El chigre

Parece ser que el estilismo tardobatasuno que se gastan los chicos-as de Podemos y sus franquicias va más allá de los cortes de flequillo a tazón, la suciedad capilar consolidada y las camisetas de sobaco libre. La chulería tabernaria y amenazante de algunos de los diputados de “la nueva política” se ha expresado con toda su libertaria y torpe agresividad en el hemiciclo y los pasillos de la Junta General del Principado contra el portavoz de IU, Gaspar Llamazares, y se ha expresado en unos términos de acoso que a uno le recuerdan mucho los modales que exhibían en sus buenos tiempos los matones de HB en las herriko tabernas. Lo ha dicho con otras palabras Gaspar Llamazares, un tipo a quien puedo reprochar muchas cosas menos ser un alarmista, un acusica, un represor o un antidemócrata. Lo ha dicho tras ser testigo y objetivo directo de la estrategia de callejón de barrio chino que se gastan los adalides de los intereses “de la gente”, el mantra favorito que usan como coartada para hacer lo que diga el jefe, como por ejemplo poner candidatos a dedo igual que hacía Aznar.

Llamazares sabe bastante más que el podemitismo y su banda de lo que significa practicar el equilibrio de ser de izquierdas y estar en minoría y, sin embargo, ser capaz de hacer valer sus propuestas y conseguir que se pongan en práctica sin recurrir al bloqueo sistemático y la bronca insultante de asamblea de facultad que tan bien practican los de morado. Pero Llamazares tiene el grave problema de llevar en política más años que estos tardobatasunos sin depilar que han venido (dicen ellos) a refundar la democracia, y eso les convierte a él y a IU en reos de un crimen tremendo: ser unos esbirros de la vieja política, un saco en el que Podemos mete todo lo que le conviene, incluido el respeto por el adversario. Al parecer solo Podemos y el DNI dan de un tiempo a esta parte los certificados de calidad democrática de izquierdas en España. Si uno no baila al son que ellos tocan le graban con el móvil, como hace la policía en las manifestaciones, o te dan golpecitos groseros en el brazo para que no pierdas el hilo de su interesante conversación admonitoria sobre los peligros de no entender la política como debe ser: una catequesis.

Convertir los parlamentos en chigres es lo mismo que pensar que las conversaciones de chigre tienen valor legislativo. Algunos no se han enterado. Bienvenidos al circo, chavales.

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Educación

La buena educación dice que no se mata a las mujeres tirándolas por la ventana, ni atropellándolas repetidamente con el coche, ni degollándolas con el cuchillo del chorizo, ni haciendo con ellas una barbacoa atizada con gasolina. No se mata mujeres, aunque solo sea por educación.

Y por educación no se abandona a los niños en una balsa de goma en medio del Mediterráneo. No se les deja morir en las playas vestidos con su ropa de domingo que, al cambio, viene a ser lo mismo que la ropa de emigrar. No se le ponen zancadillas a los sirios que cruzan las fronteras, ni se les invita a tomar el té en un campo de refugiados lleno de chinches.

La urbanidad dice que no se ensarta a subsaharianos en las vallas afiladas de Ceuta y Melilla, porque no es lo mismo ser moro que pincho moruno.

La urbanidad impide condenar a los minusválidos, a los viejos, a las madres solteras y a esa gente débil en general a malvivir con una pensión  de 400 euros.  Se considera de mala educación que un país tenga cuatro millones y pico de parados, que más de la mitad sean jóvenes y que más de 50.000 hayan tenido que irse de su país a buscarse la vida.

No se dejará a la gente sin casa, o sea, en la puta calle, por no poder pagar la hipoteca, ni se les cortará la luz, ni la calefacción

No se permitirá a fascistas y analfabetos hacer entrevistas serias a los candidatos que aspiran mandar en serio a todo un país. Estará mal visto emitir estas entrevistas en horario de protección infantil. Es ineducado que los mediocres, los corruptos y los analfabetos se presenten a las elecciones porque es de mal tono que los imbéciles y los ladrones tomen decisiones en nombre de gente cabal y honrada.

