. En algún periódico que se las da de serio he llegado a leer que es la clase media la más perjudicada por el impuesto de sucesiones (el de los ricos). Hablar de clase media después de la que ha caído parece una broma. Lo que antes era la clase media es hoy la clase mediocre, la clase demediada que ha tenido que vender hasta el anillo de boda para no irse al pozo. Y ni así.

Y mientras todo esto ocurre, los pobres de familia, los de la puerta de la iglesia y el ropero parroquial,  heredan la roña en silencio pagando por ella un altísimo impuesto de sucesiones y cargan con la purria hasta donde pueden, sin que nunca les salgan las cuentas, pagando su propio impuesto en incómodos plazos que, en general, llegan a durar toda la vida.

Dice la Biblia eso de que tan difícil es que un camello pase por el ojo de la aguja como que un rico vaya al cielo. No tengo tan claro que esto sea tan cierto, ya que llegan a diario muchas noticias de que es más fácil que un rico haga pasar sus capitales a un paraíso fiscal, que un pobre deje de serlo alguna vez. Los impuestos siempre los pagan los mismos, siendo la pobreza tan hereditaria como la monarquía y con el futuro más garantizado.

Navidades

 

El problema de la Navidad no es que deba ser familiar, sino que la familia se empeñe en ponerse navideña. El problema de la Navidad, en general, es que debe ser navideña y ahí se joroba todo. Si usted se pone navideño en febrero o en setiembre es lo mismo que pedir una ración de mazapanes en agosto o comer polvorones en el desierto. El problema de la Navidad es que está fuera de lugar por empeñarse en que todos nos pongamos navideños por narices. Si usted es un borde con sus semejantes el 24 de julio, tendrá usted la disculpa de que ha tenido un mal día, de su mal carácter o de que ha pegado gatillazo. Sin embargo, si usted se comporta como un cafre el 24 de diciembre será tenido por un desalmado sin perdón y sin disculpa.

Y digo más. Si usted se emborracha un martes cualquiera porque le apetece, el mundo le señalará como a un pretendiente de la cirrosis, un inadaptado y un drogadicto; pero si a usted no le apetece beber el día de Nochevieja, sus iguales le tendrán por un raro, un aguafiestas y un capullo. Además, le echarán en cara lo mucho que le gusta soplar vidrio en martes perdidos por el resto del año cuando no es navideñamente correcto. El problema de la Navidad es que es obligatoria, invasora, predeterminada, abusiva, abrasiva,  contumaz, y tan previsible como una serie de Emilio Aragón. La Navidad no es pacífica, no respeta la intimidad, cada vez empieza primero y, encima, ni siquiera nieva como es debido. La Navidad no es la vida,  aunque a partir de 22 de diciembre  se empeñen en decirnos que toda la vida debería ser Navidad. Y una mierda. Y, además, no soporto a los niños de San Ildefonso. Que se sepa.

Babayadas

Si Gabriel Rufián fuera de Pumarín o de Bimenes (pongo por caso y sin ánimo de ofender a los naturales de esos lugares) sería simplemente lo que aquí consideramos un babayu. Sin más. Un babayu, un tenor de chigre, un rapaz que se cree la quintaesencia de la oratoria aguda y desestabilizadora del sistema por lanzar un poco de sal gorda en el Parlamento para que Rajoy y cualquiera le contesten a vuelta de memez sin despeinarse. Contestando a Rufián Rajoy parece Winston Churchill, oiga. Pero como Rufián es catalán y republicano es obligatorio flipar todo el tiempo con sus diatribas del nivel de los festivales escolares de fin de curso en los que está permitido a los alumnos imitar a los curas y los profesores porque las notas ya están puestas, y que que nos quiten lo bailao.

Lo que pasa es que como las redes sociales tienen que estar todo el día incendiándose por algo, o llenas de “zascas” y otros neologismos sin sentido para que el circo no decaiga, Rufián ha pasado de ser un babayu de poca monta a ser un Castelar o un Demóstenes que incendia la cosa de las redes tanto como Reverte, para las rotativas y sale en los titulares de periódicos que antes iban de serios y ahora no tienen ni media hostia informativa. Y es que ya cansa mucho lo del babayu de Rufián, lo del meapilas trabucaire de Junqueras, lo de la rabanera de Forcadell devenida ahora en hija del 155, y lo del ridículo de Puigdemont-Tintín que sigue como de viaje de estudios en Bruselas mandando fotos por las redes a sus primos los confiteros de Gerona para que sepan que está bien, se abriga y tal, e insultando muy subido a este estado franquista que le convoca unas elecciones al señorito para que siga viviendo del momio independentista. Y este Mariano Rajoy que continúa sin llenar las Ramblas de cadáveres catalanes para mayor gloria de estos mártires del espetec y revolucionarios de papá.

