Derecho de voto y discapacidad mental.

Originalmente publicado en El derecho y el revés:

Como es bien conocido, estamos en el año electoralmente más relevante desde 1977: a lo largo de 2015 habrá elecciones en 15 parlamentos autonómicos, en todos los municipios y se renovarán el Congreso de los Diputados y el Senado. En estos procesos podrán participar, con carácter general, las personas españolas mayores de edad con capacidad de autodeterminación política, lo que implica la exclusión de los extranjeros, los menores de edad y los mayores incapacitados. Sobre el no reconocimiento del sufragio en elecciones autonómicas y generales a los extranjeros residentes, injustificable en términos democráticos en mi opinión, y a propósito de la conveniencia de rebajar la edad electoral como instrumento para fomentar la participación política hemos hablado en otras ocasiones; hoy nos referiremos al sufragio de las personas con una discapacidad mental, que en no pocas ocasiones se encuentran con dificultades a la hora de votar.

Para empezar, hay que decir…

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Hasta pronto

Hola. Solo unas líneas para despedirme. Dejo de escribir durante un tiempo. No sé si será una semana, un mes, un año o una vida. ¿Por qué? Porque cada vez me cuesta más ser original, no caer en ser uno más del simple coro de opiniones que le dan mil vueltas a la noticia del día como los niños mastican una y otra vez el filete de carne que se hace bola. Lo que escribo es cada vez más previsible y tópico, hecho con más prisa, pensado en el rápido escrutinio de las redes sociales, redactado con menos riqueza expresiva y escasa técnica. No me gusta, en una palabra. Así que me callaré un tiempo y trataré de leer más y aprender cosas de quienes de verdad escriben bien.

No quiero cerrar este periodo sin daros  las gracias a todos por vuestro seguimiento, apoyos, críticas y sugerencias. Los he tenido en cuenta. También quiero agradecer la excelente acogida que estáis dando a nuestro libro “Artículos de Saldo” que, sin pretenderlo, cierra una etapa o quizás todo un ciclo de escritura que lo mismo muere aquí.

Gracias a todos y cada uno de mis lectores y lectoras. Gracias porque habéis sido la mayor recompensa y porque he descubierto en vuestro cariño y respeto a muchos buenos lectores de estas letras mías y de otras mucho mejores.

Gracias a RTPA por las entrevistas promocionales de “Artículos de Saldo”. Entre la radio y la tele pública hemos sido protagonistas de unos cuantos minutos en todas las franjas horarias: “La radio es mía”, Informativos de radio y tv, “Directos al mediodía”, “De hoy no pasa” y “Noche tras noche” nos cedieron tiempo para contar de qué va nuestro libro.

Gracias también a los digitales “Asturias 24″ y “Asturias hoy” por sus crónicas de la presentación del libro y por la entrevista de Chema Caso en el digital que dirige Fernando Allende. Gracias también a SER Gijón y SER Avilés por sus entrevistas y a Onda Cero de Gijón. Agradecido también a la reseña de La Nueva España de Gijón.

Lamento mucho la mezquindad del diario El Comercio, incapaz de publicar una sola línea en sus páginas (salvo una breve referencia en la agenda digital) pese a que como algún día leerán si les apetece su nombre a aparece entre los agradecimientos de mi libro. No me arrepiento de ello pese a estar gobernado este periódico por gentes a quienes lo que pasa en Gijón parece  interesar poco.Los vendedores de letras no las aprecian tanto como dicen, aunque la edición corra a cargo de una empresa asturiana de esas que tanto dicen defender. Tal vez si yo me apellidase Furundarena o similar, o perteneciera al grupo gijonés de los “Von siempre” mi poca voz tendría algún eco en el periódico en el que tantos años trabajé.

En fin. Gracias a la gente en general, a los normales, a los de toda la vida, a los que son del montón como lo soy yo mismo.

Volveremos a vernos, seguramente.

Cuento de Reyes

La otra noche triunfé. No, no es eso que están pensando. Fue un  triunfo extraño que paso a relatarles. Tras lavar los dientes, hacer pis (no sin alguna dificultad) y rezar mis oraciones me acosté con ánimo de dormir. Pero no fue así. Miré el despertador a las 2, las 3, las 4, las 5 y las 6 de la mañana. Si yo fuera niño se supondría que mi desvelo era fruto de los nervios y del deseo irrealizable de pillar “in fraganti” a sus majestades de Oriente colocando los regalos. Pero no. Uno ya ha dejado de ser niño hace siglos (salvo en la atracción irrefrenable hacia la lactancia materna) y resulta que la noche del insomnio de la que les hablo no era la de Reyes, sino la anterior. De manera que lidié el tedio de la vigilia con lecturas, interneterías varias y, finalmente, recurriendo a las drogas legales que me receta mi querido psiquiatra. Calculo que ya eran más de las seis de la mañana cuando conseguí dormir y, mire usted por donde, el sueño me compensó con creces de la aburrida vigilia de ojos como platos.