Quedará feo condecorar a vírgenes de escayola por su tenaz lucha contra la delincuencia, y no se basará la política de empleo de un gobierno en pedir que lo del paro lo arregle la Vírgen del Rocío. No se usará la televisión pública para mentir, manipular, endiosar a cretinos que cobran en un mes lo que otro ciudadano tarda un año en ganar.

La urbanidad básica recomienda contestar a las preguntas de los periodistas en las ruedas de prensa, no farfullar frases sin sentido tales como “y ya tal”, “indemnización en falso diferido”, o “salvo alguna cosa”.

Ah, casi se me olvida. Es de mala educación darle de hostias al presidente del Gobierno y romperle las gafas en campaña electoral o fuera de ella. Es mejor hacer que pierda las elecciones y, eso sí, desear educadamente que no venga por detrás ningún otro finísimo facha de colegio de pago a darle el poder. Veremos.

Cuatro cosas

1.- En una semana me he quedado sin televisión, sin coche, sin insulina suficiente en el páncreas y tal vez sin algunos amigos. Todo es pérdida. 2015 me sale a deber, como siempre, así que si alguna cadena de televisión me pide un balance del año tendré que admitir de nuevo mi condición de perdedor. Si a eso añadimos que la posibilidad de ganar el Gordo de la lotería es equivalente a la proporción que ocupa una gota de agua en una garrafa de cinco litros, y que he votado a un partido que jamás gobernará, no puedo decir que las cosas me vayan bien.

 

2.- La Navidad es maravillosa para quienes tienen fe en Dios o en el alcohol. En Navidad solo cabe rezar a o beber, dos actividades muy apropiadas para librarse de la realidad. Hay un tercer bloque de la población que en Navidad dice disfrutar de la familia, cuñados incluidos. O tienen mucha fe y creen en los milagros o están borrachos desde el 22 de diciembre en adelante.

  1. Uno de los géneros periodísticos que peor llevo (llevo mal casi todos de un tiempo a esta parte) es el de “candidatos en jornada de reflexión”. Todos hacen paella, van al baloncesto, leen (o sea que el resto de tiempo no leen), escuchan a Mahler y, por encima de todo, están con la familia. Vale más que se suprima la jornada de reflexión y que esta gente deje de hacer el ridículo durante esas 24 horas de horror vacui o lo siga haciendo con la misma intensidad y dedicación que lo han hecho durante los quince días anteriores. Que pasen todos este día en casa de Bertín Osborne. Es una sugerencia.

4. La última. No aguanto la muletilla de “normalidad democrática” con la que se inician todas las crónicas de las jornadas electorales dando a entender, en tono algo condescendiente, paternalista y un pelín franquista, que el pueblo llano somos en general buena gente y no unos jabalíes. Tal vez convenga recordar que en este país solo suele haber normalidad democrática el día de las elecciones. Si repasamos lo que ha pasado en España en los últimos cuatro años con un índice de corrupción por escaño cuadrado más que insoportable, quedan pocas dudas al respecto.

Rubén también vota ¿no?

