La Colmena de Gijón tiene un trienio

revoltosa

La Revoltosa limita al norte con la sonrisa de Noelia, al sur con la pachorra bondadosa de Oriol, mientras que Verónica transita de este a oeste y viceversa, de barra a librería y viceversa, del coro al caño, del vaso al beso, de verso al vaso y del vino al vano propósito de poner en orden el revoltoso e insolente caos de los clientes de la denominada “zona noble” que hacen trasiego constante de copas y palabras desconcentrando a la librera/camarera/estricta gobernanta que pasea dejando que aspiremos la lisura de su Chanel y haciéndolo con la  misma soltura flexible y decidida que el difunto Ángel Cristo lo hacía entre los leones del circo.

La Revoltosa tiene su propio campo magnético que se ha ido haciendo más potente en los tres años de vida que tiene este planeta de las palabras y los gestos que flota con seguridad en el universo de la cultura gijonesa, este páramo de tantos años que, pese a que el mundo está lleno de gañanes y analfabetos, ha conseguido reproducir por esporas o por letras una generación de libreros y libreras que para los de mi generación empiezan en el patriarcado de Paradiso y Cornión y siguen por esta recia raza de expendedores de palabras entre quienes ya están por propios méritos, y con un trienio, los de la Revol.

Porque La Revoltosa es un mundo. Un mundo pequeño y variopinto, a veces sobrecargado de humanidad como un mercado persa, y otras veces silencioso y recoleto como el scriptorium de un monasterio laico. Es un mundo poblado en sus puntos cardinales esenciales por los seres ya mencionados, pero que se llena cada día de constantes caravanas de migrantes que van allí en busca de abrevaderos de poesía, de alguna sombra en la que guarecerse de la que está cayendo ahí fuera, o del tronco de un árbol sobre el rascar sus heridas o dejar que se las rasquen. Hay en la Revoltosa selvas y desiertos, rebaños y cazadores solitarios, inventores de palabras, obras y omisiones, políglotas, artistas de mérito y charlatanes como el que suscribe. Lo mejor es que hay buena gente. Y punto.

Yo voy a la Revoltosa porque me quieren siempre y, para remate, me permiten ejercer allí toda mi ponceleidad (Faixat senior, dixit) sin hacer preguntas. Voy a que me llamen al orden cuando me paso de listo, a que me canten las cuarenta si es menester, a tocar la guitarra si Vero no tuerce el morro y a que hagan con mi hígado experimentos vinícolas cuyos resultados se conocerán el día en que me hagan la autopsia.

Salvo porque en el baño de los tíos nunca hay toallitas para secarse las manos y uno de los meaderos está “out” desde los tiempos de Mambrú, yo me siento en este sitio como en mi casa, ya sea solo o en compañía de otros y otras, jugando al escondite con ese mañana tan negro que nos persigue, dejando que me rodee la vida de puños y letras, con olor a papel y a Chanel, a sudor y a esplendor, a espuma de cerveza y espuma de los días.

La Revoltosa es La Colmena de Gijón, el Café Gijón de Gijón, que para sí quieran los Cela, los Vicent y los Azcona. Por eso este trienio les sienta tan bien a estos jóvenes pastores de amistades y lecturas, a estos honrados artesanos de la cultura que dignifican esta ciudad que, por suerte, empieza a entender que no se puede permitir el lujo de vivir sin La Revoltosa y su hermandad plebeya y ambulante de gentes que brindan al sol sus mejores faenas de salón.

Que sea por muchos años. Y yo que lo vea.

Retrasado

Cuando el tiempo se pone en mi contra yo atraso el reloj.

Dicen mis amigos que me engaño, que el tiempo seguirá igual su camino en mi contra por mucho que yo pare las manecillas. Y yo les respondo que si no se engaña lo mismo quien, en plena canícula, se mete bajo una sombrilla fingiendo que no hay sol; o el que, mientras nieva en la calle a todo de trapo, pone a tope su calefacción y pasea por casa en bañador o sin él. Y ¿no es más feliz el cornudo ignorante de la traición conyugal? Lo mismo es que la verdad es que está sobrevalorada. La verdad es una sobredosis de realidad que no todos soportamos igual. La verdad ha de dársenos mezclada con mentiras, igual que a los bebés se les da el potito haciéndoles creer que la cuchara es un avión que aterriza en su boca abierta de admiración y no de hambre. Pero así comen y crecen, y siguen preparándose para ser mayores en un mundo lleno de tipos que dicen las verdades del barquero cuando sólo cuentan las mentiras del naufragio.