1. Jamelgos y jamonas

Héteme aquí que el sueño me llevó a pasear por una ciudad que era una extraña y calculada mezcla entre Barcelona y Gijón. En mi calidad de paseante onírico asistí primeramente a una extraña competición ecuestre que se celebraba en un acantilado en el que se mezclaban los bellos paisajes de la Providencia con los de la Barceloneta. Los caballos que competían en la prueba de marras eran rucios medio asilvestrados, tozudos, con muy malas pulgas que, eso sí, iban montados por unas chicas rubias de muy buen ver, óptimamente dotadas para la lactancia materna, todas macizas, risueñas, despreocupadas, ligerísimas de ropa aunque dentro del debido recato y muy atractivas. Yo creo que eran extranjeras. De pronto, uno de los jamelgos se desmadró atemorizando a una de las bellas amazonas y yo, como un cow boy avezado, me interpuse entre el fiero jumento y la rapaza evitando un incidente. Juro por Dios que, al mirarme de cerca, el caballaco tenía una expresión facial clavada a la de Pablo Motos.

Sin solución de continuidad y sin pagar taxi, autobús ni usar vehículo particular (ventajas sostenibles de desplazarse en sueños) me hallé de paseo por un despejado bulevar con vistas al mar. Era el Muro de San Lorenzo, pero yo tenía constancia de seguir en Barcelona. Aunque en la escena de la jira campestre caballar el tiempo era soleado y el ambiente veraniego, al trasladarme al centro urbano constaté una rápida caída de las temperaturas y una humedad relativa del aire invernal y pertinaz. Pese a ello yo deambulaba por las calles vestido con un sucinto pantalón corto y cubriendo mi tronco y extremidades superiores con una especie de americana. El conjunto se completaba con una manta muy pesada que ora me colocaba a modo de pareo para cubrirme las piernas, ora cruzaba sobre mi pecho y mi espalda ofreciendo a primera vista (y a segunda también) el aspecto de un pastor en plena trashumancia o el de un refugiado recién descendido de  una patera.

2. Pablo y Tania

Pese a este desarrapado, torpe y excéntrico atuendo que en la vida real habría provocado cuando menos mi identificación por parte de los Mossos D’esquadra, yo procuraba caminar erguido y con prestancia a fin de pasar inadvertido en una ciudad tan elegante y cosmopolita como la Ciudad Condal. Y mira tú por donde que, de pronto, veo venir hacia mi a Pablo Iglesias vestido con una trenka marrón y cogido del bracete de su novia Tania. Ella, muy amable, me saludó al cruzarnos con un movimiento de cabeza, gesto de consideración que yo atribuí a que, siendo ella una persona tan culta, había leído ya mi libro “Artículos de saldo” y, por ende, reconocía mi cara gracias a la foto que se reproduce en la solapa de la publicación. De igual manera que dejo aquí constancia de la gentileza y urbanidad de Tania,  he de decir que Pablo Iglesias me decepcionó ya que ni siquiera amagó una sonrisa de compromiso. Cuando ya me hubieron rebasado y a modo de venganza, giré la cabeza con la disculpa de observar por detrás la cola de caballo del joven líder político, aunque lo que quería ver en realidad era el culo de su novia, embutido a la perfección en un pantalón vaquero que pese a estar fabricado en un país imperialista y capitalista, permitía apreciar la perfecta turgencia, contorno, tamaño y presentación de las nalgas de la lideresa. Pensé entonces que tendría que cruzarme de nuevo con ellos, buscar la maniobra para hacerme el encontradizo,  presentarme como comunicólogo de provincias, decirle a Iglesias que deje de salir en la telebasura y, de paso, fijarme con mayor atención en las sugerentes formas de su chica.