Algunas personas con almas cándidas, ignorantes, pacatas o simplemente malintencionadas, retorcidas, groseras o simples se han “indignado” (expresión de la que se usa y abusa hasta la saciedad en nuestros tan simplistas medios de comunicación), se ha sentido ofendidos por uno de los vídeos de campaña realizados por el candidato de UP-IU, Manuel Orviz. En él, el candidato habla con Rubén Menéndez, un ciudadano de Piedras Blancas, de más de 30 años de edad, Síndrome de Down, que fue alumno de Orviz hace años y que, entrevista, vídeo y campaña aparte, es habitual votante de IU porque como él mismo dice en el vídeo: “Manolo es el mejor”, una razón tan impepinable para votar a alguien, casi la única que debería valer. Sin ambages, sin paliativos, sin debates soporíferos, sin estadísticas, ni encuestas. Rubén hizo esas declaraciones sin guión, sin orientaciones previas, sin prejuicios y con el único afán de decir que su amigo Manolo es el mejor. Y claro que para Rubén Manolo es el mejor, porque es su amigo, porque confía en él sin conocer su programa, y porque durante un tiempo de su vida quiso y cuidó a Rubén en primera persona. “Manolo me quiere mucho”, dice Rubén en otro momento de la entrevista. ¿Algún candidato ha hecho algo tan personal por cualquiera de nosotros y aún así le votamos sin conocerle de nada? ¿Hemos sido capaces de querer a algún candidato, de sentir por él afecto personal? ¿Le parece que las razones de Rubén para votar a Orviz son menos válidas que las suyas para votar a quien sea? ¿Hay que esconder al Síndrome de Down porque no es estéticamente adecuado en el spot, o porque sus derechos civiles no tienen  el mismo valor que los de Bertín Osborne cuando cada noche manipula sin empacho con un fondo de risas enlatadas y sonrisas cómplices? Una sola frase de Rubén hablando de su amigo Manuel Orviz y pidiendo el voto para él encierra más verdad, inocencia y convencimiento que todas las estrategias electorales de manual en la que artistas, futbolistas, o estrellitas varias de medio pelo piden el voto para quien sea con muy poco convencimiento y, a veces, cobrando por ello de forma directa o indirecta.

¿No es este el país de las oportunidades? ¿No es la igualdad el objetivo que tanto cacarean los candidatos? ¿No se trata de normalizar la presencia de los discapacitados en TODOS los ámbitos de la sociedad? Entonces, ¿qué hay de irregular o despreciable en el vídeo de Rubén? ¿Que pida el voto para IU en vez de hacerlo para el PP? Ahora que ya queda feo esterilizar a los discapacitados, ¿es la alternativa capar sus derechos de opinión y votación? ¿Fascismo sutil y políticamente correcto?

Rubén tiene derecho a opinar y a votar, y a ser un ciudadano al 100%, a no quedarse escondido y a salir el día 20 de su casa, con sus papeletas y su ilusión a depositarlas en la urna. Tengo un hijo Síndrome de Down de 28 años para quien votar es una de sus máximas ilusiones. Así que sé muy bien de qué hablo y también sé de qué hablo cuando digo que es cruel, mezquino y casposo tratar de esconder las opiniones de estos ciudadanos españoles (patriotas, por cierto, ahora que tanto se lleva el patriotismo) so capa de extrañas razones en las que se mezcla la mojigatería, el oportunismo y una ancestral costumbre de encerrar a los tontos en los desvanes porque dan vergüenza propia y ajena.

Rubén es un pionero, uno más de los hijos de un dios menor a quienes la historia les reserva de vez en cuando la oportunidad de poner el dedo en las llagas más sucias de esta sociedad que dice quererles tanto pero prefiere usarlos de florero y estampita, sin voz y sin voto.

Campaña

 

Tengo un amigo que sostiene la teoría de que Pedro Sánchez, el del PSOE, es un actor. No quiere decir únicamente que se desenvuelva como un actor, que también, sino que es un actor contratado por el PSOE para hacer de secretario general y candidato. No se olvide que Adolfo Suárez, santo laico de nuestra Transición, hizo de extra en las películas de romanos que rodaban en Ávila antes de ser mocín falangista y luego galán centrista, así que lo de que Sánchez es un comediante tiene mucha más enjundia de lo que parece.

El PSOE de España tiene pues a un Cary Grant de pacotilla al frente del tinglado cuya buena presencia y huecas palabras se considera la solución para acabar la travesía del desierto que sufre el socialismo español desde que Felipe González se dedicó en serio a lo del yate. El PSOE quiere un actor en la Moncloa (“en Moncloa”, sin artículo, como dicen los enterados) porque ya tiene una tonadillera con mala uva presidiendo la Junta de Andalucía y a un maniquí en la sede del Gobierno de Asturias. Trío de ases.

