La sal de Gijón

La sal es mala para el organismo pero buena para la inteligencia. Ustedes creen que la sal es un compuesto químico, pero es un bar. Los bares son compuestos químicos en los que se mezclan las excrecencias salinas, potásicas, férricas o lo que sea de cualquiera de los clientes que pasan por ellos.. La sal de la que yo hablo es una que hace esquina en el Muro de San Lorenzo y Eladio Carreño.

Antes había en este local esquinado putas saladas y destempladas como el Nordeste, putas con puyas y remango que se iban de clientes cuando esta ciudad era un sindios presindical, anterior a las reconversiones, gobernado por socialistas amansados por Felipe y sindicalistas que cambiaron el Seat por el Audi en cuanto hubo ocasión.

Ahora, esta esquina que antes fue poblada por putas desabrigadas y desabridas, es una vinateria en la que se toman vinos por docenas y posiciones ideológicas por pasión, opción, o por lo que sea. La Sal de Jordi y Marta es un local de alterne variopinto en el que no hay miedo al futuro ni al pasado, en el que se alterna con lo mejor y lo peor de cada casa, se combina el tinto con el blanco, el sol con la sombra, el cielo con el infierno y la realidad con la ficción de ser parte de una ciudad en la que nunca pasa nada pero acaba por pasar de todo.

Jordi y Marta, el yin y el yang, las bragas y lo otro, las tetas y lo demás, son la humanidad desbordante, amena, graciosa y gijonesa en la que hay que entrar para no convertirse en un cliente más del pijerío reinante en las zonas de guía Michelín, de las áreas recomendadas por los pijos blogueros que creen ser la sal de la tierra y los descubridores de una ciudad que aún nos pertenece.

La ciudad salada.

Cuestionario cuestionable y descreído sobre la libertad de expresión

¿Puede un ciudadano denunciar a un periodista por considerar dañados sus intereses a causa de una información publicada? Sí. Los tribunales decidirán si hay base para la acusación o el periodista es inocente de cualquier actitud dolosa.

¿Puede un ciudadano denunciar a un médico por considerar que su actuación le ha perjudicado? Sí.

¿Siempre que se denuncia a un periodista se ataca a la libertad de expresión? No, ya que sería lo mismo que afirmar que quien denuncia a un médico ataca al sistema de salud.

¿Son infalibles los periodistas? No.

¿La verdad es siempre sinónimo de imparcialidad? No.

¿Todo lo público es igual a lo publicado? No.

¿Publican los medios todo lo que saben? No.

¿Puede una información por muy cierta que sea dañar los intereses de una persona afectada por esa noticia? Sí.

¿Tiene derecho la persona afectada por esa información a reclamar en los tribunales? Sí.

¿Tiene menos derecho a ello por ser político? No.

¿La vida privada de un político siempre condiciona su gestión? No. Los hechos de la vida privada de un político deben ser revelados en la medida que tengan influencia negativa en la gestión de los recursos públicos.

¿Está más expuesto a que se conozca su vida privada un político que otro ciudadano? Sí. Su tarea está expuesta al escrutinio público aunque ello no anula su derecho a denunciar lo que considere ofensivo o perjudicial para sus intereses.

¿Son los medios de comunicación los garantes absolutos de la libertad de expresión? No. Las purgas, ERES y despidos generalizados de los últimos tiempos en todos los grupos editoriales, debidamente maquillados ante la opinión pública, son ejemplo de ello.

¿Es la información una mercancía que, según se use, puede aumentar los ingresos publicitarios de los medios (por ejemplo, estar a bien con el partido gobernante para conseguir mejores partidas publicitarias en campañas pagadas con dinero público)? Sí.

¿Es el manejo grifo publicitario un método aceptado por los medios privados para “regular” su libertad de expresión? Sí.

¿Esa estrategia informativa/comercial se coloca siempre por detrás de la sagrada libertad de expresión? No.

A estas consideraciones perfectamente refutables añado mi currículo profesional. Más que nada por si alguien dice que no sé de qué hablo.

1984-1989. Redactor en Cadena SER-Radio Minuto.

