Babayadas

Si Gabriel Rufián fuera de Pumarín o de Bimenes (pongo por caso y sin ánimo de ofender a los naturales de esos lugares) sería simplemente lo que aquí consideramos un babayu. Sin más. Un babayu, un tenor de chigre, un rapaz que se cree la quintaesencia de la oratoria aguda y desestabilizadora del sistema por lanzar un poco de sal gorda en el Parlamento para que Rajoy y cualquiera le contesten a vuelta de memez sin despeinarse. Contestando a Rufián Rajoy parece Winston Churchill, oiga. Pero como Rufián es catalán y republicano es obligatorio flipar todo el tiempo con sus diatribas del nivel de los festivales escolares de fin de curso en los que está permitido a los alumnos imitar a los curas y los profesores porque las notas ya están puestas, y que que nos quiten lo bailao.

Lo que pasa es que como las redes sociales tienen que estar todo el día incendiándose por algo, o llenas de “zascas” y otros neologismos sin sentido para que el circo no decaiga, Rufián ha pasado de ser un babayu de poca monta a ser un Castelar o un Demóstenes que incendia la cosa de las redes tanto como Reverte, para las rotativas y sale en los titulares de periódicos que antes iban de serios y ahora no tienen ni media hostia informativa. Y es que ya cansa mucho lo del babayu de Rufián, lo del meapilas trabucaire de Junqueras, lo de la rabanera de Forcadell devenida ahora en hija del 155, y lo del ridículo de Puigdemont-Tintín que sigue como de viaje de estudios en Bruselas mandando fotos por las redes a sus primos los confiteros de Gerona para que sepan que está bien, se abriga y tal, e insultando muy subido a este estado franquista que le convoca unas elecciones al señorito para que siga viviendo del momio independentista. Y este Mariano Rajoy que continúa sin llenar las Ramblas de cadáveres catalanes para mayor gloria de estos mártires del espetec y revolucionarios de papá.

-Puigdemont va a ser candidato en diferido.

-Como las indemnizaciones de Bárcenas.

Todo es ridículo y ya dijo Tarradellas (no el del espetec, sino el de ‘ja soc aquí’) que en política se puede hacer de todo menos el ridículo. No dijo nada de robar el 3%, pero se le supone como el valor en la mili y la certeza de que el tercer polvo no hay quien lo eche. Todo es ridículo y grotesco. Desde la declaración de independencia que nunca existió, el referéndum que nunca fue y la fuga de los consellers en coche a Perpignan para ver una de tetas y culos antes de irse a pasar frío a Bruselas. Sólo faltaba que se hubieran fugado en un Mercedes Benz de los que usaban los toreros y los marqueses de Leguineche, los de la “Escopeta nacional” con López Vázquez escayolado para esconder las joyas de la familia.

Puigdemont contaba con que lo de la independencia iba a tener un final de película de arte y ensayo con música del pelmazo de Lluis Llach, y resulta que lo acaecido hasta la fecha encaja mucho más en una de Azcona y Berlanga o, aún mejor, en una de Torrente, que todo llegará.

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Escarabajos

El mismo día que nos enteramos de cómo una banda de sinvergüenzas se pulía tarjetas de crédito en Bankia (o cuando ayer mismo escuchamos a la fiscal Sabadell relatar como se montaba la “caja B” del PP) , van unos paleontólogos o como se llamen y dicen haber descubierto en la India el parásito social más antiguo de la Humanidad. Tiene 52 millones de años de edad y no es un banquero ni un político, ni un constructor aventajado, es un escarabajo. Su estrategia depredadora consistía ya entonces en colarse en el nido de otros bichos. Se colocaba allí poniendo cara de buena persona, se arrellanaba en el salón haciéndose pasar por uno de ellos y cuando ya nadie reparaba en su presencia se zampaba todo lo que había en la casa, incluyendo a los hijos de sus inadvertidos anfitriones. Si a este escarabajo conservado en ámbar se le hubiera dado una tarjeta de crédito de Caja Madrid, nombrado tesorero del PP, ministro de algo o se le hubiera hecho miembro del consejo de administración de Aquagest, su comportamiento no habría diferido en nada con el de toda esta banda de políticos, reyes del hormigón y sindicalistas de alto standing que ponían barra libre en los puticlubes y mariscadas en los últimos restaurantes de moda a base de saquear los ahorros de todos los pensionistas, de no pagar impuestos y llevar en la faltriquera fajos de billetes de 500 euros.

