Separatistas

Ha perdido el culo el siempre lento Tribunal Constitucional para aprestarse en declarar ilegal el referéndum catalán. Sus señorías, tan apáticas para juzgar los asuntos de la clase de tropa en general, se han dado mucha prisa en sentenciar que lo que proponen Artur Mas y los suyos es separatismo de la peor especie y que el separatismo va contra la Constitución, o sea que se acabó lo que se daba. En este país siempre nos hemos empeñado en estar todos muy juntos para así poder organizar mejor unas guerras civiles del carajo. El separatismo es ilegal y rechazable, al parecer, y si para cortarlo en seco es necesario liarse a tiros estamos dispuestos a ello. Hay precedentes de que si hace falta matar al de al lado para que no se separe del resto se le da matarile y a otra cosa. Así somos. Lo bueno de la democracia es que ahora tenemos un Tribunal Constitucional que lo sentencia todo con enorme diligencia y tiene un ojo de lince tremendo para saber cuando hay separatistas tratando de pasarse de listos. Esos jueces del Constitucional son igual que aquellos viejos directores espirituales que con solo preguntar “¿cuántas veces?” ya se hacían una composición de lugar de como de podrida estaba tu alma y de las penas del infierno que te podrían caer encima. Traducido a lo constitucional, el separatismo es un pecado mortalísimo que atenta contra lo más sagrado de la patria y que debe ser sentenciado con diligencia. Lo que ignoro es si el Tribunal Constitucional sabe que en España hay muchos más separatistas de los que parece y que todos ellos están violando sagrados preceptos de la Constitución. Tenemos a los que viven en total separatismo de un puesto de trabajo decente desde hace años. Luego están los que han sido separados de su subsidio, de una parte de su pensión o de una ayuda a su dependencia. A ver cuando meten caña los jueces a estos y también a esos otros  separatistas que se han ido a vivir a otros países y que en vez de ejercer aquí sus carreras de ingenieros viven en Londres o en Melbourne poniendo copas. Con tal de joder la unidad de España  y el progreso nacional no saben qué hacer. Alerta, señorías: España no es un país, es una patera en la que navegan un montón de separatistas cabreados que cualquier día tratarán de desembarcar sin papeles en Gibraltar para invadir su propio país uno, grande y libre, quitar el trabajo a los españoles de verdad y acabar con nuestro prometedor futuro. Hagan algo ya. Lo de Cataluña solo es el principio.

 

Paraíso

El Tribunal Constitucional avala que la Iglesia no pague el impuesto de bienes inmuebles (IBI). Como Dios está en todas partes, según sostiene la fe católica, el tal impuesto les podría salir a los obispos por un ojo de la cara, ya que esa omnipresencia hace que el índice de ocupación del suelo por parte de la divinidad es casi del ciento por ciento. Echen cuentas. Pero todo tiene arreglo, porque el Estado va a misa de vez en cuando y allí es aleccionado con meticulosidad sobre las cosas de la fe. A saber: cada iglesia, cada convento, casa de ejercicios, colegio religioso o catedral es la casa de Dios, pero hace siglos que repetimos de forma automática esa frase tan inspirada: “que Dios te lo pague”. Sabemos que tal promesa va unida a un pufo asegurado, pero ya nos hemos acostumbrado a estos impagados. De manera que ministros y jueces saben que el IBI que no pagan ahora los obispos lo pagará Dios algún día, y se avienen a apuntar la deuda eclesiástica en una barra de hielo que guardan en el Tribunal Constitucional para estas ocasiones. Así que todos tranquilos. Dios proveerá y Dios pagará cuando llegue el día del Juicio Final. Antes de ordenar en dos filas a unos buenos y a los malos para mandar a unos al cielo y a otros a las calderas de Pedro Botero, el Señor dirá “¿qué se debe aquí?” para dejar zanjada la deuda fiscal contraída por los pastores de su rebaño. Parece ser que, de haberse dado el caso de verse obligada a pagar el impuesto, la Iglesia habría remodelado todos los crucifijos que componen el mobiliario eclesial para sustituir el cartelito de “Inri” por otro que ponga “IBI” para reivindicar así la exención impositiva de las sotanas. Los jueces y los ministros no habrían soportado esa tremenda visión en cada sacristía, ni en todas las aulas escolares en las que se volverá a restaurar la presencia de la cruz del Gólgota gracias a otra ley, en este caso educativa. Así que el Constitucional en fecha tan señaladas como estas, ha liberado a la Iglesia de la cruz del impuesto y a Jesucristo de verse crucificado entre un fabricante de cementos y una infanta de España por un inspector de Hacienda. Ahora que las empresas se van a otros países huyendo de los impuestos, tenemos garantizado que Dios no se deslocalizará de España a causa de la presión impositiva. España es un baluarte del catolicismo y un ejemplo de lo que es el paraíso, al menos el paraíso fiscal para algunos.