Estigma Queen

Cuando abandonó el convento por propia voluntad, la reverenda madre Cleofé de Arimatea decidió que lo primero que tenía que hacer en su nueva vida era cambiarse el nombre. Tras más de diez años atendiendo por Cleofé de Arimatea, sobrenombre que tomó al entrar en religión, le resultaba difícil recuperar el suyo: Felipa González. Recordaba que al hacerse novicia las monjas más viejas de la comunidad consideraron urgente que la nueva hermana arrancase de sus señas de identidad un nombre y un apellido que, amén de ser muy bastos, recordaban de forma grosera e hiriente al diabólico socialista que, según ellas, tanto daño había hecho a España y a la religión. Así que Felipa González fue rebautizada como Cleofé de Arimatea en recuerdo de Santa María Cleofé o Cleofás, hermana de la Virgen María y, por tanto, tía de Jesucristo. Menuda responsabilidad tuvo que haber sido tener un sobrino como aquél, pensaba Felipa cuando era Cleofé.

En fin, que al salir de los muros conventuales la vida de la ex monja se complicaba en todos los aspectos, desde elegir nuevo nombre, hasta tener que buscarse un nuevo oficio en aquella España que entonces vivía la plena burbuja del ladrillo y en la que mandaba un tipo llamado Aznar, jefe de un partido muy poco amigo de Felipe González y, cabía suponer, de cualquiera que como ella fuera portadora de un nombre tan parecido al del pérfido sociata. Así que se cuidó mucho de revelar su verdadera identidad y siguió firmando solicitudes de empleo con su antiguo nombre conventual, tratando de abrirse camino y empezar una nueva vida.

Tras meses y meses de peregrinar por agencias de colocación, empresas de trabajo temporal y otras sucursales regentadas por negreros y esclavistas con corbata de seda en los que lo mejor que se le ofrecía era pagar por trabajar, Felipa conoció en un bar de Onteniente a un sobrino nieto de Rita Barberá que se hacía llamar el Mañas, un auténtico sinvergüenza que lo mismo organizaba un concurso de misses para Canal Nou o la visita de un imitador del Papa,  que trasegaba subvenciones a fondo perdido para la cría de caracoles. Con su labia y un par de copas de Soberano con Coca Cola, el Mañas se llevó al huerto a Felipa,  mujer aún de buen ver cuyas carnes se mantenían tersas gracias al ejercicio y la buena alimentación del cenobio. Por aquella época el Mañas colaboraba en la puesta en marcha de una cadena de locales de strip tease de carretera y vio con claridad que una antigua monja metida a stripper sería una deslumbrante y morbosa novedad en el mercado de la carne. Así que propuso el negocio a Felipa quien tras ciertos remilgos iniciales aceptó encantada con una sola condición: elegir un nombre artístico adecuado. No sería Felipa ni Cleofé, sería Estigma Queen, la reina del strip tease místico, el cuerpo del pecado llegado del retiro conventual que admiraba a los borrachos del club mostrando en sus desnudos una marcha de nacimiento visible en su nalga derecha que recordaba a la Virgen del Pilar y que, según ella y el Mañas aseguraban, era un estigma milagroso. Si bien Estigma Queen triunfó durante un tiempo, su fama se marchitó pronto ya que los clientes más pacatos y catolicones que se refugiaban en la sombra del local vieron en la nalga de la antigua monja un serio aviso del Señor para dejar tanto vicio. El Mañas se deshizo pronto de la pobre Felipa que, humillada, pidió el reingreso en su convento. Hoy es una virtuosa madre superiora que, en secreto, sigue llevando un liguero y medias de seda bajo su hábito de basta tela de saco.

