Pachi Poncela y los gigantes de Pamplona

Si los niños hacen lo que ven en casa, mi hermano Patricio (Pachi Poncela para el siglo y sus legiones de admiradores) ha mamado de nación la capacidad de escapar del tiempo hablando, inventado, pintando, cantando, diciendo sandeces o cosas sabias, en resumen dando palique a la vida para que la muerte se entere de que aquí aún no tiene nada que rascar. Porque Pachi Poncela, este señor calvo que cumple 25 años de radio, lleva en los genes lo más florido de los García Poncela (Poncela García según su DNI). Ello ha consistido desde hace generaciones en manejar con habilidad felina el arte de cruzar de puntillas el río de la vida, saltando de una piedra a otra sin caerse, como en esos concursos de los chinos, con el fin de no caer en las aguas turbias del olvido, del silencio, de la mediocridad o del aburrimiento, cosas todas que vienen a ser la misma. De niño cogió un boli BIC y pintó a Sibelius tocando un piano que le salía de un zapato mientras uan serie de extraños personajes trataban de devorarle. Llamó a aquél espectáculo “El sibelicidio”, una mezcla entre el Jardín de las Delicias y Sálvame de Luxe. Al ver tal cosa mi padre preguntó quién coño era Sibelius, murmuró “¿esto qué vien a ser?” y se fue a dormir la siesta (una de sus jugadas maestras para casi todo). Mi madre tenía bastantes cosas que hacer con cuatro hijos en casa como para andar ocupándose de Sibelius, y el resto de los hermanos consideramos que aquella era una pachichada similar a la que, muchos años antes, había protagonizado recitando ante las visitas fragmentos del famoso poema de don Fiacro Iraizoz titulado “Los gigantes de Pamplona”. A saber:


¿Oyes las notas vibrantes
de esa gaita tan chillona?
Pues espera unos instantes,
que vas a ver los gigantes…,
los gigantes de Pamplona…

En su debut como orador, orate y cantamañanas Patricio no era calvo aún. Tenía un pelo rubio pajizo que el tiempo y los disgustos se llevaron por delante. Mi padre se empeñó en bautizarlo con el nombre del patrono de Irlanda. Nunca supimos por qué, pero no es descartable que alguien de nombre tan inusual y descontextualizado no tuviese más remedio que hacer cosas excéntricas desde la niñez, tales como amar a Sibelius, o pintar con un bolígrafo bic y unos lápices Alpino una lograda caricatura de Las Meninas. No era fácil ejercer de hermano mayor con un hermano menor de tanto talento, desparpajo y mala hostia, capaz de editar programas de radio completos con una cadena musical de las baratas, de las compactas, con cuya muy básica tecnología era capaz de fundir voces y músicas usando cintas de cassette compacta de las de toda la vida.

Mientras devoraba libros, discos, bocadillos de panceta, orejones y cualquier cosa comestible, Patricio empezó a hacerse diabético y a hacer radio en emisoras de amigos y de parroquias, en cuchitriles oscuros, todo a velocidad de vértigo porque su capacidad de trabajo era ( y es) similar a la de un Fraga Iribarne de las ondas. Cuando llegó a Radio Minuto, hoy Ser Gijón, la gente se dio cuenta de que Pachi tenía ya toda la radio en la cabeza como se dice que Fraga tenía el Estado. Por eso es tan bueno (Pachi, no Fraga) y por eso es de todos nosotros quien mejor ha sabido sintetizar las virtudes comunicadoras de doña Aurora Poncela y don Leoncio Jaime García, dos seres humanos de difícil clasificación que tuvieron un hijo que llegó a ser un fenómeno -qué digo fenómeno- un animal de la comunicación en todas sus especies gracias a la reacción química producida por la extraña e imposible mezcla de Sibelius con los gigantes de Pamplona y que, 25 años después, tiene toda la radio por delante. Y nosotros, tan contentos.