Llegados a cierto punto, la diferencia entre un escarabajo y Ana Mato o Luis Bárcenas, el 3% trasegado hacia Andorra por los Pujol y compañía o etc,  es solo una tarjeta de crédito o unas comisiones de nada repartidas por aquí y por allá. Estas coincidencias biológicas vienen a demostrar que los ladrones y los parásitos sociales han existido siempre y que la tarjeta de crédito y el soborno, el cohecho y la prevaricación pueden ser considerados tanto un avance del capitalismo como una regresión al parasitismo básico de hace 52 siglos, todo depende de si le echamos imaginación y vemos que la bola que arrastra el escarabajo pelotero está compuesta por confetti de cumpleaños, comuniones y viajes pagados a la señora Mato, o textuales pelotazos urbanísticos con sus porcentajes puestos al día.

La función crea el órgano, aunque a veces el órgano (la tarjeta, el cargo público, la proximidad del cajón) invita a ejercer la función (robar). De hecho, la historia reciente del PP, CiU (ahora PDCat), Caja Madrid y Bankia ya no va a ser estudiada por economistas sino por especialistas en escarabajos y parásitos sociales del Jurásico, ya que hay realidades sociales que solo se pueden entender si se analizan desde el punto de vista de un insecto que se ha especializado en ser depredador de lo ajeno. Hay que bajar a ras del cucho para hacerse cargo de las claves del saqueo.

Una vez más nada es lo que parece. Hay ejecutivos trajeados que viajan en Audi o sindicalistas con aspecto responsable y camisa de cuadros a quienes nadie confundirá a simple vista con un escarabajo. Ahora bien, póngales usted en la mano una tarjeta de crédito “negra” con cargo a lo ajeno, o unas vacaciones pagadas en Disneylandia, unas putas de alto standing o unas mariscadas a tiempo y verán cómo se convierten en coleópteros dispuestos al saqueo feroz y sistemático con la misma saña que unos bichos de hace 52 siglos. Franz Kafka pasó a la historia como un tipo raro por escribir un libro contando la metamorfosis de Gregor Samsa, el señor aquel que despertó una mañana convertido en escarabajo. Lo que escribió Kafka es una broma comparado con lo de España, un sitio que parecía un país pero que estaba administrado por escarabajos saqueadores. Algunos de ellos, no contentos con llevarse el 3% en metálico se dedican ahora a saquear el patriotismo para ver qué pueden sacar de esa golosa materia prima que tanto gusta a los canallas con aspecto de escarabajos vestidos de Armani o disfrazados de batasunos de hace 30 años.   

Groucho en la Generalitat

La certeza de que Groucho Marx está muerto -perdonen que no se levante- es la única razón que me permite descartale como el autor del discurso pronunciado ayer por el señor Puigdemont. Y lo digo porque en la surrealista intervención del molt honorable president flotaba esa frase atribuida al mejor de los marxistas: “Estos son mis principios, pero si no le gustan tengo otros”. Porque el extraño Puigdemont salió al estrado del Parlamento el olor de santidad, rodeado de un halo de paladín de los derechos históricos catalanes, con el paso firme de quien va a ser la comadrona del parto de los siglos. Sin embargo, aquello no fue más que el parto de los montes al dar por suspendida la independencia antes de declararla, como divorciarte a los diez minutos de pasar por la vicaría. Un gatillazo en directo. Proclamo y suspendo, meto pero saco, doy pero quito, la parte contratante de la primera parte, etc. Groucho en la Generalitat.

Desde que Dolores de Cospedal explicó aquello de la indemnización diferida a Luis Bárcenas ante el estupor general de la opinión pública, uno no había presenciado un discurso político más extraño, tramposo y alambicado para cubrir lo que viene siendo una estafa. Estafa para la ley, malversación de la democracia y jarro de agua fría para los sentimientos de muchos catalanes que se habían llegado a creer el cuento del flautista de Hamelín que, acompañado del ogro bueno Oriol Srek, les conducía al país donde los matos dan leche y miel y atan los perros con longaniza. Se suspende lo que al parecer no se ha declarado, pero que se firma solemnemente en un documento que, sin embargo, carece de validez legal. Esto lo mismo que cuando Groucho Marx retiraba su proposición de matrimonio nunca realizada a la asustada Margaret Dumont, o su madre, la de Groucho, preparaba macarrones rellenos de bicarbonato con el fin de causar y curar las indigestiones a un tiempo. Todo muy divertido si no fuera por el caos que se ha montado y porque la imagen de España, la “marca España” de marras, vuelve a estar por los suelos gracias a los estafadores políticos y a los estafadores financieros.

