Mi tiu Logi. Un hombre bueno.

PIRI Y LOGI

Mis tíos Logi y Piri, en la celebración de sus 50 años de matrimonio

 

Algunas personas son como oasis verdes en este desierto extraño que se llama vida, por no llamarlo de otra forma. Algunas personas son buena gente. Otras personas son gente buena. La buena gente, por ejemplo, va al hospital a verte diez minutos cuando estás enfermo. La gente buena te lleva al hospital y se queda allí contigo hasta saber que estás en buenas manos. La buena gente cumple más o menos. La gente buena se coloca a tu lado cuando hace falta y sin condiciones.  Siempre.

Mi tío Eulogio Canal, mi tíu Logi,  era de la gente buena, de la que creaba a su alrededor un aura de bienestar, de calidez, de comodidad, un señor que reconciliaba a uno con el género humano trufado de tanto hijoputa. Mi tío Logi que acaba de morir tras asumir con entereza que tocaba entregar el equipo, y que murió sin querer aferrarse a un tubo para resistir un poco más, por no molestar, por no negar la evidencia de que la vida se acaba, era gente buena a la que apetecía encontrar en el bar, en la calle, en el Muro, en una reunión familiar. ¡Qué pocas tuvimos en los últimos años, Logi del alma, y qué pena me da ahora no haberte tratado más!

Cuando éramos niños teníamos tíos favoritos y Logi era uno de ellos. Y no solo porque siempre tuviera la cartera abierta para darnos propinas más que generosas, o porque nos invitase a helados de Los Valencianos si nos encontraba en verano por la calle mientras él daba una vueltina con mi tía Piri, su mujer, su compañera inseparable durante 52 años. No, no era solo por eso. Logi transmitía bondad, sin sermones, sin consejos, sólo con actos, sin publicidad, pero eso no lo sabíamos entonces porque éramos todavía muy jóvenes para entender que los adultos pueden hacer muchas cosas por los niños, pero que una de sus obligaciones esenciales era enseñarnos a vivir de acuerdo con un sistema consistente básicamente en no molestar y ayudar a quienes lo necesiten. Logi nos dejó claras esas dos cosas sin haberlas dicho en voz alta una sola vez, únicamente había que verle vivir, reír, hablar y asumir los derechos y los reveses de la vida, la salud y la larga enfermedad que le llevaba a dializarse tres veces por semana hasta que la máquina no pudo más.

De joven Logi era “el diosin” en el Barrio La Arena, en aquellas calles de posguerra en las que había que buscarse la vida. Era “el diosín” porque ya entonces era gente buena que llevaba retratada la bondad en su cara de mirada limpia y acogedora. No debía fácil ser bueno en tiempos de tanta oscuridad y sobrevivir más de ochenta años con un curriculum de buenas acciones sin alardes de las que muchos nos beneficiamos.

La prueba viviente de que esto que digo no es elogio barato a un muerto de la familia, es que Logi deja en su hijo Jorge y en su viuda, y en sus nietos Alex y Claudia, y en su hermano Siri y en su nuera Kati una pena mansa y una herencia de honradez, buen humor, socarronería y una bondad que les permite transitar este desierto extraño encontrando y compartiendo oasis de humanidad.

La pena es que desde hoy ya no nos encontraremos a Logi para que con esa voz profunda de barítono playu y esa media sonrisa siempre disponible, te invitase a un café, a una parrafada, te presentase orgulloso a uno de sus nietos o se interesase por tu vida. Mucha gente echa de menos desde hoy a mi tio Logi, un hombre bueno que descansa en tanta paz como fue capaz de crear en su vida. Y fue mucha.

Un besu, Logi.

En defensa del reguetón

Ha dicho en Oviedo la reina Letizia que los niños deben escuchar más a Mahler y a Bach (pronunciado este con mucha jota final, me refiero a la letra y no al género musical aragonés) y menos regueton o cómo se diga. La reina, ya se sabe, debe ser o aparentar ser una mujer de una exquisita cultura y gusto refinado. Por otra parte, es necesario recordar que recomendar a Mahler tiene en España desde hace décadas un alto valor, es como la contraseña de lo culto, lo exclusivo; el no va más. Recomendar a Beethoven o a Mozart está más visto, tiene menos caché, es más bien del tipo “Clásicos Populares” que el pobre Fernando Argenta ponía en RNE al alcance de cualquier escolar o cualquier señora que preparaba meriendas en la cocina. Para ser culto hay que recomendar sinfonías de Mahler, los demás son músicos de consulta de dentista. Alfonso Guerra fue el primero en presumir de ser un gran degustador del compositor austriaco, marcando así varios cuerpos de distancia cultural (o cultureta) entre él mismo y el resto de la sociedad española. Muchos años han pasado desde que Guerra recomendaba oír a Mahler como un ejemplo de pulida cultura izquierdista, y ahora, llega el momento en que aconseja pactar con el PP. Pero esa es otra historia.