Colino, el chino

Decidió hacerse chino una mañana de junio. El sol naciente entraba por la ventana de su cuarto de la pensión Solisombra y esa imagen tan icónica como dicen los pedantes, tan oriental por lo demás porque el sol naciente sale por oriente como es sabido, llevó a Marciano Colino a tomar la decisión más importante de su vida:ser chino. Natural de Fuentesauco, su familia emigró a la gran ciudad en los tiempos de las vacas gordas y vivieron con un buen pasar a base de trepar por los andamios los más industriosos, hacer la calle las más golfas o golfos, y vender lotería o hacer de aparcacoches, rateros,  trileros o concejales con mando en plaza los más listos. Marciano siempre fue el más torpe y apocado de los Colino, un niño sin sangre, con un raquitismo que se cebó con él desde la más tierna infancia, y siempre abstraído en ensoñaciones extrañas y sentado en la posición del loto para mayor abundamiento. Marciano Colino gozaba del anonimato, gustaba de pasar inadvertido y llegó a  concluir que nada mejor que ser chino para integrarse en la masa.Y qué mejor masa que la de los orientales, todos iguales, todos de ojos rasgados, todos de piel amarilla, todos comiendo arroz, todos estreñidos.

Marciano Colino no quería ser un chino de la dinastía Ming con jarrones, plumas, penachos, eunucos y concubinas. El quería ser un chino de pantalón Mao, perdido entre la multitud camino de los arrozales o de los campos de reeducación. Así que aquella mañana, en medio de la sórdida habitación de la pensión Solisombra, sentado sobre un colchón con más cercos que Alcazar de Toledo, Marciano se hizo chino de corazón, ya que físicamente podría haber pasado mejor por apache o bengalí al no poder renegar de la genealogía mesetaria y profunda que delataba su imagen renegrida, cejijunta, con un pelo tan duro que pasaría por las crines de una mula,  una barba cerrada como la noche y unas almorranas que le impedían adoptar con comodidad la postura del loto.

Sus hermanos, unos desalmados y unos atorrantes como algún día se contará aquí, tomaron la chinización de Marciano como una excentricidad más y se limitaron a reirle las gracias y responder a las reverencias orientales del primer chino natural Fuentesaúco con inclinaciones de cabeza burlonas y otras cuchufletas. Si en vez de hacer comedia hubiesen hecho caridad llevando a su hermano a alguna institución mental se habría evitado la tragedia.

Meses después de su extraña decisión y teniéndose por todo un chino, Marciano se presentó en el gran bazar La Felicidad Oriental del Bambú en Salsa Agridulce donde se ofrecía un empleo de reponedor. Preguntó por el dueño, un tipo malhumorado, de pelo grasiento, pantalones de tergal, camisa ajustada con cercos en el sobaco y zapatos de rejilla que respondía por el nombre de Chino Jesusito, sin duda la castellanización de su verdadero e impronunciable patronímico. Muy cabreado por el retraso que acumulaba la llegada de una partida de cinturones de piel de cojón de merucu, Chino Jesusito salió de mala gana a atender a Marciano, aspirante al empleo. Ataviado con el tradicional sombrero cónico de los países orientales hecho por él mismo con un periódico, una camiseta de Alimerka y pantalones Mao, Marciano comenzó a inclinarse ceremonialmente ante Chino Jesusito como expresión de respeto y solo pudo decir con acento raro que su nombre era Co-li-No. El empresario tomó a aquel individuo renegrido y vestido como un payaso por el dueño de una mercería cercana con quien ya había tenido algo más que palabras. Pensó que aquello era una burla a su etnia, costumbres e idioma, amén de un desdoro para su negocio así que, ni corto ni perezoso, propinó al atónito aspirante un par de golpes en la nuca con la certera técnica de algun arte marcial que Chino Jesusto recordaba de su infancia y que acabaron con la vida de Colino, el pobre chino de corazón.

Por manda testamentaria del difunto sus cenizas fueron donadas al restaurante coreano “El aguarón imperial del cañaveral” donde sirven de condimento secreto de ciertos platos especiales de la casa.