A plazos se compran las neveras, las televisiones o los pisos, pero hacerse con una independencia a plazos es tan chusco como pedir un crédito para irse de putas o vender el coche para comprar gasolina. Suena todo a enorme farsa porque eso es lo que es: una broma enorme pagada con nuestro dinero, nuestra estabilidad y nuestra salud mental. Puigdemont amenazaba con ser el caballo de Pavía pero no ha pasado ser la carabina de Ambrosio; se imaginaba el honorable siendo él mismo la libertad descamisada guiando a su pueblo sobre las ruinas de la España que “ens roba”, pero su imagen ha estado más cerca de lo confuso y lo patético que de lo heroico. Tal vez quien menos derecho a decidir tenga en este momento sea el propio Puigdemont, que se ha metido en la cama con muy extraños compañeros, ha puesto todo del revés, ha espantado a empresas (alguien desde España le da las gracias por ello estos días en las redes sociales), y ha sacado de la lámpara muchos resentimientos que ahora andan sueltos por la calle. La señora del flequillo que siempre parece enfadada va a ser ahora imparable en su vómito antiespañol; Rivera desempeñará su papel de empollón de la clase reclamando escarmientos hasta la exasperación, y Pablo Iglesias seguirá jugando a su extraño juego de niño malcriado a quien cualquier situación y la contraria valen para medrar y no conoce más patria que sus propios intereses. Después de juegos florales y cargas policiales, ambas inútiles y desproporcionadas, Mariano, Soraya y compañía tendrán que decidir algo en serio sobre Cataluña para que los perplejos ciudadanos del común sepamos quién manda aquí, si es que manda alguien. El PSOE tendrá que limpiar un poco mejor su casa y aclarar el follón que se trae con el PSC. Todo es un poema, o una canción de Groucho Marx cantada por el capitán Spaulding.

“Desde la nada hemos alcanzado las más altas cotas de la miseria”, dicen que dijo Groucho Marx. Gran resumen para el punto absurdo al que hemos llegado por ahora, aunque la altura de las cotas de la miseria no tiene techo. Ya veremos. Yo sigo con la duda de si Groucho Marx no estaría ayer sentado en la tribuna de invitados del Parlament fumando un puro y tomando notas para su próxima comedia.

Como dice Miguel Ángel Aguilar: atentos.

Ventajas del patriotismo

Ser patriota sirve, por ejemplo, para distinguir sin dudar a policías buenos de policías malos y perversos. En este sentido, nadie parece recordar ya las 100 bombonas de butano que aparecieron en el chalé de Tarragona en el que vivían unos amables terroristas. Los policías buenos, los de casa, no repararon en que aquellos no eran coleccionistas compulsivos de envases de butano, sino fabricantes de bombas para colocar en la Rambla. Siendo patriotas se perdonan los errores, eres más comprensivo con tus policías.

Ser patriota es muy útil también para reclamar a la UE y la ONU que sean mediadores en el conflicto catalán, como si España fuera una república subsahariana o el Ulster en los tiempos de plomo. El patriotismo inflamado pasa por alto que la UE y la ONU son dos de las principales responsables de la muerte de miles de inmigrantes en el Mediterráneo y en otros sitios. Sin ir más lejos, la UE ha nombrado administrador único de la letrina migratoria al señor Erdogán, un demócrata de toda la vida que permite la libertad de expresión sin cortapisas y sabe organizar unos golpes de estado de muchos quilates.

En el terreno deportivo ser patriota permite insultar a Gerard Piqué por sus opiniones algo chulescas e inoportunas, pero no crea conflicto alguno cuando en tu equipazo juegan más extranjeros que españoles o cuando la alineación está trufada de defraudadores fiscales, aprendices de gangster, maltratadores, conductores suicidas y otras perlas sociales.