Jetas

La política tiene un indudable valor educativo. Lo acaba de demostrar su señoría Ignacio Prendes ejemplificando de manera esquemática, clarita y para todos los públicos lo que es la jeta en la acepción de “desfachatez” que recoge el ameno diccionario de la Real Academia Española. Cuando el señor Prendes era un concienciado estudiante y se encerraba en las sacristías de las iglesias demandando el 0,7% del PIB y la solidaridad mundial, tal vez soñaba ya con convertirse en un repúblico notable amarrado al duro banco de la galera parlamentaria. Y ahí lo tenemos. Quien se nos ha presentado durante estos cuatro años como el árbitro de todas las comisiones parlamentarias, un Perry Mason de la alcantarilla autonómica, el hombre mesurado, moderado y flemático que le bailó el agua al PSOE y al PP con excelentes resultados para todos, se ha revelado en menos de una semana como un trapecista más del circo político que, sin apenas despeinarse, no ha acabado el mandato con un partido para ser ya el candidato de otro. ¡Ale hop! Quienes prestaron sus votos a UPyD porque se fiaban de la palabra del letrado Prendes, ese chico tan formal, se habrán quedado alelados al verle ahora prestando su jeta (en su acepción de rostro humano en este caso) al inminente cartel de Ciudadanos.

Lo que parece claro es que don Prendes ha sido durante estos años un alumno aventajado de su ahora odiada Rosa Díez, máxime en lo tocante a considerar la política como una carrera vitalicia. La señora Díez, otra jeta de altos vuelos con ese aire tan calcado a Cruella de Vil, aunque en vez de despellejar perritos se dedica a desollar a los críticos, no quiere que le hagan sombra y el señor Prendes no quieren que le hagan astillas porque lo que él quiere es seguir en la pomada. Así que viendo llegar el Armagedón magenta puso en liquidación por derribo su escaño, su programa electoral y hasta su media docena de asesores (igual entran en la negociación de su traspaso al cotolengo del señorito Rivera, ya se verá) y se siente ya un hombre nuevo en su nuevo traje. ¿Quién es el verdadero Prendes? ¿El de la cosa magenta? ¿El de Albertito Rivera? A ver si aún no se ha descubierto a sí mismo y en las próximas elecciones se apunta a Podemos.

La regeneración política y las nuevas maneras de estar en la cosa pública están en manos de jetas y trapisondistas que un día piden el voto para estos y mañana para los otros. Pronto conseguirán que no votemos a ningunos.

Leontino Delicado

Leontino Delicado fue barman de palabras. Se ganó la vida haciendo cócteles de sujetos y predicados, mezclando nombres, adjetivos, verbos, adverbios y preposiciones con enorme maestría. Leontino sufrió de niño problemas de tartamudez y dislexia que consiguió dejar atrás gracias a una innovadora terapia de jarabe de letras que su madre le daba cada noche en orden alfabético y a cucharadas, siempre bien mezcladas con leche templada y miel. La señora Delicado quiso agilizar el proceso de curación de su hijo a base de la ingesta diaria de sopas de letras para cenar, pero tuvo que renunciar a este tratamiento de choque porque a Leontino le hacían daño los rabos de las eñes, llamadas correctamente virgulillas,  que se escapaban entre el caldo y cuyo tamaño hacía imposible su localización ni con un colador o chino de los más menudos.

El caso es que, gracias a estas terapias experimentales, Leontino delicado llegó a la edad adulta sin rastro alguno de sus problemas para hablar. Tal vez si aquel rey inglés tartamudo hubiera conocido la terapia de letras de la familia Delicado no habría tenido que aguantar a estrictos preceptores de la pronunciación ni a domadores de lenguas con frenillo. Pasaron los años y Leontino investigó la aplicación en adultos de las recetas caseras de su madre. Tras varios años de investigación consiguió patentar la fórmula del cóctel de palabras, un combinado para tomar entre horas o antes de las comidas que permitía hacer una perfecta digestión para después tragarse o después de haberse tragado, pongamos por caso, una reunión de trabajo, una campaña electoral, la bronca del jefe, un sálvame de luxe o cualquier tipo de amasijo indigesto de palabrería infame.