Los socialistas fueron nuestros animales de compañía preferidos durante algún tiempo hasta que se les vio el plumero, se les acabaron los estadistas con cierto fuste y pasaron a poner en el menú electoral a personajes de tal mediocridad que eran un insulto a la inteligencia de los votantes. A ellos les dio lo mismo y así les va. Por cierto, no tenía noticias de Adriana Lastra, esta joven promesa del aparato de la FSA que parece permanentemente altisonante y cabreada con el mundo. La escuela de arte dramático de Pedro Sánchez tiene la continuidad asegurada. Entre los mutis de Fernández y las proclamas de Lastra el espectáculo puede continuar.

Y luego están las hermanas Gilda de la política astur, Hermenegilda y Leovigilda, Pepegilda y Forogilda, tan intercambiables como prescindibles. Mercedes Cherines y Cristina Coto, PP y Foro, abrazadas en la casa común de la derecha, reconciliadas como buenas cristianas por el bien de Oblanca y Paco Cascos, amigas para siempre después de haberse puesto de chupa de dómine en una guerra sin cuartel. Si Sergio Marqués levantara la cabeza…

Podemos presenta una candidata en la línea pastelera de la “Casa de la Pradera”, con una estrategia electoral  basada en hacer llorar al electorado leyendo cartas al abuelo, peinando tirabuzones como Laura Ingalls, y adobándolo todo con sonrisas inocentes, manifestaciones a tres turnos, algo de post hipismo indumentario, unos versos por aquí y, eso sí, el dedazo de Pablo Iglesias por allá, ya que el gran timonel, como hacen todos los timoneles de la vieja política, tiene preferencias para los carteles que lo mismo no soportan un referéndum interno y por eso prefiere no someterlas a ese trance.

Yo volveré a votar a IU. No son los mejores, por supuesto, pero me da la sensación de que son los únicos que no me están tomando el pelo ni tratándome como a un débil mental cuando se dirigen a mi debilitada fe de votante.

Que la campaña nos sea leve. Como esta la dirigen Pablo Motos y Bertín Osborne entre otros sólidos líderes de opinión, ya no habrá de que asustarse.

Boboroloflexia

Emparentada con la papiroflexia y la globoflexia, la boboroloflexia es el arte que consiste en hacer composiciones inútiles e imposibles con materiales cotidianos después de darles muchas vueltas y dobleces. Algunos lo llaman también postureo o incluso demagogia. Yo lo llamo boboroloflexia, puro manierismo, arte efímero y sin alma que consiste en dar apariencia consistente a materiales frágiles con los que se construyen puras ilusiones que quieren aparentar solidez. Un papirofléxico hace pajaritas de papel con cuartillas usadas. Un globofléxico hace figuras con globos: perritos, paquetes escrotales, jirafas… retorciendo y anudando las burbujas de aire. Artes menores aunque muy celebradas, la papiroflexia y la globoflexia, entretienen, emboban y poco más.  

El boborolofléxico trata de deformar la realidad conforme a un peculiar sentido de la justicia, la oportunidad, la estupidez, la simpleza, la estética de lo vacío o de esa memez contemporánea que se ha venido en llamar “corrección política”. Recordemos Leire Pajín, una de las más destacadas representantes de la boboroloflexia política de todos los tiempos, cuando anunció que la coincidencia de Obama y Zapatero en sendos centros de poder era una pura y simple alineación planetaria de consecuencias imprevisibles para el Universo. Ya en fechas más recientes y territorios más próximos hemos asistido a ejercicios de boboroloflexia tan maravillosos como el practicado por varios concejales de Corvera que han decidido usar el género femenino en todas sus intervenciones públicas como manifestación, al parecer, de una presunta concepción del feminismo y la igualdad.