Lo bueno de ser patriota es que te permite seguir considerándote de izquierdas pero sin necesidad de sentirte internacionalista, y apoyar sin empacho las causas de la más rancia burguesía que tomó sus primeras lecciones con la familia Pujol si esta no andaba trasegando euros por Andorra. En manifestaciones a favor del patriotismo catalán hay gente que considera fascista el muro mexicano de Trump, insulta a los israelitas por su paredón anti palestino, propugna en la barra del bar el final de las fronteras y el libre tránsito de todas las personas, pero se desgañita en favor de la creación de un nuevo coto de caza privado en Cataluña.

Ser patriota es estupendo porque te permite preocuparte estéticamente por las ballenas blancas, los perros abandonados y las focas monje, pero te exime de eso que se llama solidaridad interterritorial que sirve para pagar la Variante de Pajares (si la hubiera) en Asturias, las carreteras en Extremadura, y el AVE o los pufos farmacéuticos en Cataluña por poner algunos ejemplos. El patriotismo de estos días se resume en “bien me quieres, bien te quiero: no me toques mi dinero”.

Y como bien dice un sabio llamado Álvaro Noguera, si la bandera oficial de España es la del escudo y las columnas y la del aguilucho o “pita” es ilegal, ¿por qué no es ilegal la estelada si la bandera oficial de Cataluña es la senyera? Gracias por la indicación, señor Noguera.

Gracias a ustedes también por llegar hasta esta línea. Me voy a la cama que es mi patria más querida.

La berrea

Los nacionalistas son esos niños caprichosos que siempre desean (y consiguen) los juguetes ajenos pero nunca admiten que se pueda jugar con los suyos. Viven bien a costa del común, de las meriendas que comparten sus amigos más generosos, de llenar su bolsa de canicas a costa del saquear a su corte admiradores papanatas o consentidores, y de crearse a su alrededor un halo de seres especiales y perseguidos, débiles e incomprendidos pese a ser la flor y nata por haber nacido allí y no aquí, mientras medran a costa de la permisividad ajena hasta convertirse en pequeños tiranos quejicas y llorones. No conocen más lealtad que la que tienen para sí y sus caprichos y no tardan ni un minuto en alzar la voz doliente y ofendida si dejan de ser el centro de la fiesta o si pierden un ápice de sus chollos y canonjías. Y si el padre de las criaturas o el director del colegio abdican de ejercer su autoridad, consienten y transigen por miedo, dejadez, pereza o ignorancia (o todo ello a la vez), el  nacionalista emperrado se convertirá en un monstruo imparable y abusón que se sentirá siempre agraviado, coartado y censurado por una sociedad que siempre le alimentó, vistió y benefició por encima de a los demás, pero que ahora ya le sobra. Tantos años llevan viviendo en un universo propio, fantástico y privilegiado, abusando o robando directamente, haciendo de la necesidad virtud  y de la vulgaridad exclusividad diferencial, que se creen que siempre será así porque ellos lo valen.

Los mimados nacionalistas llaman fascistas a todos aquellos que no están con ellos, ya que los niños malcriados no toleran matices: o estás conmigo o estás contra mi. En este punto organizan un referéndum que tiene el mismo espíritu sectario y excluyente que aquellas terribles peleas infantiles en las que el niñato mimado, el envidiado dueño del balón de reglamento, decía en la calle quienes eran sus amigos y quienes ya no lo eran. Porque en un referéndum no hay matices, se convocan para sentirse respaldado no para debatir nada y, de paso, para poner al día la lista de quienes son de los suyos y quienes no. Por eso a los dictadores les gustan tanto los plebiscitos, las elecciones por aclamación, los pucherazos parlamentarios y salir luego al balcón del palacio presidencial a echar la culpa de todo a fuerzas oscuras, al periodismo, a las potencias externas a las que han querido convencer sin suerte de la pureza de sus intenciones. La pamema del “derecho a decidir” en la que algunos se han refugiado para ir de guais y demócratas, es una falacia que usan para justificar sus asambleas de facultad y pataletas los presuntos estandartes de la izquierda que, dicho sea de paso, organizaron hace dos años en Gijón un referéndum que fue el hazmerreir de cualquier democracia. Como en el de Cataluña, todo estaba decidido de antemano.