Los cócteles de palabras de Leontino Delicado eran mano de santo, infusiones milagrosas y personalizadas, porque había uno para cada ocasión en función de si el barman de la palabras usaba sujetos, verbos y predicados con mayor o menor índice de toxicidad. Por ejemplo, el verbo contraer estaba embotellado en un envase a prueba de balas a pesar de tener un aspecto de palabra inofensiva. A Leontino le daba mucho miedo que cualquiera pudiera combinar con igual soltura contraer el sida que contraer matrimonio. Este caso avalaba su tesis de que las palabras deben ser mezcladas con cuidado y consumidas por la persona adecuada en cada caso. Una mala mezcla de palabras podría ser mortal, como por ejemplo democracia orgánica, socialismo real, compañeros de partido,  amor eterno, movilidad laboral, crecimiento negativo, religión obligatoria o indemnización diferida.

A Leontino le gustaban más los cócteles de palabras ligeras y sin aparente sentido, cócteles para el aperitivo o digestivos para la sobremesa que sus clientes pedían a diario para  tomar o para llevar y a los que cada uno de ellos encontraba un sabor y unos matices diferentes que luego utilizaba para expresarse en su vida cotidiana. Entre los combinados más célebres  de Leontino Delicado, están recaudar orinales, trasegar fe, madre flauta, vender atmósfera, ponderar gallinas,  padre apocalíptico, suegra desnatada, salacot taquigráfico, espatulomancia irreversible, contratos epicenos, marido ranura, tierra tierna o hijos de la gran suerte, entre muchos otros.

Leontino fue condecorado con la estrella Michelín de la Real Academia de la Lengua estofada.

¿Quién engañó a Gijón?

La precampaña electoral a las municipales de Gijón va camino de convertirse en la segunda parte de “¿Quién engañó a Roger Rabbit?” aquella divertida película en la que el mundo de los dibujos animados se mezclaba de forma constante con la realidad. En Gijonlandia, país de fantasía, el gran debate se centra estos días en el dibujo de una presunta e ideal remodelación de El Muro, enésima paja mental del onanismo político que nos invade y en la que, por cierto, el martillo de Capua desaparece milagrosamente. Con la colaboración inestimable del producciones Voceros de Vocento, entusiastas divulgadores de todo aquello que lleva la firma de la factoría Moriyón aunque su valor informativo sea el mismo que el de las aventuras de Anacleto, agente secreto, los grandes partidos (sic) han entrado al trapo de las fantasías animadas de ayer, hoy y siempre que tan útiles son para tapar los enormes agujeros que todos ellos tienen en su ausencia de propuestas para Gijón. Candidatos de desecho de tienta que se nos presentan como flamantes paladines que defenderán nuestro presente y nuestro futuro. Todo tinta china. En esta ciudad en la que lo todo lo fundamental sigue sin terminar pero en la que siempre hay tiempo para los dibujos animados que tanto juego dan en las tertulias de los chigres, se nos avecina una campaña de dibujos animados en la que el intento de confundir realidad y ficción será constante.

Tras cuatro años de no hacer nada, con un balance de gobierno que se resume en un carril-bici y una gestión económica y social que coloca a esta ciudad en las zonas de alarma de la pobreza infantil según Unicef, la alcaldesa inédita se lanza por la vía del consabido victimismo frente al no menos inoperante gobierno socialista de Asturias, y se dispone a crear un Gijón paralelo de dibujos animados para entretener al personal en una discusión sobre bocetos y crear la sensación de que Foro nos llevará al otro lado del espejo y de las infografías para descubrir allí un mundo perfecto en el que seremos felices.

Pasan estas cosas mientras Gijón sigue siendo engañada sin estación de autobuses, sin plan ferroviario, sin saber para que sirve el túnel del metrotrén, sin accesos a la ciudad por la oeste, sin ZALIA, sin un plan de empleo e industrial realmente efectivo, pero con 40 millones de euros que, al parecer, están disponibles para jugar a las casitas en el Muro en una nueva huída hacia adelante que solo revela la impotencia, la inutilidad y la superficialidad de quienes no tienen otro plan para Gijón que no sea el de seguir tratando de engañarnos a todos. ¿De dónde ha salido de pronto tanto dinero? ¿Lo fabrican por la noche en sus imprentas los golfos apandadores y el tío Gilito? Ya está bien de tanto engañar a esta ciudad. No se lo merece.

