Cumpleaños

Cumplir años está sobrevalorado. Al fin y al cabo, conservar la vida no depende de nosotros en casi nada por mucho que digan dietistas, cardiólogos, entrenadores personales y otros profesionales del alarmismo saludable. Seguir vivo un año más es una mezcla de suerte, casualidad, rebote, insensatez o no estar allí donde ponen la bomba. Por ejemplo, mi mujer y mi hija estuvieron en el puente de londinense de Westminster justo dos días antes del atentado mortal contra el Parlamento británico. Esa casualidad tan nimia, tan extraña, eleva sus posibilidades de cumplir un año más, aunque también podría haber pasado que por no estar en Londres estuvieran en un sitio mucho más peligroso (tal vez lo hayan estado sin saberlo) jugándoselo todo a mus. En fin, que no hay quien lo entienda. Solo cabe celebrarlo.

Viene esto a cuento porque hoy está siendo mi cumpleaños. Cientos de personas me han felicitado en las últimas horas (cosa que agradezco en el alma y de corazón), algunos con el mismo entusiasmo que si uno hubiese descubierto el hidrógeno, la cura contra el cáncer o hubiera marcado un gol como el de Zarra. Gracias a todos y cada una. Nos felicitamos unos a otros por seguir viviendo, que es lo único que tenemos, aunque ese privilegio se nos pueda ir por el retrete de un minuto para otro sin pedir permiso. De los regalos de la jornada me quedo con el sol que entraba por la ventana de la consulta del médico mientras esperaba noticias de mi páncreas. Mirando la luz solar que me daba en los zapatos tras filtrarse por los estores del amplio ventanal, pensaba que si el galeno entrara en su despacho con un papel en la mano diciendo “te quedan seis meses, Dios te ha metido en el próximo ERE”, no me extrañaría nada. Al fin y al cabo vivir mata más que cualquier otra cosa y un cumpleaños no es más que el recordatorio de que hemos tenido otros 365 días de prórroga que ni siquiera no hemos ganado, que hemos sobrevivido como esos soldados con suerte que desembarcaron en Normandía sin recibir un solo tiro y luego murieron desnucados tras resbalar en la ducha con la pastilla de jabón.

Cumplir años está sobrevalorado porque apenas es de nuestra competencia. No tiene mérito seguir vivo más allá de tomarse la pastilla que toca a la hora que toca y no tirarse al tren en horas punta. Lo demás es azar, como lo demuestran los fumadores que llegan a centenarios y los atletas con bronquios de niño que se quedan secos en una media maratón. Vivir están tan sobrevalorado como Shakespeare (esto de Shakespeare lo decía un pedante), aunque conviene leer Ricardo III y seguir respirando un año más.

Calvos

 

Hay días que al peinarme noto que quedan pegados al peine tantos pelos como ideas. Ambos se van por el lavabo abajo sin remedio. Antes, de más joven, me consolaba pensando que, con los años, me caerían los pelos, pero no las ideas; que quedaría calvo, aunque seguiría siendo inteligente. Pero la vida, que es tozuda como un reloj y para la que, como dijo el otro, el mañana es sólo un adverbio de tiempo, nos demuestra que la alopecia puede ser, y de hecho es, externa e interna.

He perdido pelo e ideas casi a partes iguales y no encuentro producto alguno que me permita recuperar matorral piloso ni materia gris. Me recomiendan crecepelos más o menos efectivos con los que abonar la parte externa de mi cuero cabelludo, pero nadie conoce un buen crece-ideas para la parte de dentro. Al que invente cualquiera de las dos cosas habría que darle el premio Nobel de algo. O sea, que lo seguro es decir que dentro de cien años todos estaremos calvos, pero lo probable es que nos hayamos quedado pelados de ideas mucho antes.

La vida en general y la actualidad española en particular, es tan repetida, tan putapénica, tan aburrida, tan poco sorprendente, tan gobernada por pelados mentales y tan dada a copiar sus propias mediocridades, que no da opción a que nos crezcan las ideas. Ya sabemos que, tal como van las cosas, se nos va a caer el pelo, pero lo que pone los pelos que nos quedan de punta, es pensar que también nos vamos a quedar mondos y lirondos de ideas. Pensaré más y me peinaré menos.