Hace bien doña Letizia en aparentar ser culta, serlo incluso, y dirigirse a la opinión pública con ese tono tan profesional, con esa dicción aplomada en la que no sobra ni falta una sola palabra, y ese argumentario tan pedagógico y culto. Tal vez quiera la reina darle a su reinado un toque de socialdemocracia andaluza pasada de fecha o lo mismo es que, dada su edad, no supiera lo de Guerra y Mahler. La mujer de Donald Trump plagió a la de Obama y seguramente lo hizo sin saber lo que decía.

La reina Letizia quiere más Mahler y menos reguetón, posiblemente porque en su vida real abundan demasiado las situaciones en las que la sintonía es el reguetón, la pachanga, o la charanga, no las sinfonías del pobre Gustav a quien el amor por Alma Mahler mandó al psicoanalista. No imagino la vida de su augusto suegro, llena de safaris, mucho cuerno en tardes de toros y noches de bragueta alegre, casas con dos puertas, negocios turbios y otras liberalidades con un fondo musical del Mahler, sino más bien de reguetón discotequero. Lo mismo me ocurre al tratar de ponerle banda sonora a la existencia de sus cuñadas, de Marichalar, Urdangarín, el travieso Froilán y hasta las tías políticas con cuentas en Panamá. La realeza española hace que el himno nacional suene en su presencia como Paquito el Chocolatero y que Mahler sea tan apropiado para glosar sus curriculos como para ponerlo de sintonía en el teléfono móvil.

Yo creo que doña Letizia debe salir en defensa del reguetón, ya que es la banda sonora original y pegadiza que más encaja con su actual y amplia familia y que la hace tan campechana y popular.

La sal de Gijón

La sal es mala para el organismo pero buena para la inteligencia. Ustedes creen que la sal es un compuesto químico, pero es un bar. Los bares son compuestos químicos en los que se mezclan las excrecencias salinas, potásicas, férricas o lo que sea de cualquiera de los clientes que pasan por ellos.. La sal de la que yo hablo es una que hace esquina en el Muro de San Lorenzo y Eladio Carreño.

Antes había en este local esquinado putas saladas y destempladas como el Nordeste, putas con puyas y remango que se iban de clientes cuando esta ciudad era un sindios presindical, anterior a las reconversiones, gobernado por socialistas amansados por Felipe y sindicalistas que cambiaron el Seat por el Audi en cuanto hubo ocasión.

Ahora, esta esquina que antes fue poblada por putas desabrigadas y desabridas, es una vinateria en la que se toman vinos por docenas y posiciones ideológicas por pasión, opción, o por lo que sea. La Sal de Jordi y Marta es un local de alterne variopinto en el que no hay miedo al futuro ni al pasado, en el que se alterna con lo mejor y lo peor de cada casa, se combina el tinto con el blanco, el sol con la sombra, el cielo con el infierno y la realidad con la ficción de ser parte de una ciudad en la que nunca pasa nada pero acaba por pasar de todo.

Jordi y Marta, el yin y el yang, las bragas y lo otro, las tetas y lo demás, son la humanidad desbordante, amena, graciosa y gijonesa en la que hay que entrar para no convertirse en un cliente más del pijerío reinante en las zonas de guía Michelín, de las áreas recomendadas por los pijos blogueros que creen ser la sal de la tierra y los descubridores de una ciudad que aún nos pertenece.

La ciudad salada.

Cuestionario cuestionable y descreído sobre la libertad de expresión

¿Puede un ciudadano denunciar a un periodista por considerar dañados sus intereses a causa de una información publicada? Sí. Los tribunales decidirán si hay base para la acusación o el periodista es inocente de cualquier actitud dolosa.