Causas

En 24 horas hubo en España cinco muertos por violencia de género, niños incluidos. O sea que varios hijos de puta perfectamente identificados y puede que sin padecer depresión alguna, se montaron en el salón su propio calvario portátil y abrieron la veda de las crucifixiones sin esperar ni a que Pilatos se lavara las manos. En diez días como ese y a ese ritmo de descabellos, fíjense que bien salen las cuentas, tendríamos sobre el mapa tantas muertas (aquí el femenino no es cortesía, es realidad) como todos los viajeros del avión de Germanwings. Los muertos no tienen cura, así los maten contra los Alpes o contra la meseta de mármol de la cocina, de manera que no debería haber categorías de muertos como tampoco debería haber muertos de categoría y muertas de relleno, muertos de Telediario primera edición y muertas de lo de siempre.

Ya digo que los hijos de perra que mataron a mujeres y niños en sus propios y domésticos vuelos de la muerte, jamás darán la cara en ninguna televisión porque son criminales de reemplazo. Alguno se suicidó con éxito, cosa de la que me alegro. No sabremos de ellos ni las iniciales. No han hecho nada original. Matar a la parienta y a los guajes es un crimen low cost como hay tantos al año. No tiene el dramatismo de una catástrofe aérea, ni da juego en las tertulias para lucimiento del coro de babayos que el lunes eran ingenieros aeronáuticos y psiquiatras el miércoles. No irán a la capilla ardiente ni Mariano ni nadie, ni saldrá el fiscal por la tele explicando con detalle que, antes de ser estrellada contra los azulejos de la cocina,  se escuchó a una de las muertas aporrear la puerta pidiendo por favor y a gritos que la dejasen salir del horror en vuelo raso que iba pilotado por un asesino con sonrisa de hiena, que lo mismo quiere mucho a su mamá y hasta recibió un frasco de colonia y trabajos manuales de sus hijos como regalo del Día del Padre. Nadie nos dirá si esos tipos tenían los papeles en regla, si habían pasado todos los exámenes para ser padres y maridos, si tenían antecedentes psiquiátricos, si cuando se emborrachaban soltaban la mano más de la cuenta, ni nos dirán tampoco qué día saldrán de la cárcel tan pichis y con el contador a cero.

Si les hubieran dejado elegir, esas mujeres y esos niños hubieran preferido morir en el avión de los Alpes. Por lo menos las causas de su muerte absurda habrían sido minuciosamente explicadas en el Telediario.

 

Cumpleaños

Ahora que tengo ya 54 años y tres días me siento como un recién envejecido. Por más que me esfuerzo yo no recuerdo cuando me sentí como un recién nacido, no sé ustedes, pero calculo que debió ser lo mismo que siento ahora, aunque colocando un cero patatero en el casillero de los años. Y al estar recién envejecido, con casi tantos dientes como cuando tenía cero años más tres días, observo el mundo a veces con la cara pasmosa de un lactante aunque sé bien que solo soy un mamón, o que al menos así me consideran el gobierno y la oposición que estos días prostituyen sus cuerpos siliconados con promesas falsas en las esquinas que dan a las elecciones. Cuando tenía cero años y tres días no era huérfano del todo. Ahora lo soy de padre y de hermana y también de algunos amigos idos o despedidos, huérfano de pasiones y desdentado de ilusiones, promesas y compromisos, lactante de leche agria que se me acumula en las ubres arrugadas de la edad.

Con 54 años y tres días sigo llorando algunas noches con el mismo desconsuelo que cuando tenía solo tres días y cero años, pero lloro en voz baja o hacia adentro para tratar de aparentar madurez, solvencia, control de mi mismo y de mis esfínteres superiores. Porque a partir de cierta edad uno puede dejar la última gota en el calzoncillo y decir que la culpa es de la próstata, pero no se le permite dejar gotas de llanto en ninguna parte y echarle la culpa a la vida en general. A esta edad recién estrenada sé que tengo ganado no volver a la escuela con olor a sudor y goma de borrar, ni hacer la mili, ni decidir qué carrera estudiar, ni ser el nuevo, el novato, ni el principiante. Ya podré decir que todo era de esperar, que nunca llovió que no escampara, que nadie da duros a cuatro pesetas y esas cosas que se dicen cuando la inocencia es un lujo que a esta edad no se puede andar exhibiendo por ahí sin ser calificado de imbécil. Puedo decir, como dijo un poeta, que me sé todos los cuentos aunque, en realidad, espero cada noche que una voz misteriosa me cuente alguna historia con la que conciliar el sueño como hacen los bebés que huelen a Nenuco.

