Empalmado

El duque estaba empalmado porque nos la iba a meter. No firmaba duque empalmado por hacer gracietas de adolescente calentón, no; firmaba así porque sabía que al final de toda esta comedia de Rinconete y Cortadillo nos la acabaría metiendo hasta la empuñadura, como siempre han sabido hacer quienes tienen la sartén por el mango, el bate de béisbol entre las piernas y las manos libres para hacer el truco del trilero a todas horas. Nos la metió el duque porque en este país llevamos abiertos de piernas y con la popa en pompa varios siglos, aplaudiendo a monigotes coronados por muy ladrones, borrachos y puteros que sean. Igual es que, en el fondo, todos queremos ser como ellos y nos parece bien que el chorizo grande se vaya a su casa de rositas mientras el ratero de cuarta se pudre en el cuartón a la espera de nada bueno.

Nos la metió el duque, nos la metió también su augusta esposa, tan enamorada ella de la moda juvenil y de las cuentas en Suiza. En tiempos del dictador gallego que le regaló el trono a su papá de ella y suegro respectivo de él, los marqueses de Leguineche de Azcona y Berlanga se lo querían llevar crudo a Francia o a Suiza en plan chapuzas, en un milquinientos negro. Ahora todo es más cómodo. Los pijos roban en España y se retiran a vivir a Suiza sin cortarse un pelo, con todas las bendiciones judiciales, seguidos por arrobados periodistas de sociedad. El duque estaba empalmado por algo. Él sabía que en España no van a la cárcel los buenos chicos de apellido doble o enrevesado que han sido deportistas de élite y, además, se han casado con una hija de Rey.  Él sabía que nada le iba a cortar la erección perpetua que sienten en España los cacos de alta cuna. Se ponen cachondos viendo la vieja piel de toro porque saben que sobre ella viven incautos, incapaces, corruptos y tiralevitas capaces de justificarles cualquier delito como si de una travesura colegial se tratase. Así no hay quien deje de estar empalmado todo el día. La corrupción impune produce priapismo, dolor testicular y una enorme sonrisa de burla hacia todo aquello que el resto de los mortales consideramos serio, sagrado o venerable.

Ahora saldrá otra vez la zorra de Roca y Junyent a decirnos que la culpa es nuestra por no respetar la presunción de inocencia. Pasó lo mismo con Rita Barberá a quien sus colegas empezaron protegiendo con la presunción de inocencia para acabar por desentenderse de su muerte apelando a la presunción de cirrosis. Rita se mató a gin tonics y Urdangarín se acabará por matar a pajas, ya que su real empalme no se le bajará a pesar de haberse follado a la mismísima Justicia española.

Todos a robar, que hay barra libre en los juzgados y es mejor para la libido que un cajón de Viagra.

La soledad del patinador

Los medios de comunicación españoles han convertido en noticia el hecho de que nadie haya ido a recibir al pentacampeón Javier Fernández a su regreso a España. Los medios no han ido a recibirle como se recibe mediáticamente a futbolistas y otras personalidades, pero los medios han ido a dejar constancia de que nadie, ni ellos, han ido. O sea que la parte contratante de la primera parte se hace eco de la desidia informativa de la parte contratante de la segunda parte. Este cinismo informativo tiene bastante gracia sino fuera porque se aplica con el mismo descaro a otras muchas noticias de la actualidad. En otras palabras, la manipulación está en el menú diario. Porque, ¿qué habría pasado si los medios informativos llevasen años informando con tesón repetitivo de las hazañas deportivas de Javier Fernández, haciendo de él un ídolo, un ejemplo, un Messi, un Cristiano? Pues que seguramente el aeropuerto se habría petado de fans entregados a la estrella y los medios, tan pagados de sí mismos, habrían estado allí para ratificar su propia capacidad de propiciar el silencio de los corderos o el bramido de los borregos.

