Tantos tontos del culo

 

Sabido es que hay tontos de todas las calidades. Hay tontos de baba, tontos de capirote, tontos a las tres, (los hay también de 24 horas), de solemnidad y tontilocos varios. Eduardo Mendoza, reciente premio Cervantes, incluyó en una de sus novelas a un “tontiloco morfinómano”, una variante muy específica salida de la pluma brillante del gran autor catalán. Los tontos en general pululan por doquier. Antiguamente se les guardaba en casa para que no metieran la pata o fueran el hazmerreir, pero la democratización de la información, la masa ingente de televisiones privadas con sus tertulias-gallinero, las redes sociales y todas esas cosas han sacado los tontos a la calle en manadas hasta el extremo de darles una preeminencia total.

Este verano han salido hasta de debajo de las piedras los tontos y tontas del culo, rápidamente identificables en cualquier corrillo, programa televisivo, hilo de redes sociales o sesudos análisis de tertulianos con el pelo cuidadosamente despeinado, que matan (asesinan, mejor) las horas hablando del culo de una esbelta miembra del cuerpo de socorristas de la playa de San Lorenzo, culo que se ha hecho famoso por una simple fotografía. Claro que ese culo o la generosa vista que de él pudimos tener, llevaba ahí todo el verano ya que no creo que esa mujer estuviera posando ese día para la posteridad, incitando al respetable, provocando a los junones de baranda o queriendo dar que hablar a esta jarca de tontos y tontas del culo a quienes un culo ha hecho más tontos de lo que ya eran hasta la fecha.

El hermoso culo de esta profesional del socorrismo cuya misión es salvar vidas, no alimentar tertulias que producen vergüenza ajena, es una rotunda declaración de independencia y coherencia profesional de esta chica. Lo raro sería que esta señora trabajara vestida de esa guisa y esa sisa si, pongamos por caso, su responsabilidad fuera ejercer la relaciones públicas de un tanatorio, o trabajase con tornera-ajustadora en un taller, pero cuando se trata de alguien que debe estar preparada para lanzarse al agua y nadar con rapidez y sin trabas, un bañador ajustado y anatómico es la prenda más adecuada. Por cierto que, si se fijan, la playa de San Lorenzo está llena de bañadores femeninos confeccionados con hechuras que permiten la observación de generosas zonas traseras de la anatomía. La playa lleva años llena de culos, tetas, brazos, piernas y torsos de belleza y calidad variable. Nadie protestó ni se indignó nunca por ello, ni surgió un grupo que abogase por el regreso del albornoz playero, así que ignoro por qué ha de ser la comidilla nacional si ese mismo bañador lo viste una mujer socorrista ¿es por ser socorrista? ¿por ser mujer? ¿por tener un culo bien puesto? o ¿porque los tertulianos piensan con el cipote en vez de con el cerebro?

La memez, el fariseísmo y la tontería que recorren este país de lado a lado son terreno abonado para ver la nalga en el culo ajeno y no las taras en el pensamiento propio. Alguna mente privilegiada ha recomendado “recato” a las mujeres socorristas como si ese modelo de bañador (recordemos que se trata de un uniforme de trabajo) fuera a hacer estallar por los aires la moralidad. Tal vez en un playa de Afganistán pudiera ser pero aquí, en San Lorenzo, no se prevén más motines que los que quieren organizar seres ociosos, reprimidos inconfesables, pajilleros de la fila de los mancos o moralistas de vía estrecha que babean siendo jurados en los concursos de mises pero se escandalizan ante un bañador ceñido. Como bien exclamó Rafa Quirós, el mundo está haciendo muchos méritos para que nos queramos bajar de él, o sea, mandarlo todo a tomar por el culo. Con perdón.

Ya ves, Fafeche.

Paco Ferrán se ríe del anuncio de la competencia.

Paco Ferrán se ríe del anuncio de la competencia.