Odio

Estaba uno el otro día en un bar celebrando la casi derrota del Real Madrid frente a Las Palmas, cuando me percaté que de la mesa de unos caballeros muy maduros y supuestamente equilibrados salía el epíteto “rojos” para referirse despectivamente a uno y a sus amigos que, hartos de sufrir por la ausencia de triunfos del Sporting, nos apuntamos al muy acendrado rito de celebrar las escasas derrotas/empates del autosuficiente merenguismo. Al parecer, ahora uno se gana el honor de ser llamado “rojo” por el simple y fácil hecho de no ser del Real Madrid. Agradezco a los honorables caballeros de la bancada de marras un elogio totalmente inmerecido. Luego pone uno la tele y se topa con independentistas de barretina insultando a un funcionario de la Justicia, a un Ministro de Justicia muy verraco con las bromas en Twitter que el siempre agudo Rafa Quirós, definió hace días en Facebook como “el peor ministro de Justicia del franquismo”. Pasa después el bus del pene y la vulva por el camino de proponer la esterilización nazi para los raritos; llega el obispo que se apena más por una drag queen que por los muertos en accidente, y aparecen los homófobos de Malasaña y mala bilis, y los que matan mujeres a ritmo aterrador, y las viejecitas testadoras que amenazan periodistas por no contar las cosas como ellas quieren, y los periodistas que amenazan a todo el mundo que no camina por donde ellos sentencian, y el sindicalismo lumpen que amenaza con pasamontañas y coartada revolucionaria (sic), y Rato y Blesa, tan cabales ellos, que esquivan el trullo y provocan oleadas de cabreo. Y todo así. En resumen: que hay mucho odio desde el que nos llama “rojos” a quienes no somos de Florentino, hasta el macarra que llama maricón a uno que es homosexual. El caldero español es un caldo espeso de odio que atufa y agota a diario a quien lo ejerce, a quien lo recibe y a quien lo observa.

Ignoro (entre otras muchas cosas) si algún filósofo le ha metido el diente a algo que podría llamarse “el derecho al odio en la civilización que se cree moderna y vuelve a las cavernas”. Supongo que podrían sacarme de esta duda gentes apacibles de pensamiento y cultura amplia y probada como Rubén Medina, Enrique del Teso, Xandru Fernández, Manuela Blanco o Vicente Faixat, algunos teólogos de la laicidad gijonesa a quienes escucho encantado opinar con sustancia sobre la vida y poner calma en la tempestad. Pero mientras me sacan de la duda y no (que tendrán más cosas que hacer que andar despejando las brumas de mi ignorancia) lo que a mí me acojona es que el odio se haya generalizado más que la gripe y ya sea plato del día en la dieta informativa.

Es sabido que el litro de odio es más barato que el de cualquier bebida espirituosa (ahora se dice así, al parecer) o que la gasolina, y que emborracha e incendia con efectividad imbatible todo lo que toca. Uno también odia lo que le parece, claro está, porque puestos a meter la cuchara en la olla podría de los bajos instintos, nadie se priva. Y seguro que a veces me hago odiable y odioso, y tiro la primera piedra sin estar libre pecado alguno, aunque para ello me tenga que poner una barba postiza como hacían aquellas señoras galileas de la Vida de Brian con tal de que las dejasen apedrear a alguien.

El litro de odio sigue demasiado barato como para renunciar a un chupito o a una garrafa entera. Y parece que ahora hay barra libre.

