Ruido

Leí que se ha celebrado el Día Mundial contra el Ruido. Me parece muy oportuno tomar medidas para protegernos las orejas en tiempos tan ensordecedores como estos en los que, paradójicamente, los mensajes más estridentes, los que perforan el tímpano hasta hacer sangre, son los que vienen envueltos en palabras de apariencia mullida y susurrante, palabras precocinadas de apariencia moderada y silenciosa que, sin embargo, chirrían como el frenazo de un tren cuando llegan a nuestros oídos. Es este un tipo de ruido que se emite con sordina desde los despachos y los mítines, pero que estalla como un obús cuando llega a la calle.

Cuando un ministro dice en tono optimista que lo que hay aquí es movilidad exterior, hay media España exterior llena de emigrantes nuevos y antiguos a quienes les pitan los oídos como si hubieran metido la cabeza en una de las campanas del Big Ben. Parece un susurro de tecnócrata enteradillo hablar de crecimiento negativo, pero lo que suena realmente en nuestra cabeza con un nivel insoportable de decibelios, es que los de siempre seguiremos perdiendo empleo, sueldo y derechos. Otro ejemplo. Un ministro dice hoy en tono confidencial y neutro que no se subirán los impuestos, pero al día siguiente llega su jefe y dice que ya veremos si se subirán. Este indiferente “donde dije digo ahora digo Diego”, se escucha con el mismo desagrado que si alguien estuviera dando voces en mitad de la plaza del pueblo para despertar a los niños, o si un borracho nos gritase al oído en plena curda con el simple afán de molestar.

Alguien con muchos galones abre la boca y nos llama nazis o etarras cuando estamos en desacuerdo con todo este ruido a chatarra política, con estas caceroladas ministeriales y policiales que le hacen un chirriante paseíllo a quienes son desahuciados de su casa. Esa persona tan importante desliza ambos insultos en tono medio, con un halo culto, profesoral, institucional, preocupado, pero cuando salen de su boca hacen un ruido atronador que suena como la sirena de los campos de concentración, de triste memoria. Hay ruido, en efecto, pero el más ensordecedor no proviene de donde parece. Los gritos de quienes piden dignidad y libertad suenan a música celestial si se contraponen a los ladridos cuartelarios de quienes viajan en coches lujosos de motor silencioso, pero cuyas palabras y propuestas hacen el mismo ruido que el camión de la basura.

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