Dos formas de ver un pañuelo palestino

Tal vez sería mejor que el mundo estuviera gobernado por los hermanos Marx, más que nada por tener una idea cabal de dónde y cómo se toman las decisiones. Resultaría entonces comprensible el hecho de que los alumnos de los colegios asturianos vayan a un cuartel como parte de su educación (no sé si sentimental o práctica) a aprender a distinguir los pañuelos palestinos de los afganos con el fin de hacer puntería en ellos, todo ello mientras empuñan un arma de última generación en la que las criaturas ven por fin unida la ficción de los videojuegos con la brutalidad de la guerra.

Casi al mismo tiempo que suceden estas cosas, en Asturias hay nueve activistas pro Palestina que se enfrentan a 15 años de cárcel por manifestarse ante un edificio público rechazando la actuación de un grupo de danza israelí. Estas nueve personas, a alguna de las cuales conozco y aprecio porque hizo cosas desde la actividad pública que han contribuido a mejorar esta ciudad en la que vivimos, consideran que los palestinos solo deben ser objeto de protección, no de exterminio, ya lleven un pañuelo en la cabeza o vayan con ella descubierta. Su delito fue la protesta callejera, una actividad cada vez peor vista en este mundo tan silencioso y tan dado a considerar que los problemas importan en la medida de su proximidad geográfica. Palestina está demasiado lejos y encima hay allí mucho árabe que vaya usted a saber.

Si los estudiantes de los institutos asturianos tienen madurez suficiente para ir al cuartel de Cabo Noval a valorar el peso y las medidas de una escopeta y a poner en la mira del arma un pañuelo de procedencia islámica o similar como objetivo de un hipotético disparo, también deberían recibir en las aulas lecciones de desobediencia cívica y estudiar el valor de la opinión y la movilización en la sociedad democrática (sic) en la que viven. También deberán ser informados de sus derechos y deberes y del papel de las fuerzas de Seguridad del Estado. Puede que ninguno de estos chavales llegue nunca matar a nadie, y que el arma más agresiva que empuñen en su vida sea un sacarcorchos. Es cierto, pero es bastante más probable que en su vida tengan que tomar decisiones éticas y morales y adoptar posición personal ante las injusticias que se producen cerca o lejos de ellos y en las que mueren miles de seres humanos. Para saber algo de eso, para formarse en la dura disciplina de vivir con ideas propias, son más fiables las manifestaciones que los cuarteles, y suelen enriquecer más las lecciones que dan los ciudadanos que se juegan ir a la cárcel por defender las causas de personas a las que no conocen que los ejércitos, instituciones que, no nos engañemos, han sido creadas y son mantenidas para acabar con gente a la que tampoco conocen por el mero hecho de ser el enemigo.

Hay dos formas de ver un pañuelo palestino: una lleva a la guerra y la otra a la cárcel.

Panamá

José Manuel Soria empezó su carrera política queriendo parecerse a Aznar y la ha terminado siendo clavadito a Mario Conde. En menos de dos minutos de Telediario pudo verse esta sorprendente mutación, casi tan sorprendente como la de Benjamín Button, aunque puede que más esperable si se tiene en cuenta la evolución de muchos miembros de la clase política española, todos queriendo parecerse a Peter Pan en los inicios y terminando todos con la misma pinta que el capitán Garfio. El propio Mario Conde hizo un camino similar, aunque más completo. Primero fue banquero, seguidamente fue defraudador, luego quiso ser político y ha terminado de nuevo en el calabozo. Las puertas giratorias de la política no siempre llevan a donde se espera. Son como las de aquel programa llamado “Humor amarillo”. Unas franqueaban el paso al concursante hacia la fama y la fortuna, pero otras eran una trampa mortal que desembocaba en manos de un ogro o en una charca infecta. Soria y Conde han terminado en el mismo lodazal donde ya chapotean más condenados que en el infierno de Dante.