Y para rematar la jornada estuvo el numerito frívolo del  F. C. Barcelona que, como siempre, quiso hacer el guiño nacionalista pero sin perder un solo punto en la Liga, no jodas, nen. Al final, partido a puerta cerrada y los que vinieron desde Canarias a ver a su equipo, que les den. ¿Por españoles? ¿Por canarios?

Desde la tarde aciaga del 23-F no sentía uno tanto estupor y vergüenza ante las imágenes vistas y las palabras oídas el 1-O. El marianismo inoperante y timorato convirtiendo esto en un juego de policías y ladrones, y los herederos del pujolismo depredador organizando su victimario consabido, han protagonizado un lamentable espectáculo poniendo a la gente normal como parapeto de su incapacidad para hacer política en serio y hacerla sin incumplir la ley de manera tan escandalosa. Y salvo excepciones, toda la clase política querrá ahora sacar partido de este desastre anunciado y vergonzoso en el que España ha vuelto a quedar a la altura del betún, como esas familias que arman un escándalo de llantos, golpes y voces  en medio de un restaurante lleno de gente que les mira estupefacta; el escándalo es porque el niño se ha empeñado en no comer la sopa y el padre no sabe negociar ni eso.

La berrea otoñal no ha hecho más que empezar. Los tiempos que vienen serán ensordecedores.

Tantos tontos del culo

 

Sabido es que hay tontos de todas las calidades. Hay tontos de baba, tontos de capirote, tontos a las tres, (los hay también de 24 horas), de solemnidad y tontilocos varios. Eduardo Mendoza, reciente premio Cervantes, incluyó en una de sus novelas a un “tontiloco morfinómano”, una variante muy específica salida de la pluma brillante del gran autor catalán. Los tontos en general pululan por doquier. Antiguamente se les guardaba en casa para que no metieran la pata o fueran el hazmerreir, pero la democratización de la información, la masa ingente de televisiones privadas con sus tertulias-gallinero, las redes sociales y todas esas cosas han sacado los tontos a la calle en manadas hasta el extremo de darles una preeminencia total.

Este verano han salido hasta de debajo de las piedras los tontos y tontas del culo, rápidamente identificables en cualquier corrillo, programa televisivo, hilo de redes sociales o sesudos análisis de tertulianos con el pelo cuidadosamente despeinado, que matan (asesinan, mejor) las horas hablando del culo de una esbelta miembra del cuerpo de socorristas de la playa de San Lorenzo, culo que se ha hecho famoso por una simple fotografía. Claro que ese culo o la generosa vista que de él pudimos tener, llevaba ahí todo el verano ya que no creo que esa mujer estuviera posando ese día para la posteridad, incitando al respetable, provocando a los junones de baranda o queriendo dar que hablar a esta jarca de tontos y tontas del culo a quienes un culo ha hecho más tontos de lo que ya eran hasta la fecha.

El hermoso culo de esta profesional del socorrismo cuya misión es salvar vidas, no alimentar tertulias que producen vergüenza ajena, es una rotunda declaración de independencia y coherencia profesional de esta chica. Lo raro sería que esta señora trabajara vestida de esa guisa y esa sisa si, pongamos por caso, su responsabilidad fuera ejercer la relaciones públicas de un tanatorio, o trabajase con tornera-ajustadora en un taller, pero cuando se trata de alguien que debe estar preparada para lanzarse al agua y nadar con rapidez y sin trabas, un bañador ajustado y anatómico es la prenda más adecuada. Por cierto que, si se fijan, la playa de San Lorenzo está llena de bañadores femeninos confeccionados con hechuras que permiten la observación de generosas zonas traseras de la anatomía. La playa lleva años llena de culos, tetas, brazos, piernas y torsos de belleza y calidad variable. Nadie protestó ni se indignó nunca por ello, ni surgió un grupo que abogase por el regreso del albornoz playero, así que ignoro por qué ha de ser la comidilla nacional si ese mismo bañador lo viste una mujer socorrista ¿es por ser socorrista? ¿por ser mujer? ¿por tener un culo bien puesto? o ¿porque los tertulianos piensan con el cipote en vez de con el cerebro?