Justino Mazcada

Justino Mazcada no terminó la carrera de medicina por ser un guarro. Jamás se lavaba las manos después de las autopsias y antes de comer, ni tampoco después de comer y antes de las autopsias. Si bien en el primer caso el perjudicado era él mismo ya que el maridaje de la masa encefálica humana con la fabada es muy discutible, su costumbre de no lavarse las manos después de comer y antes de las autopsias provocó quejas en los familiares de los difuntos que se encontraban con la desagradable sorpresa de velar el cadáver de sus deudos en salsa boloñesa o con guarnición.Justino Mazcada fue expulsado de la facultad por limpiarse los dientes con hilo de suturar heridas y también por robar bisturíes usados en operaciones quirúrgicas famosas, como por ejemplo la reconstrucción del himen de Leticia Sabater o el implante de cerebro de Goebbels a Ernesto Sáenz de Buruaga.

Pero como su afición por la medicina era enorme y durante su etapa universitaria había sustraído más de un centenar de batas blancas de diferentes tallas a las que pensaba ir dando salida de alguna manera, montó primero una tienda de ultramarinos en la que daba gusto verle despachando, escalopines, cebollas o phoskitos tan blanco y radiante con su guardapolvo como un neurocirujano de la Clínica Mayo. Lo único que llamaba la atención a sus clientas era que en el reborde del bolso superior de las batas de Justino Mazcada se leía unos días doctor López-Ibor, otras doctor Vallejo-Nájera, otras doctora Jiménez-Díaz y otras “celador” o “auxiliar” a secas.

Esta pluralidad de identidades causaba en la clientela del colmado una cierta zozobra mezclada con orgullo, ya que por encima del inquietante revoltijo de nombres que aparecían en la bata prevalecía en el público la seguridad de que todas las mercancías estaban garantizadas al ser despachadas por un doctor o doctora, sea cual fuera su nombre. Sin embargo, el comercio minorista no satisfacía la intensa vocación médica de Justino y, además, las batas se le ensuciaban enseguida despachando comestibles. De manera que encargó por Internet un título de doctor en Medicina, le quitó el polvo a los viejos y escasos apuntes de la facultad, sacó brillo a su colección de bisturíes históricos y mandó a la tintorería todas sus batas con el encargo de que, además de dejarlas en perfecto estado de revista, se rotulase en el bolsillo superior de cada una de ellas y con letra clara el nombre de “doctor Mazcada”. Como no sabía curar enfermedades, Justino decidió inventarlas. Se hizo muy famoso entre las clases altas y desocupadas. Esas gentes podridas de dinero y con una salud de hierro merced a una excelente alimentación, ejercicio moderado y básicamente a no haber dado un palo al agua en su vida, necesitaban algo exótico en su vida y Justino Mazcada se lo facilitaba. Inventó la psicosis renal, el sudor de hígado, la menopausia juvenil, el acné de uñas, la depresión optimizante, el catarro de próstata, la gripe capilar y el sarampión del sueño. Como las enfermedades eran inventadas no producían en el paciente molestia alguna y, sin embargo, le permitían explayarse durante horas con sus amistades sobre tan rara dolencia para cuyo tratamiento el doctor Mazcada prescribía caramelos Sugus. En fin, Justino Mazcada, una eminencia que hizo felices y enfermos a cientos de sanos pero infelices ciudadanos.

La puta democracia

Originalmente publicado en bolanueve:

¿Cuál es la línea roja para aceptar líneas rojas? Si establecemos, por ejemplo, que el límite para dimitir por motivos de corrupción debe estar en la imputación, pero aceptamos sin queja que otros partidos lo ubiquen en la apertura de juicio oral, no podemos quejarnos porque toda una colección de investigados por prevaricación, malversación o alzamiento de bienes nos critiquen desde su escaño por no dejar nuestro puesto al aparecer, aunque sea en calidad de testigo, nuestro nombre en una instrucción cualquiera. No podemos a no ser que seamos del PP, formación que tiene dos listones: uno más alto para sus correligionarios, y otro más bajo para el resto de políticos. No digo que todos los partidos deban tener un código ético idéntico, solo que quienes siguen unas reglas más laxas, deberían tener la misma manga ancha para los casos ajenos y viceversa.