Drag queen y obispos reinas

Que me dicen que ha dicho un obispo que le causa más dolor ver una drag queen carnavalera vestida de virgen que se convierte en Jesucristo que todos los muertos de un accidente de avión. Puestos a comparar estupideces incomparables o incomparables estupideces, que no es lo mismo, a lo mejor a este prelado le produce más preocupación que uno se cague en Dios que el hecho alguien se muera de una cagalera derivada de una disentería en Somalia, pongamos por caso. Los puntos de vista de la iglesia institucional van por unos caminos que no creo que sean los caminos del Señor. En Galilea no había drag queens ni aviones de pasajeros, pero había putas, pecadores varios, usureros, leprosos, repudiados de toda clase y gente harta de un dios airado y sin humor capaz de cargarse más primogénitos de los que caben en un avión de los grandes. Pese a todo, el llamado Jesús (ese señor al que los obispos dicen seguir hasta cuando camina sobre las aguas) admitió a todo el personal, no hizo ascos a nadie y por eso tuvo cierto éxito aunque de muy corta duración y trágico final.

Pero si un obispo prefiere que capote un avión a que una drag se ponga virginal, yo ya no sé que decir. La verdad es que los obispos se visten a veces como si fueran reinonas para competir en el carnaval de Las Palmas con todas sus tiaras, mantos pluviales, casullas y demás trapos de ceremonia. Lo mismo todo son celos o ganas de llamar la atención por no haber sido convocado este año el monseñor a las semifinales. Yo entendería que este obispo y otros muchos que piensan lo mismo que él dijeran que lo que más asco les da en este mundo es la pederastia en todas sus formas y maneras, que aborrecen el paro, la pobreza, la ignorancia, la superstición, el machismo con sotana o sin ella y todas esas cosas que revuelven a la gente normal. Pero vamos a tardar en oírlo.

En todo caso, el obispo que vestido con centro y mitra que no parezca una drag queen que tire la primera piedra o que se calle para siempre. O que le caiga un avión encima.

Fe de erratas

El otro día fui al juzgado a pedir una fe de vida y me dieron una fe de erratas. No me pareció mal, porque uno ha tenido siempre la sensación de que utiliza los días de su vida para cometer errores con tal dedicación, que si tuviera el mismo tino para tener aciertos sería el tipo de más éxito de la historia. Además, la vida es una errata sin explicación lógica de la que se levanta acta a fuerza de perpetrarla. Tal vez el funcionario que se equivocó de papel en la ventanilla y me dio la fe de erratas en vez de darme la fe de vida, no estuviera tan equivocado o, todo es posible, que un servidor haya pedido el papel en la ventanilla que no era, cometiendo así una errata más. O uno es un genio, un tipo aplaudido, un elemento al que reciben a la puerta de los bancos con besamanos y carantoñas y que deja rastro en las enciclopedias, en el Guinness, en los Oscar o en lo que sea, o el paso de sus meses quedará registrado en una fe de erratas, no en una fe de vida.

Cada vez que uno pone punto y seguido en su vida debería haber puesto un punto y aparte. Algunos puntos finales deberían haber sido puntos suspensivos, aunque lo único que uno tiene claro es que no desea el punto final, el inevitable. La fe de erratas, un documento que tal vez debería entrar en la oferta del Registro Civil de manera oficial, deja en evidencia que donde uno puso mayúsculas no debería haber pasado de minúsculas y que ciertos adjetivos adjudicados a determinadas personas y situaciones a lo largo de los años estaban muy pasados de vueltas. No se merecían y quedan registrados en esta fe de erratas.

Item más. Donde puse sueños debería haber escrito pesadillas, confundí amigos con conocidos, salud con dinero, dinero con amor y güisqui con agua. Admite mi fe de erratas que he tendido a confundir la velocidad con el tocino, el culo con las témporas, la costumbre con la ley, el pasado con el presente y el presente con el futuro. Asumo haber dado pasos adelante cuando sin duda tendría que haberme quedado quieto, lanzado a piscinas sin agua, haberme bebido el agua de esas piscinas y hasta el de los floreros colindantes, quedarme sentado cuando tenía que haberme puesto firme al paso de ciertas procesiones y en fin, para terminar no haber estado a la altura de casi ninguna circunstancia. Y no sigo, porque se me acaba el espacio disponible en esta fe de erratas que levanto en Gijón a tantos de tantos y que pongo a disposición de este papel, con la modesta intención de dejar claro que, si no me equivoco, aún respiro y que cada año que pasa tengo más erratas y menos fe.