A los cero años y tres días vivía entre recién nacidos y ahora cada vez vivo más entre recién muertos. Son cosas de la edad que seguirán pasando hasta que el marcador lo ponga todo a cero y la historia sea nuestra única fe de vida. Hasta entonces, buen viaje.

María Sota de Bastos

María Sota de Bastos era esa: la sota de bastos. Quiso adaptar su nombre a los tiempos modernos y ser conocida por la Porrera (por aquello de la porra que lleva sobre su hombro derecho), pero su padre, un tipo muy seco llamado Heraclio Fournier, alegó que las normas del gremio de los naipes son muy estrictas y que nada de cambios. Porque, claro, Sota tenía marcado el destino desde su nacimiento. Jamás posaría para un pintor de fama, ni integraría el conjunto de imágenes de un escudo nobiliario, un retablo religioso, ni siquiera tendría la suerte de ser el mascarón de proa de un barco aventurero que surcara los siete mares, ni tampoco el símbolo de un coche inglés de postín, como lo era aquella lejana prima suya con alas que coronaba tan altiva y graciosa, como la Campanilla de Peter Pan, los morros de cada Rolls Royce.

Ya no pedía ser la Venus de Milo, aunque fuese manca, ni la Victoria de Samotracia para estar en el Louvre aunque decapitada. Le bastaba con haber podido dedicar su vida a ser otra estampa más refinada. Pero no, ella no sería ninguna de esas figuras porque estaba condenada para siempre a posar vestida con aquel atuendo de soldadito mamarracho, incluidos los leotardos, capa corta y falditas de romano. Y para colmo debería llevar al hombro un garrote. ¿Para qué? ¿A quien iba a amenazar con aquella cachiporra que la hacía parecer un muñeco de guiñol más que otra cosa? ¿Qué dignidad marcial le daba aquel palitroque mal talado y peor pulido? NInguna.

Descartada la posibilidad de cambiar su puesto con la Sota de oros, tan enjoyada y orgullosa ella con su medallón, o con la de espadas, portadora de un arma defensiva como Dios manda, María Sota de Bastos se habría conformado con ser la Sota de copas pese a ser consciente del riesgo de alcoholizarse en aquel palo de la baraja sin poder apartar de sí ese cáliz. Borracha y todo habría soportado mejor aguantar tardes interminables de tute, brisca, julepe, mus o siete y media recibiendo en su cara el humo de los cigarros de los jugadores, sus blasfemias y salivazos, o los manotazos tremendos con los que cantaban las cuarenta.

Intentó fugarse con el caballo de bastos, pero a él le iban más los  jinetes que las amazonas. Trató de formar parte de la corte del rey de copas pero todas las rondas estaban ya pagadas. Desesperada, trató de quitarse la vida dejando que le cayera encima el as de bastos, pero la salvó de la muerte por descarte su casco ridículo con dos alitas.

La última vez que supe de ella se había tratado de colar en una baraja de póquer americano, pero todas aquellas cartas hablaban solo inglés y fue un fracaso. Abandonada por descuido una noche en la mesa de un bar por un jugador descuidado vive ahora sola haciendo de marcapáginas en un libro de cocina. Es una carta descartada, pero feliz aunque el  libro sea de Ferrán Adriá.