La vieja del anuncio de la Lotería se cree que le ha tocado el Gordo y es mentira, pero la gente flipa con la broma cruel y hasta llora de emoción. Mariano Rajoy y su jarca viven convencidos de tener un país a sus pies por ser honrados y hay que gente que se traga la bola, y va y les vota otra vez. El Rey se tiene a sí mismo por referente moral (no es el único) ganando 20.000 euros al día y eso pone cachonda a mucha gente que sigue siendo monárquica a machamartillo. El PSOE se cree la trola de que girando a la derecha se llega antes a la izquierda y Pablo Iglesias embauca a buena gente con la inmensa falacia de que él es un tipo dialogante, abierto y flexible. Y Echenique pide independencia para Aragón. Qué vuelvan Buñuel y Berlanga y Azcona.

Y nos tragamos la mentira de que Telecinco es televisión, de que Bisbal tiene talento, de que García Ferreras hace periodismo de calidad, y la mentira de que el capitalismo es lo único que nos salvará del capitalismo, de que hemos adelgazado, de que no la tenemos pequeña, de que los años nos han hecho más sabios y prudentes, de que vamos a mejor, de que la Wikipedia nos hará cultos, de que nunca llovió no escampara y de que la vida debe ser consumida preferente cuando nos lo digan otros.

Así que como el tiempo se sigue poniendo en mi contra yo seguiré retrasando las manecillas mientras esto no cambie. Es lo mío una mentira muy piadosa comparada con todas las demás que me mezclan con los cereales del desayuno. Yo seré un retrasado, sí; ¿qué hora es?.

Ese vals

La vida breve y ligera, taimada y sonriente como el gato de Cheshire; la vida: este aparato de matar inocentes e indultar capullos, este escenario de payasos sin gracia, este corral de dramas crónicos que venden periódicos a cambio de almas, este altavoz de mentiras pegajosas, de verdades cegadoras, de voces apagadas, de gritos agudos como una espada; la vida, esta máquina trituradora, esta cinta continua que transporta los restos de lo que fuimos en el tiempo que tardamos en pasar de jóvenes promesas a viejos fracasos, esta maleta vieja y cuarteada que parece que estrenamos ayer y en la que acarreamos nuestras miserias de viaje a ninguna parte, este reino de dioses ateos y soberbios que solo creen en sí mismos, este templo de sumos sacerdotes que beben la sangre del sacrificio ajeno, este patio de vecindad donde lo mismo se corta el cuello a una gallina que a una mujer, este parque desolado donde los niños juegan a ser carne fresca para la lidia mientras se les vende alcohol por garrafas; este horizonte sin apenas arcoíris, esta escalera apolillada con el ascensor estropeado, este nido de ratas adornado con flores de plástico, este nicho de restos vivientes, esta cosecha agria de vino barato, este puticlub de carretera de chulos por palabras, de putas sin vocación y con sabañones, esta huerta de suicidas sin red, este bombardero de miserias de racimo, este estridor de llantos lejanos, este mentidero sin desmentido posible, este reino de toreros, de estafadores, de vendedores calvos de crecepelo donde los estafadores medran y los poetas sobran, este patíbulo a plazo fijo, este banco de cuentas sin fondos que siempre son las nuestras, este cuerpo enfermo que siempre es el nuestro, este carro de heno que pasea a los golfos más reputados y votados, este rumor de neumáticos que nos acuna, este vapor amarillo que nos adormece, este campo de minas es la vida.

Esta vida, que no hay otra, este camino de abismos sin quitamiedos solo se puede vadear bailando un vals vienés, un pequeño vals con bonitas muchachas, el que nos enseñó a bailar Leonard Cohen con la elegancia inimitable de los elegidos, con la bondad sencilla de los santos con sombrero que sonríen y lloran con igual sinceridad, con una voz tan profunda y personal que ya nadie nos podrá quitar porque esa voz y ese vals se han infiltrado en la vida a pesar de tanta basura, y han salvado y salvarán aún a mucha gente que para poder seguir adelante solo tendrá que aprender un vals, este vals vienés que Leonard Cohen seguirá bailando con nosotros por toda la eternidad.