¿Puede un ciudadano denunciar a un médico por considerar que su actuación le ha perjudicado? Sí.

¿Siempre que se denuncia a un periodista se ataca a la libertad de expresión? No, ya que sería lo mismo que afirmar que quien denuncia a un médico ataca al sistema de salud.

¿Son infalibles los periodistas? No.

¿La verdad es siempre sinónimo de imparcialidad? No.

¿Todo lo público es igual a lo publicado? No.

¿Publican los medios todo lo que saben? No.

¿Puede una información por muy cierta que sea dañar los intereses de una persona afectada por esa noticia? Sí.

¿Tiene derecho la persona afectada por esa información a reclamar en los tribunales? Sí.

¿Tiene menos derecho a ello por ser político? No.

¿La vida privada de un político siempre condiciona su gestión? No. Los hechos de la vida privada de un político deben ser revelados en la medida que tengan influencia negativa en la gestión de los recursos públicos.

¿Está más expuesto a que se conozca su vida privada un político que otro ciudadano? Sí. Su tarea está expuesta al escrutinio público aunque ello no anula su derecho a denunciar lo que considere ofensivo o perjudicial para sus intereses.

¿Son los medios de comunicación los garantes absolutos de la libertad de expresión? No. Las purgas, ERES y despidos generalizados de los últimos tiempos en todos los grupos editoriales, debidamente maquillados ante la opinión pública, son ejemplo de ello.

¿Es la información una mercancía que, según se use, puede aumentar los ingresos publicitarios de los medios (por ejemplo, estar a bien con el partido gobernante para conseguir mejores partidas publicitarias en campañas pagadas con dinero público)? Sí.

¿Es el manejo grifo publicitario un método aceptado por los medios privados para “regular” su libertad de expresión? Sí.

¿Esa estrategia informativa/comercial se coloca siempre por detrás de la sagrada libertad de expresión? No.

A estas consideraciones perfectamente refutables añado mi currículo profesional. Más que nada por si alguien dice que no sé de qué hablo.

1984-1989. Redactor en Cadena SER-Radio Minuto.

1989-1996.Redactor en La Nueva España, delegación de Gijón.

1996-2006. Redactor y columnista de diario El Comercio.

Entre 1999 y 2001, durante una excedencia, fue director de comunicación en Emtusa

2006-2009. Jefe de prensa del Ayuntamiento de Gijón.

Ladrones y comunistas

Vienen los comunistas. Está bien saberlo, se agradece el aviso. Voy a guardar las gallinas en el corral y las joyas en Suiza, aunque la coalición que presuntamente los cobija ni siquiera lleva la palabra “izquierda” en su nombre. Vienen los comunistas, al parecer. Este aviso es una gentileza por parte de los tertulianos, y del PP y de sus colegas. Es una cortesía y una novedad por su parte, ya que, por ejemplo, en todas las elecciones anteriores nadie nos advirtió de que venían los ladrones. Sobre lo que han hecho los comunistas en este país desde 1975 hasta la fecha tenemos bastantes ejemplos y casi todos son favorables a ellos. Sobre lo que han hecho los ladrones en los diferentes gobiernos también tenemos ejemplos abundantes y ninguno de ellos es edificante. Así que la conclusión más sencilla es pensar que tiene mucho más peligro que gobiernen los ladrones a que en el Parlamento haya comunistas (si es que llega a haberlos, o los que parecen serlo lo son realmente).

Yo observo admirado como esos que dan la alarma ante la avalancha de rojos que se avecina, callan como muertos ante las tropelías (joder, qué palabra tan redicha), chorizadas y sinvergüencerías de toda esta canalla trajeada y moralizante que se pasea por los juzgados o las cárceles tras haber mentido, negado y manipulado sus delitos. Los hay que siguen y seguirán en el poder durante generaciones porque al no ser comunistas no tenemos nada que temer. España es un país que ha puesto a raya a los rojos (algunos siguen aún en las cunetas) pero que convive sin problemas con los ladrones. Se nos advierte del peligro de votar a comunistas a o sucedáneos, pero no hay manera de escuchar en la radio un aviso sobre los peligros de que los ladrones sigan manejando el cotarro. Si vienen los comunistas terminarán por irse o por dejar de serlo. En cambio, los ladrones han venido para quedarse.