Donato Zancas

Donato Zancas aseguraba ser hijo natural de Tarzán. No de Johnny Weismuller, no; él decía ser hijo del mismísimo Tarzán. Donato Zancas se pasaba el día en el bar “La selva”, un tugurio del que era propietario y al que aseguraba haber puesto ese nombre comercial en recuerdo de su padre. Según Donato Zancas relataba una y otra vez a los cuatro alcohólicos que seguían tomando vasos de vino barato en la penumbra de “La Selva”, su madre fue brutalmente secuestrada y violada por Tarzán durante un safari por el Congo Belga. Los parroquianos que escuchaban una vez más la historia como quien oye llover, habían conocido bien a la madre de Donato, Pura Zancas, y la recordaban como una de las profesionales del oficio más viejo del mundo que ejerció desde bien jovencita hasta su muerte cuando ya no estaba en edad de merecer otra cosa que no fuera la jubilación y tal vez la medalla al mérito en el Trabajo.

Donato juraba que su madre había terminado en el arroyo por culpa de Tarzán, que ella misma se lo había contado en cierta ocasión cuando, siendo Donato un niño de corta edad, encontró bajo la cama un escueto braslip de caballero con estampaciones de leopardo y otras estampaciones. Pura Zancas, ya mayor, había tirado los precios y recibía en casa a señores de gabardina que hacían cola en el descansillo de la escalera y se saludaban educadamente preguntando “¿quién da la vez?”. Con los ojos arrasados en lágrimas la Zancas reveló a su hijo que aquel sucinto braslip despistado entre las pelusas del suelo había custodiado nada menos que la hombría de Trazán, su padre bioológico.

En este punto del relato Donato invitaba a todos los clientes (tres) a un ronda. Su madre, continuaba perorando Zancas tras el pelotazo de vinazo, le contó que ella, huérfana desde tierna edad y siendo ya una pollita en sazón, había viajado al África negra acompañando a sus tíos y padres adoptivos, los vizcondes de Zancas. Tras el rapto, posterior violación y después de pasar varios días de liana en liana, desorientada, con cistitis y medio sorda por los berridos de la manada de elefantes que acompañaba a Tarzán a todas partes, Pura fue devuelta a sus tíos por una patrulla de soldados nativos tocados todos con un sombrero rojo llamado fez. Ellos (los tíos), lejos de acoger a Pura con el cariño que merece alguien que ha pasado tan duro trance la echaron de casa (al llegar de vuelta a España, eso sí) abocándola al pendejismo callejero de la peor especie.

El niño Zancas se creyó la selvática historia y llegó a la conclusión de que su madre había perdido en la jungla africana su honra y su holgada vida aristocrática para rematar sus desgracias y su ignominia en la aún más cruel jungla del asfalto, y resolvió que mejor habría sido para ella haberse quedado con Tarzán . Obsesionado toda la vida con esta idea y tratando de hacerla feliz, negoció la compra a bajo precio del cadáver de un chimpancé que un veterinario guardaba en un congelador a la espera de una aplazada autopsia. Adquirido el mono, Donato Zancas se gastó un pastón en disecarlo. Lo metió en una urna de cristal rodeado de felechos, cubrió todo con una lona y llegó con él enorme bulto a su casa el día que Pura cumplía los 65 años gritando “Mami, te traigo una sorpresa”. Ella no llegó a levantarse del bidé. Tras gritar horrorizada murió allí de una apoplejía al ver el mono disecado. Mientras agonizaba decía: “puta mona Chita, tu me lo robaste”.

Trinidad y Tobago

Doña Trinidad y Tobago dedicó su vida a la educación. Ni a la buena ni a la mala educación, decía ella, solo a la educación a secas. Porque la educación era para ella un elemento neutro, una mercancía como pudiera serlo el caviar de Beluga, las pipas de girasol o el carbón de Silesia y Pomerania. La profesora Tobago manejaba la educación como los tenderos manejan la mercancía: a tanto el kilo o a tanto el metro. Doctora en Pedagogía del Esperpento por la Universidad de Disneylandia, estableció en su primera y muy recordada reforma que los huesecillos del oído interno serían denominados desde ese momento como panza, redecilla, libro y cuajar, mientras que las partes del estómago de los rumiantes serían el yunque, el martillo y el estribo.