Sobrados ejemplos hay de diferentes varas de…

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La segunda fiesta

Está muy contenta la incansable grey podemita por ver avaladas sus tesis de pureza ideológica en un esperpento de referéndum/consulta/marabayu. Poco más de 3.000 personas (a ellos les votaron casi 35.000) salidas de sabe Dios dónde y aleccionadas por sabe Dios quién han bastado para convertir en basura el voto que otros miles emitimos el 24 de mayo y del que algunos (¡ay!, la casta) entendimos que se desprendía un mensaje favorable a la creación de un gobierno municipal de izquierdas en Gijón. Pero el integrismo político y la auto creída superioridad moral de los sumos sacerdotes y comisarios políticos de XsP decidió que unas elecciones no son suficientes para saber qué quiere el pueblo (perdón, “la gente”) y que hacía falta montar la segunda fiesta de la democracia (esta solo la patrocinan Podemos y puede que FAC) y aguarles la otra fiesta a los que sumaron sus votos el 24 M para pedir un cambio de rumbo en esta ciudad. Es para hacérselo mirar. A partir de ahora cualquier gobernante, o aspirante a ello, o cargo electo municipal de Gijón podrá recurrir a la artimaña de convocar un plebiscito si la lectura de los resultados de unas elecciones legales y democráticas no le gusta, no le conviene o no le mola.

El mensaje de que es más demócrata quien más veces va a votar es una trampa tan gorda como decir que el mejor alimentado es quien más veces come. Los seis concejales de XsP estarán muy contentos con el resultado de su martingala asamblearia porque para 3.500 personas son los campeones de la democracia y además ellos se lavan ahora las manos ante lo que pueda suceder con la Alcaldía de Gijón. Felices como perdices. Pero la consulta de marras ha convertido  en papel mojado el voto de otros muchos miles de ciudadanos y, de paso, pone en tela de juicio el valor del sufragio ciudadano en unas elecciones democráticas, legales y transparentes, una conclusión que a uno le parece muy grave y le llena de desazón. Las elecciones, según XsP, son buenas si ellos salen elegidos pero son una herramienta dudosa y prescindible si de sus resultados pretenden sacarse otras conclusiones. “Si estas elecciones no me gustan convocaré mis propias elecciones hasta que me den la razón”, parece transmitir alto y claro el sanedrín podemita investido de una autoridad moral y una pureza propia de quienes parecen no tener pasado ni deberse a nada más que lo que son sus propias ideas y estrategias. Lo que ha dicho la gente cuando lo tenía que decir importa poco.

Cualquiera con un par de cuentas en Facebook, un megáfono y bastante cara dura puede llenar unas urnas de votos que le ayuden a retorcer una realidad que no le conviene gestionar tal como viene dada. Los plebiscitos, las consultas masivas, las asambleas llenas de discurso con muchas soflamas y pocas ideas, fueron siempre unas de las armas de limpieza de imagen de las dictaduras, esos regímenes en los que, paradójicamente, no se convocaban elecciones, ni había partidos políticos.

A uno ya le importa poco o nada quien gobierne Gijón hasta 2019, si es que alguien va a ser capaz de gobernar algo con este panorama. Las reglas de juego ya no valen, al parecer, así que a partir de ahora sálvese quien pueda.

El fútbol salva al Sporting

Una de las virtudes de la gente de Gijón es que, por lo general, sabe separar el grano de la paja. O sea que no suele ser fácil que nos la metan doblada. La afición del Sporting es un ejemplo claro de esa capacidad de discernimiento demostrada a lo largo de esta temporada de Liga que, como todo aquello que merece la pena, ha tenido un final emotivo y emocionante. Dice uno esto porque los miles de personas que cada domingo llenan el Molinón, siguen al equipo en sus desplazamientos y comparten con él triunfos y fracasos, han sabido aguantar el tipo con entereza apoyando a un grupo humano que empezó pareciendo el ejército de Pancho Villa y ha terminado ganando más batallas que el general Patton.