Nadie fue a ver a Javier Fernández al aeropuerto, y como los medios ya lo sabían porque ellos tienen bastante que ver en la soledad del patinador, se apostaron allí con su camarita y su canesú para hacer noticia de la ausencia de noticia porque, por si usted no lo sabe, nosotros los periodistas solemos decidir lo que es y no es importante, noticiable, mediático o viral, según convenga llamarlo en cada momento. Esto viene a ser lo mismo que informar en un telediario del aumento de la estupidez y la incultura en el mundo para, todo seguido, dar paso a una nueva tarde de Sálvame con cuatro horas de publicidad y cotilleos sarnosos.

El cinismo mediático aplicado al deporte es cada vez más descarado y va desde los comentaristas forofos, tipo Valdano, Segurola, Lama, etc., hasta la capacidad de informar de los efectos de no informar, en este caso sobre patinaje. Tal vez ahora le hagan unas entrevistas a Javier Fernández en la que el aguerrido monstruo mediático pregunte al pentacampeón qué sintió al ver que nadie le esperaba en el aeropuerto.

A uno le jode ser tan descreído con la profesión de sus amores, pero hay cosas que son noticia aunque no lo parezcan. Y por eso hay que contarlas.

Marianín y los bañistas

Cuando yo era periodista estaba prohibido hacer determinadas cosas. No se mezclaba la información con la opinión, ni la publicidad con las noticias, ni se podía usar el “podría” en los titulares cuando uno no tenía la certeza de algo: o era o no era, pero no valía el “podría ser”. Los suicidios no eran noticia, las anécdotas tampoco y, desde luego, la primera página era el sancta sanctorum del periódico, el lugar que determinaba las prioridades del diario, el rigor de su información y la contundencia informativa del material aportado por los redactores y redactoras.

Cuando yo era periodista, cosa que puede que ya no sea, la primera página de un periódico estaba reservada para las grandes noticias, las que se habían conseguido ganando la partida a la competencia, por llegar antes o tener mejores fuentes, o aquellas que realmente tenían un impacto sobre la mayoría de los lectores. Las mentes pensantes de la redacción, los jefes, los elegidos, dedicaban (y creo que aún lo hacen) varias reuniones cada día a planificar, decidir y pulir los contenidos de la primera página porque una mala primera página era como llegar a la primera cita con la cara llena de mocos.

Llegó luego la televisión basura, llena de chorradas, de chascarrillos, de pornografía moral y periodística, de noticias de garrafón, de calderilla informativa que se medía cada día en cifras de audiencia. El público se lanzó en masa sobre el colorín televisivo, llenó con sus gritos y berridos los platos y las audiencias originando una flojera en los editores de la prensa escrita que creyeron haber perdido para siempre la partida. La televisión no mató a la estrella de la radio pero sí se cargaría a los compradores de tinta por barriles, pensaron ellos. Así las cosas, los periódicos llevan años tratando de buscar su lugar en el mundo de las audiencias a base de convertir lo anecdótico en noticiable, de hacer cosas raras, de publicar historias insostenibles o morbosas, de expulsar de sus redacciones a los profesionales con experiencia y de dar por buenos comportamientos que hace unos veinte años habrían sido delito de lesa redacción. Los periódicos no pueden ser Tele5 por mucho que se empeñen, pero se siguen empeñando.

Mis temores se confirmaron cuando estos días vi una primera página clonada por dos veteranos periódicos en la que la “noticia” eran tres ilustres bañistas que “desafíaban” el temporal y el duro oleaje en el muy honorable Club de Regatas haciendo cosas propias de universitarios con resaca. Tres tíos en bañador por voluntad propia eran la noticia del día. Llamen a mi abogado. Para rematar, al día siguiente me mandaron copia de una entrevista a un señor cuyo mérito es ir en manga corta los 365 días del año. Por cierto, hago un inciso, mi padre siempre habló de un paisano de Gijón llamado Marianín que, en boca de mi progenitor, “iba en mangues de camisa de invierno y de verano”. Jamás vi a Marianín entrevistado en uno de los periódicos de la época a causa de semejante hazaña. Tal vez Marianín no nació en la época adecuada para que el público pudiera valorar su valiente y refrescante estilismo, o los periodistas de entonces no tenían sensibilidad alguna para captar dónde estaba la noticia.