Y lo que son las cosas, al cabo de estos años parece ser que Aznar y Soria podrían tener algún parentesco que va más allá del parecido físico, ya que ambos son defraudadores al fisco por parte de padres políticos. Es verdad que el ex presidente ha dedicado más tiempo a escribir unas memorias en la que España es un paraíso gracias a él, que a crear empresas en paraísos fiscales (que se sepa, por ahora). El tipo del bigote menguante solo debe 70.000 euros al fisco, cosa que le puede pasar a cualquiera. Aznar, Soria, el alcalde de Granada, los cuarenta ladrones de Valencia, Urdangarín, su esposa, los de los chanchullos andaluces del PSOE y todos los demás que ustedes ya saben pueden hacerse unas camisetas en las que proclamen “todos somos Mario Conde”, o bien ofrecer a Mario Conde un puesto de ministro en funciones en este eterno gobierno de interinos. Como en una epidemia, cada vez hay más políticos y cargos públicos en España que se parecen a Mario Conde, un proceso de clonación mucho más efectivo que el de la oveja Dolly o los niños del Brasil.

Dicen que en Madrid se va a construir el rascacielos más alto de Europa. Seguro que desde la azotea se verá Panamá.

Ilustres fregonas

Ignoro si las pescaderas y fregadoras tienen la capacidad para ser alcaldesas de Barcelona o de otro sitio. No soy académico ni escritor de éxito como Félix de Azúa para penetrar en tan hondos misterios de catalogación de la condición humana, y por esa misma razón u otras peores tampoco sé si los escritores como él o como otros parecidos tienen capacidad, derecho y conocimiento para hablar de política y sentar cátedra sobre quién está preparado y para qué cargo. Si hay que poner límites (“líneas rojas” como se dice ahora hasta la náusea) habrá que ponerlos para todos. ¿Qué pasaría si la pescadera de la esquina o la alcaldesa de Barcelona dijeran que la obra de Azúa o de Vargas Llosa son ambas un coñazo, que prefieren a Faulkner con pasión como les pasaba a los vecinos del pueblo de “Amanece que no es poco”? ¿Deberían ambos autores de dejar de escribir tras ser censurados por quienes son sus lectoras y dedicarse por ejemplo a la venta de pescado al por menor o a fregar portales? ¿Tiene menos valor la opinión literaria de una pescadera o de una alcaldesa que la opinión política de un escritor? Parece que sí.

Es este un debate interesante porque hay muchos escritores y asimilados que se han dedicado a la política, algunos de ellos saliendo muy beneficiados de esa actividad o encontrando en ella el modo de atecharse para pasar una mala racha de inspiración literaria o artística. Pese a esta circunstancia jamás escuché a la Asociación Nacional de Minoristas de Pescado o a la portavoz del Colectivo de Empleadas Domésticas poner el grito en el cielo por el hecho de que Camilo José Cela fuera en su día senador a dedo, o que Vargas Llosa se presentara a las elecciones en Perú. Winston Churchill fue Premio Nobel de literatura como los dos anteriores, abriendo la puerta giratoria para que políticos en fase de desguace escriban unos truños infumables para disfrazar la historia con sus presuntas heroicidades. No sé cuántas pescaderas y limpiadoras habrán comprado las memorias de Zapatero o Aznar ya que, siguiendo el criterio de Azúa, no son público objetivo para meterles el diente a libros escritos por gente de cerebro tan valioso. ¿Para quién escriben los políticos cuando se meten a escritores?

Uno ha conocido a porteros de finca urbana, camareros o pescaderas con capacidad sobrada para ser primeros ministros, no digamos ya alcaldes o alcaldesas. También se ha cruzado con doctores, catedráticos y escritores cuya estupidez, engreimiento y ausencia de empatía haría pensar que su cociente intelectual apenas supera al de un mandril. Sin embargo, muchos de ellos han alcanzado altos puestos de responsabilidad en nuestra sociedad, a veces gracias a los votos de las pescaderas y otros seres de la tropa ciudadana a quienes ningunean.

A mí me parece que, por desgracia para todos, el mundo está cada vez más lleno de pescaderas y limpiadoras que desprecian a políticos y  escritores (salvo a Belén Esteban o Jorge Javier) y de políticos y escritores que ignoran a pescaderas, limpiadoras y compañía.  Puede que el saneamiento de la democracia deba empezar por pensar que una pescadera puede ser alcaldesa si quiere y la eligen, y que la opinión de un escritor sobre la actualidad es una más y no siempre la más acertada. Tal vez un mundo de ilustres fregonas en el gobierno resultase más justo y menos canalla que este que nos despierta a diario.