Millán Astray-1, Unamuno-0

 

Como ustedes ya habrán leído en las opiniones que servidor escribe en este modesto blog desde hace años, tengo escasa simpatía por los señores Juan Luis Cebrián y Felipe González. Odio que uno dicte titulares con la impunidad de un Tirano Banderas, y aborrezco que el otro los publique sin pestañear, basándose en un falso prestigio periodístico inventado por sí mismo, y consiguiendo que todo un periódico que antes fue de prestigio se haya convertido en un candidato serio al sindicato de panfletos, amén de poner en la puta calle a toda una generación de periodistas de calidad.

Yo opino con firma y foto desde hace muchos años, me responsabilizo de mis escritos y no quiero que nadie me censure, ni por medio del dedazo editorial ni tampoco por medio de portazo, la bronca, el insulto o la mordaza. Admito y deseo el debate y los practico si hace falta, pero no soporto el faltonismo gratuito y anónimo de quien no sabe hablar, solo ladrar. Básicamente creo que la libertad de expresión es una medicina gratis y universal que cura los males de la sociedad y que nadie puede intentar hacer suya como propietario o administrador exclusivo: ni Cebrián, ni González, energúmenos con corbata, ni los de la pancarta y el portazo, energúmenos sin corbata,

Quienes ayer impidieron hablar en una universidad a Cebrián y González a base de golpes, pancartas y salivazos no son mejores que ellos por muy representantes de la gente que se crean. Ejercen la misma censura que los otros dos, aunque lo hagan por otros medios y se sientan legitimados por alucinadas razones. Entre unos y otros este país se aleja de la inteligencia, del diálogo, de la reflexión, de la búsqueda de soluciones para la mayoría y de una convivencia normal en la que hasta el peor de los canallas y el más recto de los ciudadanos puedan decir lo que piensan en pie de igualdad y sin que nadie les insulte por ello.

Por este camino acabará ganando el tullido Millán Astray, el militar que tanto animaba a matar la inteligencia y a machacar al contrario por la fuerza. A Millán le hacía feliz vencer sin convencer y a un tris estuvo de descerrajarle un tiro al rector Unamuno en medio del Paraninfo de Salamanca por opinar en contra de la dictadura de los uniformes.

Cada vez que en este país se censura a un periodista o se boicotea a un conferenciante le ponemos una calle nueva a Millán Astray y se la quitamos a Unamuno.

No molesten, patriotas

Los adoradores de los muñones de Millán Astray y otras reliquias, o quienes hacen residir la patria en las mangas de la camiseta del futbolista Piqué están de gran gala cada 12 de octubre porque se siguen creyendo los propietarios de la banderita de Marujita Díaz y toman café cortado con la leche de la cabra de la Legión. También están hoy encantados los que dicen que Colón debe irse de Barcelona porque han aprendido Historia sin hache y se creen tan en posesión de la verdad como los otros con tal de dar el cante. La próxima babayada será eliminar la estatua de Pelayo porque no respetaba la cultura árabe y era un imperialista. Todo se andará, queridos. Estamos rodeados de patriotas, algo que es molesto y siempre me ha puesto muy nervioso. Los nazis decían que cada vez que se oye la palabra cultura hay que echar mano a la pistola. Cada vez que oigo la palabra patria yo suelo echar mano al pasaporte y preparo la maleta por si se nos viene encima otra avalancha más de iluminados.

En este país que cada día se sitúa un paso más lejos de la inteligencia, la afloración de patriotas es tan preocupante como esas plagas de plantas invasoras que no dejan crecer nada más en el sitio en el que ellas echan raíces. Además, visto lo visto en los juzgados, vamos descubriendo a muchos veneradores fervorosos de la bandera que tienen la patria en la tarjeta black y para quienes el país de residencia ideal es un paraíso fiscal con bandera de conveniencia, como la de cualquier honrado pirata que robaba por encargo y a comisión en nombre de ideales superiores y altas instituciones. A más patria, más roña. Y a falta de ideas, de inteligencia y de proyectos reales para la gente real, lo mejor es andar a banderazos con las venas del cuello muy hinchadas, cantando himnos patrióticos y jodiendo la vida a quienes se quedan en la cama igual cuando hay fiesta nacional, sea de la patria grande o de la patria chica.