Las cosas no son como empiezan, son como acaban. Es fácil decirlo ahora, pero no lo era el verano pasado cuando el Sporting parecía un simple equipo de escolares ilusionados dirigidos por su hermano mayor con la idea básica y casi única de no hacer mucho el ridículo, y regentados por un consejo de administración que, salvo honrosas y dimitidas excepciones, ha demostrado que su única virtud es defenderse a sí mismo y negar la mayor cuando se habla de sus interminables cagadas. Este consejo y sus trapisondas, propias del moroso del 13 Rúe del Percebe, casi llegaron a contaminar la relación del equipo con su afición. Pero aquí es donde entra la capacidad gijonesa para no dejarse confundir. Aquí la gente va a la playa aunque llueva, porque lo esencial es la playa, no el tiempo que hace; en Gijón se toma media de vino o una de sidra con los amigos aunque el vino y la sidra sean de garrafón, porque importan más la tertulia y la convivencia que la bebida; aquí seguimos presumiendo de ciudad aunque esté gobernada por inútiles, porque el amor por Gijón no se mezcla nunca con las eventualidades electorales; aquí hay gente que sigue riendo y llorando con el Sporting porque, al final, lo que importa es el fútbol, el fútbol como filosofía básica, como sentimiento colectivo y como aglutinador ético y estético de una ciudad que, de vez en cuando, sigue queriendo saber que está viva y se viste de rojiblanca.

La directiva del club estuvo todo el año en la picota y en las pancartas, pero el fútbol, el fútbol puro y jugado con la cabeza y el corazón, el fútbol sin colorantes, sin chulerías, sin endiosamientos estratosféricos y sin gilipolleces periodísticas al uso, ha salvado al Sporting de una auto profecía de desastre total que estuvo a punto de cumplirse. Y los autores de la epopeya (no hay victoria que merezca la pena ser contada si no tiene héroes) son unos chavales que parecen guajes frágiles, que no se mueven entre flashes y modelos de pasarela ni viven en exclusivas urbanizaciones, que han pasado meses sin cobrar como muchos otros pero que han ido cada día a hacer su trabajo. El resultado de todo eso ha sido el fútbol. Un fútbol artesano, trabajado y laborioso jugado por seres humanos normales que tuvieron que aprender a sobrevivir mientras sobrevivían a duras penas y a las órdenes de un entrenador tan inteligente como modesto que supo transmitir las dosis justas de escepticismo y confianza, sin meterse en charcos innecesarios y, como gijonés, separando el grano de la paja una vez más.

El Sporting es de Primera en todos los sentidos. El fútbol ha salvado al Sporting de sus complejos, de sus maldiciones, de sus dirigentes y de sus malos agüeros. Al final lo más complicado se resuelve por el camino más sencillo cuando uno hace lo que tiene que hacer. Enhorabuena.

Novedades

Me van a tener que perdonar mis admirados y respetados hinchas del movimiento Podemos, pero me estoy empezando a perder en el laberinto. A lo mejor es la edad, o que yo mismo soy uno más de la casta y me tira la querencia como los toros van hacia las tablas, pero tengo que manifestar que no entiendo alguna cosa de la denominada “nueva política”. Vaya por delante que toda aquella actividad antigua y muy trillada a la que se endosa el adjetivo “nueva” me huele raro o directamente mal. Esto es como lo de la “nueva cocina”, ese invento carísimo y para elegidos que funciona a base de nubes de hidrógeno, mezclas de lentejas con espuma de lenguado, maridajes  y deconstrucciones. En resultado son raciones pequeñas en platos enormes y unas hermosas presentaciones que esconden la necesidad inmediata de correr hacia la hamburguesería más cercana tras abandonar la mesa en la que nos han metido un clavo por no comer, rodeados, eso sí, de belleza y modales minimalistas.