1989-1996.Redactor en La Nueva España, delegación de Gijón.

1996-2006. Redactor y columnista de diario El Comercio.

Entre 1999 y 2001, durante una excedencia, fue director de comunicación en Emtusa

2006-2009. Jefe de prensa del Ayuntamiento de Gijón.

Ladrones y comunistas

Vienen los comunistas. Está bien saberlo, se agradece el aviso. Voy a guardar las gallinas en el corral y las joyas en Suiza, aunque la coalición que presuntamente los cobija ni siquiera lleva la palabra “izquierda” en su nombre. Vienen los comunistas, al parecer. Este aviso es una gentileza por parte de los tertulianos, y del PP y de sus colegas. Es una cortesía y una novedad por su parte, ya que, por ejemplo, en todas las elecciones anteriores nadie nos advirtió de que venían los ladrones. Sobre lo que han hecho los comunistas en este país desde 1975 hasta la fecha tenemos bastantes ejemplos y casi todos son favorables a ellos. Sobre lo que han hecho los ladrones en los diferentes gobiernos también tenemos ejemplos abundantes y ninguno de ellos es edificante. Así que la conclusión más sencilla es pensar que tiene mucho más peligro que gobiernen los ladrones a que en el Parlamento haya comunistas (si es que llega a haberlos, o los que parecen serlo lo son realmente).

Yo observo admirado como esos que dan la alarma ante la avalancha de rojos que se avecina, callan como muertos ante las tropelías (joder, qué palabra tan redicha), chorizadas y sinvergüencerías de toda esta canalla trajeada y moralizante que se pasea por los juzgados o las cárceles tras haber mentido, negado y manipulado sus delitos. Los hay que siguen y seguirán en el poder durante generaciones porque al no ser comunistas no tenemos nada que temer. España es un país que ha puesto a raya a los rojos (algunos siguen aún en las cunetas) pero que convive sin problemas con los ladrones. Se nos advierte del peligro de votar a comunistas a o sucedáneos, pero no hay manera de escuchar en la radio un aviso sobre los peligros de que los ladrones sigan manejando el cotarro. Si vienen los comunistas terminarán por irse o por dejar de serlo. En cambio, los ladrones han venido para quedarse.

Paula y Alejandro

paula y nafría

Paula y Alejandro tienen los ojos limpios. Tienen la mirada de quien sabe de qué va la cosa. Miran por encima de la turbia realidad. Tienen los ojos como agujeros negros llenos de verdades que les permiten ser bellos y lejanos, envidiables ciudadanos que aún creen que el mundo puede ser un lugar habitable. Miro a Paula y Alejandro y recuerdo cuando yo era como ellos: bello, lejano, capaz de entender y de ignorar a la vez; convencido de que el mundo era una basura reciclable. Ahora ya no creo en el reciclaje. Sueño con serpientes y vivo con ellas. Soy una de ellas.

Paula y Alejandro hablan de fotos y cerveza. No hay en ellos prisa, ni temor, ni recelo ante el intruso que llega e interrumpe su testimonio de pureza humana sentados en la barra baja de la Revoltosa. Saben de qué va. Milagro de los bares. Y eso que son jóvenes, aunque seguramente el hierro de la vida les haya dado ya puyazos de pronóstico que ellos soportan con casta de bravos resistentes. La vida embiste y ellos cabalgan. A galopar.

Me recuerdan a los “Formales y el frío” de Bennedeti. Me recuerdan a esos diputados recién estrenados que se sientan en los escaños vacíos del Congreso a tratar de arreglar el mundo sin saber que sus jefes ya se dan por contentos arreglando el suyo. Me recuerdan a mí cuando aún tenía fe, esperanza y calidad. Calidad humana con ojos limpios.

Miro a Paula y Alejandro. Les hago unas fotos y les prometo escribir sobre ellos. Se ríen como diciendo miratúquépijadasseleocurrenaeste. Los viejos impotentes de esperanzas y sentimientos tenemos el recurso de las letras, el consolador que alivia nuestro paulatino viaje a ninguna parte que nos aleja de la pureza inesperada de Paula y Alejandro, sentados en la barra baja de La Revoltosa, hablando de fotos, tomando una cerveza y presagiando contra todo pronóstico que igual este mundo tiene algún remedio que ellos esconden en sus ojos de mirada limpia.