Así que colocando la manta como mejor podía para no pasar frío y a ser posible no hacer mucho el ridículo, me dirigí caminando hacia lo que yo supuse que sería el destino de la culta parejita: la Universidad Pompeu y Fabra que, cosas de la fase REM, se hallaba ubicada en pleno barrio de La Arena (Gijón). Allí llegué vestido como un mamarracho y traté de otear entre la muchedumbre de estudiantes que iban y venían la coleta de Iglesias, el culo de su novia o viceversa. Pero de nuevo el sueño decidió por su cuenta y, sin más, me ví sentado en medio de una animada tertulia de intelectuales catalanes que reían y celebraban bromas muy para iniciados y muy para catalanoparlantes, cosa que un servidor no es.

3. El vermú

Por no parecer más tonto de lo que soy y ya que sentado a la mesa de los tertulianos podía usar la manta piojosa para cubrirme las piernas y dejar a la vista mi tercio superior algo mejor vestido, yo asentía a todo poniendo cara de estar en la pomada y me carcajeaba a coro ante las cosas que contaba un tipo de pelo cortado a cepillo, muy delgado y hablador al que conseguir entender una cutre historia doméstica. El intelectual, catedrático de alguna cosa, relataba a sus contertulios que cada vez que su mujer le mandaba a por el pan su hijo mayor, estudiante de algún posgrado por lo que pude entender, le obligaba a acudir al despacho de la doctora Puigcerdá, antigua compañera de aulas del intelectual y puede que novieta de juventud, a pedirle algún favor extracurricular para estimular su expediente académico. El padre accedía de mala gana por no desairar al hijo, un zote y un caradura por lo que de la historieta parecía desprenderse. “Para eso nos quieren los hijos”, decía resignado aunque con aire risueño y bondadoso el contertulio apoyado moralmente por todos nosotros con sonrisas benevolentes y cabezadas simultáneas de complicidad.

Por suerte para mí y cuando casi me tocaba decir algo en la tertulia, apareció un chef perfectamente uniformado de blanco que bien pudiera haber sido Ferrán Adriá. Aunque eran poco más de las 12 el rey de los fogones saludó a todos en catalán con algún parlamento acerca de las novedades de los fogones de última generación, ordenó servirnos unos vermús cojonudos con aceitunas verdes y, ni corto ni perezoso, se puso a sorber de un cuenco una especie sopa de verduras con gran aparato de ruidos y borborigmos. “Es mi hora de comer, pero ustedes sigan, sigan”, decía el chef salpicándonos a todos con trocitos de pimiento rojo que salían de su boca, muy mal ajustada para el uso simultáneo del aparato masticador y del aparato fonador.

4. Hotel Cary

Sin saber cómo me ví en la calle, libre ya de tertulianos, algo salpicado de hortalizas y siguiendo en sueños las mismas costumbres que tengo en mis tiempos de vigilia, me metí en un bar cuyo nombre y fachada me eran familiares por haberlos visto en algún suplemento gastronómico que en nuestros tiempos cubren el espacio que los periódicos dedicaban antes a dar noticias. Al entrar me topé con la minúscula recepción de un hotel decorada al gusto de los años sesenta y que compartía el mismo espacio con un bar restaurante de mesas de madera cuadradas cubiertas con manteles de tela algo ajados tras millones de lavados con lejía peleona. El sitio era antiguo y demodé aunque en conjunto el aspecto de todo era limpio y digno de modo que podría decirse que era “vintage”.

Sobre el casillero del que colgaban las llaves de las habitaciones se leía en letras de hierro forjado: “Hotel Cary, desde 1951”. Junto al rótulo completaban la estampa un cuervo disecado y una herradura. Pedí un vino, nunca debí hacerlo, ya que la patrona me sirvió un caldo rasposo y avinagrado cuya procedencia y año de cosecha se perdían en la noche de los tiempos. Había dejado mi inseparable manta en alguna parte de manera que, sin darme cuenta y para mitigar el frío, me metí en una cama turca que había en un rincón del comedor. Debí quedarme traspuesto ya que al despertar de mi cabezadita observé que el comedor estaba lleno de grupos de señoras mayores que como salidas de una excursión del Imserso ocupaban las mesas en animada conversación y encargaban sus comandas a voz en grito y en un catalán estridente e imposible de entender. Una de ellas golpeaba la mesa con la mano abierta y pedía con ansiedad raciones y más raciones de una cosa que yo entendí como una versión local de la ensaladilla rusa. La camarera, vestida con un impoluto delantal blanco, hacía notar a la anciana lo desmedido de su petición pero la otra hacía caso omiso a las recomendaciones de la profesional.