La visión de la primera página acaparada por los bañistas aguerridos del Club de Regatas ocupando cuatro columnas dignas de mejor causa y el recuerdo de la historia de Marianín y sus camisas han reavivado mi preocupación por negro futuro que espera al oficio al que debo muchas cosas en esta vida. Una pena.

Líbrenos 2017

Medimos las horas del año con cuentahílos. Son horas finas, como pelos de viejo, los restos de 366 días enteros que nos han vivido, que nos han matado, que nos han marcado en la piel un minuto cada sesenta segundos, una arruga de reloj, un tiempo que no hemos pedido pero que no queremos que nos quiten. Ya hablamos de hoy en pasado sin saber qué futuro nos espera, si es que nos espera alguno. Hoy ya es mañana y mañana será un poco de hoy, porque hoy es un día sin puertas, está abierto de amanecer a amanecer y el año que nace tomará su primer biberón con las sobras del 2016.

Lo que queda del día, lo que queda del año es un suspiro que recuerda a los que perdimos por el camino, sus caras, sus proyectos imposibles ya, sus almas que hoy nos tragaremos con las uvas, doce golpes entre las paletillas para no empapuzarnos con el tiempo, para no ahogarnos y tomar aire para atravesar a pulmón los doce meses que vienen, atravesarlo por nuestros propios medios, sin más trabas de las habituales y con todo el oxígeno disponible para navegar y respirar.

Ojalá el 2017 nos dé aire y nos libre de los negacionistas del futuro, de los gilipollas con ínfulas de redentores, de los cobardes que destruyen el trabajo ajeno sin que se les conozca el propio, de los mequetrefes mentales, de las ratas de familia, municipio y sindicato, de los cánceres sociales, de las garrapatas de la fama ajena, de los explotadores impunes, de los fanáticos de su propio ombligo, de los babayos con cuenta en Facebook, de las tarántulas de las redes sociales, de los memos con pretensiones de filósofos, de los malos poetas, de los falsos profetas, de la gentuza emboscada, de los borregos desorientados de van detrás de cualquier espantajo, de los machistas que apuñalan con la lengua y el hierro, de los corruptos y sus paraísos fecales, de quienes especulan con la fama y la felicidad ajenas, de los inútiles que parasitan a costa de la utilidad de los otros, de los degustadores del insulto, de los picos finos de la injuria, de los nuevos hijos de puta y de los de hijos de puta de siempre.

Líbrenos el 2017 de los ladrones, de los ociosos, de los que dicen eso de que “cuanto peor, mejor”, de los que hacen muescas en la culata de su revólver con los errores ajenos, de los que matan la ilusión, la gente y la esperanza, de quienes desconocen el valor del esfuerzo, de los que viven del oportunismo, de quienes usan la colonia y el honor para ocultar sus oscuras intenciones, de los perdonavidas, de los macarras de la moral, de los pederastas, de las sonrisas de hiena, de quienes no aprietan la mano cuando saludan, de quienes nunca se duchan por dentro ni por fuera, de quienes se saltan los semáforos en rojo, de los que se ríen de los tontos y de los viejos, de los ignorantes soberbios, de los dispensadores de amargura, de los infelices por vocación, de los coleccionistas de agravios, de quienes piensan que el mundo es un vertedero a su disposición.

Líbrenos el 2017 de vivir en vano, de soportar la vanidad, de ejercerla y aplaudirla. Líbrenos de nuestros males y de los ajenos. Líbrenos de perder el tiempo, de que este no pase de ser un año más y un año menos. Líbrenos el año de no llegar a tiempo a nuestra propia vida.

Feliz año.