-Puigdemont va a ser candidato en diferido.

-Como las indemnizaciones de Bárcenas.

Todo es ridículo y ya dijo Tarradellas (no el del espetec, sino el de ‘ja soc aquí’) que en política se puede hacer de todo menos el ridículo. No dijo nada de robar el 3%, pero se le supone como el valor en la mili y la certeza de que el tercer polvo no hay quien lo eche. Todo es ridículo y grotesco. Desde la declaración de independencia que nunca existió, el referéndum que nunca fue y la fuga de los consellers en coche a Perpignan para ver una de tetas y culos antes de irse a pasar frío a Bruselas. Sólo faltaba que se hubieran fugado en un Mercedes Benz de los que usaban los toreros y los marqueses de Leguineche, los de la “Escopeta nacional” con López Vázquez escayolado para esconder las joyas de la familia.

Puigdemont contaba con que lo de la independencia iba a tener un final de película de arte y ensayo con música del pelmazo de Lluis Llach, y resulta que lo acaecido hasta la fecha encaja mucho más en una de Azcona y Berlanga o, aún mejor, en una de Torrente, que todo llegará.

Escarabajos

El mismo día que nos enteramos de cómo una banda de sinvergüenzas se pulía tarjetas de crédito en Bankia (o cuando ayer mismo escuchamos a la fiscal Sabadell relatar como se montaba la “caja B” del PP) , van unos paleontólogos o como se llamen y dicen haber descubierto en la India el parásito social más antiguo de la Humanidad. Tiene 52 millones de años de edad y no es un banquero ni un político, ni un constructor aventajado, es un escarabajo. Su estrategia depredadora consistía ya entonces en colarse en el nido de otros bichos. Se colocaba allí poniendo cara de buena persona, se arrellanaba en el salón haciéndose pasar por uno de ellos y cuando ya nadie reparaba en su presencia se zampaba todo lo que había en la casa, incluyendo a los hijos de sus inadvertidos anfitriones. Si a este escarabajo conservado en ámbar se le hubiera dado una tarjeta de crédito de Caja Madrid, nombrado tesorero del PP, ministro de algo o se le hubiera hecho miembro del consejo de administración de Aquagest, su comportamiento no habría diferido en nada con el de toda esta banda de políticos, reyes del hormigón y sindicalistas de alto standing que ponían barra libre en los puticlubes y mariscadas en los últimos restaurantes de moda a base de saquear los ahorros de todos los pensionistas, de no pagar impuestos y llevar en la faltriquera fajos de billetes de 500 euros.

Llegados a cierto punto, la diferencia entre un escarabajo y Ana Mato o Luis Bárcenas, el 3% trasegado hacia Andorra por los Pujol y compañía o etc,  es solo una tarjeta de crédito o unas comisiones de nada repartidas por aquí y por allá. Estas coincidencias biológicas vienen a demostrar que los ladrones y los parásitos sociales han existido siempre y que la tarjeta de crédito y el soborno, el cohecho y la prevaricación pueden ser considerados tanto un avance del capitalismo como una regresión al parasitismo básico de hace 52 siglos, todo depende de si le echamos imaginación y vemos que la bola que arrastra el escarabajo pelotero está compuesta por confetti de cumpleaños, comuniones y viajes pagados a la señora Mato, o textuales pelotazos urbanísticos con sus porcentajes puestos al día.

La función crea el órgano, aunque a veces el órgano (la tarjeta, el cargo público, la proximidad del cajón) invita a ejercer la función (robar). De hecho, la historia reciente del PP, CiU (ahora PDCat), Caja Madrid y Bankia ya no va a ser estudiada por economistas sino por especialistas en escarabajos y parásitos sociales del Jurásico, ya que hay realidades sociales que solo se pueden entender si se analizan desde el punto de vista de un insecto que se ha especializado en ser depredador de lo ajeno. Hay que bajar a ras del cucho para hacerse cargo de las claves del saqueo.