Muy turbado al verme en aquella ridícula situación, pedí disculpas a la camarera por haber ocupado la cama turca para tomar un vino (asqueroso, pensé). Ella se mostró comprensiva en un perfecto castellano y me dijo que el precio del vino era “un eurazo”, expresión que agradecí por ser dicha en castellano y contener además un guiño de humor que implicaba el perdón total por mi siesta en medio del comedor del Hotel Cary. Antes de despedirme del respetable quise mostrarme desenvuelto y cosmopolita y pensé pronunciar una despedida global dirigida a las parroquianas y a las amables hosteleras con unas frases en catalán. Cuando trataba de ordenar cuatro palabras y decir “adeu, macas” el sueño terminó.

Epílogo

Desperté pasadas las 11 de la mañana del 5 de enero recordando aún con todo detalle el extraño periplo desde la competición ecuestre hasta el Hotel Cary de grato recuerdo. Cuando mis neurotransmisores lograron recuperar una cierta normalidad pensé que tal vez los Reyes Magos existan de verdad y nos regalen a los descreídos pedazos de mundos surrealistas con los que compensar unas horas de insomnio. Eso sí, lo hacen una noche antes de la noche de Reyes, en su tiempo libre y como una broma con la que un idiota ha armado una historia en estos folios con la misma intensidad con la que de niño armaba un 6 de enero el deseado Mecano.

¿Podrán?

Envidié mucho a los votantes de Podemos en las elecciones europeas. Les envidié por haber tenido la capacidad de ser visionarios, arriesgados y mostrar un sentido cívico y de responsabilidad como votantes superior al de la media. ¿Por qué? Por seguir creyendo que el ciudadano de a pie, la infantería social que está en primera fila para llevar todas las hostias tiene  aún poder para cambiar el rumbo de un Estado y darle sabor al guiso desabrido de la democracia. Podemos lo ha cambiado todo porque ha desvelado la impotencia del Poder con la mera insinuación estadística del poder real que tienen los presuntamente impotentes. El poder de la impotencia y la impotencia del Poder llevan desde entonces luchando por cada metro de terreno. Y pese al coro bien organizado y financiado de perros guardianes que se lanzan con fiereza contra la coleta de aquel, la beca del otro o la novia del primero, la ola no ha dejado de subir. En mi ranking del cansancio mediático como espectador ocupaban hasta ahora el primer lugar los cansinos, arribistas, untados y pelotilleros palmeros del Real Madrid y el impoluto “don” Florentino Pérez y todos los soplapollas que crecen a su sombra. Pero el efecto Podemos ha cambiado hasta mis odios televisivos colocando el primer lugar y a muchos puntos de ventaja sobre los filósofos de la futbolina a la jauría del periodismo de cámara (de cámara séptica) y a la politigalla que ha hecho peña contra el sentir, el desear y el opinar de aquellos a quien dicen servir y atender: los ciudadanos.

Todo ha ido por su orden. Primero la sorpresa, luego la infamia, después el terror y ahora han venido quienes desde el PP (pásmate, de Guindos) tratan de dar una explicación coherente y con barniz científico a lo que es Podemos. Llegan tarde una vez más a su propio entierro estos explicadores de la realidad que primero negaron. Ya sabemos por qué existe Podemos.

No cabe duda de que Podemos seguirá creciendo y lo hará en la medida que sea capaz de no dilapidar su único patrimonio: la confianza de un electorado harto de estafas. Ahora bien, en el momento en que Podemos pasa de las musas al teatro, pone caras y nombres a sus gestores y candidatos y eso empiece a oler a componenda el encanto habrá quedado reducido a la mitad. Y aquí es donde a uno le entran las dudas. Hay demasiado mesianismo y algo de pedantería mal embridada en Pablo Iglesias, demasiado personalismo y una sobreexposición mediática que es imposible gestionar con rigor y sin cometer errores.

Y yendo más abajo, a mi no me entusiasma en absoluto que sea Mario Suárez la cabeza visible de Podemos en Gijón. No tengo nada contra este señor, excelente persona según me cuentan y elegido además en un purísimo proceso democrático que otros nunca organizarán. Sin embargo Mario Suárez me suena a demasiado visto, a ser un personaje más del amasijo político-sindical-social-cultural-reivindicativo que lleva mareando la perdiz más de treinta años en Gijón a base de liberados sindicales, políticos y demás familia. Con todos mis respetos, Mario Suárez me suena a eso y a ser el caballo de Troya de los restos del naufragio de una extrema izquierda compuesta por los de la teoría de “cuanto peor, mejor” que han encontrado en Podemos el penúltimo banderín de enganche para tocar pelo de poder. No me gusta el panorama porque ha rebajado aún más mi ya escaso entusiasmo por la política. Ojalá yo esté equivocado y Podemos no se quede en Casi Pudieron. Para mi, de momento, son ¿Podrán?.