Va por vosotros.

Iglesias, Cebrián y los periodistas

Si se mira bien, Juan Luis Cebrián y Pablo Iglesias comparten una estimación muy similar sobre los medios de comunicación, aunque pudiera parecer que están en las antípodas en lo que a este asunto se refiere. Juan Luis y Pablo, Pablo y Juan Luis, quieren ser los controladores de lo que se publica, quieren ser censores, filtradores, inquisidores o inspiradores, según sea el caso. Juan Luis lo hace desde hace tiempo con mano de ERE, siendo el que más manda en un complejo mediático y financiero de muchas campanillas, siendo académico de la Lengua, honorable analista de la economía y la política patria; prologuista, monologuista, monopolista, muñidor de pactos en los que las noticias y la comunicación hacen de lubricante para negocios e influencias.

Pablo Iglesias, aparte de manejar la Tuerka, su medio con pretensiones de mosca cojonera del periodismo clásico que él controla como un pequeño ciudadano Kane, propone que el Estado ponga coto a la expansión de los grupos de comunicación privados. Antes de soñar con nacionalizar los bancos, Iglesias prefiere estatalizar los medios porque sabe, como Cebrián, que son llave de poder e influencias, un producto al que de vez en cuando conviene aplicar la “ley seca”, una bestia que conviene tener domesticada para que no embista por donde no debe. Al margen de que el líder de Podemos se cachondee de una periodista en público porque lleva abrigo de pieles o ponga en la picota a un redactor de “El Mundo” porque no le gustan sus titulares, lo que en realidad quiere es tener el mismo poder que Cebrián sobre lo que aparece en las primeras páginas. Ahí está el secreto: el periodismo es cojonudo si es mío, si yo mando en él. Ni a uno ni a otro interesa el futuro de la profesión o los profesionales, ni tiene previsto hacer nada por su dignificación. Cebrián considera que a los 50 años ya nadie es apto para dar noticias e Iglesias sostiene que la independencia y credibilidad de un redactor depende de la empresa para la que trabaje. Ambos opinan que ellos mismos son las únicas personas adecuadas para poner puertas a lo que se publica o no se publica. Cebrián lo hace con el poder de su dinero y la autorización de los consejos de administración que preside; Iglesias quiere hacerlo a golpe de Boletín Oficial del Estado y Consejo de Ministros aspirando en el fondo a una especie de nueva Prensa del Movimiento de infausta memoria. En manos de ambos el periodismo es un producto que solo tiene un valor relativo, el que sirve a determinados intereses económicos o políticos; más allá de ahí y si no responden a las expectativas previstas los medios y sus profesionales son intercambiables, presionables, expulsables o permanentemente cuestionables.

No me gusta ninguna de las dos versiones de mercader de noticias que nos proponen ambos sujetos desde sus respectivas torres de marfil: el capitalismo desalmado y el estatalismo trasnochado. Las dos temen a la libertad y desprecian la inteligencia de los espectadores y la ética e independencia de los profesionales. Cualquiera de las dos acabará con esta profesión.

Mezclas y cacaos

Supongamos que a una persona le gusta mucho el café, pero siente a la vez idéntica pasión por el chocolate. Unas mañanas desayuna una negra taza de torrefacto molido y aromático, y otros días un tazón de potente cacao. Así hasta que alguien le dice que se ha descubierto la bebida perfecta: el café-cao o chocofé, mezcla ideal de sus dos bebidas matinales. Usted puede ser a la vez Juan Valdés y el negrito del África tropical.