Podemos ha conseguido un buen pellizco en las urnas a base de predicar la nueva política como menú del día que sustituirá al indigesto bipartidismo de la castaza empachada con el fracaso al que les llevó no hacer caso a ese viejo refrán: “de grandes cenas están las sepulturas llenas”. El caso es que la nueva política consiste en votar tras haber votado, que viene a ser lo mismo que comer tras haber comido, una consecuencia de la nueva cocina ya explicada más arriba. Los seis concejales de Podemos en Gijón anuncian que convocarán un referéndum ciudadano para que el pueblo llano que votó el 24 de mayo vuelva a votar sobre lo que han de hacer aquellos a quienes algunos de ellos ya votaron el 24 de mayo y ahora parecen no atreverse a entrar en la cocina porque presienten que hará mucha calor.

¿Un referéndum tras unas elecciones? Esto viene a ser lo mismo que pasar por caja en el Celler de Can Roca para meterse a continuación en la taberna de la esquina a comer unos huevos fritos con chorizo y matar la fame. Uno creyó siempre que la voz del pueblo, “lo que quiere la gente” como repite a diario el señor Suárez del Fueyo, se expresa en las urnas tratándose esto de una democracia, imperfecta, pero democracia. Pero resulta que no es así, que hay que volver a votar para validar lo que ya se ha votado porque, al parecer, quienes han sido elegidos para representar a un buen montón de ciudadanos y ciudadanas de Gijón no lo tienen claro. ¿Quienes votaron a Xixón Sí Puede esperaban de lejos que este grupo facilitase un gobierno de Foro en la ciudad? Sin hacer un referéndum ni nada me atrevo a aventurar que no. Las urnas del 24-M, las de toda la vida, las fetén, ya dijeron que en esta ciudad hay una mayoría de izquierdas. Otra cosa serán las fórmulas a emplear para decidir quién de la izquierda de tres sabores pilla el bastón de alcalde, la superación o consumación de los odios sarracenos que anidan contra el PSOE y su candidato (¿si se va el candidato y corre la lista se acabó el veto?) y si después se reparten las vicealcaldías o se sortean coincidiendo con el cupón de los ciegos. Porque, claro, a mí quien me dice que en ese referéndum no votan en masa diez mil foristas de pro (¿los hay?) y a Podemos se la meten doblada con su propia medicina obligándoles a proclamar que Carmen Moriyón es elegida “Miss Plaza Mayor” por cuatro años más. Y digo yo, ¿quiere esto decir que un referéndum de colegio mayor que a uno le recuerda a la chapuza aquella de Artur Màs, tiene más fiabilidad que unas elecciones celebradas con todas las de la ley? ¿Y si el referéndum desdice lo que se dijo en las elecciones de verdad? ¿Se vuelven a convocar elecciones hasta que coincidan los dos marcadores?, ¿se juega la prórroga?, ¿se tiran penaltis? A uno esto de la nueva política le empieza a dejar con la sensación que se tiene cuando se va a un banquete y se sale con más hambre que cuando se entró. Yo veo en la mesa una fartura de izquierdismo para esta ciudad, pero los camareros no dejan acercarse ¿Esperan a que enfríe? Seguramente la culpa será mía por pensar que los cargos electos están ahí para tomar decisiones a riesgo de quedar bien con unos y mal con otros, ¿no? ¿O es que Podemos va convocar un referéndum ciudadano cada vez que las decisiones municipales sean de rango superior a asfaltar una calle? Porque, claro, lo mismo los de los portales pares están de acuerdo con la obra y los de los impares no quieren que les cambien el firme asfáltico.

En fin. Quedo a la espera de nuevos y apasionantes episodios, mientras escucho a la señora alcaldesa proclamar sus enormes coincidencias programáticas con el señor del Fueyo y el mismísimo Monedero que está en los cielos. Aquí hay algo que no cuadra.