Inocentada

La inocentada de 2016 nos la ofreció bien temprano el Tribunal Constitucional con un fallo (nunca mejor dicho) en el que se plantea que más de 100.000 ciudadanos españoles con problemas mentales o discapacidad psíquica tengan que “ser examinados” para recuperar su derecho al voto en caso de que un juez les haya privado del mismo por alguna razón. Sentenciar que algunos han de examinarse para votar, o sacar el carné de votante como se saca el de conducir o el permiso de armas, es grotesco por no decir inhumano. Al parecer, los magistrados temen que haya personas con debilidad mental (qué gran expresión y cuán aplicable a tanta gente), que puedan ser “indebidamente influenciadas” (sic) al acercarse a las urnas. ¿Indebidamente influenciadas? ¿Por quién? Tras años de presenciar campañas electorales de un nivel intelectual, verbal, gestual y argumental apenas superior al que podría exhibir un chimpancé con bachillerato, es un escándalo que alguien con toga se lo monte de purista y aparezca ahora en lo alto del monte Olimpo con esta medida pétrea entre las manos que suena directamente a nazismo mal disimulado, a castración civil y a depuración de la raza democrática vetando el acceso a las urnas.

El TC abre la puerta de la discriminación legal con este colectivo de personas de derechos limitados, y no tardará quien pida enseguida que la norma se aplique a todos los discapacitados psíquicos que aún siguen en el censo de votantes. Prueba de que ello es así y de que hay gente que no tiene claro quien puede y no puede votar, es que la última vez que mi hijo síndrome de Down acudió a las urnas con su papeleta libremente elegida por él y sin “indebidas influencias”, el presidente de la mesa electoral me preguntó a mi si mi hijo podía votar. Mi respuesta fue muy simple: “si está en el censo puede votar”. El tipo se me quedó mirando con desconfianza y tras comprobar un par de veces o tres que mi hijo estaba censado correctamente, recibió el voto sin tenerlas todas consigo. Si a un presidente de mesa electoral nadie le ha explicado que un discapacitado tiene todos sus derechos en vigor salvo que le hayan sido retirados por un juez, en cuyo caso no aparecería en el censo electoral, vamos dados.

Ahora hay 100.000 ciudadanos y ciudadanas que deberán rebañar en su cerebro las respuestas a un examen de votante. ¿Quién hará las preguntas? ¿Quién corregirá las respuestas y les pondrá nota? ¿Habrá también exámenes para probar la capacidad de los candidatos? ¿Se protegerá de perniciosas o “indebidas influencias” a esos ancianos demenciados que acuden a los colegios electorales acompañados de amorosas religiosas o solícitos apoderados de los partidos políticos que se ofrecen gustosos a meterles la papeleta en el sobre y el sobre en la urna? No me jodan, señorías. En este país en el que los escaños han santificado a tarados clamorosos, pedir que los discapacitados se examinen para votar es una crueldad innecesaria. Ya puestos, que nos examinen a todos. A los jueces también.

La Colmena de Gijón tiene un trienio

revoltosa

La Revoltosa limita al norte con la sonrisa de Noelia, al sur con la pachorra bondadosa de Oriol, mientras que Verónica transita de este a oeste y viceversa, de barra a librería y viceversa, del coro al caño, del vaso al beso, de verso al vaso y del vino al vano propósito de poner en orden el revoltoso e insolente caos de los clientes de la denominada “zona noble” que hacen trasiego constante de copas y palabras desconcentrando a la librera/camarera/estricta gobernanta que pasea dejando que aspiremos la lisura de su Chanel y haciéndolo con la  misma soltura flexible y decidida que el difunto Ángel Cristo lo hacía entre los leones del circo.

La Revoltosa tiene su propio campo magnético que se ha ido haciendo más potente en los tres años de vida que tiene este planeta de las palabras y los gestos que flota con seguridad en el universo de la cultura gijonesa, este páramo de tantos años que, pese a que el mundo está lleno de gañanes y analfabetos, ha conseguido reproducir por esporas o por letras una generación de libreros y libreras que para los de mi generación empiezan en el patriarcado de Paradiso y Cornión y siguen por esta recia raza de expendedores de palabras entre quienes ya están por propios méritos, y con un trienio, los de la Revol.

