Los superiores morales

Me veo rodeado últimamente de personas que me miran y me hablan como investidos de una alta superioridad moral cuyo origen desconozco. Sólo sé de ellos o ellas que militan en grupos, tertulias o simples pandillas donde el peso de la teoría rancia, los lemas de garrafón y la palabrería intoxicada por la ausencia de análisis es mucho más notable que el de las acciones concretas en favor de tal o cual causa. Yo admito mi indiferencia por casi todo, ya que soy de la opinión de que el mundo ha entrado en una fase de podredumbre de tal profundidad que solo es cuestión de tiempo que todo se vaya la carajo. Rara vez voy a manifestaciones, nunca enarbolo pancartas ni cuelgo banderas o pendones del balcón. Por no poner, ni siquiera me animo a colocar bombillas navideñas tras los cristales, ni a colgar del balcón uno de esos papanoeles de trapo que más parecen un ladrón empapado mientras intenta un robo con escalo que el benefactor navideño de la infancia. Voy a votar mientras me tapo la nariz ante la urna y cambio de cadena (o tiro de ella) cuando en aparece en la pantalla alguno de estos predicadores de discurso subnormalizado. Pero, a pesar de mi decepción general, mi profesión me ha dado la capacidad de analizar mínimamente la historia en la que vivo y las personas con las que me he cruzado durante más de 30 años.

De esta especie de inmaculados son quienes esta semana han vuelto a mirar por encima del hombro a todos aquellos que elogiamos la capacidad política y ejecutiva de Tini Areces, muerto de forma prematura aunque tuviese 75 años porque aún tenía mucho que aportar. Ser progre vituperando a Areces es una moda que se extendió mucho en Asturias durante los últimos años y a la que, curiosamente, se apuntaron gentes del PSOE que le llevaron a vivir el absurdo de gobernar en mayoría absoluta con la oposición de parte de un grupo parlamentario mangoneado por el inefable Villa a quien la historia parece haber puesto en lugar incómodo. Se apuntan también al escupitajo sobre la tumba estos profesionales del resentimiento, algunos de ellos cómodos vividores de algún momio subvencionado que se permiten echar la lengua a pacer sin consecuencias. Odiar al campeón es cosa de tullidos que no lo llevan con paciencia, de gente para quien el resplandor ajeno jode mucho porque ilumina sus propias telarañas, de gente incapaz de analizar la realidad con un mínimo de objetividad y, sin dejar de criticar lo criticable, tener suficiente apertura de miras para admitir lo bien hecho.

No hay por qué hablar bien de todos los muertos. Algunos no lo merecen, claro, pero otros como Juan Cueto, Pachu Prendes o Tini Areces sí, porque el respeto se lo ganaron en vida y no necesitaban de la muerte para pasar a limpio sus carreras. Los preferíamos vivos, aún con sus sombras y fallos, y los preferíamos más que a la caterva de destructores sistemáticos de cualquier obra u opinión ajena, eternos adolescentes enfadados que se creen los Savonarolas definitivos con el dedo acusador siempre apuntando hacia quienes no son de su secta, con el dedo y las ideas llenos de roña y desinformación del mismo grosor. Estos superiores morales de quienes no se recuerda obra alguna, son quienes tratan de dictar al común de los mortales su salmodia de insatisfacciones, sus ‘qué hay de lo mío’ elevados a la categoría de axioma, su descontento alimenticio y estético que exhiben en los cafés y en los funerales de quienes fueron honorables durante la vida y también después de ella y sin necesidad de las siniestras bendiciones de quienes se creen el albacea de la moralidad por saber cuatro eslóganes y tener mucho resentimiento ocioso y una cuenta en Twitter.

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5 pensamientos en “Los superiores morales

  1. Estimado Jaime, con todo el cariño y el respeto que sabes te tengo, me veo obligado a disentir en tus apreciaciones. Y no solo acerca del Sr. Areces, sino especialmente porque de tus comentarios se deja traslucir que quienes no estamos de acuerdo con el legado de tan insigne político dejamos un cierto tufillo a progres y / o no sabemos apreciar aunque nos demos de narices con ellas las buenas obras realizadas por gente de “otra cuerda” política.
    Como no soy fácilmente catalogable en ningún reducto político (ni de cualquier otro tipo) y no le debo nada más que a mis padres (mucho) y a algún que otro amigo, tengo la suerte de poder medir a las personas en función de lo que aportan. Especialmente a los que cobran de mis impuestos, políticos especialmente. El Sr. Areces junto con otros de los mencionados en tu artículo y alguno más no mencionado, ha tenido la oportunidad de cambiar esta su parcela llamada Asturias y ponerla en el valor que merece. Tuvo tiempo, tuvo dinero y tuvo apoyo de un montón de gente que creyó en él, en ellos. Asturias hoy está a la cola de España en casi todo lo bueno y a la cabeza en casi todo lo menos bueno. Siempre nos queda Extremadura, pero al menos allí han tenido los huevos de salir a reclamar un tren decente, aunque sea con 20 años de retraso. Aquí, nos hemos dejado comer la tostada siempre saltando de político en político, de partido en partido, siempre simulando que se hacía, siempre aparcando los problemas, siempre vendiendo humo. No hubo proyectos de serios de inversión, de reconversión de una estructura industrial que se desmoronó en nuestras narices y nos dejó un superpuerto sin enlaces a tierra, una infraestructura de carreteras conectada con España a través de la VISA, un aeropuerto sin accesos por tren o por un autobús con horarios decentes con aviones que nos llevan a Madrid o Barcelona a precios desorbitados…
    Lamento que el Sr. Areces haya fallecido con más de 65 años y en pleno ejercicio de su trabajo. Es una pena que no se hubiera jubilado hace unos años para que tanto él como Asturias hubieran podido disfrutar de unas merecidas vacaciones, cada uno a lo suyo. Recemos para que algunos otros políticos de los que nos quedan en activo decidan jubilarse de una vez por todas, a ver si dejan hueco y conseguimos encontrar alguien que piense en Asturias como un terreno común de los asturianos y no como una parcela privada de unos pocos.
    Salud.

  2. Tu frase “Odiar al campeón es cosa de tullidos…” resume de manera clara y muy hermosa, la opinión que humildemente vengo manteniendo desde hace años. La envidia, el rencor, el odio eterno siempre embarrando. Gracias Jaime Poncela, por intentar retirar el lodo para que la realidad aparezca tal cual es

  3. Jaime me llamó Antonio Pino y fui secretario General de CCOO de Asturias y de mi relación con Tini Are es quiero decir,en relación con tu artículo, Que fue sobre todo un politco(ya sabes, la política es el arte de lo posible). Un buen politico(con vanidad, si). pero un político de los que casi no hay. y quiero hacer de su fallecimiento oprtunidad: La política es la búsqueda de acuerdos por el bien común. Creo, en lo que lo conocí, y lo conocí de cerca, que aún con ribetes de vanidad ese era su referente a la hora de hacer política. Descansa compañero.

  4. El estar en contra de algo o alguien y no tener la misma opinión o estar profundamente en desacuerdo no es envidia, rencor u odio eterno, es, simplemente, no pensar igual. Con todo el respeto pero pensando lo contrario a lo que usted propugna.

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