La memez, el fariseísmo y la tontería que recorren este país de lado a lado son terreno abonado para ver la nalga en el culo ajeno y no las taras en el pensamiento propio. Alguna mente privilegiada ha recomendado “recato” a las mujeres socorristas como si ese modelo de bañador (recordemos que se trata de un uniforme de trabajo) fuera a hacer estallar por los aires la moralidad. Tal vez en un playa de Afganistán pudiera ser pero aquí, en San Lorenzo, no se prevén más motines que los que quieren organizar seres ociosos, reprimidos inconfesables, pajilleros de la fila de los mancos o moralistas de vía estrecha que babean siendo jurados en los concursos de mises pero se escandalizan ante un bañador ceñido. Como bien exclamó Rafa Quirós, el mundo está haciendo muchos méritos para que nos queramos bajar de él, o sea, mandarlo todo a tomar por el culo. Con perdón.

Ya ves, Fafeche.

Paco Ferrán se ríe del anuncio de la competencia.

Paco Ferrán se ríe del anuncio de la competencia.

Ya ves, querido Paco. Un año que no estás y este fangal de mundo sigue igual. No, corrijo: sigue peor porque hace un año que ya no estás y, como decía mi padre, cuando mueren los buenos siempre dejan un sitio libre que suelen ocupar algunos hijoputas. Y, ciertamente, en este año de tu ausencia la cantidad de hijos de perra y canallas que hay en el mundo ha aumentado. Un año, Paco. Y yo me pongo ahora a escribirte este papel. Y tú dirás: ¿y pa qué coño me incordias un año después de muerto?”. Pues porque siempre he estado fuera de tiempo y de lugar y he tardado un año en saber que cuando paso por delante de la cervecería no vas a estar allí sentado con Paloma, con tu perra tragona y ladradora, con tu bastón y tu humor surrealista que nos alegró tantas tardes y noches a cubierto y en terraza. Por eso no he sido capaz de decirte nada, Paco, porque tu muerte me pilló a contrapelo, con el mismo estupor que si me dicen ahora que han quitado para siempre la estatua de la Madre del Emigrante o la de Pelayo.

Ya ves, se me hace raro no verte, se me hace raro que nadie hable de ti o no me cuente tu chiste del día. Seguro que en esos mundos raros en los que andas ahora habrás pegado la hebra con algunos ociosos, jubilados forzosos como tú, que se pasan la vida eterna donde ya no hay diabetes ni ictus, tomando cubalibres o Martini y viendo pasar el más allá mientras te oyen contar ese enorme chiste en el que eras capaz de comparar a Marlon Brando con el recreo de una guardería infantil mientras nos limpiábamos las lágrimas de risa y tú apenas te carcajeabas un poco entrecerrando un poco más los ojos de pícaro, ojos que te daban la visión simultánea de sabio y niño, de aventurero y padrazo, de golfo y esposo enamorado.

Echamos de menos tus historias sobre barcos, motos, coches, tus acuarelas de Navidad, tu compañía tranquila, tu tenacidad luchando contra los ataques del tiempo y la salud, tu media sonrisa cuando mi hijo Nacho te contaba sus películas y tú eras de los pocos que lo entendían porque hablabas su mismo idioma inocente y fantástico de los niños, de los buenos, de los humanos, de los que sobrellevan los accidentes de la vida son solvencia y humor.

Aquí seguimos bebiendo la misma ginebra desastrosa, viendo el Telediario sin necesidad, admirando a necios, buscando tesoros que no existen y deseando que el tiempo no se lleve siempre a los mejores porque en espacio que dejáis se llena de hijoputas de muchos quilates. Aquí seguimos haciendo lo que podemos, no lo que queremos, porque quedan cada vez menos Fafeches en el mundo dispuestos a poner a prueba su motor y su carrocería. Ya no hay locos, lo dijo el poeta. Ahora la gente quiere morirse sana y radiante, Paco; sin bastón, sin abollones, sin dolores, sin averías. Quieren ser los más ricos y saludables de la fosa común y dejan de fumar, de beber, de follar, de tumbarse al tomar las curvas más cerradas; dejan de tentar a la suerte y de estirar la vida a ver cuánto da de sí. Ya no hay locos, ni Fafeches que piensan que vivir es un duelo a muerte en el que hay que forzar la máquina y arriesgar, en el que se juega el todo por el todo y se apuesta lo que no se tiene porque eso es lo que merece la pena para que cuando llegue la tipa de la guadaña nos pille camino del desguace, viejos, abollados, sin pasar la ITV, pero después de haber sido razonablemente feliz y de haber hecho felices a otros.