Porque La Revoltosa es un mundo. Un mundo pequeño y variopinto, a veces sobrecargado de humanidad como un mercado persa, y otras veces silencioso y recoleto como el scriptorium de un monasterio laico. Es un mundo poblado en sus puntos cardinales esenciales por los seres ya mencionados, pero que se llena cada día de constantes caravanas de migrantes que van allí en busca de abrevaderos de poesía, de alguna sombra en la que guarecerse de la que está cayendo ahí fuera, o del tronco de un árbol sobre el rascar sus heridas o dejar que se las rasquen. Hay en la Revoltosa selvas y desiertos, rebaños y cazadores solitarios, inventores de palabras, obras y omisiones, políglotas, artistas de mérito y charlatanes como el que suscribe. Lo mejor es que hay buena gente. Y punto.

Yo voy a la Revoltosa porque me quieren siempre y, para remate, me permiten ejercer allí toda mi ponceleidad (Faixat senior, dixit) sin hacer preguntas. Voy a que me llamen al orden cuando me paso de listo, a que me canten las cuarenta si es menester, a tocar la guitarra si Vero no tuerce el morro y a que hagan con mi hígado experimentos vinícolas cuyos resultados se conocerán el día en que me hagan la autopsia.

Salvo porque en el baño de los tíos nunca hay toallitas para secarse las manos y uno de los meaderos está “out” desde los tiempos de Mambrú, yo me siento en este sitio como en mi casa, ya sea solo o en compañía de otros y otras, jugando al escondite con ese mañana tan negro que nos persigue, dejando que me rodee la vida de puños y letras, con olor a papel y a Chanel, a sudor y a esplendor, a espuma de cerveza y espuma de los días.

La Revoltosa es La Colmena de Gijón, el Café Gijón de Gijón, que para sí quieran los Cela, los Vicent y los Azcona. Por eso este trienio les sienta tan bien a estos jóvenes pastores de amistades y lecturas, a estos honrados artesanos de la cultura que dignifican esta ciudad que, por suerte, empieza a entender que no se puede permitir el lujo de vivir sin La Revoltosa y su hermandad plebeya y ambulante de gentes que brindan al sol sus mejores faenas de salón.

Que sea por muchos años. Y yo que lo vea.

Retrasado

Cuando el tiempo se pone en mi contra yo atraso el reloj.

Dicen mis amigos que me engaño, que el tiempo seguirá igual su camino en mi contra por mucho que yo pare las manecillas. Y yo les respondo que si no se engaña lo mismo quien, en plena canícula, se mete bajo una sombrilla fingiendo que no hay sol; o el que, mientras nieva en la calle a todo de trapo, pone a tope su calefacción y pasea por casa en bañador o sin él. Y ¿no es más feliz el cornudo ignorante de la traición conyugal? Lo mismo es que la verdad es que está sobrevalorada. La verdad es una sobredosis de realidad que no todos soportamos igual. La verdad ha de dársenos mezclada con mentiras, igual que a los bebés se les da el potito haciéndoles creer que la cuchara es un avión que aterriza en su boca abierta de admiración y no de hambre. Pero así comen y crecen, y siguen preparándose para ser mayores en un mundo lleno de tipos que dicen las verdades del barquero cuando sólo cuentan las mentiras del naufragio.

La vieja del anuncio de la Lotería se cree que le ha tocado el Gordo y es mentira, pero la gente flipa con la broma cruel y hasta llora de emoción. Mariano Rajoy y su jarca viven convencidos de tener un país a sus pies por ser honrados y hay que gente que se traga la bola, y va y les vota otra vez. El Rey se tiene a sí mismo por referente moral (no es el único) ganando 20.000 euros al día y eso pone cachonda a mucha gente que sigue siendo monárquica a machamartillo. El PSOE se cree la trola de que girando a la derecha se llega antes a la izquierda y Pablo Iglesias embauca a buena gente con la inmensa falacia de que él es un tipo dialogante, abierto y flexible. Y Echenique pide independencia para Aragón. Qué vuelvan Buñuel y Berlanga y Azcona.