Una vez más nada es lo que parece. Hay ejecutivos trajeados que viajan en Audi o sindicalistas con aspecto responsable y camisa de cuadros a quienes nadie confundirá a simple vista con un escarabajo. Ahora bien, póngales usted en la mano una tarjeta de crédito “negra” con cargo a lo ajeno, o unas vacaciones pagadas en Disneylandia, unas putas de alto standing o unas mariscadas a tiempo y verán cómo se convierten en coleópteros dispuestos al saqueo feroz y sistemático con la misma saña que unos bichos de hace 52 siglos. Franz Kafka pasó a la historia como un tipo raro por escribir un libro contando la metamorfosis de Gregor Samsa, el señor aquel que despertó una mañana convertido en escarabajo. Lo que escribió Kafka es una broma comparado con lo de España, un sitio que parecía un país pero que estaba administrado por escarabajos saqueadores. Algunos de ellos, no contentos con llevarse el 3% en metálico se dedican ahora a saquear el patriotismo para ver qué pueden sacar de esa golosa materia prima que tanto gusta a los canallas con aspecto de escarabajos vestidos de Armani o disfrazados de batasunos de hace 30 años.   

Groucho en la Generalitat

La certeza de que Groucho Marx está muerto -perdonen que no se levante- es la única razón que me permite descartale como el autor del discurso pronunciado ayer por el señor Puigdemont. Y lo digo porque en la surrealista intervención del molt honorable president flotaba esa frase atribuida al mejor de los marxistas: “Estos son mis principios, pero si no le gustan tengo otros”. Porque el extraño Puigdemont salió al estrado del Parlamento el olor de santidad, rodeado de un halo de paladín de los derechos históricos catalanes, con el paso firme de quien va a ser la comadrona del parto de los siglos. Sin embargo, aquello no fue más que el parto de los montes al dar por suspendida la independencia antes de declararla, como divorciarte a los diez minutos de pasar por la vicaría. Un gatillazo en directo. Proclamo y suspendo, meto pero saco, doy pero quito, la parte contratante de la primera parte, etc. Groucho en la Generalitat.

Desde que Dolores de Cospedal explicó aquello de la indemnización diferida a Luis Bárcenas ante el estupor general de la opinión pública, uno no había presenciado un discurso político más extraño, tramposo y alambicado para cubrir lo que viene siendo una estafa. Estafa para la ley, malversación de la democracia y jarro de agua fría para los sentimientos de muchos catalanes que se habían llegado a creer el cuento del flautista de Hamelín que, acompañado del ogro bueno Oriol Srek, les conducía al país donde los matos dan leche y miel y atan los perros con longaniza. Se suspende lo que al parecer no se ha declarado, pero que se firma solemnemente en un documento que, sin embargo, carece de validez legal. Esto lo mismo que cuando Groucho Marx retiraba su proposición de matrimonio nunca realizada a la asustada Margaret Dumont, o su madre, la de Groucho, preparaba macarrones rellenos de bicarbonato con el fin de causar y curar las indigestiones a un tiempo. Todo muy divertido si no fuera por el caos que se ha montado y porque la imagen de España, la “marca España” de marras, vuelve a estar por los suelos gracias a los estafadores políticos y a los estafadores financieros.