Juanín Arbués. Que ya no está.

juan arbues

En memoria de Juan Arbués Ortea 1955-2016. Profesor de Historia, escultor, pintor, autodidacta, conversador infatigable, analista agudo de cualquier realidad y amigo. Gracias a su familia por dejarme leer este texto en sus honras fúnebres. DEP

No nos hagas estas cosas, Arbués. No te mueras así, sin avisar. No te mueras a lo Panenka, amagando, diciéndonos un día que a ver si tomamos algo y muriéndotenos por la escuadra tres días después, y dejándonos a todos secos, sentados en el suelo con cara de bobos, sin entender por donde nos la han metido una vez más. Porque sabes ya a estas horas que nos engañaste a todos diciendo que todo estaba bajo control, y nosotros nos dejamos engañar porque no queríamos perder todavía a un tipo como tú que marcó a fuego en nuestro vocabulario palabras como furruncio o estroncio, que patentó para nosotros sobrenombres tan enormes como “el asombro del Piles”, “el espanto de Vidiago”, “el argayu de Candás”, “la que foza en Morcín”, “el tormento de Piloña”, que nos llamaba calambur, anacoluto o sinalefa, o que resumió la monotonía de los menús del restaurante en el que tanto castigamos el cuerpo y solazamos el alma bautizándolo simplemente como pizzería La Amalgama.

No estamos preparados para vivir como es debido sin tener cerca a alguien de tu especie, de tu extraña raza mestiza cruce de un San Julián de Somió lleno aún de señoras con mantilla y de la Ibiza más cruda, canalla y golfa en la que aprendiste de todo, especialmente a ser Juan Arbués para ejercer de él a fondo, hasta el mismo día en que se acabó este partido sin prórrogas en el que jugaste como un señor hasta el último minuto de descuento, dándolo todo, sin aspavientos, sin un mal gesto, sin tirarte a la piscina, sin más broncas de las necesarias con el árbitro aunque fuera casero, cegato, fondón y cabrón.

No es posible, Juanín. No te creo de muerto, esto es una broma. No puede ser que nos la hayas armado otra vez, adelantándonos como una insolación, como una instalación como una exhalación: como cuando compraste moto y la pilotabas como el mismísimo Barón Rojo; como cuando le enseñaste más matemáticas a mi hija en quince días que su profesor en todo un curso; como cuando nos presentaste a Puri con el orgullo de quien enseña un alijo de la mejor mercancía del mundo; como cuando hablabas de tus hijos o tus hermanos a la mínima disculpa; como cuando nos enseñaste tus excelentes botas para el frío de los pies que, sin embargo, me advertiste con tu risa cabrona y burlona que yo no debería comprar nunca porque parecería a don Pimpón el de Barrio Sésamo.

No me jodas, Juanín. Ven a reñir conmigo, a llevarme la contraria, a explicarme otra vez por qué Reus es la ciudad más fea del mundo o cómo era aquella ferretería de Tarragona, toda gris, llena de infinitos armarios llenos de cajones grises en la que cada empleado, vestido de gris, sabía ubicar perfectamente el tornillo que tú fuiste a comprar.

Este mundo que nos dejas para manejar desde ahora nosotros solos se va a parecer cada vez más a esa ferretería anodina en la que no queda un Juan Arbués capaz de contar con gracia las desgracias, de afinar la guitarra con unos alicates para tocar por Sabina o María Jiménez, de embrujar una sobremesa con una historia de una ex novia que, vengativa, vomitaba cada noche a la puerta del galán, de analizar lo que pasa en la Moncloa o en el Molinón con lucidez y sentido, de hacer un arroz cojonudo con una lata de bonito y dos dientes de ajo, de pintar Cimadevilla desde la ventana, de esculpir, de crear espacios con barras de hierro, de clavar de una sola imitación a un playu grandón que habla con la televisión en el bar Los Caracoles, de escribir, de huir de las multitudes pese a ser capaz de congregarlas, de ser generoso como pocos saben.

No fastidies, Juanín. Que hace quince días comimos garbanzos y bebimos vino de lo barato y tomamos guisqui de Segovia como si fuera Chivas mientras nos contaste a Chema a mi como toreabas con un paño de cocina a aquella abuela tuya, negra, zaína, mansa y ciega, que paseaba pasillo adelante y atrás disciplinando sus tripas mientras tú cuajabas faenas históricas con el trapo de secar los platos. Y qué verónicas, qué pases de pecho, qué naturales, Juanín. Tanto hemos llorado de risa contigo en vida que cada vez que lloremos tu muerte te veremos torear con un paño de cocina a la abuela y al llorar de pena y risa, al llorar de pura ausencia, pensaremos por donde se ha ido tanta vida junta y rompedora, tanto humor, tanto talento natural, tanto descaro tierno y tantas ganas de seguir en activo a pesar de las lesiones, de los malos fichajes y de las alineaciones indebidas, tantas ganas de seguir pensando que aún quedaban tardes de gloria por las que esta estafa tiene sentido.