De los mismos autores o parecidos en cuanto a su inspiración se refiere,  hemos presenciado estos días en Gijón el ejercicio boborofléxico (frustrado, menos mal) que trató de despachar de un boborilazo el tricentenario nombre de la calle de la Merced con el único interés de practicar un ajuste de cuentas político y ratonero con la disculpa de honrar la memoria de un difunto. Y no digamos nada de la enorme construcción boborolofléxica que se está preparando con el enésimo Plan de Vías, un circo ferroviario de doce pistas con el que el todos los gobiernos quieren entretenernos cada cierto tiempo con la única intención de seguir sin hacer nada. Pura ilusión óptica, boboroflexia perpetrada con dinero público y la entusiasta colaboración de los medios de comunicación regionales, tan dados ellos a aplaudir los fuegos de artificio, las pajaritas de papel y las boboroloflexias más elaboradas con tal de que vengan adobadas con bonitos planos y dibujos en color.

La práctica de la boboroflexia crecerá en las próximas semanas de manera exponencial a medida que se acerquen unas nuevas elecciones, aunque la tentación de seguir manejando la política como un mero ejercicio de ilusiones ópticas a medio camino entre la tómbola y la arquitectura efímera jamás nos abandonará. Así nos va.

Plegaria laica para Ladis

Querido Ladis que estarás ya en algún cielo si es que Dios tiene humor. Santificada sea tu coña, tu fina ironía, tus andares de dandy, tus casos y cosas, tus largas tertulias llenas de humo, humor y sabiduría. Venga a nosotros tu talento de narrador, de certero ojeador del género humano, de fino detector de pelmazos, pufistas y gilipollas en general. Venga a nosotros y quédese para siempre entre los que te conocimos tu toque canalla y mundano entreverado de humanidad, tu amplio conocimiento de todas las leyes de la relatividad que rigen la existencia humana, tu exacta métrica para relatar los placeres y los padeceres que te acompañaron hasta esta fecha en la que serás pasto de necrológicas de todo tipo, desde las más sentidas hasta las más mentidas. Venga a nosotros tu buen manejo del idioma, tu salero de cronista taurino de Olivetti que conseguía hacer que leyera las que escribías hasta uno al que no le gustan los toros. Venga nosotros tu defensa del periodismo desde la columna casi diaria, tu clarividencia de ojeador de la vida, tu gusto por las señoras, tu amor por la buena vida, por la ironía, por los vinos y las palabras, por el arte y los artistas, por la buena televisión, por la gente en general.

Querido Ladis: ahora que se ha hecho la voluntad de eso que llamamos la ley de vida, una ley que nos condena a muerte sin apelación posible y si acaso con algún aplazamiento, quiero recordarte fumando un Marlboro en la redacción de Corrida 19 mientras mirabas por la ventana el paso de ociosos, efeméridos, pufistas, pelmazos y gentes de varia condición, mientras hablabas con nosotros, periodistas misacantanos, del ayer y del hoy, cribando siempre tus juicios de valor a través de una contagiosa coña marinera que ha sido seguramente la mejor poción de tu longevidad.

Y perdónanos nuestras deudas, nuestras faltas de ortografía y de sintaxis, nuestro excesivo envaramiento ante la vida y nuestra falta de fe en este oficio de juntaletras al que tú fuiste fiel hasta tu último punto final.

Hasta siempre, maestro nuestro que estarás en el cielo.