Ya ves, querido Paco. Un año que no estás y este fangal de mundo sigue igual. No, corrijo: sigue peor porque hace un año que ya no estás y, como decía mi padre, cuando mueren los buenos siempre dejan un sitio libre que suelen ocupar algunos hijoputas. Y, ciertamente, en este año de tu ausencia la cantidad de hijos de perra y canallas que hay en el mundo ha aumentado. Un año, Paco. Y yo me pongo ahora a escribirte este papel. Y tú dirás: ¿y pa qué coño me incordias un año después de muerto?”. Pues porque siempre he estado fuera de tiempo y de lugar y he tardado un año en saber que cuando paso por delante de la cervecería no vas a estar allí sentado con Paloma, con tu perra tragona y ladradora, con tu bastón y tu humor surrealista que nos alegró tantas tardes y noches a cubierto y en terraza. Por eso no he sido capaz de decirte nada, Paco, porque tu muerte me pilló a contrapelo, con el mismo estupor que si me dicen ahora que han quitado para siempre la estatua de la Madre del Emigrante o la de Pelayo.

Ya ves, se me hace raro no verte, se me hace raro que nadie hable de ti o no me cuente tu chiste del día. Seguro que en esos mundos raros en los que andas ahora habrás pegado la hebra con algunos ociosos, jubilados forzosos como tú, que se pasan la vida eterna donde ya no hay diabetes ni ictus, tomando cubalibres o Martini y viendo pasar el más allá mientras te oyen contar ese enorme chiste en el que eras capaz de comparar a Marlon Brando con el recreo de una guardería infantil mientras nos limpiábamos las lágrimas de risa y tú apenas te carcajeabas un poco entrecerrando un poco más los ojos de pícaro, ojos que te daban la visión simultánea de sabio y niño, de aventurero y padrazo, de golfo y esposo enamorado.

Echamos de menos tus historias sobre barcos, motos, coches, tus acuarelas de Navidad, tu compañía tranquila, tu tenacidad luchando contra los ataques del tiempo y la salud, tu media sonrisa cuando mi hijo Nacho te contaba sus películas y tú eras de los pocos que lo entendían porque hablabas su mismo idioma inocente y fantástico de los niños, de los buenos, de los humanos, de los que sobrellevan los accidentes de la vida son solvencia y humor.

Aquí seguimos bebiendo la misma ginebra desastrosa, viendo el Telediario sin necesidad, admirando a necios, buscando tesoros que no existen y deseando que el tiempo no se lleve siempre a los mejores porque en espacio que dejáis se llena de hijoputas de muchos quilates. Aquí seguimos haciendo lo que podemos, no lo que queremos, porque quedan cada vez menos Fafeches en el mundo dispuestos a poner a prueba su motor y su carrocería. Ya no hay locos, lo dijo el poeta. Ahora la gente quiere morirse sana y radiante, Paco; sin bastón, sin abollones, sin dolores, sin averías. Quieren ser los más ricos y saludables de la fosa común y dejan de fumar, de beber, de follar, de tumbarse al tomar las curvas más cerradas; dejan de tentar a la suerte y de estirar la vida a ver cuánto da de sí. Ya no hay locos, ni Fafeches que piensan que vivir es un duelo a muerte en el que hay que forzar la máquina y arriesgar, en el que se juega el todo por el todo y se apuesta lo que no se tiene porque eso es lo que merece la pena para que cuando llegue la tipa de la guadaña nos pille camino del desguace, viejos, abollados, sin pasar la ITV, pero después de haber sido razonablemente feliz y de haber hecho felices a otros.

Así te fuiste tú, Fafeche querido, dando ejemplo de que aquí hemos venido a vivir como en un rallye y no hay que tener miedo a la muerte ni a la vida, solo hay que temer a quienes no cuentan chistes, no envejecen con valor y dignidad y no son capaces de morir con el motor en marcha, en el último repecho de la escapada.

Un beso donde quiera que estés. Ya ves, Paco que aquí las cosas no han cambiado casi nada y tú cada vez estás más joven, igual que Carlitos Gardel que cada vez canta mejor.