Me callo ya porque esta palabrería de juntaletras herido solo tapa el silencio que deja la muerte cuando viene de visita sin que nadie la invite y se lleva lo mejor que había en casa.

No me gustan las necrológicas porque en el fondo parece que están escritas a mayor honra del vivo que las lee que a la del muerto a la que se dedican. Lo sé, Juanín, tú sabrás perdonarme una vez más más.

Juanín querido, por si te gustan más, hay unos versos de Serrat que me vinieron a la cabeza cuando supe de este desastre y no encontraba palabras propias para explicarme que coño estaba pasando una vez más, y cómo es posible que la última vez que te vimos estuvieras tan vivo aunque te morías sin decirlo. Van por tí:

Mis amigos son gente cumplidora

que acuden cuando saben que yo espero.

Si les roza la muerte disimulan,

que para ellos la amistad es lo primero”

Gracias por quererme, por dejarme compartir contigo parte de tu vida.

Hasta siempre, amigo.

La niñera

Hace tiempo que no veo por el Congreso de los diputados y las diputadas al bebé de la señora Bescansa, representante de Podemos (la madre, no el nene). Este niño tuvo sus cinco minutos de gloria a una edad tempranísima, el día que su mamá lo llevó al Congreso y lo hizo circular de mano en mano como la falsa moneda, de escaño en escaño y de telediario en telediario. Al parecer, la señora Bescansa no disponía en aquel momento de una asistenta, ayo, aya o mucama que se hiciera cargo de la criatura mientras ella se encargaba de defender a la Patria parlamentariamente hablando. Pues a lo que parece, doña Carolina Bescansa ya tiene quien le cuide al niño, cosa que no todas las madres trabajadoras pueden decir. No lo podían decir el día que ella hizo la gira maternal en el Parlamento, ni lo pueden decir tampoco a día de hoy porque nada ha cambiado para ellas. O doña Carolina ya tiene guardería para el rapaz, o lo deja al cargo de los ujieres del Congreso, seguramente muy buenos pedagogos si se tiene en cuenta lo que habrán tenido que ver y aguantar a lo largo de su carrera profesional.

A uno le parece que la condición de las mujeres nunca mejorará de verdad mientras todas las medidas y campañas que se hagan a su favor sean simple postureo, meros golpes de efecto e imagen, ocurrencias y cosiquinas que son flor de un día o de un informativo. Me da igual que el numerito lo monten los de Podemos, los del PSOE o los del partido que sea. La mayoría de las madres trabajadoras siguen sin ayo ni aya por mucho que la señora Bescansa lleve al niño al escaño y la violencia contra las mujeres es una peste cotidiana por muchas campañas que se hagan, por muchas poses que nos enseñen, porque las leyes siguen permitiendo paladinamente la diferencia salarial, la vejación escondida en el piropo, y porque las órdenes de alejamiento son papel mojado y los maltratadores campan a sus anchas y matan cuando y donde quieren.

Me alegro de que la diputada ya tenga niñera. Por algo se empieza.

Planchas

Se ha organizado un gran escándalo (y con razón) a causa del espectáculo fascista, borrachuzo e infame que un grupo de hinchas holandeses montaron en la Plaza Mayor de Madrid lanzando monedas a unas mendigas a cambio de que hicieran unas planchas. Todos: el siempre sensible y solidario mundo del deporte, políticos, embajadores, analistas sociales y demás familia, se han lanzado en tromba contra los cabestros neonazis que usan el fútbol como argumento de superioridad étnica u hormonal. Todos hemos cumplido nuestro papel de escandalizados; tanto es así que en algunos telediarios esta noticia tuvo más minutos que las piezas informativas dedicadas a los campos de concentración para refugiados que Europa y los europeos tenemos instalados en nuestras fronteras para evitar que se nos cuelen los mendigos que piden asilo, vida y seguridad, procedentes de Siria y países limítrofes. Lo único que diferencia a nuestra sociedad escandalizada ante los fachas holandeses de Madrid, es que nosotros no hemos ido (aún) a lanzar monedas a los refugiados desde la valla del redil a cambio de que nos canten una canción o hagan unas planchas.