A plazos se compran las neveras, las televisiones o los pisos, pero hacerse con una independencia a plazos es tan chusco como pedir un crédito para irse de putas o vender el coche para comprar gasolina. Suena todo a enorme farsa porque eso es lo que es: una broma enorme pagada con nuestro dinero, nuestra estabilidad y nuestra salud mental. Puigdemont amenazaba con ser el caballo de Pavía pero no ha pasado ser la carabina de Ambrosio; se imaginaba el honorable siendo él mismo la libertad descamisada guiando a su pueblo sobre las ruinas de la España que “ens roba”, pero su imagen ha estado más cerca de lo confuso y lo patético que de lo heroico. Tal vez quien menos derecho a decidir tenga en este momento sea el propio Puigdemont, que se ha metido en la cama con muy extraños compañeros, ha puesto todo del revés, ha espantado a empresas (alguien desde España le da las gracias por ello estos días en las redes sociales), y ha sacado de la lámpara muchos resentimientos que ahora andan sueltos por la calle. La señora del flequillo que siempre parece enfadada va a ser ahora imparable en su vómito antiespañol; Rivera desempeñará su papel de empollón de la clase reclamando escarmientos hasta la exasperación, y Pablo Iglesias seguirá jugando a su extraño juego de niño malcriado a quien cualquier situación y la contraria valen para medrar y no conoce más patria que sus propios intereses. Después de juegos florales y cargas policiales, ambas inútiles y desproporcionadas, Mariano, Soraya y compañía tendrán que decidir algo en serio sobre Cataluña para que los perplejos ciudadanos del común sepamos quién manda aquí, si es que manda alguien. El PSOE tendrá que limpiar un poco mejor su casa y aclarar el follón que se trae con el PSC. Todo es un poema, o una canción de Groucho Marx cantada por el capitán Spaulding.

“Desde la nada hemos alcanzado las más altas cotas de la miseria”, dicen que dijo Groucho Marx. Gran resumen para el punto absurdo al que hemos llegado por ahora, aunque la altura de las cotas de la miseria no tiene techo. Ya veremos. Yo sigo con la duda de si Groucho Marx no estaría ayer sentado en la tribuna de invitados del Parlament fumando un puro y tomando notas para su próxima comedia.

Como dice Miguel Ángel Aguilar: atentos.

Ventajas del patriotismo

Ser patriota sirve, por ejemplo, para distinguir sin dudar a policías buenos de policías malos y perversos. En este sentido, nadie parece recordar ya las 100 bombonas de butano que aparecieron en el chalé de Tarragona en el que vivían unos amables terroristas. Los policías buenos, los de casa, no repararon en que aquellos no eran coleccionistas compulsivos de envases de butano, sino fabricantes de bombas para colocar en la Rambla. Siendo patriotas se perdonan los errores, eres más comprensivo con tus policías.

Ser patriota es muy útil también para reclamar a la UE y la ONU que sean mediadores en el conflicto catalán, como si España fuera una república subsahariana o el Ulster en los tiempos de plomo. El patriotismo inflamado pasa por alto que la UE y la ONU son dos de las principales responsables de la muerte de miles de inmigrantes en el Mediterráneo y en otros sitios. Sin ir más lejos, la UE ha nombrado administrador único de la letrina migratoria al señor Erdogán, un demócrata de toda la vida que permite la libertad de expresión sin cortapisas y sabe organizar unos golpes de estado de muchos quilates.

En el terreno deportivo ser patriota permite insultar a Gerard Piqué por sus opiniones algo chulescas e inoportunas, pero no crea conflicto alguno cuando en tu equipazo juegan más extranjeros que españoles o cuando la alineación está trufada de defraudadores fiscales, aprendices de gangster, maltratadores, conductores suicidas y otras perlas sociales.

Lo bueno de ser patriota es que te permite seguir considerándote de izquierdas pero sin necesidad de sentirte internacionalista, y apoyar sin empacho las causas de la más rancia burguesía que tomó sus primeras lecciones con la familia Pujol si esta no andaba trasegando euros por Andorra. En manifestaciones a favor del patriotismo catalán hay gente que considera fascista el muro mexicano de Trump, insulta a los israelitas por su paredón anti palestino, propugna en la barra del bar el final de las fronteras y el libre tránsito de todas las personas, pero se desgañita en favor de la creación de un nuevo coto de caza privado en Cataluña.

Ser patriota es estupendo porque te permite preocuparte estéticamente por las ballenas blancas, los perros abandonados y las focas monje, pero te exime de eso que se llama solidaridad interterritorial que sirve para pagar la Variante de Pajares (si la hubiera) en Asturias, las carreteras en Extremadura, y el AVE o los pufos farmacéuticos en Cataluña por poner algunos ejemplos. El patriotismo de estos días se resume en “bien me quieres, bien te quiero: no me toques mi dinero”.

Y como bien dice un sabio llamado Álvaro Noguera, si la bandera oficial de España es la del escudo y las columnas y la del aguilucho o “pita” es ilegal, ¿por qué no es ilegal la estelada si la bandera oficial de Cataluña es la senyera? Gracias por la indicación, señor Noguera.