Uno siempre ha preferido a quienes confiesan honradamente que su patria es su sofá, su bragueta, su estómago, sus libros o su colección de sellos y que no andan por ahí haciendo proselitismo, desfilando a zapatazos y dando voces a deshora. A mí la patria me parece tan difícil de entender como la Santísima Trinidad, así que dejo los misterios para quienes los entiendan y a los patriotas les pido lo mismo cada 12 de octubre, o cada fecha señalada en las naciones varias: por favor, no molesten.

Culo

A veces el culo es el espejo del alma, no la cara. El culo puede ser el espejo del alma de una sociedad entera cuando refleja con más fidelidad que su rostro lo que ese colectivo, sus medios de comunicación y sus instituciones pueden dar de sí. El llamado culo de Cubiella (cartel publicitario que muestra las potentes nalgas de una señora en el escaparate de un reconocido negocio gijonés) es estos días motivo de polémicas, encuestas, reacciones, análisis sesudos (y sexudos), posicionamientos, proclamas y majaderías varias. Tras 20 años expuestos al público escrutinio en una céntrica calle del populoso y transitado barrio de El Carmen, los glúteos de esta potente señora (o señor, ya que su cara no se ve y lo mismo se trata de un transexual en buena forma), ese culo perfecto, digo, ha desvelado una vez nuestras imperfecciones como colectivo. Una vez más estamos encantados de perder el tiempo con memeces mientras las políticas en favor de la mujer siguen dejando mucho que desear, las empresas tratan a las mujeres como el culo (no el de Cubiella) y, en general, ser mujer sigue siendo sinónimo de desigualdad de oportunidades.

El culo de Cubiella lleva veinte años en el mismo sitio, casi el mismo tiempo que Asturias lleva retrocediendo en todo lo fundamental y Gijón, también en caída libre, ha pasado de ser una ciudad de fábricas a una ciudad de bares sin solución de continuidad.  El culo de Cubiella es como los espejos del Callejón del Gato en los que la realidad deforme y mostruosa es, a la larga, el verdadero reflejo de la realidad.

Leo en el tercer o cuarto párrafo de una sesuda información periodística que el Alvia que descarriló en un túnel de Pajares hace pocos días sufrió el accidente por ¡faltaba un trozo de vía! y nadie, salvo el maquinista, se dio cuenta de ese detalle insgnificante. Toma, Jeroma. Pedimos la Variante de Pajares y a cambio conseguimos un Ibetren con las vías rotas. Vamos de culo, en efecto, pero no es el de Cubiella el que más nos debería alterar.

Sabiduría

A veces, lo mejor que uno puede hacer para dar la vuelta al mundo es quedarse en casa. Sentarse en el sofá, o en un rincón cualquiera (preferiblemente en el que más le guste al gato), coger un libro ya leído varias veces y dejar la mente en blanco, o, en su caso, pensar en banalidades. La primera impresión será extraña porque el cuerpo, tan acostumbrado a moverse durante todas las horas del día, sentirá la necesidad de hacer cosas, de rellenar agendas con citas, compromisos, objetivos, negocios, eventos familiares. La mente, por su parte, querrá sumarse a la rotación del planeta y planificar negocios, citas amorosas, venganzas, algún tipo de marketing o el argumento de la novela que cambiará la literatura contemporánea. Sin embargo, es necesario resistir esos ataques de actividad. Son pura inercia. Hay que seguir en el rincón donde tal vez se haya sentado ya también el gato que mira a algún punto indefinido del vacío sin más pretensiones. También le mirará a usted en algún momento con una mezcla de extrañeza e indiferencia.

Mientras usted se queda ahí, sin más ambiciones existenciales que las del gato, en el mundo ajeno del que usted prescinde a conciencia, se suceden miles de llamadas de teléfonos, tuiters prescindibles, airados mensajes de Facebook, fantásticos pactos políticos, un estridor sordo de debates futbolísticos de energúmenos, discursos vacíos, violaciones que son trending topic, nacimientos, muertes, estafas, declaraciones de amor, testamentarías, transbordos en aeropuertos, tormentas sin testigos en medio de los océanos o torbellinos de arena en mitad de algún desierto profundo. A la hora de comer abra el libro que casi se sabe de memoria y pique un par de párrafos al azar, los que le hayan alimentado más en anteriores lecturas y vuelva a saborearlos con calma, sabiendo que ellos seguirán ahí cuando el mundo que sigue girando a su alrededor haya desaparecido.