El cisne

He visto esta semana en Internet la historia de una señora que en su afán por hacerse una bonita foto con un cisne acabó por matar al pobre animal. La pose era lo importante de la foto, no el hecho de tener cerca a un bello ser vivo; que el elemento decorativo principal, el cisne, estuviera muerto, era lo de menos para la aguerrida tarada de la foto. La tipa aparece en el retrato con cara de imbécil satisfecha mientras agarra de cualquier manera al pobre animal muerto y desmadejado. Y mientras perdía el tiempo leyendo la enésima memez santificada y amplificada por Internet (solo superada esta semana por el sobaco sin depilar de la madre de Leonardo di Caprio en una foto familiar de 1970) mi enferma cabeza convirtió la imagen de la lerda y su cisne en un trasunto del debate nacional sobre la investidura del presidente del gobierno, de “un” presidente del gobierno, de cualquier presidente de cualquier gobierno. Los aspirantes al cargo o alguna parte del botín quieren salir guapos en la foto, posar junto al cisne de la democracia de la manera más favorecedora posible para ellos aunque para conseguirlo sea necesario arrastrar al bicho por las alas hasta que muera si ello garantiza el bodegón, aunque sea una naturaleza muerta.

Desde el 20 de diciembre hasta la fecha, Rajoy, Sánchez, Rivera e Iglesias, ensayan poses con el cisne de la democracia para colgar en sus redes sociales y clientelares la mejor foto posible, la que les haga parecer los más demócratas, los que más han luchado por la libertad, por la igualdad, por la fraternidad y hasta por los cisnes. Faltaba más. Pero cuanto más tiempo va pasando y el cisne se niega posar por las buenas, más claro queda que de nada valen, que a nadie sirven ni el discurso decimonónico de casino provinciano y lleno de chascarrillos viejunos que se gasta Rajoy, ni las exhibiciones de superioridad moral de laboratorio de un Pablo Iglesias que se cree más infalible que el Papa, ni el extraño concepto de la izquierda que cocina el PSOE, empeñado en salir en la foto del bracete con Rivera, ese hombre.

Finalmente habrá foto, seguro. Tendremos gobierno, presidente y todo lo demás. Pero cuando eso ocurra, no olviden fijarse si el cisne está vivo o muerto.

Desobras

Esta ciudad que ha inventado el vaso de campana y la leche de pantera, acaba de descubrir la fórmula de acabar con el paro: la deconstrucción. En Gijón somos así: a grandes males, grandes remedios, qué digo grandes, grandones, grandérrimos. Si la burbuja del ladrillo llenó esta ciudad de adosados, barrios dormitorio y coches de gama alta aparcados en doble fila frente a las marisquerías y similares, deconstruir lo que queda de esa burbuja nos hará volver de nuevo al top ten, reactivará nuestra economía y vaciará los comedores de la Cocina Económica. Al fin y al cabo la economía y la energía no se crean ni se destruyen, solo se transforman. Así que ha llegado la hora de poner manos a la obra (o a la contraobra) y empezar a demoler la depuradora del Pisón, la regasificadora de El Musel y hasta el propio Musel si se tercia.

Con esas tres desobras, volverán a tener trabajo todos los profesionales del sector del hormigón que peor parados quedaron. Incluso los productores de hormigón que tanta pasta amasaron en todos los sentidos, podrán poner de nuevo sus hornos en marcha porque no es descartable que haya que rellenar el vacío y nunca estrenado tunelón del metrotrén con la misma eficiencia y tesón con los que se excavó. Esta es una ciudad con mucho tajo por hacer, solo hay que tener claro donde esta el yacimiento de empleo, como dicen los cursis. Los más pesimistas dicen que Gijón es una ciudad en proceso de destrucción, pero hay que ser positivos y ver el vaso de campana medio lleno: estamos en proceso de deconstrucción y eso puede puede ser un filón que nos devuelva la autoestima. Con todo lo que queda por demoler y achatarrar en Gijón nos vamos a hacer de oro y al terminar cada jornada nos iremos a tomar unas leches de pantera para celebrarlo.

