Esperanza vana (gracias Machado)

Las recientes lágrimas de Esperanza Aguirre tras conocer las fechorías de su socio Gonzñalez, me han inspirado esta mala adaptación del poema de Machado “Del pasado efímero”. A saber por qué me da a mí por hacer esta asociación de ideas. En fin.

Esta dama del partido provinciano

que a Mariano quiso suplantar un día,

sabe quién en la caja le metió la mano,

y ante la prensa llora su melancolía.

Hace pucheros tristes, mohín de hastío,

y una triste expresión, que no es tristeza,

sino el temor a perder su Montepío,

que madrugar al curro da pereza.

Aún luce de marquesa emancipada

buscando los talentos deslumbrantes,

rellenado el PP, despreocupada,

de un grupo de mangantes.

Tres veces fue a ganar, tres ha perdido

Cobijando a chorizos y tunantes.

Sólo se anima ante el azar prohibido,

de dejar el coche mal estacionado,

para salir corriendo cual motero,

de la pareja de guardias de Carmena

y disculparse, como un mal torero,

de que los rojos le aguaron la faena.

Lanzaba de política banales

dicterios al gobierno socialista,

jurando que vendrían los liberales,

si la dejan a ella, la más lista.

De sus apandadores nada espera

A la UCO teme; alguna vez suspira,

y pensando en su Ignacio al cielo mira

con ojo inquieto por si la UCO llega.

Esta Espe no es de ayer ni es de mañana,

sino de nunca; de la cepa hispana

no es el fruto maduro ni podrido,

es la Esperanza vana

de aquella España que pasó y no ha sido,

donde los príncipes salieron ranas.

 

Letanías letradas del 23 de abril.

De la estupidez y la hipocresía humanas. Líbranos, Molière.

Del rencor y la ira. Líbranos, Antonio Machado.

De las ausencias breves y las definitivas. Líbranos, Benedetti.

De la desmemoria de los tiempos negros. Líbranos, Buero Vallejo.

De los corruptos y sus mentiras. Líbranos, Rafael Chirbes.

De amargura y la pedantería. Líbranos, Eduardo Mendoza.

De la cordura cobarde y sin esperanza. Líbranos, Cervantes.

De la mediocridad. Líbranos Vázquez Montalbán.

De la oscuridad. Líbranos, Manolo Vicent.

Del machismo de los cabestros. Libradnos, Maruja Torres y Rosa Montero.

Del olvido de los pobres y los débiles. Líbranos, Eduardo Galeano.

De renegar del castellano. Líbranos, Miguel Delibes.

De la ceguera voluntaria ante el mundo terrible. Líbranos José Luis Sampedro.

De la falta de amor y fantasía. Líbranos, Gloria Fuertes.

De la escritura fácil y vacía. Líbranos, Francisco Umbral.

De la España atocinada y espesa. Líbranos, Javier Marías.

De la poesía concebida como un lujo. Líbranos Miguel Hernández.

De tener que pensar lo que se dice y no decir lo que se piensa. Líbranos, Francisco de Quevedo.

Del miedo a navegar. Líbranos, Álvaro Mutis.

De destrozar nuestro idioma. Líbranos, María Moliner.

De los malos humores. Líbranos, Fernando Poblet.

De tener que ir a un estreno de Arturo Fernández. Libradnos, Maxi Rodríguez y Eladio de Pablo.

De tener miedo a llamar a las cosas por su nombre. Líbranos, Javi Guerrero.

A los aquí invocados y los que no lo están por error, ignorancia u omisión, os pido vuestra letrada mediación hoy, 23 de abril, y cada día del resto de nuestra vida lectora. Y por la mediación de vuestros generosos editores y de nuestros sufridores libreros, os ruego para nosotros vuestros fieles una larga vida de lecturas nuevas y enriquecedoras, y de escrituras que, para quien sean leídas, jamás hayan sido una pérdida de tiempo.

Y en el nombre de los libros y las rosas, de los letraheridos y los letramuertos, de los anaqueles, del papel con olor a viejo o sin estrenar, de los lomos nuevos y cuarteados, y de la curiosidad por la letra escrita, solicito vuestra protección hoy y para siempre, por libros de los libros. Amén.