El sol irá poniéndose y justo en ese minuto usted sabrá que en la esencia de esas palabras tan bien trabadas que nunca se descoserán y en los ojos del gato que duerme a su lado, está el único lugar desde el que se puede dar la vuelta al mundo sin caer en la tentación de creer que es alguien imprescindible o que es posible alterar, cambiar o mejorar en lo más mínimo todo ese caos que da una vuelta cada 24 horas sin necesitar nuestra colaboración. Tal vez entender eso sea la sabiduría.

Hacerse mayor

A un servidor Podemos nunca le ha dado miedo, pero tampoco ha sentido por ese partido más cariño que el que siente por su perro. Puestos a elegir prefiero pasear con el perro que con Pablo Iglesias. A lo sumo Podemos me produjo curiosidad y una cierta sensación de que entraba aire fresco por alguna ventana mal cerrada de ese caserón decimonónico del Congreso, que exhibe leones en la puerta y mantiene ujieres vestidos con librea que huele a naftalina, eficientes empleados dedicados a atender a los nuevos señoritos de este cortijo llamado España. Podemos fue la mascota de los cabreados, el león rugiente salido de la selva del capitalismo caníbal (no sé si es posible que haya otro) y que se negaba a pasar por el zoo para ser exhibido como la muestra de una especie extinguida. El león podemita exhibía una melena amenazadora y profética y castigaba con sentencias de una apabullante e insufrible superioridad moral lo mismo a los millonarios de manual que a los obreros tibios o indiferentes que aún añoran a Felipe González vestido de pana. A Iglesias siempre le ha gustado el Apocalipsis: “por no ser ni frío ni caliente te vomitaré de mi boca”.

Esta soberbia moral de Podemos, esta prepotencia intelectual siempre me ha producido enorme cansancio porque me recuerda a ciertos catequistas y meapilas de mi infancia que aseguraban llevar en el bolsillo las llaves del cielo y del infierno y vendían baratos los planos para llegar a cada uno de esos destinos. Así que la bronca de días pasados entre Errejón e Iglesias sobre si conviene hacer de Caperucita o del Lobo Feroz para ganar elecciones, me parece ociosa porque la suerte ya está echada. Podemos camina a pasos agigantados hacia su conversión en un partido más de la vieja y odiada política que ha protagonizado actuaciones tan destacables como la del Ayuntamiento de Gijón, de gloriosa memoria. Serán un partido más, aunque pueden ser si quieren un partido mejor. Ellos dijeron que siempre serían diferentes, alternativos, nuevos, pero como canta Serrat “nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”.

La podredumbre del PP y el ruido que producen los trabajos de desguace y desescombro del PSOE, han sofocado los debates internos de Podemos y hasta lo mismo acaban por convertir a esta organización unida a IU como los únicos referentes para los votantes de la izquierda. Podemos ya es uno más del Sistema, ya no puede jugar al escondite, a estar en la procesión y repicando; ya ha superado la adolescencia, el tiempo de las perretas y los pataleos, y forma parte de las instituciones impuras e imperfectas que ha prometido reformar desde dentro. Lo mejor que puede hacer ahora Podemos es tratar de no repetir los errores de sus mayores y, haciendo de Peter Pan o del Capitan Garfio, con menos insolencia gratuita, menos bilis y más pedagogía, subir la moral de los ciudadanos, y conseguir que volvamos a confiar de nuevo en la democracia, en las elecciones y hasta en la izquierda. A veces hacerse mayor y aceptarlo no es tan malo.

Parapolíticos

La belleza del esfuerzo, el tesón y la superación de los atletas paralímpicos nos ha permitido disfrutar durante unos días de otra forma de deporte, practicada por gentes completas pese a sus deficiencias, no por millonarios caprichosos y tarados dotados de musculaturas perfectas. Partiendo casi de la nada, los paralímpicos se esfuerzan por mostrar que son capaces de la superación constante y contra todo pronóstico, contra amputaciones y putadas de la genética o del mismo Dios, tan caprichoso a veces con sus amadas criaturas. Frente a la gloria de los paralímpicos, hemos seguido sufriendo la miseria y la fealdad de los parapolíticos, esos discapacitados con escaño, tratamiento de señoría con sueldo millonario, tablet gratis para jugar al Candy Crush y viajes pagados.