Así te fuiste tú, Fafeche querido, dando ejemplo de que aquí hemos venido a vivir como en un rallye y no hay que tener miedo a la muerte ni a la vida, solo hay que temer a quienes no cuentan chistes, no envejecen con valor y dignidad y no son capaces de morir con el motor en marcha, en el último repecho de la escapada.

Un beso donde quiera que estés. Ya ves, Paco que aquí las cosas no han cambiado casi nada y tú cada vez estás más joven, igual que Carlitos Gardel que cada vez canta mejor.

La costosa muerte de Juan

Nuestro tío Juan murió el viernes por la mañana tras casi un mes de permanecer inconsciente en el área de neurología del HUCA y varios días en la UCI del mismo centro cuando su estado se agravó más de lo que ya estaba. A pesar de sus 80 años, Juan era un hombre sano, ágil y activo. Un desgraciado accidente doméstico le provocó una fractura de cráneo de la que se derivaron daños cerebrales irreparables de los que ya no se recuperó. Esta historia es normal y terminaría aquí si no fuera porque en las 10 las horas siguientes a su muerte el cuerpo de Juan pasó por situaciones que oscilan entre el drama de mal gusto y la astracanada que firmarían gustosos Berlanga y Azcona para reflejar como este país sigue teniendo un revés casposo, oscuro, funcionarial e insensible en el que los muertos y sus familias tienen la misma consideración que residuos.

Juan falleció en torno a las 11 de la mañana, pero hubieron de pasar ¡cuatro horas!, repito: 4 horas, para que un médico de todo el HUCA encontrase un momento para ir a la habitación que ocupaba Juan y certificar su defunción. Los muertos no tienen prisa dirán ustedes, y tendrán razón, pero la visión de las cosas cambia si les digo que durante esas cuatro horas de espera en la misma cama en la que murió, el cadáver de Juan hizo compañía al otro residente en la misma habitación, un joven recién operado y totalmente vivo que, por razones que no vienen al caso, debía estar acompañado en todo momento por sus parientes a quienes, imagino, haría muy poca gracia saber que tras la cortina de la cama de al lado yacía un señor muerto. Así que el panorama se tornó grotesco: una familia velando a un vivo propio y a un cadáver ajeno al mismo tiempo.

Pasadas las cuatro horas de rigor (al menos de indudable rigor mortis) y en medio de las constantes protestas de la viuda de Juan y otros familiares ante el injustificable retraso, llegó por fin el médico que, por si cabían dudas a esas alturas, certificó que el bueno de Juan estaba muerto. Faltaría más. Vaya, un paso adelante, se dijo la familia. Pero no. El famoso cambio de turno de los hospitales, ese cambio que dura más que el cambio de guardia en Buckingham, paralizó aún otra media hora larga el traslado del cadáver al mortuorio del HUCA ante la incredulidad de los allí congregados que podrían jurar estar siendo objeto de una broma macabra o de una cámara oculta. Pero lo mejor estaba aún por llegar.

Aunque, como ya se dijo, Juan llevaba en estado inconsciente desde casi un mes atrás y todos los médicos coincidían en que su recuperación era poco menos que imposible, nadie en el HUCA tuvo la precaución de comunicar tal cosa al juzgado con el fin de convocar a un forense en el momento del óbito para que juzgase la conveniencia de hacer o no la correspondiente autopsia y corroborar que el fallecimiento se había debido a causas naturales. Parece ser que este procedimiento es habitual pero nadie se tomó la molestia de tramitarlo, de manera que la solución fue comunicar la familia que, de manera urgente, deberían acercarse al juzgado de guardia (abierto sólo de 5 a 8) y comparecer allí para comunicar la muerte de Juan solicitando a la jueza de guardia el envío de un forense a valorar la posible autopsia. Por si su viuda y otros parientes no estaban ya a punto del colapso, el desmayo por impotencia o la rebelión, el personal sanitario remarcó además a los deudos que hasta que no hubiera forense el cadáver se quedaba allí, así que corriendo a Llamaquique en busca de su señoría. Sumen ustedes esta nueva burocracia a un mes de visitas constantes al hospital, presenciar el deterioro de un ser querido, ser testigo de su muerte, de cuatro horas de abandono del cuerpo sin vida en la cama de una habitación ocupada por otras personas y vayan con todo eso en busca de un juzgado de guardia un viernes a las 5 de la tarde en una ciudad que no conoces para “hacer una comparecencia”.