La costosa muerte de Juan

Nuestro tío Juan murió el viernes por la mañana tras casi un mes de permanecer inconsciente en el área de neurología del HUCA y varios días en la UCI del mismo centro cuando su estado se agravó más de lo que ya estaba. A pesar de sus 80 años, Juan era un hombre sano, ágil y activo. Un desgraciado accidente doméstico le provocó una fractura de cráneo de la que se derivaron daños cerebrales irreparables de los que ya no se recuperó. Esta historia es normal y terminaría aquí si no fuera porque en las 10 las horas siguientes a su muerte el cuerpo de Juan pasó por situaciones que oscilan entre el drama de mal gusto y la astracanada que firmarían gustosos Berlanga y Azcona para reflejar como este país sigue teniendo un revés casposo, oscuro, funcionarial e insensible en el que los muertos y sus familias tienen la misma consideración que residuos.

Juan falleció en torno a las 11 de la mañana, pero hubieron de pasar ¡cuatro horas!, repito: 4 horas, para que un médico de todo el HUCA encontrase un momento para ir a la habitación que ocupaba Juan y certificar su defunción. Los muertos no tienen prisa dirán ustedes, y tendrán razón, pero la visión de las cosas cambia si les digo que durante esas cuatro horas de espera en la misma cama en la que murió, el cadáver de Juan hizo compañía al otro residente en la misma habitación, un joven recién operado y totalmente vivo que, por razones que no vienen al caso, debía estar acompañado en todo momento por sus parientes a quienes, imagino, haría muy poca gracia saber que tras la cortina de la cama de al lado yacía un señor muerto. Así que el panorama se tornó grotesco: una familia velando a un vivo propio y a un cadáver ajeno al mismo tiempo.

Pasadas las cuatro horas de rigor (al menos de indudable rigor mortis) y en medio de las constantes protestas de la viuda de Juan y otros familiares ante el injustificable retraso, llegó por fin el médico que, por si cabían dudas a esas alturas, certificó que el bueno de Juan estaba muerto. Faltaría más. Vaya, un paso adelante, se dijo la familia. Pero no. El famoso cambio de turno de los hospitales, ese cambio que dura más que el cambio de guardia en Buckingham, paralizó aún otra media hora larga el traslado del cadáver al mortuorio del HUCA ante la incredulidad de los allí congregados que podrían jurar estar siendo objeto de una broma macabra o de una cámara oculta. Pero lo mejor estaba aún por llegar.

Aunque, como ya se dijo, Juan llevaba en estado inconsciente desde casi un mes atrás y todos los médicos coincidían en que su recuperación era poco menos que imposible, nadie en el HUCA tuvo la precaución de comunicar tal cosa al juzgado con el fin de convocar a un forense en el momento del óbito para que juzgase la conveniencia de hacer o no la correspondiente autopsia y corroborar que el fallecimiento se había debido a causas naturales. Parece ser que este procedimiento es habitual pero nadie se tomó la molestia de tramitarlo, de manera que la solución fue comunicar la familia que, de manera urgente, deberían acercarse al juzgado de guardia (abierto sólo de 5 a 8) y comparecer allí para comunicar la muerte de Juan solicitando a la jueza de guardia el envío de un forense a valorar la posible autopsia. Por si su viuda y otros parientes no estaban ya a punto del colapso, el desmayo por impotencia o la rebelión, el personal sanitario remarcó además a los deudos que hasta que no hubiera forense el cadáver se quedaba allí, así que corriendo a Llamaquique en busca de su señoría. Sumen ustedes esta nueva burocracia a un mes de visitas constantes al hospital, presenciar el deterioro de un ser querido, ser testigo de su muerte, de cuatro horas de abandono del cuerpo sin vida en la cama de una habitación ocupada por otras personas y vayan con todo eso en busca de un juzgado de guardia un viernes a las 5 de la tarde en una ciudad que no conoces para “hacer una comparecencia”.

Unas dos horas largas después, el forense corroboró que la muerte no tenía misterio alguno, descartose la autopsia y Juan pudo por fin descansar en paz tras una muerte que fue casi más larga que toda su vida. Una costosa muerte que añadió más dolor y estupor a la familia que el que ya habían acumulado en las semanas anteriores.

Sin más comentarios sólo añado que esta es una historia cierta, vivida por un servidor en primera persona. Saquen ustedes las conclusiones que quieran.