Por la espalda

Esta mañana me vi a mí mismo de espaldas entre dos espejos y no me reconocí. Lo juro. Vi a un tipo más bien bajito, trabado, con una coronilla cada vez más despoblada rematando el cráneo y un extraño bulto en la base del cuello, que podría calificarse de contrapapada o papada trasera. Vi a ese tipo y sentí cierta lástima de él porque, pensé, sería como de mi edad y tenía una presencia lamentable, decadente. Al girar y verle la cara estuve a punto de pedirme disculpas o darme el teléfono de un geriatra, pero ese tipo en proceso de atocinamiento era yo. Verse de espaldas un rato permite darse cuenta de que uno mismo no sólo no es lo que parece, sino que tampoco parece lo que es. A veces hay que darse la espalda a uno mismo para saber quién es realmente y por dónde le llega en realidad la cintura del pantalón. Cuando uno se mira a los ojos en el espejo puede acabar por darse pena y convencerse de cualquier cosa. Cuando uno se mira al cogote, no hay con quien negociar, porque uno está desprevenido y no sabe que le miran, sale de su propio cuerpo y se ve desde fuera gracias al juego de espejos.

A veces enseño fotos viejas a mis hijos y les digo que ese era yo. Les cuesta creerlo. Yo miro esas fotos con una mezcla de aprensión y piedad, aunque en realidad creo que no me estoy mostrando las imágenes de cómo era yo en el pasado, sino que le estoy enseñando al que yo fui, en qué me he llegado a convertir con el tiempo. A lo mejor ese negativo de mi propia vida tiene aún la oportunidad de rehacer su existencia o algún tramo de ella en un álbum de fotos, y no llegar a  ser el tipo al que sorprendía yo mismo esta mañana desprevenido y por detrás, entre dos espejos de una sala de espera. No puede uno ni dar la espalda a los enemigos. A un mismo tampoco, que es el peor.

Como una madre

Me quedé sin padre antes de llegar a ser padre yo mismo, de manera que he tenido que afrontar la paternidad sin asesores personales, a pelo, como los dioses me han dado a entender. Ser padre sin un padre que te dé alguna idea al respecto es como aprender a conducir por libre. Uno termina por saber llevar el coche, pero después de haber desgraciado unos cuantos embragues y un par de guardabarros. Ser padre autodidacta es como tocar el piano de oído. Se puede dar el pego tocando ‘Paquito el chocolatero ‘de vez en cuando, pero se termina por desafinar. Con el paso de los años uno se da cuenta de que ser padre, en general, consiste en tratar de no meter la pata más de cuenta y usar la loción de afeitar que le regalan a uno el 19 de marzo. Cuando mis niños me hacían entrega de sus trabajos manuales de rigor con cartulinas masuñadas en clase durante las semanas anteriores, pensé que me estaban dando el ‘Oscar’ por una película que no había dirigido, ni protagonizado y de la que ni siquiera era autor del guión original. Ni siquiera podría ser un premio a toda mi carrera. No llevo tantos años en el oficio de padre como para que ya me hagan homenajes antes de dejarme por imposible. De manera que cuando no sé como actuar de padre procuro hacer de madre. Lo confieso: a veces soy un padre maternal en vez de ser paternalista. Es un truco que funciona. Hasta la fecha no me ha fallado, debo confesarlo, y mis hijos no se dan cuenta de la impostura. A veces hasta agradecen que los quiera como una madre.

Empalmado

El duque estaba empalmado porque nos la iba a meter. No firmaba duque empalmado por hacer gracietas de adolescente calentón, no; firmaba así porque sabía que al final de toda esta comedia de Rinconete y Cortadillo nos la acabaría metiendo hasta la empuñadura, como siempre han sabido hacer quienes tienen la sartén por el mango, el bate de béisbol entre las piernas y las manos libres para hacer el truco del trilero a todas horas. Nos la metió el duque porque en este país llevamos abiertos de piernas y con la popa en pompa varios siglos, aplaudiendo a monigotes coronados por muy ladrones, borrachos y puteros que sean. Igual es que, en el fondo, todos queremos ser como ellos y nos parece bien que el chorizo grande se vaya a su casa de rositas mientras el ratero de cuarta se pudre en el cuartón a la espera de nada bueno.