 

Mendoza

Igual que me pasa con el vino, el cine y los seres humanos, en cuestión de literatura me parecen buenos los libros que me gustan, mayormente porque no tengo ni idea de literatura, de vinos, de cine ni de nada, y, además, soy compulsivo en casi todo. (Últimamente lo soy en casi nada porque los años no perdonan). No suelo coincidir en mis gustos con las opiniones de los expertos en libros, cine, vinos y seres humanos, pero me importa poco. Por eso me alegra mucho que Eduardo Mendoza se haya llevado el Premio Cervantes. Recuerdo haber llorado de risa leyendo “El laberinto de las aceitunas” mientras iba y venía de clase con las piernas plegadas y casi gangrenadas disfrutando de las comodidades de un lujoso Alsa. Luego llegaron a mis manos monumentos literarios como “La verdad sobre el caso Savolta”, “Una comedia ligera”, “La ciudad de los prodigios”, “Riña de gatos”, “Tres vidas de santos”, “El misterio de la cripta embrujada”…

Mendoza es seguramente una de las lecturas que más me ha influido a la hora de escribir mis billetitos de cuarta. Decir esto es una pedantería y una sobrada (como se dice ahora), ya lo sé, pero los seres menores tenemos que buscar grandes referentes en la vida si pretendemos mejorar un poco. No voy a decir que estoy muy influido por la literatura de Belén Esteban ¿no? Así que Mendoza, con quien no he tenido el gusto de hablar en mi vida, es como si fuera un conocido de envidiable cabeza y prestancia personal; un tipo circunspecto capaz de hacerte llorar de risa; un personaje culto y ponderado que ha hecho del humor la mejor defensa de la literatura y de la vida en general. Porque alguien que ha diseñado personajes como el siniestro y fascistoide doctor Sugrañes, Isabelita Peraplana, el obispo Cachimba, el cardenal Vida, el historiador Pajarito de Soto, o un detective sin nombre que sale de un frenopático a resolver crímenes y que recurre a la ayuda de una hermana lerda y prostituta, alguien que puede hacer que la salida de uno de sus libros te ponga nervioso de impaciencia es un señor al que hay que admirar, imitar y premiar todos los días, máxime cuando el nivel de la ralea de famoseo que ocupa a diario la actualidad española es de una calidad despreciable.

Mendoza es aire fresco, humor, talento y el mejor ejemplo de que la literatura es lo que tan magníficamente describió Miguel de Cervantes: “El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”. Que sea por muchos años, don Eduardo.

Bittia, cumpleaños feliz

bittia 30

No sé a qué edad debe uno empezar a escribir sus memorias. Puede que lo mejor sea seguir el consejo de quienes consideran que lo mejor es no hacerlo nunca ya que, como dijo algún sabio, “el secreto de una larga vida es tener buena salud y mala memoria”. Uno dispone de ambas cosas en un pasable estado de revista y siempre ha tenido mucho miedo a perder la memoria, ya que es el refugio feliz en los malos momentos y un arma defensiva de gran valor para tratar de no tropezar mil veces en la misma piedra. Así que cuando leo que “mi” Bittia, la agencia de publicidad gijonesa Bittia cumple 30 años, me reafirmo en que hay momentos de la vida de uno que deben ser recordados sin paliativos, con sus punzadas agridulces, sus triunfos y barrigazos contra el fondo de la piscina, con el catálogo de seres inteligentes o taimados, creativos o lerdos que ha conocido en su paso por cada estación de este vía crucis inevitable que se llama vida laboral y que en mi caso  compartió camino durante un tiempo con el de Bittia.

Trabajé en Bittia durante casi 8 años de esos 30, desde primeros de 2009 hasta el 14 de diciembre pasado. Una parte de mis querencias y dolores están aún en esa escondida oficina de Viesques en la que trasiegan cafés, ideas, bromas y cabreos, ocurrencias y genialidades, odios sarracenos y amores incondicionales un grupo de profesionales de alta gama de quienes aprendí que la publicidad no es mera propaganda, que el buen gusto es producto del trabajo, que las ideas geniales tardan en llegar pero te hacen muy feliz cuando se presentan en tu neurona. Aprendí en Bittia otras formas de escribir, a conocer el valor de las redes sociales. Aprendí que carajo es un Pantone (aunque siga pensando que es un trasto inútil), escuché absorto y maravillado conversaciones entre informáticos cuyo encanto (el de la conversación, no el de ellos) era no entender una sola palabra de lo que decían. Aprendí en directo lo jodida e injusta que es una crisis y a sentir culpa por haber sobrevivido a ella conservando mi empleo, aunque mermado, cuando tanta gente joven y con mucho más talento que yo se había ido a la calle. También vi de cerca que hay empresarios capaces de no tirar la toalla, aunque hay momentos en que eso sería lo más sensato. Participé de grandes éxitos y grandes fiascos colectivos, me agarré a las tablas de naufragio, recibí las bofetadas en mi orgullo de clientes sabelotodo y aprendí a morderme la lengua alguna vez más de lo habitual por el bien de la causa.