Olfato

Dicen los sabios que casi el 1,5% de nuestros genes están destinados a oler. Oler es saber, parece ser la conclusión de las investigaciones. O sea que la naturaleza es más lista de lo que creemos y permite a nuestro cuerpo obtener una segunda opinión de lo que se nos pone delante, gracias al olor. Las apariencias engañan, pero la nariz es certera e inteligente. El cerebro y los sentimientos pueden llegar a una conclusión acerca de lo que sea: de un jefe, de una novia, de un camarero, de un cardenal o de un cretino, pero siempre debe pedirse una segunda opinión a la pituitaria. Si algo huele a podrido en Dinamarca o dónde sea, sus narices se pondrán en estado de alarma. Hágales caso.

Los científicos confirman que somos capaces de distinguir 10.000 olores complejos y que esa capacidad olfativa nos permite tener una idea más completa de lo que nos rodea. Tal vez llegue el día en que nuestro cerebro sea capaz de distinguir entre diez mil tipos de gilipollas de una tacada, por ejemplo, una habilidad que nos permitiría evitar el contacto con ellos como la nariz nos evita pisar mierda. Son tropezones parecidos e igual de pegajosos. Los zurullos de perro y los gilipollas tardan mucho tiempo en desaparecer de las suelas de nuestros zapatos o de nuestras vidas.

A uno le consuela mucho pensar que el olor todavía sirve de algo en unos tiempos en que dan ganas de taparse la nariz para enfrentarse a la realidad de cada mañana. Si llega el caso y me tengo que quedar con una sola neurona (ahora creo tener una docena escasa, así que la elección será fácil) me gustaría que fuese la del olfato. Más que nada para saber por mí mismo si algo huele de verdad a podrido, si a ese político predicador le canta el aliento más que la utopía podrida que trata de venderme, o si el perfume caro que emana cierta innovadora propuesta no es más que un penetrante olor a sudor demagógico mal disfrazado bajo litros de colonia a granel.

 

Loco normal

 

Dice un psicólogo que los psicóticos no son más peligrosos que la gente normal. Yo creo, y que me perdonen Freud y sus discípulos, que la gente normal suele ser más peligrosa que los locos. Un servidor, sin ir más lejos, nunca ha tenido claro si es un psicótico o un tipo normal. Es más, hay días en que hago cosas de loco que me parecen normales y otros en los que perpetro normalidades que, se miren como se miren, son de locos. Por ejemplo, alguien podría decir que levantarse a las seis y media de la mañana a pasear el perro es normal cuando, en realidad, es una locura sin sentido. Todo el mundo ve normal empufarse media vida para comprar un piso de mierda y ya es tarde cuando nos damos cuenta de que es una locura. Es tan de locos creerse Napoleón Bonaparte como traer hijos a este mundo, comprar un piso o casarse para toda la vida y, sin embargo, a la gente nos sigue pareciendo lo más normal. La repetición de la acción descabellada llega a convertirla en el epítome de la cordura. Es más, estoy llegando a la conclusión de que cuanto más normal parece uno, más loco se está volviendo y que aparenta normalidad para disimular la locura que le corroe. Hace tiempo que yo no pongo la mano en el fuego por mi salud mental. No doy un euro por lo que se cuece en mi cerebro a determinadas horas del día, aunque debo reconocer que sólo cuando imagino locuras me siento cuerdo. Uno es muy normal, qué remedio, aunque estaría bien saber si tanta normalidad no es otra locura. Tal vez la peor.

Lotería

Ayer me tocó un décimo de lotería que había comprado en un tanatorio en que estaba instalada la capilla ardiente de mi padre. El mismo día que enterré a mi padre, la suerte decidió que fuese millonario. No hay mal que por bien no venga, se podría decir en este funesto caso sin temor a equivocarse. Tengo un amigo que compró lotería el día de su boda. Le tocaron cien millones de euros, pero su mujer le puso los cuernos con media humanidad durante el tiempo que él era rico. Me contaron de otro al que le diagnosticaron un cáncer el mismo día que compró a la puerta del hospital un cuponazo premiado con un sueldo vitalicio de tres mil pavos al mes. El día que le extirparon el tumor le robaron la cartera. Así es la vida.