Paula y Alejandro

paula y nafría

Paula y Alejandro tienen los ojos limpios. Tienen la mirada de quien sabe de qué va la cosa. Miran por encima de la turbia realidad. Tienen los ojos como agujeros negros llenos de verdades que les permiten ser bellos y lejanos, envidiables ciudadanos que aún creen que el mundo puede ser un lugar habitable. Miro a Paula y Alejandro y recuerdo cuando yo era como ellos: bello, lejano, capaz de entender y de ignorar a la vez; convencido de que el mundo era una basura reciclable. Ahora ya no creo en el reciclaje. Sueño con serpientes y vivo con ellas. Soy una de ellas.

Paula y Alejandro hablan de fotos y cerveza. No hay en ellos prisa, ni temor, ni recelo ante el intruso que llega e interrumpe su testimonio de pureza humana sentados en la barra baja de la Revoltosa. Saben de qué va. Milagro de los bares. Y eso que son jóvenes, aunque seguramente el hierro de la vida les haya dado ya puyazos de pronóstico que ellos soportan con casta de bravos resistentes. La vida embiste y ellos cabalgan. A galopar.

Me recuerdan a los “Formales y el frío” de Bennedeti. Me recuerdan a esos diputados recién estrenados que se sientan en los escaños vacíos del Congreso a tratar de arreglar el mundo sin saber que sus jefes ya se dan por contentos arreglando el suyo. Me recuerdan a mí cuando aún tenía fe, esperanza y calidad. Calidad humana con ojos limpios.

Miro a Paula y Alejandro. Les hago unas fotos y les prometo escribir sobre ellos. Se ríen como diciendo miratúquépijadasseleocurrenaeste. Los viejos impotentes de esperanzas y sentimientos tenemos el recurso de las letras, el consolador que alivia nuestro paulatino viaje a ninguna parte que nos aleja de la pureza inesperada de Paula y Alejandro, sentados en la barra baja de La Revoltosa, hablando de fotos, tomando una cerveza y presagiando contra todo pronóstico que igual este mundo tiene algún remedio que ellos esconden en sus ojos de mirada limpia.

Va por vosotros.

Iglesias, Cebrián y los periodistas

Si se mira bien, Juan Luis Cebrián y Pablo Iglesias comparten una estimación muy similar sobre los medios de comunicación, aunque pudiera parecer que están en las antípodas en lo que a este asunto se refiere. Juan Luis y Pablo, Pablo y Juan Luis, quieren ser los controladores de lo que se publica, quieren ser censores, filtradores, inquisidores o inspiradores, según sea el caso. Juan Luis lo hace desde hace tiempo con mano de ERE, siendo el que más manda en un complejo mediático y financiero de muchas campanillas, siendo académico de la Lengua, honorable analista de la economía y la política patria; prologuista, monologuista, monopolista, muñidor de pactos en los que las noticias y la comunicación hacen de lubricante para negocios e influencias.

Pablo Iglesias, aparte de manejar la Tuerka, su medio con pretensiones de mosca cojonera del periodismo clásico que él controla como un pequeño ciudadano Kane, propone que el Estado ponga coto a la expansión de los grupos de comunicación privados. Antes de soñar con nacionalizar los bancos, Iglesias prefiere estatalizar los medios porque sabe, como Cebrián, que son llave de poder e influencias, un producto al que de vez en cuando conviene aplicar la “ley seca”, una bestia que conviene tener domesticada para que no embista por donde no debe. Al margen de que el líder de Podemos se cachondee de una periodista en público porque lleva abrigo de pieles o ponga en la picota a un redactor de “El Mundo” porque no le gustan sus titulares, lo que en realidad quiere es tener el mismo poder que Cebrián sobre lo que aparece en las primeras páginas. Ahí está el secreto: el periodismo es cojonudo si es mío, si yo mando en él. Ni a uno ni a otro interesa el futuro de la profesión o los profesionales, ni tiene previsto hacer nada por su dignificación. Cebrián considera que a los 50 años ya nadie es apto para dar noticias e Iglesias sostiene que la independencia y credibilidad de un redactor depende de la empresa para la que trabaje. Ambos opinan que ellos mismos son las únicas personas adecuadas para poner puertas a lo que se publica o no se publica. Cebrián lo hace con el poder de su dinero y la autorización de los consejos de administración que preside; Iglesias quiere hacerlo a golpe de Boletín Oficial del Estado y Consejo de Ministros aspirando en el fondo a una especie de nueva Prensa del Movimiento de infausta memoria. En manos de ambos el periodismo es un producto que solo tiene un valor relativo, el que sirve a determinados intereses económicos o políticos; más allá de ahí y si no responden a las expectativas previstas los medios y sus profesionales son intercambiables, presionables, expulsables o permanentemente cuestionables.