Blanqueos

Parece ser que había unos señores en Vitaldent a los que todos imaginábamos blanqueando dientes de sol a sol y resulta que se dedicaban mayormente a blanquear dinero. A dónde va a parar: una cartera llena de billetes nuevos y blanqueados es mucho más excitante y deseable que una boca llena de dientes limpios. La familia Pujol, por ejemplo, se pasó la vida haciéndonos creer que gobernaban y que en sus ratos libres eran los soportes que aguantaban sobre sus espaldas el peso de toda Cataluña. Pero no, lo que hacían sembrando estas mitologías nacionalistas era mentir a todo un pueblo, blanquear su imagen de hampones a la vez que blanqueaban millones de euros en Andorra.

Este es un país muy dado a blanquear lo que sea. La gente más pobre se conforma con que las sábanas en las que duermen estén blancas y con que las camisas blancas del domingo no tengan cercos en el cuello ni los sobacos, pero  cuando el personal alcanza ya un cierto nivel de depredador en la escala social tiene otras prioridades de blanqueo. Por ejemplo, Esperanza Aguirre ha dimitido cinco minutos antes de irse con el fin de blanquear su dentadura especializada en morder yugulares ajenas excepto las de los corruptos. Rajoy blanquea corruptos de forma directa. Desde el “aguanta” dirigido a Bárcenas hasta el “te entiendo” con que respondió a la dimisión de Aguirre, Mariano ha protagonizado un récord mundial de blanqueamiento de chorizos de los todos los colores en la gama de marrón. Rita Barberá es la última pieza por ahora. Pedro Sánchez y Pablo Iglesias blanquean con muchos aspavientos, reuniones y declaraciones su desgana, incapacidad y revanchismo que impedirá pacto alguno para gobernar España.

En Gijón hay un parque llamado popularmente Solarón con el que se blanquea por consenso el fracaso estrepitoso de una cosa llamada una vez plan de vías. En Oviedo hay un presidente que se pasa el día siendo más tertuliano que estadista, hablando de la unidad de España y de lo que pasa en la calle Ferraz, blanqueando así la precariedad en la que apenas gobierna lo que aquí le toca por urnas.

Menos mal que pronto habrá otra vez elecciones y todos estos tipos volverán a contarnos las mismas historias con unas sonrisas blanqueadas posiblemente por Vitaldent. Y se cierra el círculo.

El chigre

Parece ser que el estilismo tardobatasuno que se gastan los chicos-as de Podemos y sus franquicias va más allá de los cortes de flequillo a tazón, la suciedad capilar consolidada y las camisetas de sobaco libre. La chulería tabernaria y amenazante de algunos de los diputados de “la nueva política” se ha expresado con toda su libertaria y torpe agresividad en el hemiciclo y los pasillos de la Junta General del Principado contra el portavoz de IU, Gaspar Llamazares, y se ha expresado en unos términos de acoso que a uno le recuerdan mucho los modales que exhibían en sus buenos tiempos los matones de HB en las herriko tabernas. Lo ha dicho con otras palabras Gaspar Llamazares, un tipo a quien puedo reprochar muchas cosas menos ser un alarmista, un acusica, un represor o un antidemócrata. Lo ha dicho tras ser testigo y objetivo directo de la estrategia de callejón de barrio chino que se gastan los adalides de los intereses “de la gente”, el mantra favorito que usan como coartada para hacer lo que diga el jefe, como por ejemplo poner candidatos a dedo igual que hacía Aznar.

Llamazares sabe bastante más que el podemitismo y su banda de lo que significa practicar el equilibrio de ser de izquierdas y estar en minoría y, sin embargo, ser capaz de hacer valer sus propuestas y conseguir que se pongan en práctica sin recurrir al bloqueo sistemático y la bronca insultante de asamblea de facultad que tan bien practican los de morado. Pero Llamazares tiene el grave problema de llevar en política más años que estos tardobatasunos sin depilar que han venido (dicen ellos) a refundar la democracia, y eso les convierte a él y a IU en reos de un crimen tremendo: ser unos esbirros de la vieja política, un saco en el que Podemos mete todo lo que le conviene, incluido el respeto por el adversario. Al parecer solo Podemos y el DNI dan de un tiempo a esta parte los certificados de calidad democrática de izquierdas en España. Si uno no baila al son que ellos tocan le graban con el móvil, como hace la policía en las manifestaciones, o te dan golpecitos groseros en el brazo para que no pierdas el hilo de su interesante conversación admonitoria sobre los peligros de no entender la política como debe ser: una catequesis.

Convertir los parlamentos en chigres es lo mismo que pensar que las conversaciones de chigre tienen valor legislativo. Algunos no se han enterado. Bienvenidos al circo, chavales.

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