La distancia más corta entre los dos puntos que marcan la suerte y la desgracia, el melodrama y la tragedia, es un ciego de la ONCE o un niño de San Ildefonso pregonando miles de euros. No se sabe nunca si uno acabará el año, el dia, o la semana sobre el podio de la suerte o excarcelado por los bomberos de un coche convertido en una lata de sardinas. No es posible saber si mañana mismo se habrá dado uno de baja de la nómina de su empresa para veranear en Bali, o abandonará por la fuerza el padrón de habitantes para visitar las grandes praderas de Manitú con un forense como médico de cabecera. Al fin y al cabo, la vida es como la lotería: todo el mundo espera algo de ella, pero casi nadie lo consigue. Se reciben más pedradas que pedreas, y tenga usted por seguro que al final no se llevará ni lo puesto.

Poco leído

Confieso no haber terminado nunca de leer ‘El Quijote’ y creo que mi cultura general no es mala. Podría ser mejor gracias a una completa ingestión y digestión de Miguel de Cervantes, ya lo sé, pero no es mala del todo pese a esta carencia. No digo nada del ‘Ulises’ de Joyce, porque creo no haber pasado del primer capítulo antes de caer en trance y dormir soñando con las calles de Dublín.

Confieso igualmente que el fondo de escritorio de mi ordenador está decorado con una foto de Groucho Marx en vez de lucir una de mis hijos con la leyenda «papá vuelve pronto”, o cosas por el estilo (Tal vez ellos pondrían “papá, piérdete” en correspondencia a mis merecimientos). No soy peor ni mejor padre por no tener la foto de las criaturas presidiendo mi escritorio virtual, aclaro, aunque admito que podría serlo incluso sin foto. No nací para ser un buen padre. No paso de regular. La paternidad me sale siempre a deber, así que foto más o menos no hay remedio.

Otrosí. Reconozco que no he leído la Biblia entera. Me pone muy nervioso el pasaje de la tortura de los siete hermanos Macabeos, me da un poco de miedo el profeta Jeremías y eso me hace cerrar el libro con la frente perlada en sudor. Y no digamos nada del Apocalipsis con tanta predicción de temporales teológicos. ¿Soy ateo por ello? No, padre, no lo soy, aunque ya sé que si frecuentara más las Sagradas Escrituras me haría, tal vez, mejor persona. Amén.

Ítem más. No he leído nunca la Constitución completa y miren que he tenido años para hacerlo. Pese a ello, no me considero menos patriota, ni menos ciudadano, ni menos decente, ni menos nada que Mariano Rajoy y compañía. Ellos citan artículos de la Constitución de memoria, como algunos obispos citan versículos de memoria y ciertos chiflados se saben guías telefónicas de memoria. Puede que ellos sean mejores ciudadanos de España que yo, mejores cristianos que yo y hasta se sepan más números de teléfono que yo. Es que uno está poco leído. En fin, que uno es un mediocre ciudadano, un padre ausente, un tibio cristiano y un inculto con pretensiones y ni siquiera se molesta en aparentar lo contrario. Es lo que hay.

Hasta siempre, amigo Frules.

Mi hijo siempre te llamó “Frules” porque para él es difícil decir “Pruden”. Así que a tus 50 tacos pasados, mi hijo te volvió a bautizar como “Frules” porque eras su pizzero favorito; eras “Frules”, el tipo que durante años le puso en la mesa los plazos de espagueti boloñesa más descomunales que he visto y los helados de fresa mejor decorados y los cafés preparados con más cariño, y le dio los abrazos más sentidos que he visto entre hostelero y cliente. Todos terminamos por llamarte Frules. ¿Donde comemos? ¿Vamos a Frules? Y tú siempre nos reñías por llegar al Bocallino casi a las 4, pero luego siempre tenías para nosotros alguna sorpresa fuera del menú, unos mejillones a la belga o unas lentejas, o una bola de helado de mandarina aderezada con Aperol, y unos chupitos de Grappa por cuenta de la casa con los que salíamos alegres de ánimo y repuestas las fuerzas camino de la oficina después de una comida más en tu casa. Hasta la próxima que esta vez no llegará.