Excitado a la vez por los encantos del marketing y el llamado boca-oreja de los amigos, nuestro protagonista se lanza como un poseso al supermercado y compra la nueva mixtura que terminará con sus hamletianas meditaciones de cada mañana. Se acabó la metódica duda, la bipolaridad del desayuno, la necesidad diaria de elegir entre cafetera o chocolatera. Todo en uno, mezclado a gusto del fabricante que ha visto en el invento del café-cao o el chocofé (hay gente que tiene muy claro cómo llamar al bebedizo) un “nicho de mercado” a explotar ya que, al parecer, hay mucha gente que ama por igual el café y el chocolate. Además, y esto es lo que no se cuenta, los comerciantes de cacao y café han notado una flojera en el mercado a causa de la competencia de las bebidas de soja y otros sucedáneos, situación que recomienda prever medidas urgentes para evitar la reducción de la demanda y la caída de los beneficios.

Así que nuestro personaje madruga una mañana más y despierta emocionado porque al fin va a probar el desayuno definitivo. Abre el paquete con manos temblorosas, como los niños desempaquetan los regalos de los Reyes Magos, calienta la leche a su justa temperatura, realiza la mezcla, revuelve y, por fin, vierte en la taza el humeante milagro alimenticio y sociológico del momento. Más, ¡ay!, pronto advierte que el chocofé o cómo se llame no huele a la nada. Y, ¡ay otra vez!, lo peor de todo es que tampoco sabe a nada, ni a café, ni a chocolate, ni a nada. Indignado, frustrado y lloroso nuestro amigo lanza al fregadero el maldito caldo del demonio y mezcla con el pienso del gato los polvos restantes de café-cao. El gato se niega a probar bocado. Nuestro protagonista jura que a partir de ahora solo desayunará leche de cebada.

Con todo esto quiero decirles que no cuenten conmigo para probar la mezcla IU-Podemos por muy prometedora que parezca y por muy guapo que sea el marketing político con el que me la vendan. Tras escuchar durante meses las lindezas de que los chicos de morado dijeron sobre Garzón y compañía, no entiendo esta repentina fusión por eliminación, esta fingida hermandad, este juntar agua y aceite. Es sabido que no se juega con las cosas de comer y que los experimentos se hacen con gaseosa, no con votos. Antes de tener que digerir eso vale más quedarse en ayunas.

Dos formas de ver un pañuelo palestino

Tal vez sería mejor que el mundo estuviera gobernado por los hermanos Marx, más que nada por tener una idea cabal de dónde y cómo se toman las decisiones. Resultaría entonces comprensible el hecho de que los alumnos de los colegios asturianos vayan a un cuartel como parte de su educación (no sé si sentimental o práctica) a aprender a distinguir los pañuelos palestinos de los afganos con el fin de hacer puntería en ellos, todo ello mientras empuñan un arma de última generación en la que las criaturas ven por fin unida la ficción de los videojuegos con la brutalidad de la guerra.

Casi al mismo tiempo que suceden estas cosas, en Asturias hay nueve activistas pro Palestina que se enfrentan a 15 años de cárcel por manifestarse ante un edificio público rechazando la actuación de un grupo de danza israelí. Estas nueve personas, a alguna de las cuales conozco y aprecio porque hizo cosas desde la actividad pública que han contribuido a mejorar esta ciudad en la que vivimos, consideran que los palestinos solo deben ser objeto de protección, no de exterminio, ya lleven un pañuelo en la cabeza o vayan con ella descubierta. Su delito fue la protesta callejera, una actividad cada vez peor vista en este mundo tan silencioso y tan dado a considerar que los problemas importan en la medida de su proximidad geográfica. Palestina está demasiado lejos y encima hay allí mucho árabe que vaya usted a saber.

Si los estudiantes de los institutos asturianos tienen madurez suficiente para ir al cuartel de Cabo Noval a valorar el peso y las medidas de una escopeta y a poner en la mira del arma un pañuelo de procedencia islámica o similar como objetivo de un hipotético disparo, también deberían recibir en las aulas lecciones de desobediencia cívica y estudiar el valor de la opinión y la movilización en la sociedad democrática (sic) en la que viven. También deberán ser informados de sus derechos y deberes y del papel de las fuerzas de Seguridad del Estado. Puede que ninguno de estos chavales llegue nunca matar a nadie, y que el arma más agresiva que empuñen en su vida sea un sacarcorchos. Es cierto, pero es bastante más probable que en su vida tengan que tomar decisiones éticas y morales y adoptar posición personal ante las injusticias que se producen cerca o lejos de ellos y en las que mueren miles de seres humanos. Para saber algo de eso, para formarse en la dura disciplina de vivir con ideas propias, son más fiables las manifestaciones que los cuarteles, y suelen enriquecer más las lecciones que dan los ciudadanos que se juegan ir a la cárcel por defender las causas de personas a las que no conocen que los ejércitos, instituciones que, no nos engañemos, han sido creadas y son mantenidas para acabar con gente a la que tampoco conocen por el mero hecho de ser el enemigo.