No me gusta ninguna de las dos versiones de mercader de noticias que nos proponen ambos sujetos desde sus respectivas torres de marfil: el capitalismo desalmado y el estatalismo trasnochado. Las dos temen a la libertad y desprecian la inteligencia de los espectadores y la ética e independencia de los profesionales. Cualquiera de las dos acabará con esta profesión.

Mezclas y cacaos

Supongamos que a una persona le gusta mucho el café, pero siente a la vez idéntica pasión por el chocolate. Unas mañanas desayuna una negra taza de torrefacto molido y aromático, y otros días un tazón de potente cacao. Así hasta que alguien le dice que se ha descubierto la bebida perfecta: el café-cao o chocofé, mezcla ideal de sus dos bebidas matinales. Usted puede ser a la vez Juan Valdés y el negrito del África tropical.

Excitado a la vez por los encantos del marketing y el llamado boca-oreja de los amigos, nuestro protagonista se lanza como un poseso al supermercado y compra la nueva mixtura que terminará con sus hamletianas meditaciones de cada mañana. Se acabó la metódica duda, la bipolaridad del desayuno, la necesidad diaria de elegir entre cafetera o chocolatera. Todo en uno, mezclado a gusto del fabricante que ha visto en el invento del café-cao o el chocofé (hay gente que tiene muy claro cómo llamar al bebedizo) un “nicho de mercado” a explotar ya que, al parecer, hay mucha gente que ama por igual el café y el chocolate. Además, y esto es lo que no se cuenta, los comerciantes de cacao y café han notado una flojera en el mercado a causa de la competencia de las bebidas de soja y otros sucedáneos, situación que recomienda prever medidas urgentes para evitar la reducción de la demanda y la caída de los beneficios.

Así que nuestro personaje madruga una mañana más y despierta emocionado porque al fin va a probar el desayuno definitivo. Abre el paquete con manos temblorosas, como los niños desempaquetan los regalos de los Reyes Magos, calienta la leche a su justa temperatura, realiza la mezcla, revuelve y, por fin, vierte en la taza el humeante milagro alimenticio y sociológico del momento. Más, ¡ay!, pronto advierte que el chocofé o cómo se llame no huele a la nada. Y, ¡ay otra vez!, lo peor de todo es que tampoco sabe a nada, ni a café, ni a chocolate, ni a nada. Indignado, frustrado y lloroso nuestro amigo lanza al fregadero el maldito caldo del demonio y mezcla con el pienso del gato los polvos restantes de café-cao. El gato se niega a probar bocado. Nuestro protagonista jura que a partir de ahora solo desayunará leche de cebada.

Con todo esto quiero decirles que no cuenten conmigo para probar la mezcla IU-Podemos por muy prometedora que parezca y por muy guapo que sea el marketing político con el que me la vendan. Tras escuchar durante meses las lindezas de que los chicos de morado dijeron sobre Garzón y compañía, no entiendo esta repentina fusión por eliminación, esta fingida hermandad, este juntar agua y aceite. Es sabido que no se juega con las cosas de comer y que los experimentos se hacen con gaseosa, no con votos. Antes de tener que digerir eso vale más quedarse en ayunas.

Dos formas de ver un pañuelo palestino

Tal vez sería mejor que el mundo estuviera gobernado por los hermanos Marx, más que nada por tener una idea cabal de dónde y cómo se toman las decisiones. Resultaría entonces comprensible el hecho de que los alumnos de los colegios asturianos vayan a un cuartel como parte de su educación (no sé si sentimental o práctica) a aprender a distinguir los pañuelos palestinos de los afganos con el fin de hacer puntería en ellos, todo ello mientras empuñan un arma de última generación en la que las criaturas ven por fin unida la ficción de los videojuegos con la brutalidad de la guerra.