Nos la metió el duque, nos la metió también su augusta esposa, tan enamorada ella de la moda juvenil y de las cuentas en Suiza. En tiempos del dictador gallego que le regaló el trono a su papá de ella y suegro respectivo de él, los marqueses de Leguineche de Azcona y Berlanga se lo querían llevar crudo a Francia o a Suiza en plan chapuzas, en un milquinientos negro. Ahora todo es más cómodo. Los pijos roban en España y se retiran a vivir a Suiza sin cortarse un pelo, con todas las bendiciones judiciales, seguidos por arrobados periodistas de sociedad. El duque estaba empalmado por algo. Él sabía que en España no van a la cárcel los buenos chicos de apellido doble o enrevesado que han sido deportistas de élite y, además, se han casado con una hija de Rey.  Él sabía que nada le iba a cortar la erección perpetua que sienten en España los cacos de alta cuna. Se ponen cachondos viendo la vieja piel de toro porque saben que sobre ella viven incautos, incapaces, corruptos y tiralevitas capaces de justificarles cualquier delito como si de una travesura colegial se tratase. Así no hay quien deje de estar empalmado todo el día. La corrupción impune produce priapismo, dolor testicular y una enorme sonrisa de burla hacia todo aquello que el resto de los mortales consideramos serio, sagrado o venerable.

Ahora saldrá otra vez la zorra de Roca y Junyent a decirnos que la culpa es nuestra por no respetar la presunción de inocencia. Pasó lo mismo con Rita Barberá a quien sus colegas empezaron protegiendo con la presunción de inocencia para acabar por desentenderse de su muerte apelando a la presunción de cirrosis. Rita se mató a gin tonics y Urdangarín se acabará por matar a pajas, ya que su real empalme no se le bajará a pesar de haberse follado a la mismísima Justicia española.

Todos a robar, que hay barra libre en los juzgados y es mejor para la libido que un cajón de Viagra.

La soledad del patinador

Los medios de comunicación españoles han convertido en noticia el hecho de que nadie haya ido a recibir al pentacampeón Javier Fernández a su regreso a España. Los medios no han ido a recibirle como se recibe mediáticamente a futbolistas y otras personalidades, pero los medios han ido a dejar constancia de que nadie, ni ellos, han ido. O sea que la parte contratante de la primera parte se hace eco de la desidia informativa de la parte contratante de la segunda parte. Este cinismo informativo tiene bastante gracia sino fuera porque se aplica con el mismo descaro a otras muchas noticias de la actualidad. En otras palabras, la manipulación está en el menú diario. Porque, ¿qué habría pasado si los medios informativos llevasen años informando con tesón repetitivo de las hazañas deportivas de Javier Fernández, haciendo de él un ídolo, un ejemplo, un Messi, un Cristiano? Pues que seguramente el aeropuerto se habría petado de fans entregados a la estrella y los medios, tan pagados de sí mismos, habrían estado allí para ratificar su propia capacidad de propiciar el silencio de los corderos o el bramido de los borregos.

Nadie fue a ver a Javier Fernández al aeropuerto, y como los medios ya lo sabían porque ellos tienen bastante que ver en la soledad del patinador, se apostaron allí con su camarita y su canesú para hacer noticia de la ausencia de noticia porque, por si usted no lo sabe, nosotros los periodistas solemos decidir lo que es y no es importante, noticiable, mediático o viral, según convenga llamarlo en cada momento. Esto viene a ser lo mismo que informar en un telediario del aumento de la estupidez y la incultura en el mundo para, todo seguido, dar paso a una nueva tarde de Sálvame con cuatro horas de publicidad y cotilleos sarnosos.