Y nos tragamos la mentira de que Telecinco es televisión, de que Bisbal tiene talento, de que García Ferreras hace periodismo de calidad, y la mentira de que el capitalismo es lo único que nos salvará del capitalismo, de que hemos adelgazado, de que no la tenemos pequeña, de que los años nos han hecho más sabios y prudentes, de que vamos a mejor, de que la Wikipedia nos hará cultos, de que nunca llovió no escampara y de que la vida debe ser consumida preferente cuando nos lo digan otros.

Así que como el tiempo se sigue poniendo en mi contra yo seguiré retrasando las manecillas mientras esto no cambie. Es lo mío una mentira muy piadosa comparada con todas las demás que me mezclan con los cereales del desayuno. Yo seré un retrasado, sí; ¿qué hora es?.

Ese vals

La vida breve y ligera, taimada y sonriente como el gato de Cheshire; la vida: este aparato de matar inocentes e indultar capullos, este escenario de payasos sin gracia, este corral de dramas crónicos que venden periódicos a cambio de almas, este altavoz de mentiras pegajosas, de verdades cegadoras, de voces apagadas, de gritos agudos como una espada; la vida, esta máquina trituradora, esta cinta continua que transporta los restos de lo que fuimos en el tiempo que tardamos en pasar de jóvenes promesas a viejos fracasos, esta maleta vieja y cuarteada que parece que estrenamos ayer y en la que acarreamos nuestras miserias de viaje a ninguna parte, este reino de dioses ateos y soberbios que solo creen en sí mismos, este templo de sumos sacerdotes que beben la sangre del sacrificio ajeno, este patio de vecindad donde lo mismo se corta el cuello a una gallina que a una mujer, este parque desolado donde los niños juegan a ser carne fresca para la lidia mientras se les vende alcohol por garrafas; este horizonte sin apenas arcoíris, esta escalera apolillada con el ascensor estropeado, este nido de ratas adornado con flores de plástico, este nicho de restos vivientes, esta cosecha agria de vino barato, este puticlub de carretera de chulos por palabras, de putas sin vocación y con sabañones, esta huerta de suicidas sin red, este bombardero de miserias de racimo, este estridor de llantos lejanos, este mentidero sin desmentido posible, este reino de toreros, de estafadores, de vendedores calvos de crecepelo donde los estafadores medran y los poetas sobran, este patíbulo a plazo fijo, este banco de cuentas sin fondos que siempre son las nuestras, este cuerpo enfermo que siempre es el nuestro, este carro de heno que pasea a los golfos más reputados y votados, este rumor de neumáticos que nos acuna, este vapor amarillo que nos adormece, este campo de minas es la vida.

Esta vida, que no hay otra, este camino de abismos sin quitamiedos solo se puede vadear bailando un vals vienés, un pequeño vals con bonitas muchachas, el que nos enseñó a bailar Leonard Cohen con la elegancia inimitable de los elegidos, con la bondad sencilla de los santos con sombrero que sonríen y lloran con igual sinceridad, con una voz tan profunda y personal que ya nadie nos podrá quitar porque esa voz y ese vals se han infiltrado en la vida a pesar de tanta basura, y han salvado y salvarán aún a mucha gente que para poder seguir adelante solo tendrá que aprender un vals, este vals vienés que Leonard Cohen seguirá bailando con nosotros por toda la eternidad.

Millán Astray-1, Unamuno-0

 

Como ustedes ya habrán leído en las opiniones que servidor escribe en este modesto blog desde hace años, tengo escasa simpatía por los señores Juan Luis Cebrián y Felipe González. Odio que uno dicte titulares con la impunidad de un Tirano Banderas, y aborrezco que el otro los publique sin pestañear, basándose en un falso prestigio periodístico inventado por sí mismo, y consiguiendo que todo un periódico que antes fue de prestigio se haya convertido en un candidato serio al sindicato de panfletos, amén de poner en la puta calle a toda una generación de periodistas de calidad.