He conocido en Bittia a personas de mucho valor por valiosas y valerosas, a mujeres y hombres verdaderamente dedicados a su trabajo y a que sea perfecto. Me he reído más de lo que he llorado (que también) y tengo ahora el orgullo de abuelo Cebolleta de entrar en la web de Bittia y ver los trabajos publicados pensando cuál fue mi aportación a cada una de ellos con el orgullo, la nostalgia y ese pelín de congoja que produce asomarse a los álbumes de fotos de la familia.

En Bittia me han querido (más que yo a ellos, seguro) y me han acompañado y ayudado en momentos muy duros de mi vida personal. Han estado ahí y han comprendido mis debilidades con enorme tolerancia y paciencia. Por todas estas cosas no quiero que mi memoria olvide nunca los años de Bittia, una parte de esas 3 décadas que ahora cumple la agencia que sigue reinventándose, buscando camino y ofreciendo para ello profesionalidad y calidad.

Aunque Ángel Heredia y Javi Sáez discuten cada vez que se dice que “donde no hay publicidad resplandece la verdad”, yo doy fe de haber visto hacer publicidad de verdad, honesta y trabajada, y aseguro que este breve texto dice las verdades que yo viví trabajando en publicidad.

Queridos y queridas, un enorme abrazo. Las mujeres empiezan a ser interesantes a partir de los 30 años, lo mismo que las agencias de publicidad, así que os queda mucho por delante. Y yo que lo vea. Un beso.

Armiños y capuchones

Los Reyes Magos son unos señores disfrazados de sota de bastos que, a pesar de tener todos ellos unas edades avanzadas, disfrutan paseando en camello, en carroza o sobre rucios piojosos con la intención engañar bondadosamente a los niños y hacerles creer a pie juntillas la trola de un cuento milenario que con el paso de los siglos se ha convertido en un negocio de bigotes. El ritual consiste en coger unos cortinones, turbantes, joyas de plástico y trapos con olor a mugor hasta convertir a tres respetables señores en fantoches ilusionados. A ellos y sus jamelgos, carrozas, dromedarios o tanquetas de la milicia, se une toda su carnavalada y se compone un remedo de regia comitiva que, si se mira bien, es un espectáculo que suena a una mezcla entre el día de las fuerzas armadas, simulacro de emergencia aérea, la llegada de una estrella de rock o la coronación de un emperador caníbal en algún país centroafricano. Todo ello se adereza con un chorro de carnaval belenista, y mucho derrame de papel triturado, caramelos de Alsa, Banco Herrero  y otros amables patrocinadores que entran por los ojos (textualmente), unas antorchas, cientos de espráis y otras sustancias pringosas de probada toxicidad que van creando un caldo humano en movimiento hasta conseguir llenar las calles de una comitiva variopinta en la que no faltan gallinas, ovejas, tipos vestidos de romanos, beduinos de garrafón y vendedores manteros de cedés y relojes chinos reconvertidos en pastorcillos o guardias petrorianos. La denominada “cabalgata de la ilusión”, “el preludio de la noche más hermosa” y todas esas cosas caramelizadas en el ámbar de la historia como un mosquito de hace 20 siglos, falsas y sigue en nuestra iconografía anual porque hay cosas que se pegan a la historia como los chicles a un zapato o los mocos a la ventanilla del coche cuando se niegan a ser aventados al exterior con la catapulta de los dedos índice y pulgar.