Gracias a ustedes también por llegar hasta esta línea. Me voy a la cama que es mi patria más querida.

La berrea

Los nacionalistas son esos niños caprichosos que siempre desean (y consiguen) los juguetes ajenos pero nunca admiten que se pueda jugar con los suyos. Viven bien a costa del común, de las meriendas que comparten sus amigos más generosos, de llenar su bolsa de canicas a costa del saquear a su corte admiradores papanatas o consentidores, y de crearse a su alrededor un halo de seres especiales y perseguidos, débiles e incomprendidos pese a ser la flor y nata por haber nacido allí y no aquí, mientras medran a costa de la permisividad ajena hasta convertirse en pequeños tiranos quejicas y llorones. No conocen más lealtad que la que tienen para sí y sus caprichos y no tardan ni un minuto en alzar la voz doliente y ofendida si dejan de ser el centro de la fiesta o si pierden un ápice de sus chollos y canonjías. Y si el padre de las criaturas o el director del colegio abdican de ejercer su autoridad, consienten y transigen por miedo, dejadez, pereza o ignorancia (o todo ello a la vez), el  nacionalista emperrado se convertirá en un monstruo imparable y abusón que se sentirá siempre agraviado, coartado y censurado por una sociedad que siempre le alimentó, vistió y benefició por encima de a los demás, pero que ahora ya le sobra. Tantos años llevan viviendo en un universo propio, fantástico y privilegiado, abusando o robando directamente, haciendo de la necesidad virtud  y de la vulgaridad exclusividad diferencial, que se creen que siempre será así porque ellos lo valen.

Los mimados nacionalistas llaman fascistas a todos aquellos que no están con ellos, ya que los niños malcriados no toleran matices: o estás conmigo o estás contra mi. En este punto organizan un referéndum que tiene el mismo espíritu sectario y excluyente que aquellas terribles peleas infantiles en las que el niñato mimado, el envidiado dueño del balón de reglamento, decía en la calle quienes eran sus amigos y quienes ya no lo eran. Porque en un referéndum no hay matices, se convocan para sentirse respaldado no para debatir nada y, de paso, para poner al día la lista de quienes son de los suyos y quienes no. Por eso a los dictadores les gustan tanto los plebiscitos, las elecciones por aclamación, los pucherazos parlamentarios y salir luego al balcón del palacio presidencial a echar la culpa de todo a fuerzas oscuras, al periodismo, a las potencias externas a las que han querido convencer sin suerte de la pureza de sus intenciones. La pamema del “derecho a decidir” en la que algunos se han refugiado para ir de guais y demócratas, es una falacia que usan para justificar sus asambleas de facultad y pataletas los presuntos estandartes de la izquierda que, dicho sea de paso, organizaron hace dos años en Gijón un referéndum que fue el hazmerreir de cualquier democracia. Como en el de Cataluña, todo estaba decidido de antemano.

Y para rematar la jornada estuvo el numerito frívolo del  F. C. Barcelona que, como siempre, quiso hacer el guiño nacionalista pero sin perder un solo punto en la Liga, no jodas, nen. Al final, partido a puerta cerrada y los que vinieron desde Canarias a ver a su equipo, que les den. ¿Por españoles? ¿Por canarios?

Desde la tarde aciaga del 23-F no sentía uno tanto estupor y vergüenza ante las imágenes vistas y las palabras oídas el 1-O. El marianismo inoperante y timorato convirtiendo esto en un juego de policías y ladrones, y los herederos del pujolismo depredador organizando su victimario consabido, han protagonizado un lamentable espectáculo poniendo a la gente normal como parapeto de su incapacidad para hacer política en serio y hacerla sin incumplir la ley de manera tan escandalosa. Y salvo excepciones, toda la clase política querrá ahora sacar partido de este desastre anunciado y vergonzoso en el que España ha vuelto a quedar a la altura del betún, como esas familias que arman un escándalo de llantos, golpes y voces  en medio de un restaurante lleno de gente que les mira estupefacta; el escándalo es porque el niño se ha empeñado en no comer la sopa y el padre no sabe negociar ni eso.

La berrea otoñal no ha hecho más que empezar. Los tiempos que vienen serán ensordecedores.