Yo opino con firma y foto desde hace muchos años, me responsabilizo de mis escritos y no quiero que nadie me censure, ni por medio del dedazo editorial ni tampoco por medio de portazo, la bronca, el insulto o la mordaza. Admito y deseo el debate y los practico si hace falta, pero no soporto el faltonismo gratuito y anónimo de quien no sabe hablar, solo ladrar. Básicamente creo que la libertad de expresión es una medicina gratis y universal que cura los males de la sociedad y que nadie puede intentar hacer suya como propietario o administrador exclusivo: ni Cebrián, ni González, energúmenos con corbata, ni los de la pancarta y el portazo, energúmenos sin corbata,

Quienes ayer impidieron hablar en una universidad a Cebrián y González a base de golpes, pancartas y salivazos no son mejores que ellos por muy representantes de la gente que se crean. Ejercen la misma censura que los otros dos, aunque lo hagan por otros medios y se sientan legitimados por alucinadas razones. Entre unos y otros este país se aleja de la inteligencia, del diálogo, de la reflexión, de la búsqueda de soluciones para la mayoría y de una convivencia normal en la que hasta el peor de los canallas y el más recto de los ciudadanos puedan decir lo que piensan en pie de igualdad y sin que nadie les insulte por ello.

Por este camino acabará ganando el tullido Millán Astray, el militar que tanto animaba a matar la inteligencia y a machacar al contrario por la fuerza. A Millán le hacía feliz vencer sin convencer y a un tris estuvo de descerrajarle un tiro al rector Unamuno en medio del Paraninfo de Salamanca por opinar en contra de la dictadura de los uniformes.

Cada vez que en este país se censura a un periodista o se boicotea a un conferenciante le ponemos una calle nueva a Millán Astray y se la quitamos a Unamuno.

No molesten, patriotas

Los adoradores de los muñones de Millán Astray y otras reliquias, o quienes hacen residir la patria en las mangas de la camiseta del futbolista Piqué están de gran gala cada 12 de octubre porque se siguen creyendo los propietarios de la banderita de Marujita Díaz y toman café cortado con la leche de la cabra de la Legión. También están hoy encantados los que dicen que Colón debe irse de Barcelona porque han aprendido Historia sin hache y se creen tan en posesión de la verdad como los otros con tal de dar el cante. La próxima babayada será eliminar la estatua de Pelayo porque no respetaba la cultura árabe y era un imperialista. Todo se andará, queridos. Estamos rodeados de patriotas, algo que es molesto y siempre me ha puesto muy nervioso. Los nazis decían que cada vez que se oye la palabra cultura hay que echar mano a la pistola. Cada vez que oigo la palabra patria yo suelo echar mano al pasaporte y preparo la maleta por si se nos viene encima otra avalancha más de iluminados.

En este país que cada día se sitúa un paso más lejos de la inteligencia, la afloración de patriotas es tan preocupante como esas plagas de plantas invasoras que no dejan crecer nada más en el sitio en el que ellas echan raíces. Además, visto lo visto en los juzgados, vamos descubriendo a muchos veneradores fervorosos de la bandera que tienen la patria en la tarjeta black y para quienes el país de residencia ideal es un paraíso fiscal con bandera de conveniencia, como la de cualquier honrado pirata que robaba por encargo y a comisión en nombre de ideales superiores y altas instituciones. A más patria, más roña. Y a falta de ideas, de inteligencia y de proyectos reales para la gente real, lo mejor es andar a banderazos con las venas del cuello muy hinchadas, cantando himnos patrióticos y jodiendo la vida a quienes se quedan en la cama igual cuando hay fiesta nacional, sea de la patria grande o de la patria chica.

Uno siempre ha preferido a quienes confiesan honradamente que su patria es su sofá, su bragueta, su estómago, sus libros o su colección de sellos y que no andan por ahí haciendo proselitismo, desfilando a zapatazos y dando voces a deshora. A mí la patria me parece tan difícil de entender como la Santísima Trinidad, así que dejo los misterios para quienes los entiendan y a los patriotas les pido lo mismo cada 12 de octubre, o cada fecha señalada en las naciones varias: por favor, no molesten.