Pasado el primer estupor general de los veterinarios y acalladas por sordera administrativa las quejas del colegio de otorrinos, Trinidad y Tobago supo que lo suyo era hacer reformas educativas por encargo, sin importar la ideología del gobierno contratante ya que concluyó que a todos les daba un poco lo mismo el resultado de sus reformas con tal de que fueran peores que las del anterior legislador. Conseguido dar el primer paso en contribuir a la ignorancia de los estudiantes y la sociedad, un criterio fundamental para ser ministro de educación de cualquier país, la doctora Tobago amplió sus horizontes reformadores.

Después de doctorarse en Geografía Especulativa por la Universidad Pontificia de Perlora, reformó los libros de texto de esta materia pasando a ser Nueva York la capital de España, siendo los sanfermines fiesta de interés nacional en Ceuta y Melilla y determinando que el Ecuador pasaría por una finca que sus suegros tenían en Ciudad Real, provincia de Huesca, estado de Minnesota del Sur.

Ya lanzada en la reconversión profunda del sistema educativo, Trinidad y Tobago consiguió que  “el tanto por tanto, pitusa” pasara a convertirse en la regla básica y universal de las matemáticas escolares, y el “pelín” en la medida básica universal de todas las longitudes, volúmenes y distancias, quedando el metro para desplazamientos suburbanos de personas con pocos recursos. La reforma de las matemáticas se amplió meses después determinando que los múltiplos del “pelín” fueran el pelo de un calvo para dimensiones un pelín mayores que el pelín, el mogollón, equivalente a muchos pelinos, el mazo, equivalente a muchos mogollones, o el pila o la pila, unidad de medida equiparable a infinidad de mogollones. Siguiendo las piadosas recomendaciones del cardenal Amable Alimaña, prefecto de la Congregación para el Analfabetismo Mundial y la Fe y siendo ya ministra sin cartera, Trinidad y Tobago decretó que la Religión sería, además de asignatura curricular y obligada, una de las ciencias exactas. De esta manera la Santísima Trinidad comenzó a representarse como el número “pi” y los niños debían saber multiplicar los panes y los peces para pasar la reválida.

Ya retirada de la política, Trinidad y Tobago ha fundado una universidad privada financiada por varios fabricantes de piensos compuestos para mascotas y a la que diversas instituciones europeas de muchas campanillas encargan anualmente la elaboración del informe PIS.

Salud

Que la reina Letizia haya presidido hace poco el Día de las Enfermedades Raras tiene mucho sentido. Si se mira bien la monarquía es una enfermedad social rara, la padece un grupo de personas que disminuye y nadie hace nada por investigar su erradicación, aunque aumente el número de personas que así lo reclamen. Los reyes se acercan a las personas con enfermedades raras como los toros moribundos se acercan a las tablas del burladero. Tienen querencia porque ellos, los reyes y compañía, saben en el fondo que lo suyo también es una patología descontrolada, aunque no piden que alguien ponga remedio porque lo bueno de la enfermedad monárquica es que, una vez que la pillas, te pasas toda la vida viviendo como un convaleciente mimado. O sea, a cuerpo de rey.

Quizá la incapacidad que se describe para dar con el origen de la rara enfermedad monárquica se deba a que la monarquía es una enfermedad de otra época. Es como descubrir en pleno siglo XXI una cepa de peste bubónica del siglo XIV y olvidar que se han descubierto ya los antibióticos, la lejía y los autoclaves. Higiene, en definitiva. Y llama también la atención que siendo la monarquía una enfermedad hereditaria que se transmite desde hace tantos siglos por vía sexual, las fábricas de anticonceptivos o los investigadores de la genética, el ADN y los cromosomas no hayan encontrado la partícula que transmite el trono por herencia automática, sin pagar impuesto de sucesiones ni nada por el estilo.

Lo más esperanzador es que si las personas que padecen enfermedades raras de las otras, de las de vivir en un hospital y no en un palacio con cargo al Estado, recibieran toda asignación presupuestaria que tiene la monarquía lo mismo estaban curados y este país disfrutaba de una razonable salud republicana. Todo se andará. Lo dicho: salud.