Tirando

Cambiamos de año cada 365 días. Cambiamos de coche cada equis años. Ahora ya cambiamos más de año que de coche y llegará un momento en que no cambiaremos ninguna de las dos cosas. Cambiamos porque toca, a veces sin ganas, ni siquiera por necesidad. El año pincha y se le caen las piezas a cachos, como al coche. El día a día se llena de abollones, su aspecto pierde brillo, como el coche. El coche empieza a hacerse incómodo, gasta demasiado para lo que ofrece a cambio y cada avería es peor que la anterior, como el año. Y entonces vamos al concesionario a que nos cambien un año por otro y un coche por otro. Lo hacemos porque necesitamos año nuevo y coche nuevo para seguir adelante, para llevar a los niños al colegio, para escapar hacia ninguna parte. Viajamos en el tiempo de enero a febrero y luego soñamos con agosto para que el coche nos lleve lejos de nosotros mismos.

Y nada más volver de la inútil escapada estival ya le estamos metiendo caña al año para que llegue pronto diciembre aunque sabemos que ese viaje supondrá una sangría de horas y minutos que pagaremos tan caros como cada litro de gasolina. El tiempo y los octanos se queman y son irrecuperables. El tiempo que alimenta nuestras vidas, cada uno de nuestros años, es un combustible fósil que tiene fecha de caducidad como nuestra existencia, como nuestros coches. Y no somos productores de tiempo ni de petróleo, nuestra dependencia es total. Pagamos tiempo y gasóleo  a precio de lujo sabiendo de su inconsistencia, somos yonkis de tiempo y gasolina. Pero es igual. Seguimos el rito porque estamos en la rueda y hay que  modernizarse, renovarse, dar el pego. Siendo jóvenes nos ilusionaba por igual cambiar de año y cambiar de utilitario. Sentíamos un enorme subidón cada Nochevieja y cada vez que podíamos cambiar de coche. Cuando uno es joven piensa  que en el próximo año y en el siguiente monovolumen estará la solución, la velocidad definitiva, los viajes más exóticos y las mejores aventuras. Pensamos que en el año nuevo y en ese flamante coche viajarán la mujer más excitante, el hombre más divertido, el contrato indefinido, el aumento de sueldo, el ascenso, las ganas de todo, la salud, el dinero y el amor.

Un día caemos en la cuenta de que después de tanto tiempo cambiando de año y de coche nos siguen estafando. La experiencia y la repetición no nos han hecho expertos ni en años ni en máquinas. Ni nuestros años ni nuestros coches ha salido tan bien como nos prometieron. ¿Cómo es posible? Nos hemos leído al detalle cada folleto sobre el último modelo del deseado vehículo y hemos prestado la máxima atención a las ventajas que traerá a nuestra vida la versión más avanzada del software existencial que nos instalarán durante los doce meses siguientes. Pero nada. Todo se queda en medias verdades y ni los años ni los coches huelen a nuevo. Descubierta la trampa terminamos por conformarnos con coches de segunda mano y años de segunda mano a los que apenas prestamos atención. A estas alturas todo vale. El caso es ir tirando.

Adicto

Ahora que soy adicto a tí he dejado de fumar. Necesito respirarte en profundidad y tener despejadas las narices y los bronquios para olerte la piel y para poder aspirar el aire que revuelve tu pelo cuando te mueves para darme la espalda, o cuando echas la cabeza atrás para reirte. Ahora que soy adicto a tí el médico me ha recetado ver tus fotos tres veces al día, antes de las comidas, y tomar diez o más dosis de tus guasap para atenuar la ansiedad que me produce ir dejando atrás esas otras adicciones inútiles que tenía antes de conocerte sin pretenderlo.

Ahora que soy adicto a tí el alcohol ha dejado de ser mi copiloto en las duras travesías de aquellas tremendas galernas nocturnas en las que la botella y yo tomábamos el timón con rumbo a ninguna parte y siempre amanecíamos encallados en alguna playa llena de restos de otros naufragios. Este vino de ahora sabe bien si lo tomas conmigo, el vino sabe a vino y no a desconsuelo porque ahora soy adicto a tu consuelo y ya no lo soy al vino. Ahora que soy adicto a tí la vida me parece menos quejumbrosa y sucia que antes. Camino por las calles algo menos encorvado que antes porque, al parecer, ser adicto a lo que uno quiere engancharse quita de encima el peso insalvable de las cadenas perpetuas que se arrastran creyendo que son un mal menor, que son la pena merecida por los delitos y las faltas cometidos en otra vida, o en un estado mental que nos hizo incapaces de elegir la droga adecuada para soportar el dolor de este valle de lágrimas negras.