Unas dos horas largas después, el forense corroboró que la muerte no tenía misterio alguno, descartose la autopsia y Juan pudo por fin descansar en paz tras una muerte que fue casi más larga que toda su vida. Una costosa muerte que añadió más dolor y estupor a la familia que el que ya habían acumulado en las semanas anteriores.

Sin más comentarios sólo añado que esta es una historia cierta, vivida por un servidor en primera persona. Saquen ustedes las conclusiones que quieran.

Olfato

Dicen los sabios que casi el 1,5% de nuestros genes están destinados a oler. Oler es saber, parece ser la conclusión de las investigaciones. O sea que la naturaleza es más lista de lo que creemos y permite a nuestro cuerpo obtener una segunda opinión de lo que se nos pone delante, gracias al olor. Las apariencias engañan, pero la nariz es certera e inteligente. El cerebro y los sentimientos pueden llegar a una conclusión acerca de lo que sea: de un jefe, de una novia, de un camarero, de un cardenal o de un cretino, pero siempre debe pedirse una segunda opinión a la pituitaria. Si algo huele a podrido en Dinamarca o dónde sea, sus narices se pondrán en estado de alarma. Hágales caso.

Los científicos confirman que somos capaces de distinguir 10.000 olores complejos y que esa capacidad olfativa nos permite tener una idea más completa de lo que nos rodea. Tal vez llegue el día en que nuestro cerebro sea capaz de distinguir entre diez mil tipos de gilipollas de una tacada, por ejemplo, una habilidad que nos permitiría evitar el contacto con ellos como la nariz nos evita pisar mierda. Son tropezones parecidos e igual de pegajosos. Los zurullos de perro y los gilipollas tardan mucho tiempo en desaparecer de las suelas de nuestros zapatos o de nuestras vidas.

A uno le consuela mucho pensar que el olor todavía sirve de algo en unos tiempos en que dan ganas de taparse la nariz para enfrentarse a la realidad de cada mañana. Si llega el caso y me tengo que quedar con una sola neurona (ahora creo tener una docena escasa, así que la elección será fácil) me gustaría que fuese la del olfato. Más que nada para saber por mí mismo si algo huele de verdad a podrido, si a ese político predicador le canta el aliento más que la utopía podrida que trata de venderme, o si el perfume caro que emana cierta innovadora propuesta no es más que un penetrante olor a sudor demagógico mal disfrazado bajo litros de colonia a granel.

 

Loco normal

 

Dice un psicólogo que los psicóticos no son más peligrosos que la gente normal. Yo creo, y que me perdonen Freud y sus discípulos, que la gente normal suele ser más peligrosa que los locos. Un servidor, sin ir más lejos, nunca ha tenido claro si es un psicótico o un tipo normal. Es más, hay días en que hago cosas de loco que me parecen normales y otros en los que perpetro normalidades que, se miren como se miren, son de locos. Por ejemplo, alguien podría decir que levantarse a las seis y media de la mañana a pasear el perro es normal cuando, en realidad, es una locura sin sentido. Todo el mundo ve normal empufarse media vida para comprar un piso de mierda y ya es tarde cuando nos damos cuenta de que es una locura. Es tan de locos creerse Napoleón Bonaparte como traer hijos a este mundo, comprar un piso o casarse para toda la vida y, sin embargo, a la gente nos sigue pareciendo lo más normal. La repetición de la acción descabellada llega a convertirla en el epítome de la cordura. Es más, estoy llegando a la conclusión de que cuanto más normal parece uno, más loco se está volviendo y que aparenta normalidad para disimular la locura que le corroe. Hace tiempo que yo no pongo la mano en el fuego por mi salud mental. No doy un euro por lo que se cuece en mi cerebro a determinadas horas del día, aunque debo reconocer que sólo cuando imagino locuras me siento cuerdo. Uno es muy normal, qué remedio, aunque estaría bien saber si tanta normalidad no es otra locura. Tal vez la peor.