Patrimonio

Las corridas de toros serán declaradas bien de interés cultural aunque la mayor parte de este presunto arte ancestral consista en convertir a un bello animal en carne picada. El interés cultural de un país tiene estas cosas: antepone la tradición y el folclore a la sangre de un bicho inocente. Puestos a reivindicar y proteger nuestro patrimonio cultural, habría que recordar que en pinturas rupestres de hace 15.000 años aparecen ya los toros, nunca los toreros, de manera que lo lógico y en interés a su antigüedad, sería declarar bienes de interés cultural a los miuras y los victorinos, no a sus ejecutores vestidos de sota de espadas con calcetines rosa. Además, si la tradición y la repetición de los hechos durante años es el criterio preferencial para que algo sea protegido por el Estado con la vitola de culto, no va a haber más remedio que declarar bienes de interés cultural la corrupción, el cohecho, la prevaricación, el fraude fiscal, la violencia de género, el paro, la pobreza y otras actividades que conforman la marca España al igual que la tauromaquia. Es más, hay muchas personas que, por repugnancia, rechazan ver una corrida de toros, pero que soportan a diario y de manera involuntaria los espectáculos cotidianos de mentiras, especulación y corrupción, paro y miserias que se ofrecen gratis en cada telediario. No hace falta sacar una contrabarrera en Las Ventas para presenciar esta otra variante de la carnicería hispana, tan arraigada como los toros y más futuro. La tradición, lo que se ha hecho siempre, tiene en este país un peso esencial que es capaz de reforzar cualquier barbaridad con tal de que sea practicada de forma contumaz y sin asomo de arrepentimiento. En ese punto, un matarife de toros o un especulador bancario pasan a tener tanto valor cultural como el románico o las Meninas.

Véndovos España

He leído que el Rey y Rajoy están vendiendo la “marca España” en Nueva York. Tiene mérito ese viaje comercial porque si España es un país de marca será, como mucho, de marca blanca de supermercado, un país genérico, uno de tantos, como los medicamentos de garrafón. Antes, cuando aún vivíamos por encima de nuestras posibilidades, nos gustaban las cosas de marca, éramos como los nuevos ricos. Por querer, queríamos hasta un país de marca que mostrábamos por ahí como se muestra un Rolex de marca mientras se conduce un todoterreno de marca camino del chalé con piscina y mucama filipina. La marca España era un producto muy solicitado que ofrecía al mercado nacional e internacional todas las tallas posibles de especuladores urbanísticos, un muestrario infinito de solares y secarrales donde construir adosados o aeropuertos, así como todos los modelos y colores de chorizos con varios largos de manga por talla, con cuello duro, pelo de la dehesa o título nobiliario. Entonces sí que se vendía la marca España, había existencias para dar y tomar, nos quitaban España de las manos. Pero a fecha de hoy, en el mercadillo neoyorquino al que acuden estos días don Juan Carlos y don Mariano, España se vende como una patria de todo a cien, saldada por una monarquía en estado de putrefacción, una derecha bancaria y política engallada y faltosa, una izquierda paticorta y atrincherada y unos nacionalistas cejijuntos que han elevado la boina a la categoría de programa electoral. Igual es que el Rey y el presidente del Gobierno no se quieren enterar de que no es lo mismo la marca de un país que un país lleno de marcas, de rayazos, de golpes y de mataduras. Uno recuerda ahora cuando el Sporting vendió Mareo y hasta la propia “marca Sporting” (casualmente) cuando ya no quedaba nada que vender. Los dueños de este solar han ido a New York al grito de “véndovos España”, como el Sporting gritó “véndovos Mareo”. A ver quién nos compra sin mirar nuestra marca ni nuestras marcas. Siempre nos queda la opción de decir que somos un país de raza, aunque tampoco sabemos de qué raza.