Fotos

El New York Times publica en primera fotos de españoles que rebuscan comida en la basura. Si esta es la primera repercusión de la campaña de promoción de España que pusieron en marcha don Mariano y don Juan Carlos, vamos dados. Claro que una golondrina no hace verano y un pobre no hace una recesión, pero algo de verdad hay en que una imagen vale más que mil palabras. Nosotros los españoles tampoco nos creemos que todos los yanquis sean miembros de la asociación del rifle, ni que todos los agentes del FBI son unos gilipollas arrogantes, pero tanta insistencia televisiva sobre ciertos tópicos acaba por calar. La foto de un compatriota rebuscando en la basura publicada por uno de los diarios más prestigiosos del mundo, ha sido  de difusión simultánea a las imágenes de  la tangana tercermundista que los antidisturbios y su piadoso ministro del Interior montaron el martes alrededor del Congreso de los Diputados.

El tipo que encarga el menú del día del contenedor y los guardias solmenando con la porra como en los mejores tiempos vienen a ser más de lo mismo, ambas imágenes componen una estampa que rememora una España que ya creíamos todos bien enterrada bajo toneladas de progreso, democracia y libertad. Pero no. La “marca España”, como pomposamente llamamos ahora a lo que Fraga denominó hace medio siglo “Información y Turismo”, es una entelequia que se nos cae de las manos a causa de una política económica tan represiva como la política de orden público, expresiones ambas de un concepto salvaje de la gobernanza en el que el ser humano y sus necesidades cuentan cada vez menos.

El hombre que come gaspies o la familia que espera el desahucio bancario son una parte de ese cuerpo social que se manifestaba el martes ante el contenedor (arquitectónico) donde, al parecer, reside su soberanía cuyos representantes, paradójicamente, se sienten amenazados y sacan a la policía a que los defienda de aquellos que los han elegido, pagan sus sueldos y soportan sus decisiones. El Congreso es inviolable, claro, pero no menos que nuestros sueldos, nuestras pensiones, nuestro futuro y nuestro derecho a manifestarnos antes de que el New York Times saque nuestra foto con la cabeza metida en el contenedor o molida a toletazos.

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Primera

Los indignados de las calles y del fútbol de este fin de semana que pasó sólo quieren evitar una cosa: que nos pasemos la vida siendo gente de segunda división, plato de segunda mesa, cornudos de nuestros gobiernos y nuestros equipos, pagafantas dela Ligay de la economía, apaleados de los árbitros y los comisarios europeos, pinches de cocina de los chuletas mourinhos que en el mundo son, cola de Bruselas, zurullo de Merkel y unos desgraciados, y unos sospechosos al fin. La filosofía de quienes platican o se quejan, o se besan en las plazas de los pueblos hasta después de las 10 de la noche, es casi la misma que la de quienes lloran de pena en los fondos sur de los campos de fútbol: no ser toda la vida unos segundones, unos miserables, unos desnutridos de autoestima.  Si la realidad nos deja siempre en fuera de juego, si la suerte no se deja meter mano, si ya no ganamos ni a la pelota, si el menú del siglo es comerse los mocos hay que mantener la capacidad de indignarse y hacerlo al margen de los insultos del columnismo del facherío matón y opusdeista, y pasando del falso paternalismo de los presuntos progresistas de editorial que, como los otros, esperan en el fondo una buena carga policial con la que dar color a la primera página del periódico.

Un respeto, porque hay que sentir mucho los colores y la ciudadanía para seguir siendo socio de este club y votante de esta democracia. Hay que pisar las calles nuevamente y las veces que haga falta para que la vida no sufra una trombosis, para exigir que cambien al entrenador, al accionista mayoritario, al ministro de turno o a la madame  que regenta el puticlub bancario. Y estas personas se lo merecen, se merecen algo, porque quien se toma la molestia de ir al fútbol y a votar, de estar a la cola del paro y a la de las entradas de preferencia o a las dos a la vez,  tiene el derecho de indignarse, de saltar al campo, de gritar a los del palco, de sentarse en el adoquinado, y de pedir cuentas para no tener pagarlas siempre.

Quien se niega a ser de segunda merece ser siempre de primera. Así en el fútbol como en la vida.