Casi al mismo tiempo que suceden estas cosas, en Asturias hay nueve activistas pro Palestina que se enfrentan a 15 años de cárcel por manifestarse ante un edificio público rechazando la actuación de un grupo de danza israelí. Estas nueve personas, a alguna de las cuales conozco y aprecio porque hizo cosas desde la actividad pública que han contribuido a mejorar esta ciudad en la que vivimos, consideran que los palestinos solo deben ser objeto de protección, no de exterminio, ya lleven un pañuelo en la cabeza o vayan con ella descubierta. Su delito fue la protesta callejera, una actividad cada vez peor vista en este mundo tan silencioso y tan dado a considerar que los problemas importan en la medida de su proximidad geográfica. Palestina está demasiado lejos y encima hay allí mucho árabe que vaya usted a saber.

Si los estudiantes de los institutos asturianos tienen madurez suficiente para ir al cuartel de Cabo Noval a valorar el peso y las medidas de una escopeta y a poner en la mira del arma un pañuelo de procedencia islámica o similar como objetivo de un hipotético disparo, también deberían recibir en las aulas lecciones de desobediencia cívica y estudiar el valor de la opinión y la movilización en la sociedad democrática (sic) en la que viven. También deberán ser informados de sus derechos y deberes y del papel de las fuerzas de Seguridad del Estado. Puede que ninguno de estos chavales llegue nunca matar a nadie, y que el arma más agresiva que empuñen en su vida sea un sacarcorchos. Es cierto, pero es bastante más probable que en su vida tengan que tomar decisiones éticas y morales y adoptar posición personal ante las injusticias que se producen cerca o lejos de ellos y en las que mueren miles de seres humanos. Para saber algo de eso, para formarse en la dura disciplina de vivir con ideas propias, son más fiables las manifestaciones que los cuarteles, y suelen enriquecer más las lecciones que dan los ciudadanos que se juegan ir a la cárcel por defender las causas de personas a las que no conocen que los ejércitos, instituciones que, no nos engañemos, han sido creadas y son mantenidas para acabar con gente a la que tampoco conocen por el mero hecho de ser el enemigo.

Hay dos formas de ver un pañuelo palestino: una lleva a la guerra y la otra a la cárcel.

Panamá

José Manuel Soria empezó su carrera política queriendo parecerse a Aznar y la ha terminado siendo clavadito a Mario Conde. En menos de dos minutos de Telediario pudo verse esta sorprendente mutación, casi tan sorprendente como la de Benjamín Button, aunque puede que más esperable si se tiene en cuenta la evolución de muchos miembros de la clase política española, todos queriendo parecerse a Peter Pan en los inicios y terminando todos con la misma pinta que el capitán Garfio. El propio Mario Conde hizo un camino similar, aunque más completo. Primero fue banquero, seguidamente fue defraudador, luego quiso ser político y ha terminado de nuevo en el calabozo. Las puertas giratorias de la política no siempre llevan a donde se espera. Son como las de aquel programa llamado “Humor amarillo”. Unas franqueaban el paso al concursante hacia la fama y la fortuna, pero otras eran una trampa mortal que desembocaba en manos de un ogro o en una charca infecta. Soria y Conde han terminado en el mismo lodazal donde ya chapotean más condenados que en el infierno de Dante.

Y lo que son las cosas, al cabo de estos años parece ser que Aznar y Soria podrían tener algún parentesco que va más allá del parecido físico, ya que ambos son defraudadores al fisco por parte de padres políticos. Es verdad que el ex presidente ha dedicado más tiempo a escribir unas memorias en la que España es un paraíso gracias a él, que a crear empresas en paraísos fiscales (que se sepa, por ahora). El tipo del bigote menguante solo debe 70.000 euros al fisco, cosa que le puede pasar a cualquiera. Aznar, Soria, el alcalde de Granada, los cuarenta ladrones de Valencia, Urdangarín, su esposa, los de los chanchullos andaluces del PSOE y todos los demás que ustedes ya saben pueden hacerse unas camisetas en las que proclamen “todos somos Mario Conde”, o bien ofrecer a Mario Conde un puesto de ministro en funciones en este eterno gobierno de interinos. Como en una epidemia, cada vez hay más políticos y cargos públicos en España que se parecen a Mario Conde, un proceso de clonación mucho más efectivo que el de la oveja Dolly o los niños del Brasil.

Dicen que en Madrid se va a construir el rascacielos más alto de Europa. Seguro que desde la azotea se verá Panamá.