Hay dos formas de ver un pañuelo palestino: una lleva a la guerra y la otra a la cárcel.

Panamá

José Manuel Soria empezó su carrera política queriendo parecerse a Aznar y la ha terminado siendo clavadito a Mario Conde. En menos de dos minutos de Telediario pudo verse esta sorprendente mutación, casi tan sorprendente como la de Benjamín Button, aunque puede que más esperable si se tiene en cuenta la evolución de muchos miembros de la clase política española, todos queriendo parecerse a Peter Pan en los inicios y terminando todos con la misma pinta que el capitán Garfio. El propio Mario Conde hizo un camino similar, aunque más completo. Primero fue banquero, seguidamente fue defraudador, luego quiso ser político y ha terminado de nuevo en el calabozo. Las puertas giratorias de la política no siempre llevan a donde se espera. Son como las de aquel programa llamado “Humor amarillo”. Unas franqueaban el paso al concursante hacia la fama y la fortuna, pero otras eran una trampa mortal que desembocaba en manos de un ogro o en una charca infecta. Soria y Conde han terminado en el mismo lodazal donde ya chapotean más condenados que en el infierno de Dante.

Y lo que son las cosas, al cabo de estos años parece ser que Aznar y Soria podrían tener algún parentesco que va más allá del parecido físico, ya que ambos son defraudadores al fisco por parte de padres políticos. Es verdad que el ex presidente ha dedicado más tiempo a escribir unas memorias en la que España es un paraíso gracias a él, que a crear empresas en paraísos fiscales (que se sepa, por ahora). El tipo del bigote menguante solo debe 70.000 euros al fisco, cosa que le puede pasar a cualquiera. Aznar, Soria, el alcalde de Granada, los cuarenta ladrones de Valencia, Urdangarín, su esposa, los de los chanchullos andaluces del PSOE y todos los demás que ustedes ya saben pueden hacerse unas camisetas en las que proclamen “todos somos Mario Conde”, o bien ofrecer a Mario Conde un puesto de ministro en funciones en este eterno gobierno de interinos. Como en una epidemia, cada vez hay más políticos y cargos públicos en España que se parecen a Mario Conde, un proceso de clonación mucho más efectivo que el de la oveja Dolly o los niños del Brasil.

Dicen que en Madrid se va a construir el rascacielos más alto de Europa. Seguro que desde la azotea se verá Panamá.

Ilustres fregonas

Ignoro si las pescaderas y fregadoras tienen la capacidad para ser alcaldesas de Barcelona o de otro sitio. No soy académico ni escritor de éxito como Félix de Azúa para penetrar en tan hondos misterios de catalogación de la condición humana, y por esa misma razón u otras peores tampoco sé si los escritores como él o como otros parecidos tienen capacidad, derecho y conocimiento para hablar de política y sentar cátedra sobre quién está preparado y para qué cargo. Si hay que poner límites (“líneas rojas” como se dice ahora hasta la náusea) habrá que ponerlos para todos. ¿Qué pasaría si la pescadera de la esquina o la alcaldesa de Barcelona dijeran que la obra de Azúa o de Vargas Llosa son ambas un coñazo, que prefieren a Faulkner con pasión como les pasaba a los vecinos del pueblo de “Amanece que no es poco”? ¿Deberían ambos autores de dejar de escribir tras ser censurados por quienes son sus lectoras y dedicarse por ejemplo a la venta de pescado al por menor o a fregar portales? ¿Tiene menos valor la opinión literaria de una pescadera o de una alcaldesa que la opinión política de un escritor? Parece que sí.