Si se cambian cuatro o cinco cosas de este retrato navideño de brocha gorda recién pintado aquí, y se salta el calendario de enero a abril, de las castañeras a los heladeros y del armiño de pega a la capucha kuluxklanera, de los centuriones a los legionarios y del príncipe Aliatar al capellán castrense con gemelos de oro, en vez de cabalgata de Reyes nos sale clavada la Semana Santa, otro chicle histórico que jamás nos despegaremos del zapato por mucho laicismo que se abra camino en esta España en la que la palabra de Dios no la reconoce ni Dios mismo. Todo son cabalgatas en este país, unas de invierno y otras de primavera. En unas se prometen juguetes y en otras indulgencias plenarias; en unas se exalta la alegría de la Play Station y en otras se mete miedo y congoja, porque no hay religión sin canguelo de por medio, sin aviso de infierno, sin paso de capuchones, sin velones ni velatorios. Meten miedo las imágenes despeluchadas, los legionarios que levantan cruces a pulso, las ministras de mantilla española, las banderas a media asta, los guardias civiles con el fusil a la funerala, el santo y sudado sudario, y tanto gori-gori y tanto atasco de tráfico ya de paso.

Con todo respeto por quien aprecia estas cosas, uno lleva medio siglo huyendo de todas las procesiones, caminando en sentido contrario por si acaso, para escuchar un poco mejor lo poco que pienso cuando deja de haber ruido y para ver si Dios se ha perdido en algún bar esperando que pase el barullo.

Cumpleaños

Cumplir años está sobrevalorado. Al fin y al cabo, conservar la vida no depende de nosotros en casi nada por mucho que digan dietistas, cardiólogos, entrenadores personales y otros profesionales del alarmismo saludable. Seguir vivo un año más es una mezcla de suerte, casualidad, rebote, insensatez o no estar allí donde ponen la bomba. Por ejemplo, mi mujer y mi hija estuvieron en el puente de londinense de Westminster justo dos días antes del atentado mortal contra el Parlamento británico. Esa casualidad tan nimia, tan extraña, eleva sus posibilidades de cumplir un año más, aunque también podría haber pasado que por no estar en Londres estuvieran en un sitio mucho más peligroso (tal vez lo hayan estado sin saberlo) jugándoselo todo a mus. En fin, que no hay quien lo entienda. Solo cabe celebrarlo.

Viene esto a cuento porque hoy está siendo mi cumpleaños. Cientos de personas me han felicitado en las últimas horas (cosa que agradezco en el alma y de corazón), algunos con el mismo entusiasmo que si uno hubiese descubierto el hidrógeno, la cura contra el cáncer o hubiera marcado un gol como el de Zarra. Gracias a todos y cada una. Nos felicitamos unos a otros por seguir viviendo, que es lo único que tenemos, aunque ese privilegio se nos pueda ir por el retrete de un minuto para otro sin pedir permiso. De los regalos de la jornada me quedo con el sol que entraba por la ventana de la consulta del médico mientras esperaba noticias de mi páncreas. Mirando la luz solar que me daba en los zapatos tras filtrarse por los estores del amplio ventanal, pensaba que si el galeno entrara en su despacho con un papel en la mano diciendo “te quedan seis meses, Dios te ha metido en el próximo ERE”, no me extrañaría nada. Al fin y al cabo vivir mata más que cualquier otra cosa y un cumpleaños no es más que el recordatorio de que hemos tenido otros 365 días de prórroga que ni siquiera no hemos ganado, que hemos sobrevivido como esos soldados con suerte que desembarcaron en Normandía sin recibir un solo tiro y luego murieron desnucados tras resbalar en la ducha con la pastilla de jabón.

Cumplir años está sobrevalorado porque apenas es de nuestra competencia. No tiene mérito seguir vivo más allá de tomarse la pastilla que toca a la hora que toca y no tirarse al tren en horas punta. Lo demás es azar, como lo demuestran los fumadores que llegan a centenarios y los atletas con bronquios de niño que se quedan secos en una media maratón. Vivir están tan sobrevalorado como Shakespeare (esto de Shakespeare lo decía un pedante), aunque conviene leer Ricardo III y seguir respirando un año más.

Calvos

 

Hay días que al peinarme noto que quedan pegados al peine tantos pelos como ideas. Ambos se van por el lavabo abajo sin remedio. Antes, de más joven, me consolaba pensando que, con los años, me caerían los pelos, pero no las ideas; que quedaría calvo, aunque seguiría siendo inteligente. Pero la vida, que es tozuda como un reloj y para la que, como dijo el otro, el mañana es sólo un adverbio de tiempo, nos demuestra que la alopecia puede ser, y de hecho es, externa e interna.