Desde hacía más de 15 años eras como de nuestra familia. La de las docenas de periodistas que, primero con Arturo Jardón en el Pomodoro y luego en Al Bocallino, fuimos buscando tu saber hacer, tu buen humor, tus broncas que terminaban en carcajadas y tus apretones de manos de paisano noble y currante, de obrero que se había buscado siempre la vida desde que dejó atrás el pueblín entre los montes de Ponga y Amieva en el que naciste. Bregaste primero en media Europa aprendiendo el oficio hasta recalar en Gijón donde después de mucho trabajo llegaste a consolidar tu propio negocio siempre lleno de clientes satisfechos que volvíamos una y otra vez. Te echaremos de menos, Frules. Te echaremos de menos los periodistas de la mesa redonda del fondo oscuro del local en la que estas últimas veces te sentabas con nosotros a descansar un poco y hacer unas bromas. Te echará de menos mi hijo, mi sobrino Álvaro, Carlota y todos los niños que se acercaban a ti en busca e una piruleta y te dejaban sus dibujos en aquella colección que colgabas con orgullo en la pared y que era cada vez más grande.

Te echaré de menos, Pruden. Tu muerte me ha dolido, nos ha dolido a todos por inesperada y brutal, porque nos ha llevado por delante a un amigo acogedor, a un profesional dedicado y, sobre todo a un buen paisano que, en realidad siempre quiso llamarse “Frules”.

Hasta siempre, hermano. Descansa después de tanto trabajo que hizo feliz a mucha gente que nunca te olvidará.

Actualización

Con los años he perdido dientes, pelos, ideas e ilusiones. La edad no me ha dado a cambio más cosas que una hipoteca interminable, hijos que se van, amigos que se mueren, coches que no pasan la ITV, relojes que no se detienen y una sensación creciente e imparable de fracaso, hastío e invisibilidad. La vida me sale a deber, no cuadran las cuentas por mucho que las haga del derecho y del revés. No he escrito la gran novela contemporánea, los árboles que planté se secaron todos y los hijos que tuve puede que hubiesen preferido otro padre. Pierdo voz, gano peso, no empato con nadie poderoso, se me escapan gotitas de pis si voy un poco justo de tiempo hacia el váter y las mujeres han decidido que no existo. Ya no tengo edad para dejarme unas rastas, ni para vestir como un trampero de Missouri o un traficante de opio de Afganistán, ni para dejarme una barba afilada de predicador y lucirla con gafas de pasta y una camisa de topos abrochada hasta arriba. He sido demasiado bueno o demasiado malo hasta la fecha y el resultado es este: uno del montón hecho a base de retales usados.

Esto es lo que hay a fecha de hoy, 9 de junio de 2017, y levanto acta para conste que vivir es sobrevivir salvo que te apellides Botín o Picasso. No tengo talento ni talante, no voy al gimnasio, apenas sé nadar, todo mal la guitarra y solo he debutado en los bares como cronista de mis propias arbitrariedades. Ya he de cuidar más mi próstata que ni prosa y el futuro es un arma cargada de pasado con la que el tiempo me apunta entre las cejas para dispararme en cualquier momento.

Y eso que hoy tengo el día optimista porque después de los 55 años la única forma de sobrevivir es decirse a uno mismo la verdad sin cataplasmas ni paliativos. A estas alturas actualizarse es constatar desgastes y hacer inventario de pérdidas. La alternativa es ponerse hasta arriba de botox y no es plan. Vale más parecerse a Manuela Carmena que a Carmen Lomana. El pesimismo bien informado es la mejor forma de optimismo que uno se puede permitir a estas alturas. Uno despierta por la mañana y mira al techo como los australopitecos miraban al cielo esperando una lluvia de agua o de meteoritos para decidir si ese día saldrían a cazar mamuts o se quedarían en la cueva pintando bisontes para la posteridad. Pues bien, uno despierta y va del lecho al techo esperando alguna señal que marque el camino a seguir en esa jornada en la que también habrá que pagar la ORA, los plazos de todo y en la que tampoco nos condonarán las deudas ni podremos adquirir un banco por un euro. Ni siquiera un banco del parque. Ya quisiera yo. Busca uno inspiración en el techo y, como dijo el poeta, no se le ocurre nada.