Es este un debate interesante porque hay muchos escritores y asimilados que se han dedicado a la política, algunos de ellos saliendo muy beneficiados de esa actividad o encontrando en ella el modo de atecharse para pasar una mala racha de inspiración literaria o artística. Pese a esta circunstancia jamás escuché a la Asociación Nacional de Minoristas de Pescado o a la portavoz del Colectivo de Empleadas Domésticas poner el grito en el cielo por el hecho de que Camilo José Cela fuera en su día senador a dedo, o que Vargas Llosa se presentara a las elecciones en Perú. Winston Churchill fue Premio Nobel de literatura como los dos anteriores, abriendo la puerta giratoria para que políticos en fase de desguace escriban unos truños infumables para disfrazar la historia con sus presuntas heroicidades. No sé cuántas pescaderas y limpiadoras habrán comprado las memorias de Zapatero o Aznar ya que, siguiendo el criterio de Azúa, no son público objetivo para meterles el diente a libros escritos por gente de cerebro tan valioso. ¿Para quién escriben los políticos cuando se meten a escritores?

Uno ha conocido a porteros de finca urbana, camareros o pescaderas con capacidad sobrada para ser primeros ministros, no digamos ya alcaldes o alcaldesas. También se ha cruzado con doctores, catedráticos y escritores cuya estupidez, engreimiento y ausencia de empatía haría pensar que su cociente intelectual apenas supera al de un mandril. Sin embargo, muchos de ellos han alcanzado altos puestos de responsabilidad en nuestra sociedad, a veces gracias a los votos de las pescaderas y otros seres de la tropa ciudadana a quienes ningunean.

A mí me parece que, por desgracia para todos, el mundo está cada vez más lleno de pescaderas y limpiadoras que desprecian a políticos y  escritores (salvo a Belén Esteban o Jorge Javier) y de políticos y escritores que ignoran a pescaderas, limpiadoras y compañía.  Puede que el saneamiento de la democracia deba empezar por pensar que una pescadera puede ser alcaldesa si quiere y la eligen, y que la opinión de un escritor sobre la actualidad es una más y no siempre la más acertada. Tal vez un mundo de ilustres fregonas en el gobierno resultase más justo y menos canalla que este que nos despierta a diario.

Juanín Arbués. Que ya no está.

juan arbues

En memoria de Juan Arbués Ortea 1955-2016. Profesor de Historia, escultor, pintor, autodidacta, conversador infatigable, analista agudo de cualquier realidad y amigo. Gracias a su familia por dejarme leer este texto en sus honras fúnebres. DEP

No nos hagas estas cosas, Arbués. No te mueras así, sin avisar. No te mueras a lo Panenka, amagando, diciéndonos un día que a ver si tomamos algo y muriéndotenos por la escuadra tres días después, y dejándonos a todos secos, sentados en el suelo con cara de bobos, sin entender por donde nos la han metido una vez más. Porque sabes ya a estas horas que nos engañaste a todos diciendo que todo estaba bajo control, y nosotros nos dejamos engañar porque no queríamos perder todavía a un tipo como tú que marcó a fuego en nuestro vocabulario palabras como furruncio o estroncio, que patentó para nosotros sobrenombres tan enormes como “el asombro del Piles”, “el espanto de Vidiago”, “el argayu de Candás”, “la que foza en Morcín”, “el tormento de Piloña”, que nos llamaba calambur, anacoluto o sinalefa, o que resumió la monotonía de los menús del restaurante en el que tanto castigamos el cuerpo y solazamos el alma bautizándolo simplemente como pizzería La Amalgama.

No estamos preparados para vivir como es debido sin tener cerca a alguien de tu especie, de tu extraña raza mestiza cruce de un San Julián de Somió lleno aún de señoras con mantilla y de la Ibiza más cruda, canalla y golfa en la que aprendiste de todo, especialmente a ser Juan Arbués para ejercer de él a fondo, hasta el mismo día en que se acabó este partido sin prórrogas en el que jugaste como un señor hasta el último minuto de descuento, dándolo todo, sin aspavientos, sin un mal gesto, sin tirarte a la piscina, sin más broncas de las necesarias con el árbitro aunque fuera casero, cegato, fondón y cabrón.