El cinismo mediático aplicado al deporte es cada vez más descarado y va desde los comentaristas forofos, tipo Valdano, Segurola, Lama, etc., hasta la capacidad de informar de los efectos de no informar, en este caso sobre patinaje. Tal vez ahora le hagan unas entrevistas a Javier Fernández en la que el aguerrido monstruo mediático pregunte al pentacampeón qué sintió al ver que nadie le esperaba en el aeropuerto.

A uno le jode ser tan descreído con la profesión de sus amores, pero hay cosas que son noticia aunque no lo parezcan. Y por eso hay que contarlas.

Marianín y los bañistas

Cuando yo era periodista estaba prohibido hacer determinadas cosas. No se mezclaba la información con la opinión, ni la publicidad con las noticias, ni se podía usar el “podría” en los titulares cuando uno no tenía la certeza de algo: o era o no era, pero no valía el “podría ser”. Los suicidios no eran noticia, las anécdotas tampoco y, desde luego, la primera página era el sancta sanctorum del periódico, el lugar que determinaba las prioridades del diario, el rigor de su información y la contundencia informativa del material aportado por los redactores y redactoras.

Cuando yo era periodista, cosa que puede que ya no sea, la primera página de un periódico estaba reservada para las grandes noticias, las que se habían conseguido ganando la partida a la competencia, por llegar antes o tener mejores fuentes, o aquellas que realmente tenían un impacto sobre la mayoría de los lectores. Las mentes pensantes de la redacción, los jefes, los elegidos, dedicaban (y creo que aún lo hacen) varias reuniones cada día a planificar, decidir y pulir los contenidos de la primera página porque una mala primera página era como llegar a la primera cita con la cara llena de mocos.

Llegó luego la televisión basura, llena de chorradas, de chascarrillos, de pornografía moral y periodística, de noticias de garrafón, de calderilla informativa que se medía cada día en cifras de audiencia. El público se lanzó en masa sobre el colorín televisivo, llenó con sus gritos y berridos los platos y las audiencias originando una flojera en los editores de la prensa escrita que creyeron haber perdido para siempre la partida. La televisión no mató a la estrella de la radio pero sí se cargaría a los compradores de tinta por barriles, pensaron ellos. Así las cosas, los periódicos llevan años tratando de buscar su lugar en el mundo de las audiencias a base de convertir lo anecdótico en noticiable, de hacer cosas raras, de publicar historias insostenibles o morbosas, de expulsar de sus redacciones a los profesionales con experiencia y de dar por buenos comportamientos que hace unos veinte años habrían sido delito de lesa redacción. Los periódicos no pueden ser Tele5 por mucho que se empeñen, pero se siguen empeñando.

Mis temores se confirmaron cuando estos días vi una primera página clonada por dos veteranos periódicos en la que la “noticia” eran tres ilustres bañistas que “desafíaban” el temporal y el duro oleaje en el muy honorable Club de Regatas haciendo cosas propias de universitarios con resaca. Tres tíos en bañador por voluntad propia eran la noticia del día. Llamen a mi abogado. Para rematar, al día siguiente me mandaron copia de una entrevista a un señor cuyo mérito es ir en manga corta los 365 días del año. Por cierto, hago un inciso, mi padre siempre habló de un paisano de Gijón llamado Marianín que, en boca de mi progenitor, “iba en mangues de camisa de invierno y de verano”. Jamás vi a Marianín entrevistado en uno de los periódicos de la época a causa de semejante hazaña. Tal vez Marianín no nació en la época adecuada para que el público pudiera valorar su valiente y refrescante estilismo, o los periodistas de entonces no tenían sensibilidad alguna para captar dónde estaba la noticia.

La visión de la primera página acaparada por los bañistas aguerridos del Club de Regatas ocupando cuatro columnas dignas de mejor causa y el recuerdo de la historia de Marianín y sus camisas han reavivado mi preocupación por negro futuro que espera al oficio al que debo muchas cosas en esta vida. Una pena.