He perdido pelo e ideas casi a partes iguales y no encuentro producto alguno que me permita recuperar matorral piloso ni materia gris. Me recomiendan crecepelos más o menos efectivos con los que abonar la parte externa de mi cuero cabelludo, pero nadie conoce un buen crece-ideas para la parte de dentro. Al que invente cualquiera de las dos cosas habría que darle el premio Nobel de algo. O sea, que lo seguro es decir que dentro de cien años todos estaremos calvos, pero lo probable es que nos hayamos quedado pelados de ideas mucho antes.

La vida en general y la actualidad española en particular, es tan repetida, tan putapénica, tan aburrida, tan poco sorprendente, tan gobernada por pelados mentales y tan dada a copiar sus propias mediocridades, que no da opción a que nos crezcan las ideas. Ya sabemos que, tal como van las cosas, se nos va a caer el pelo, pero lo que pone los pelos que nos quedan de punta, es pensar que también nos vamos a quedar mondos y lirondos de ideas. Pensaré más y me peinaré menos.

Odio

Estaba uno el otro día en un bar celebrando la casi derrota del Real Madrid frente a Las Palmas, cuando me percaté que de la mesa de unos caballeros muy maduros y supuestamente equilibrados salía el epíteto “rojos” para referirse despectivamente a uno y a sus amigos que, hartos de sufrir por la ausencia de triunfos del Sporting, nos apuntamos al muy acendrado rito de celebrar las escasas derrotas/empates del autosuficiente merenguismo. Al parecer, ahora uno se gana el honor de ser llamado “rojo” por el simple y fácil hecho de no ser del Real Madrid. Agradezco a los honorables caballeros de la bancada de marras un elogio totalmente inmerecido. Luego pone uno la tele y se topa con independentistas de barretina insultando a un funcionario de la Justicia, a un Ministro de Justicia muy verraco con las bromas en Twitter que el siempre agudo Rafa Quirós, definió hace días en Facebook como “el peor ministro de Justicia del franquismo”. Pasa después el bus del pene y la vulva por el camino de proponer la esterilización nazi para los raritos; llega el obispo que se apena más por una drag queen que por los muertos en accidente, y aparecen los homófobos de Malasaña y mala bilis, y los que matan mujeres a ritmo aterrador, y las viejecitas testadoras que amenazan periodistas por no contar las cosas como ellas quieren, y los periodistas que amenazan a todo el mundo que no camina por donde ellos sentencian, y el sindicalismo lumpen que amenaza con pasamontañas y coartada revolucionaria (sic), y Rato y Blesa, tan cabales ellos, que esquivan el trullo y provocan oleadas de cabreo. Y todo así. En resumen: que hay mucho odio desde el que nos llama “rojos” a quienes no somos de Florentino, hasta el macarra que llama maricón a uno que es homosexual. El caldero español es un caldo espeso de odio que atufa y agota a diario a quien lo ejerce, a quien lo recibe y a quien lo observa.

Ignoro (entre otras muchas cosas) si algún filósofo le ha metido el diente a algo que podría llamarse “el derecho al odio en la civilización que se cree moderna y vuelve a las cavernas”. Supongo que podrían sacarme de esta duda gentes apacibles de pensamiento y cultura amplia y probada como Rubén Medina, Enrique del Teso, Xandru Fernández, Manuela Blanco o Vicente Faixat, algunos teólogos de la laicidad gijonesa a quienes escucho encantado opinar con sustancia sobre la vida y poner calma en la tempestad. Pero mientras me sacan de la duda y no (que tendrán más cosas que hacer que andar despejando las brumas de mi ignorancia) lo que a mí me acojona es que el odio se haya generalizado más que la gripe y ya sea plato del día en la dieta informativa.

Es sabido que el litro de odio es más barato que el de cualquier bebida espirituosa (ahora se dice así, al parecer) o que la gasolina, y que emborracha e incendia con efectividad imbatible todo lo que toca. Uno también odia lo que le parece, claro está, porque puestos a meter la cuchara en la olla podría de los bajos instintos, nadie se priva. Y seguro que a veces me hago odiable y odioso, y tiro la primera piedra sin estar libre pecado alguno, aunque para ello me tenga que poner una barba postiza como hacían aquellas señoras galileas de la Vida de Brian con tal de que las dejasen apedrear a alguien.

El litro de odio sigue demasiado barato como para renunciar a un chupito o a una garrafa entera. Y parece que ahora hay barra libre.