Cimientos

Han pitado y silbado contra el himno de España. Válgame Dios, qué tragedia. Seguro: estos son los de los soviets, los separatistas, etarras, hitlerianos, yihadistas y radicales que se pusieron de acuerdo para ir todos al fútbol. El campo de Barcelona era un hervidero de reventadores de la democracia que fueron convocados allí por Manuela Carmena, Ada Colau y toda esa chusma que quiere acabar no sólo con nuestro sistema político y económico occidental, sino también con nuestro deporte rey. El Camp Nou estaba lleno de organizados militantes de las hordas soviéticas que se hicieron pasar por modestos forofos e hinchas con boina o barretina, aficionados honestos y entregados al noble balompié que no se meten en política ¿Cómo se las habrán arreglado estos de la izquierda radical para llenar el campo de los suyos? El oro de Moscú, seguro. Pero en este país estamos muy mal. ¿Qué mejor prueba que la pitada al himno? Si ya no se puede estar tranquilo ni en el fútbol, ¿qué nos queda? Esos son los mismos que quieren acabar con los toros y con las procesiones. ¡Qué pais! ¿Pitan su himno los suecos o los alemanes? No, seguro. ¿Qué quieren esos que pitan? ¿vivir como suecos o alemanes? Pues que se vayan a vivir a Suecia o Alemania con los demás. España siempre ha sido una patria unida por el fútbol y los himnos y capaz de dejar a la puerta del estadio los problemas y las opiniones, que para eso está el fútbol. Cada uno en su casa que hable de lo que quiera, pero ¿qué es eso de pitar en público cuando tocan el himno y cuando sale el Rey? España no desaparecerá por culpa de la corrupción, el paro, la crisis y la desigualdad esa de la que hablan. España se irá por el desagüe si el fútbol y los himnos ya no nos sirven para ser un país de energía varonil y sereno combate contra quienes atacan los cimientos de lo nuestro.

Tricornios

Observo pasmado como un mismo movimiento político puede ser a la vez etarra, bolivariano, amigo de los soviets, anarquista y hitleriano. Y esto solo es el principio, señores. Podemos y sus franquicias van a seguir recibiendo calificativos que derrocharán imaginación y delirio a partes iguales. Lo más provechoso es que la lectura aún desatenta de la prensa en estos días permite recibir un curso gratuito de alta teoría política a cargo de la catedrática Aguirre y todos los aventajados doctores de la Escuela de Génova, un sesudo grupo de reflexión alentado por el doctor Josemari y patrocinado por la fundación Faes.

Ante estas informaciones de vertedero uno oscila entre la carcajada y el cabreo sordo y, sobre todo, siente la misma sensación mezclada de miedo y vergüenza ajena que sintió en 1981 cuando vio a Tejero pegar tiros en el Congreso gritando como un mozo de cuadras y tratando de arrodillar a todo un Parlamento. Desde Esperanza Aguirre a Yolanda Barcina pasando por Bertín Osborne que, metido también a analista de fondo, ha vaticinado una catástrofe a cuenta del ascenso de Podemos, (el maestro Rafael Quirós se preguntaba si esta catástrofe no sería acaso un nuevo disco del cantante), todos estos y estas, retomo el hilo, se han calado el tricornio de Tejero y se han montado en el caballo de Pavía para salir en defensa de “nuestro” (de ellos) sistema democrático y económico  occidental. El charol de ese tricornio es el charol de sus entrañas que pugnan por brillar de nuevo y en las que sigue anidando el mismo sentido patrimonial de España que tienen (iba a poner ‘tenían’, pero por desgracia siguen aquí) los franquistas más ultramontanos que trasquilaron “la patria”.

Llamar a un gobierno de concentración como si este país estuviera en peligro de desaparición, o vomitar a diario despropósitos que van de lo soviético a lo hitleriano para descalificar a un partido legal que se ha presentado a las elecciones con todos los papeles en regla y ha conseguido cientos de miles de votos, es volver a gritar “¡quieto todo el mundo!” con la pistola en alto con el único afán de amedrentar a una sociedad que ha demostrado que no se deja asustar, amén de despreciar la voluntad democrática de muchos ciudadanos para quienes su única estrategia es que el Gobierno haga leyes que les permitan llegar a fin de mes, jubilarse decentemente y poder dar estudios a sus hijos. Y lo peor es que quienes dicen estas barbaridades no lo hacen porque estén chocheando y añoren los tiempos del caudillo de marras (que también), sino porque tienen un plan calculado y para que se cumpla son capaces de pasar por encima de lo que sea como han hecho siempre.