No es posible, Juanín. No te creo de muerto, esto es una broma. No puede ser que nos la hayas armado otra vez, adelantándonos como una insolación, como una instalación como una exhalación: como cuando compraste moto y la pilotabas como el mismísimo Barón Rojo; como cuando le enseñaste más matemáticas a mi hija en quince días que su profesor en todo un curso; como cuando nos presentaste a Puri con el orgullo de quien enseña un alijo de la mejor mercancía del mundo; como cuando hablabas de tus hijos o tus hermanos a la mínima disculpa; como cuando nos enseñaste tus excelentes botas para el frío de los pies que, sin embargo, me advertiste con tu risa cabrona y burlona que yo no debería comprar nunca porque parecería a don Pimpón el de Barrio Sésamo.

No me jodas, Juanín. Ven a reñir conmigo, a llevarme la contraria, a explicarme otra vez por qué Reus es la ciudad más fea del mundo o cómo era aquella ferretería de Tarragona, toda gris, llena de infinitos armarios llenos de cajones grises en la que cada empleado, vestido de gris, sabía ubicar perfectamente el tornillo que tú fuiste a comprar.

Este mundo que nos dejas para manejar desde ahora nosotros solos se va a parecer cada vez más a esa ferretería anodina en la que no queda un Juan Arbués capaz de contar con gracia las desgracias, de afinar la guitarra con unos alicates para tocar por Sabina o María Jiménez, de embrujar una sobremesa con una historia de una ex novia que, vengativa, vomitaba cada noche a la puerta del galán, de analizar lo que pasa en la Moncloa o en el Molinón con lucidez y sentido, de hacer un arroz cojonudo con una lata de bonito y dos dientes de ajo, de pintar Cimadevilla desde la ventana, de esculpir, de crear espacios con barras de hierro, de clavar de una sola imitación a un playu grandón que habla con la televisión en el bar Los Caracoles, de escribir, de huir de las multitudes pese a ser capaz de congregarlas, de ser generoso como pocos saben.

No fastidies, Juanín. Que hace quince días comimos garbanzos y bebimos vino de lo barato y tomamos guisqui de Segovia como si fuera Chivas mientras nos contaste a Chema a mi como toreabas con un paño de cocina a aquella abuela tuya, negra, zaína, mansa y ciega, que paseaba pasillo adelante y atrás disciplinando sus tripas mientras tú cuajabas faenas históricas con el trapo de secar los platos. Y qué verónicas, qué pases de pecho, qué naturales, Juanín. Tanto hemos llorado de risa contigo en vida que cada vez que lloremos tu muerte te veremos torear con un paño de cocina a la abuela y al llorar de pena y risa, al llorar de pura ausencia, pensaremos por donde se ha ido tanta vida junta y rompedora, tanto humor, tanto talento natural, tanto descaro tierno y tantas ganas de seguir en activo a pesar de las lesiones, de los malos fichajes y de las alineaciones indebidas, tantas ganas de seguir pensando que aún quedaban tardes de gloria por las que esta estafa tiene sentido.

Me callo ya porque esta palabrería de juntaletras herido solo tapa el silencio que deja la muerte cuando viene de visita sin que nadie la invite y se lleva lo mejor que había en casa.

No me gustan las necrológicas porque en el fondo parece que están escritas a mayor honra del vivo que las lee que a la del muerto a la que se dedican. Lo sé, Juanín, tú sabrás perdonarme una vez más más.

Juanín querido, por si te gustan más, hay unos versos de Serrat que me vinieron a la cabeza cuando supe de este desastre y no encontraba palabras propias para explicarme que coño estaba pasando una vez más, y cómo es posible que la última vez que te vimos estuvieras tan vivo aunque te morías sin decirlo. Van por tí:

Mis amigos son gente cumplidora

que acuden cuando saben que yo espero.

Si les roza la muerte disimulan,

que para ellos la amistad es lo primero”

Gracias por quererme, por dejarme compartir contigo parte de tu vida.

Hasta siempre, amigo.