Señor García

A las nueve y media de la mañana del sábado suena el teléfono. Uno duerme, claro está. Alarmado por el timbrazo atiende con un gruñido ansioso la llamada esperando sin duda una desgracia al aparato o un sorteo de la radio. Ninguna de las dos. Es el banco que me despierta para decirme que mi cuenta está en números rojos. Esa misma llamada se produjo 48 horas antes  y también la interlocutora se dirigía a mí como “señor García”. Pregunto a la señorita dos cosas: si piensa que no conozco el estado de mis cuentas e, item más, si cree que en dos días voy a solucionar mis tropiezos financieros por arte de magia o movido a mendigar y hacer malabares en los semáforos, o atracar viejas pensionadas por nuestro generoso Estado, azuzado por sus sucesivas llamadas telefónicas inquisitoriales a horas intempestivas. Es evidente que en este banco ya saben que soy pobre, pero ahora cree que además soy imbécil y desconocedor de mi lamentable estado de cuentas. Seguramente que a Rodrigo Rato o alguno de los golfos que se lo llevaron crudo con las tarjetitas de Bankia no les llama nadie de ningún negociado bancario de pufos un sábado a las nueve y media de la mañana.

Excuso decir que mi descubierto bancario no pagaría ni el papel higiénico del último ejecutivo de este banco, ni una comida de larga sobremesa con las que se agasaja a cargos públicos con influencias que fijan las comisiones de los cajeros automáticos, y, desde luego,  las reiteradas llamadas al orden que recibo en mi teléfono fijo y en el móvil (llamadas “informativas”, me dicen que son por si me he creído que soy más rico que Creso siendo ya más pobre que Carpanta) suponen un gasto telefónico y un esfuerzo que mi descubierto bancario no merece. Sin embargo, me temo que así seguirán hasta que algún milagro, herencia o golpe de suerte en el casino de Las Vegas devuelva mis finanzas al sendero correcto.

Lo que me pregunto ahora es por qué los del banco no llamaron jamás durante años para felicitarme por pagar puntualmente recibos, hipotecas, comisiones de apertura, cierre, mantenimiento, y otros diezmos y primicias. Tampoco telefonearon solícitos el primer mes que mi nómina quedó reducida a menos de la mitad porque así lo quisieron la crisis y mi disposición a firmar lo que fuera ante el terror a quedar en el paro. No llamaron tampoco para solidarizarse con un fiel cliente como yo cuando el recibo de la luz subió sin tasa, cuando hizo lo propio el recibo del IBI, o el mismísimo IPC y la madre que los parió a todos. Ni llamaron para saber por qué había dejado de ir de vacaciones, al dentista o a cambiarme las gafas. Supongo que me saben ya informado de esas cosas que me pasan, por eso no se toman la molestia de despertarme un sábado por la mañana para decirme que “eso de que la crisis es un mal sueño y que en España ya nadie habla de ella, señor García”.

Apátridas Anónimos

Dice Rubén Medina, a quien junto con su compañera Manuela tengo por amigos y sabios, que vamos a fundar entre él y yo mismo una organización que se llame “Apátridas anónimos”, una mezcla perfecta entre “Apátridas sin Fronteras” y “Alcohólicos anónimos”. Dice Medina, y con razón que comparto gustosamente, que esta organización de nuevo cuño ha de ser una especie de grupo de desintoxicación basada en dos patas fundaciones de lógica aplastante. Por una parte, los apátridas no pueden tener frontera porque carecen de patria. Esto es una verdad de Perogrullo, pero que conviene recordar. Por otra parte, porque el patriotismo, el nacionalismo, las peleas a muerte por el borde de la sebe y sus variantes de reivindicaciones de terruños y trapos coloridos sean del tamaño y tradición histórica que sean, son dependencias de una gravedad tan dañina como comparable al alcoholismo o la ludopatía, producen graves quiebras familiares y sociales, amén de crear un guirigay de tal volumen en bares y televisiones que hacen insoportable el sano esparcimiento de la media de vino hablando de trivialidades, o de ver el telediario en paz con sus intoxicaciones habituales. Así que los “Apátridas anónimos” serán gentes que, reunidas bajo bandera alguna se pondrán de pie en medio de la reunión para confesar su adicción aldeana o cantonalista y pedir la curación.