La mejor lección contra este golpismo de baja intensidad, contra este run run tejeriano, será que quienes han sido elegidos y aún tienen la cabeza despejada mareen la perdiz lo menos posible y se pongan a gobernar sin dilación. La democracia se defiende con más democracia y los ciudadanos ya han hablado. Ahora cumplan todos con su trabajo y manden al asilo, al penal o al manicomio a esta banda de cuervos con tricornio.

Hiperbólico Ramírez

Cabe suponer que los hijos e hijas de puta también celebran el día de la madre. A veces cuesta trabajo creerlo, pero no están exentos de esa fiesta aunque sus pobres madres serán seguramente ajenas a la condición infame de sus vástagos, gentes odiadas en silencio o insultadas a voces en manifestaciones y escraches. Pero la vida es así de salomónica y permite a todas las madres, incluso las de los hijos e hijas de puta que en el mundo hay, creer que su descendencia es de primera calidad, incapaz de un mal gesto, una mala obra o una mala palabra, unas excelentes personas, en resumen. Por eso Hiperbólico Ramírez, experto en idear efemérides inolvidables propuso a las instituciones la inclusión del Día Mundial del Hijoputa o HijoPuta´s Day (en versión norteamericana), una jornada en la que las madres de ministros corruptos, banqueros expertos en usura, asesinos en serie, periodistas deleznables, fascistas varios, cantantes melódicos de Eurovisión, cocineros deconstructores y estafadores, adivinos, nigromantes, escritores de best sellers o arzobispos fascistoides de algunas diócesis y cardenales pederastas primados, son homenajeadas por seguir siendo capaces de albergar la esperanza de que tal cantidad de hijos de puta sueltos, los suyos mayormente, puedan ser capaces aún de regenerarse por el bien de la especie.

Desde su punto de vista, la santa patrona del Día Mundial de los Bastardos debería ser la Madre de Moisés, la única suficientemente honrada para deshacerse de él en un cesto de mimbre al presentir que a su hijo terminaría por írsele la olla con tanta plaga de mosquitos, sapos, otras porquerías y primogénitos muertos. “Madre no hay más que una, por suerte” era el lema del movimiento social impulsado por Hiperbólico Ramírez en el que se combinaba el homenaje a estas sufridas mujeres y en el que, al tiempo, latía un íntimo deseo de que las de su especie no fuesen demasiado frecuentes ni demasiado prolíficas.

Hiperbólico Ramírez que había estudiado veterinaria y comportamiento animal en la casa de Fieras del Retiro, diferenciaba bien el contenido del tradicional Día de la Madre del que él proponía para el Día Mundial del Bastardo y la Hija de Perra. Si el primero debía dedicarse a las madres que son una santas a secas y les gusta salir a comer una vez al año con unos hijos y nueras alcoholizados y unos nietos que no dejan de mirar el móvil, el segundo Día, el inventado por él, tenía otras destinatarias. “Hay mujeres que tienen mucho mérito habiendo alumbrado especímenes que dan ganas de vomitar y que, sin embargo, aún son capaces de no repudiarlos”, puede leerse en el expediente justificativo de su petición al Estado. En sus memorias tituladas “Tu madre será una santa pero tu ya sabes lo que eres”, Ramírez relata la niñez de tipos como Franco, Hitler, Cristiano Ronaldo, Cristóbal Montoro, Jordi Pujol, Esperanza Aguirre, Luis Bárcenas o José Luis Moreno. Pese a que dedicó buena parte de su vida a pasear y defender su  idea en diferentes foros internacionales, Hiperbólico Ramírez no fue capaz de conseguir que el Día Mundial del Hijoputa cuajara ya que, a principios del siglo XXI, el volumen de hijos de puta era tan elevado que no haría sido suficiente con un solo día de festejos y hubiera hecho falta toda una semana de eventos dedicados a los hijos de puta y sus pobres madres. Así que, como dicen los periodistas deportivos, no pudo ser. Otra hijoputez del destino.