Los parapolíticos españoles no baten nunca otro récord que no sea el de la inutilidad, el escaqueo, la estrategia cortoplacista llena de cazurrería y guiada solo por sus propios intereses. Los parapolíticos elevan sus taras a la categoría de asuntos de Estado y tratan de convencernos de que sus balbuceos expresan ideas, de que su pereza es una fina táctica y de que sus amputaciones ideológicas son musculatura conseguida en el duro gimnasio de la ejecutiva federal o del congreso ordinario en el que se traban esas relaciones casi amorosas cuyos vástagos son estas generaciones de parapolíticos tarados por la endogamia.

En la paraolimpiada de Brasil hemos visto a los cojos correr, a los tullidos volar, a los ciegos alcanzar la meta con la yema de los dedos. Los tullidos baten récords y llegan a casa cargados de medallas. Los parapolíticos disputan sus propios juegos olímpicos cada cuatro años, como los otros, pero la diferencia es que mientras los atletas salen del estadio tras mostrar su poderío y afán de superación, los otros evidencian su incapacidad para cualquier cosa que no sea tener mayoría absoluta. Batiendo récords de gilipollez, despilfarro de medios públicos y soberbia permanente, los parapolíticos cobran por no trabajar durante meses mientras piden que les pongamos el listón cada vez más bajo porque esa será la única manera de, tal vez, saltarlo. Y así seguiremos. Tal vez dentro de otros cuatro años la olimpiada parapolítica registre el increíble récord de formar un gobierno. Algún gobierno parapolítico y solo capaz de batir su propio récord de inutilidad.

Basura

A finales del siglo pasado, Manuel Vicent escribió que “la democracia es una máquina de achicar la basura que la sociedad va generando sistemáticamente”. Leo esta frase mientras oigo a lo lejos, en la televisión y las tertulias, los vagidos impotentes que sus señorías y sus escuderos lanzan desde la tribuna del Congreso y los platós, lamentando, disculpando o camuflando otra vez la impotencia propia y ajena para poner de nuevo en marcha el motor de la trituradora de basuras de la democracia. Vicent tenía razón, pero tal vez no contó jamás con que esta sociedad y esta clase política tuvieran tal capacidad de generar semejante volumen de basura que, llegado un punto, la maquinaria de la democracia sea incapaz de triturar al ritmo deseado.

Solo el montón de mierda de la corrupción producida por los Bárcenas, Rato, Mato, Bigotes, ERES, las bodas del Escorial, los sobrecogedores varios, los Pujol, los Villa, los Marea o los Pokémon, solo ellos, pueden tupir la cloaca máxima del Estado hasta el punto de atorar la maquinaria de la democracia dirigida por unos seres mediocres, oportunistas, interesados e incapaces que, además, ignoran cómo acabar con el paro, la miseria, el abandono de los débiles, los contratos de miseria, la trata de seres humanos o el desguace del estado del bienestar. La mayoría de estos tipos a quienes pagamos sueldos fabulosos por no hacer nada, están dando un espectáculo bochornoso y terrible que evitamos ver en la televisión pasando al canal de “Sálvame” porque ya nos resulta muy difícil creer en ningún discurso que no sea el de Belén Esteban.

La máquina de achicar basura sigue parada, pero la pila de porquería sigue creciendo. El ex ministro Soria se va a la Banco Mundial a ganar más de 200.000 euros al año libres de impuestos. Tal vez ese sea el premio por haber conseguido ser el rey de la montaña de basura, por llegar a lo más alto de la pila de mierda tras trepar sobre los detritus de sus predecesores. Y como la máquina de reciclar porquería sigue parada nada impide que Soria el mentiroso vea recompensada su hazaña con un puestazo de campanillas desde el que vigilará el vertedero mundial para evitar que dejen de ganar los de siempre.

Manuel Vicent no calculó que la democracia fuese un día incapaz de tragarse toda la basura de la sociedad. Al igual que el Planeta, nuestra democracia se autodestruye y esteriliza por recalentamiento, por la negativa de los grandes productores de basura a autorregular sus emisiones de corrupción, incapacidad y palabrería.