Ahora que soy adicto a tí sin saber cómo he llegado a contraer esta fiebre feliz, he dejado de tomar pastillas para no soñar por encima de mis posibilidades porque descubrí que el sueño es una realidad que ya ha dejado de producir monstruos y uno ve con claridad que vivir consiste solamente en hacer planes cuya vigencia no sea superior a la media hora. Ahora que soy adicto a tí cualquier alegría merece la pena y cualquier pena no es una derrota, es solo un empate a desafueros y a patadas con esos tipos que viven empeñados en inyectarnos un mundo organizado para hacernos adictos a casi todo menos a las personas.

Ahora que soy adicto a tí no pido nada. Ni siquiera pido un futuro, ni otra vida, ni un paraíso con garantías, ni llegar a fin de mes, ni llegar al fin de nada. Ser adicto a ti es haber llegado por fin a alguna parte, aunque yo sepa que no sé donde estoy y puede que nunca llegue a saberlo. No sé si ser adicto a tí será un punto final, un punto y seguido, un punto y a parte o un montón de puntos suspensivos de sutura que mostraré siempre como una hermosa cicatriz de cuando era adicto y luchaba a navajazos por conseguir mi dosis de felicidad.

Jesús Nicolás

Jesucristo no fue el Mesías, fue solamente el primer pequeño Nicolás de la Historia. Nadie normal, estable psicológicamente y en su sano juicio puede querer llamar tanto la atención desde el minuto cero de su vida. Nacer en una cuadra, decir que tu madre quedó preñada de un palomo y sigue siendo virgen después de parir, hacer como que tu padre es un santo varón cuando es un cornudo de tomo y lomo, o hacerse adorar por tres reinas magas del desierto que dejarían muda a la mismísima Priscila son elementos suficientes para concluir que lo que hoy se celebra no deja de ser una mamarrachada con espumillón que recuerda la vida de unos mayores exhibicionistas de la Historia. El pequeño Nicolás ha falsificado su propia vida con tal de sentirse importante y vivir del cuento haciendo lo mismo que el niño Jesús, un tipo empeñado en ser el protagonista de todas las historias y hacerse selfies bíblicos con todos los notables de la época: Herodes, los sumos sacerdotes, Melchor, Gaspar y Baltasar, el mismísimo Satanás y hasta Ben Hur cuando iba camino de galeras pareciéndose mucho a Charlton Heston.

Vaya estafa que nos has clavado, pequeño Jesús Nicolás. La estafa más larga de la historia. Pudiendo ser hoy una noche cualquiera para emborracharse, follar sin prisa con seres realmente queridos o cantar canciones hermosas hasta el amanecer, te has empeñado en que celebremos tu estrafalario cumpleaños rodeados de suegros y cuñados, cantando ñoñerías acompañados de una botella de anís del Mono vacía, comiendo cenas de digestión imposible y hablando de majaderías sin cuento o recordando con el corazón en un puño a personas que se han muerto porque, al parecer, fue tu voluntad llevártelas a no sé dónde. Todo este montaje es culpa de un ególatra como tú que desde hace 20 siglos comercializa como sagrado el selfie de Belén que inmortaliza la pandorga de natalicio protagonizada por una familia desestructurada y extraña como pocas. De haber nacido hoy siendo hijo de una virgen de pega y un padre octogenario que tenían como mascotas a una mula y un buey, el pequeño Jesús habría sido recogido por una institución dedicada a la protección de menores o terminaría siendo pasto del programa televisivo “Hermano Mayor” por portarse como un chulo con su madre, convertir agua en vino barato y decir que estaba llevando por el buen camino a la Magdalena cada vez que se iba de putas.

Y no digamos ya el numerito posterior de organizar su propia muerte y funeral, de pagar a un tipo para que hiciera de traidor y poder ir así de víctima de una conspiración, o de montarse el colofón de salir de la tumba a reñir a quienes no le hicieron la ola como es debido. Un ególatra que se monta la película de que él mismo es pan y vino para que cada que alguien como a un bocadillo se acuerde de él, no es más que un estafador con pretensiones. Comparado con Jesús el tal Nicolás es solo un imitador al que le queda mucho que aprender. Le llevan dos mil y pico noches buenas de ventaja.