-Hola, me llamo Arturo y soy patrioalcohólico y nacionaldependiente

-Hola Arturo, contestará la peña.

Y Arturo, o Manolo, o Pin, o como se llame el penitente de esa reunión, comenzará a vomitar ante sus semejantes esas obsesiones enfermizas que tiene, como esnifar rayas fronterizas sobre mapas de su pueblo tres veces al día, dormir envuelto en la bandera, poner de patitas en la calle a refugiados e inmigrantes de color dudoso, y tomar botes enteros de pastillas de hecho diferencial hasta atrofiar su musculatura social. Arturo, o Manolo, o Pin, o como se llame en candidato a la reinserción social, contará avergonzado como vendió todo lo que tenía en casa para comprar una dosis de patria, una dosis pura, sin cortar con mierdas centralistas que adulteran la verdadera identidad del politoxicómano del terruño. Contará también que decidió desengancharse cuando vio que las dosis que se metía eran cada vez más fuertes y caras pero no eran capaces de hacer real el sueño que se producía en sus trances tóxicos. Al despertar, el resto del mundo seguía ahí sin manera de quitárselo de encima.

Y así, reunión tras reunión, los antes ciudadanos de la baldosa ser irán haciendo ciudadanos del mundo, y dejarán de ser patriotas descamisados, acalorados y significados para convertirse en simples apátridas anónimos.

Querido Rubén ya estás empezando a redactar los estatutos de “Apátridas Anónimos” bien trufados de citas de Aristóteles o Shopenhauer, qué se yo, que de eso sabes tú mejor los ingredientes, y lo mismo una de estas noches tenemos que cruzar el Ebro en una patera para montar la primera reunión en Vilafranca del Penedés con la lectura bien entonada de esta frase de Josep Plá: Los políticos catalanes hacen grandes gestos, se ponen cada dos minutos la mano en el pecho, dan chillidos sentimentales y hacen unos terribles aspavientos de bondad. Todo el mundo pone los ojos en blanco, va con el corazón en la mano y canta confusas romanzas que hacen llorar. 

Y que conste que donde pone catalanes puede poner cualquier otra cosa. Especialmente españoles.

La pregunta

Los nacidos después de la Segunda Guerra Mundial vimos desde niños con una mezcla de incredulidad y pánico los documentales y películas sobre la matanza de judíos en Alemania. A estos sentimientos se sumaba la impotencia cuando esas imágenes o los testimonios de los supervivientes recogían la prepotencia agresiva y criminal de los nazis de turno que, sin oposición alguna, mataban, violaban, vejaban y gaseaban a familias enteras por la simple razón de ser judíos. Lo hacían con frialdad burocrática y sin inmutarse, como una obligación en horario de oficina, según dijo en su descargo al ser juzgado uno de los ideólogos de la “solución final”. Creo que Adolf Eichmann. Los niños también morían y sus cuerpos mínimos por edad y la desnutrición aparecían en las pilas de cadáveres que los rusos y los americanos encontraron al liberar los campos de exterminio. Nadie se libraba del espanto. Pero lo que mejor recuerdo es la pregunta que se hizo en voz alta mi padre mientras veíamos en la televisión uno de esos programas. “Pero ¿nadie sabía lo que estaba pasando? ¿nadie los podía ayudar?”.

La foto de un niño sirio de tres años muerto en la playa y la de los trenes llenos de inmigrantes en las fronteras de Europa, en las alambradas de Europa, me han impresionado tanto como las historias del holocausto. Las respuestas dilatorias de los burócratas europeos me recuerdan a las de Eichmann, y la soledad y la impotencia de esas familias que visten a sus niños igual que nosotros a los nuestros me recuerdan a las colas de otros trenes ganaderos que partieron de Centroeuropa hace 70 años. Y ahora, muchos años después, pienso en la pregunta en voz alta que hizo mi padre, miro a mis hijos y sigo sin tener respuesta o las que tengo me asustan más cada día.