Drag queen y obispos reinas

Que me dicen que ha dicho un obispo que le causa más dolor ver una drag queen carnavalera vestida de virgen que se convierte en Jesucristo que todos los muertos de un accidente de avión. Puestos a comparar estupideces incomparables o incomparables estupideces, que no es lo mismo, a lo mejor a este prelado le produce más preocupación que uno se cague en Dios que el hecho alguien se muera de una cagalera derivada de una disentería en Somalia, pongamos por caso. Los puntos de vista de la iglesia institucional van por unos caminos que no creo que sean los caminos del Señor. En Galilea no había drag queens ni aviones de pasajeros, pero había putas, pecadores varios, usureros, leprosos, repudiados de toda clase y gente harta de un dios airado y sin humor capaz de cargarse más primogénitos de los que caben en un avión de los grandes. Pese a todo, el llamado Jesús (ese señor al que los obispos dicen seguir hasta cuando camina sobre las aguas) admitió a todo el personal, no hizo ascos a nadie y por eso tuvo cierto éxito aunque de muy corta duración y trágico final.

Pero si un obispo prefiere que capote un avión a que una drag se ponga virginal, yo ya no sé que decir. La verdad es que los obispos se visten a veces como si fueran reinonas para competir en el carnaval de Las Palmas con todas sus tiaras, mantos pluviales, casullas y demás trapos de ceremonia. Lo mismo todo son celos o ganas de llamar la atención por no haber sido convocado este año el monseñor a las semifinales. Yo entendería que este obispo y otros muchos que piensan lo mismo que él dijeran que lo que más asco les da en este mundo es la pederastia en todas sus formas y maneras, que aborrecen el paro, la pobreza, la ignorancia, la superstición, el machismo con sotana o sin ella y todas esas cosas que revuelven a la gente normal. Pero vamos a tardar en oírlo.

En todo caso, el obispo que vestido con centro y mitra que no parezca una drag queen que tire la primera piedra o que se calle para siempre. O que le caiga un avión encima.

Fe de erratas

El otro día fui al juzgado a pedir una fe de vida y me dieron una fe de erratas. No me pareció mal, porque uno ha tenido siempre la sensación de que utiliza los días de su vida para cometer errores con tal dedicación, que si tuviera el mismo tino para tener aciertos sería el tipo de más éxito de la historia. Además, la vida es una errata sin explicación lógica de la que se levanta acta a fuerza de perpetrarla. Tal vez el funcionario que se equivocó de papel en la ventanilla y me dio la fe de erratas en vez de darme la fe de vida, no estuviera tan equivocado o, todo es posible, que un servidor haya pedido el papel en la ventanilla que no era, cometiendo así una errata más. O uno es un genio, un tipo aplaudido, un elemento al que reciben a la puerta de los bancos con besamanos y carantoñas y que deja rastro en las enciclopedias, en el Guinness, en los Oscar o en lo que sea, o el paso de sus meses quedará registrado en una fe de erratas, no en una fe de vida.

Cada vez que uno pone punto y seguido en su vida debería haber puesto un punto y aparte. Algunos puntos finales deberían haber sido puntos suspensivos, aunque lo único que uno tiene claro es que no desea el punto final, el inevitable. La fe de erratas, un documento que tal vez debería entrar en la oferta del Registro Civil de manera oficial, deja en evidencia que donde uno puso mayúsculas no debería haber pasado de minúsculas y que ciertos adjetivos adjudicados a determinadas personas y situaciones a lo largo de los años estaban muy pasados de vueltas. No se merecían y quedan registrados en esta fe de erratas.

Item más. Donde puse sueños debería haber escrito pesadillas, confundí amigos con conocidos, salud con dinero, dinero con amor y güisqui con agua. Admite mi fe de erratas que he tendido a confundir la velocidad con el tocino, el culo con las témporas, la costumbre con la ley, el pasado con el presente y el presente con el futuro. Asumo haber dado pasos adelante cuando sin duda tendría que haberme quedado quieto, lanzado a piscinas sin agua, haberme bebido el agua de esas piscinas y hasta el de los floreros colindantes, quedarme sentado cuando tenía que haberme puesto firme al paso de ciertas procesiones y en fin, para terminar no haber estado a la altura de casi ninguna circunstancia. Y no sigo, porque se me acaba el espacio disponible en esta fe de erratas que levanto en Gijón a tantos de tantos y que pongo a disposición de este papel, con la modesta intención de dejar claro que, si no me equivoco, aún respiro y que cada año que pasa tengo más erratas y menos fe.