 

Jaimélicos ripios. By Poncela, Pachi*

Voy a hablar de Jaime.

(¡dejaime, dejaime!)

Yo me extendería

y os deleitaría

contando algún hito

del primogenito

de Jaime, de Jaime

de Jaime García.

Y si mucho hablara

¿qué me pasaría?

Que quizá acabara

en comisaría.

Así que haré escueta,

simple biografía

En los años grises

de la guerra fría

cuando espoxigaba

nuestra economía,

la España enfrancada

que entonces salía

del racionamiento

y de la autarquía.

Esa España, digo,

vio nacer un día

en pobre pesebre

de la muy celebre

calle de Ezcurdía

a un dulce querube

que al mundo venía.

Creyeron sus padres

que un pan les traía,

pero eran las lorzas

que en su anatomía

mucho le abultaban,

bien sobresalían.

Este ángel bendito

a la escuela iría

con los claretianos

del Cor de María.

Del confesor santo

de la reina harpía

tomó pronto ejemplo

el niño García:

le encontraba encanto

a la sacristía.

Si Claret fue santo,

él haría otro tanto

y santo sería.

Se dejó una barba

frondosa y mullida

de apóstol pre-hipster,

y también tañía

la de las seis cuerdas

en cuantos eventos

se le requería:

misas, campamentos,

por pascua florida…

Las cuerdas vibrando

locas las traían

a las parroquianas

que a su vera hacían

mohínes, visajes

y se derretían

por sus huesecillos,

por sus estribillos

y sus letanías.

Dale que te pego,

(Garfunkel, Simón)

perdió los afanes

de santo varón:

ligaba un montón,

o eso se comenta

(de sus muchas novias,

ciertas o ilusorias,

no llevo la cuenta.

No es la cantidad.

Fueran una o ciento

su comportamiento

no era un monumento

a la castidad).

Y como de santo

ya no daba el pego

decidiose luego

por otro negocio,

otro sacerdocio

que diera más juego.

¿Tocólogo, obstetra?

Si es que esta familia

siempre fue de letras…

Y letras juntando,

un poco indagando

y un mucho escribiendo,

y a ratos bebiendo,

se fue consagrando.

Se hizo con las artes

del fino estilista;

mil hostias reparte

como columnista.

Qué gusto y qué goce:

no dan tantes hosties

ni en misa de doce.

Iba a hablar de Jaime

(¡dejaime, dejaime!)

na más que lo justo

y ya quedé a gusto.

Diré concluyendo

esta biografía

que no liga tanto

como antes solía.

¿Le falta entusiasmo,

ha perdido garra?

Eso es porque saca

poco… la guitarra.

Mozas y mocitas,

no se me despisten

ni un solo momento

que esta noche Jaime

trajo el instrumento.

 *Glosa biográfica y versificada de la vida de Jaime Poncela compuesta y declamada por Pachi Poncela en las presentaciones del libro “Artículo de Saldo” celebradas en las librerías La Buena Letra (17 de diciembre de 2014) y La Revoltosa (20 de diciembre de de 2014).

Cine

Va a resultar al final que el turbio Mariano Rajoy es un tío fino como pocos. Fíjense. Hoy se cumple el 75º aniversario del estreno de “Lo que el viento se llevó”, ese enorme culebrón que ha dejado personajes y frases impagables en la historia del cine. Una de las más recordadas y reconocibles es esa en la que Escarlata O’Hara clama al cielo y dice “¡juro por Dios que nunca más volveré a pasar hambre!” Y ¿qué tienen que ver Mariano Rajoy y Escarlata?, se preguntarán ustedes. Pues mucho desde hoy, ya que Mariano ha elegido tan notable fecha de la historia del cine para el estreno mundial en todos los telediarios de su paga navideña de caridad para los parados de larga duración. Son nada más y nada menos que 426 euros al mes durante seis meses, una cantidad económica y un periodo de cobertura  que, sin duda, permitirán a muchos parados y paradas mirar al ocaso con el cheque en la mano de euros 426, los ojos arrasados en lágrimas de gratitud y exclamar “¡juro por Dios que nunca más volveré a pasar hambre!” No me digan que no lo están viendo sobre la marcha. Miles y miles de personas con la promesa de ese pastizal dispuestos ya a pagar el primer plazo de una barra de pan o a llevar la ganzúa al ferretero para poder seguir manteniendo a la familia a base de forzar la puerta de los gallineros.