Y entonces es cuando pienso que la muerte es un gran remedio para sobrellevar la vida. Juan José Millás escribió una vez que hay ocasiones en las que la idea de la muerte es más relajante que tomarse toda una caja de Trankimazín. Tiene razón. Nunca lo había pensado pero ahora lo hago cuando me viene una punzada de angustia de esas que quitan la respiración. Morirse no es tan grave, como canta Sabina diciendo que lo decía el poeta Ángel González, si se tiene en cuenta que seguramente uno no se entera de nada llegado ese trance final y que, quiera o no, deja zanjadas todas sus dudas, deudas, problemas, incertidumbres, herencias, querencias y odios. Adiós a todos esos y a todo eso. Tus obras incompletas pasan a ser obras completas de una tacada y, de propina, todo el mundo hablará bien de ti durante unos días porque no se habla mal de los muertos, nene.

A veces entiendo la decisión de los suicidas aunque creo que por ahora no tengo su valor tajante para dar por terminada esta función. En todo caso siempre tranquiliza pensar que esa opción está disponible en el catálogo de finales que ofrece la naturaleza: cáncer, infarto, ictus, accidente de coche y todo lo demás. Hay gente más útil muerta que viva y puede que la verdadera sabiduría consista en saber cuando llega ese momento en la vida de cada uno en el que toca hacer la actualización definitiva.

¿Irse para volver?

Saber irse es complicado, requiere tacto, ritmo adecuado y un discurso cristalino que no deje lugar a duda ninguna. Dejar un cargo público es tan excepcional en este país que cuando alguien toma esa decisión, Francisco Blanco en este caso, miramos para él con cierta incredulidad, tal vez sospechando si detrás de esa decisión no habrá algo oscuro o inconfesable que recomienda coger la puerta antes de que lo pillen a uno con las manos en la masa. Saber irse y dejar limpio y recogido el despacho, sin hacer dramas, por propio pie, sin hipidos ni pucheros, portazos o medias palabras, es todo un arte que solo manejan los políticos para quienes la política es solo una etapa en su vida, no la meta final.

Y este es el caso de Pachi Blanco, a quien traté de concejal y conocí relativamente cuando yo mismo formé parte del equipo de asesores de esa Coporación. Siempre me dio la sensación de que este joven economista, de hablar pausado y capacidad para discutir con un periodista o un opositor político sin levantar la voz, era un tipo al que la política le gustaba como una herramienta más de desarrollar su trabajo, no cómo rocódromo en el que escalar puestos o una mesa camilla en la que refugiarse de las inclemencias del mercado laboral. Otros de su generación no se manejan igual que Francisco Blanco y a estas alturas ya es difícil que esos contemporáneos del consejero cesante puedan ser otra cosa en la vida aparte de políticos. Ellos y ellas sabrán.

Blanco se va porque quiere y, sobre todo, porque puede. Tiene trabajo, le gusta y retorna a él. Ello le ha permitido gobernar disintiendo y militar con ideas propias, sin cerrar filas por sistema o por miedo a irse al paro.

Otra cosa será que Pachi Blanco se haya ido para poder volver y llegue a liderar la FSA más pronto que tarde representando a la generación “sanchista” que el domingo trituró por lo civil a la vieja guardia de Suresnes y a sus aprendices de brujos. Que se vaya para volver es otra forma de ver la salida del ya ex concsejero y, desde luego, una estrategia perfectamente legítima frente a otras carreras políticas que parecen las de Tarzán: cogiendo la siguiente liana sin soltar la anterior.

Salida elegante, pausada y sin bronca. Pachi ha sabido irse. Veremos si quiere y, en su caso, sabe volver. Por ahora todo queda zanjado en este caldo espeso del PSOE en el que resulta difícil dar un paso. Estaremos atentos.