Soy adoptado

Mi perro me dijo ayer que él era quien me había adoptado a mí, no yo a él. Soy adoptado. Al saberlo tuve la misma sensación que cuando me enteré de que los impostores no eran los Reyes Magos, sino mis padres: me disgusté por esta nueva pérdida de la inocencia, pero, en el fondo, creo que me lo esperaba. Visto con calma, que los perros adopten a los humanos no es más que una parte lógica de nuestra existencia y no la peor. A saber: no elegimos nacer, sino que la vida nos saca por las orejas del útero de nuestra madre; no podemos elegir el cargo en nuestra empresa, ni mucho menos nuestro sueldo, apenas tenemos control sobre nuestra vida sexual o sentimental, tenemos los amigos de milagro y nos morimos el día menos pensado, justo cuando empezábamos a pensar que todo estaba controlado. De manera que la revelación de mi perro adoptivo es una más. No soy dueño de mi casa, ni de mi futuro, y ni siquiera de un animal de compañía. Por algo se dice que este es un mundo de perros, porque ellos deben saber algo más que nosotros de qué va todo esto. Tal vez mi perro haya sido mi jefe en otra vida y sigue ejerciendo ahora desde su posición privilegiada a cuatro patas. Espero ser perro en la próxima vida para tomar el mando de la realidad, entender el cotarro y poder mear por las esquinas sin estar pendiente de un guardia. Al fin y al cabo no es tan malo que te adopte un perro. Esta noche le pondré al mío doble ración de huesos. Puede que en una próxima vida él lo haga por mí.

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