De bagaje cultural de Mariano conocíamos solo su afición por el fútbol pero desconocíamos que tuviera una cultura cinematográfica tan enciclopédica y atinada, capaz de usar la efemérides fílmica más redonda del día para poner en las pantallas de la fanfarria periodística y la infamia económica y política una de sus superproducciones marianas que, aunque sea una burda reposición con cortes en el metraje y arañazos en los fotogramas, vuelve a presentarse con honores de estreno ante el pasmo de muchos, la indignación de más y el aplauso de los majaderos de siempre. Es ingenioso el presidente porque trata de presentar como cine de autor con exquisita sensibilidad lo que no pasa de ser una españolada más que si viviera Berlanga convertiría en una magnífica segunda parte de su amarga e inconmensurable “Plácido”, aquella del motocarro y los que ponían un pobre a su mesa en Navidad.

La filmografía política de Mariano Rajoy empieza a parecerse cada vez más a la de Mariano Ozores, aunque sin la capacidad de esta última para hacernos soltar alguna carcajada perdida. Mariano no pasa de ser un productor chapucero de espaguetis-leyes con las que pretende aguantar en la Moncloa más que Rhett Butler jugando al póquer en una casa de putas de Nueva Orleans.

Para darle ideas a Mariano le sugiero que presente el próximo programa electoral del PP coincidiendo con el aniversario del estreno de “El Padrino” ya que sus ofertas son de las que no se pueden rechazar, como las de don Corleone.

Regalitos

Se nota que se acercan las navidades. Rajoy se levantó rumboso el jueves y nos regaló nada menos que el fin de la crisis, así, sin pedírselo a los Reyes Magos ni nada, con dos cojones, como si fuera aquel Scalextric que pedíamos durante años y que una buena mañana del 6 de enero aparecía bajo el árbol por sorpresa. A Mariano le das un micrófono y un atril y te monta un final de crisis de todo a cien porque en el fondo es un blando. Nosotros le teníamos por un cruel míster Scrooge y resulta que es más tierno que Gracita Morales.  Este Gobierno no solo es capaz de retorcer la historia hasta convertir el presente en un presunto futuro y el pasado en un borrón, sino que además acaba de echar por tierra uno de nuestros tabúes ancestrales: los Reyes Magos no son los padres, son los ministros del PP. Solo alguien como ellos es capaz de terminar con la crisis en una tarde y de colocar ese hermoso paquete de regalo bajo nuestro árbol de Navidad, o como presente al niño Jesús en el portal de la transparencia. Esto sí que es eficiencia.

Nosotros los malos, los que nos regodeamos con las desgracias de España, nos empeñamos en ver gente parada, famélica y desahuciada. Miren que ejemplo navideño nos ha dado el presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, qué regalo ha hecho a las familias madrileñas al negarse a abrir en vacaciones los comedores escolares. El presidente está evitando la obesidad mórbida de estos chicos, uno de los grandes problemas de esas familias a las que se corta la luz o se deja sin casa. Sin comedores, sin luz y sin hogar, esos niños serán los más delgados del barrio, unos chavales con suerte y un físico portentoso gracias a los desvelos del PP.

Y no hablemos ya del regalazo que prepara el ministro del Interior para estas fechas: inmigrantes de segunda mano para llenar de productos mediterráneos los países nórdicos. Inmigrantes en caliente, recién deportados con sus crías y todo. Qué detalle el de este señor a quien injustamente se le acusa de ser un viejo putero reconvertido a la mística del cofrade machadiano. Quien dijo eso no supo ver la exquisita sensibilidad de Jorge Fernández Díaz que, emulando a las damas de la caridad que recolectan juguetes usados para mandar a los pobres, él recoge senegaleses de segunda o tercera mano para mandarlos al polo Norte, cerca de donde vive Papá Noel . En Noruega, Suecia y Dinamarca los papás se frotan las manos porque al fin podrán regalar a sus hijas un subsahariano de carne hueso, con sus cicatrices de la valla de Melilla y todo lo demás. Como siempre, España es la reserva espiritual del mundo.

Solo falta saber ahora si en el lote de presentes que nos reserva Fernández Díaz se incluye un antidisturbios personalizado para cada español. No podremos hacernos selfies con él junto al árbol porque ello nos costará llevarnos una camada de hostias o pagar una multa de 30.000 euros. Qué Navidad tan excitante.