Caos

A mí me parece que el aborto tiene tanto que ver con ETA como anular la imputación de Cristina de Borbón tiene que ver con la Justicia. Asimismo, Jorge Fernández Díaz, ministro de Interior, tiene tanto que ver con la realidad de España como ETA con la Justicia, aunque algunas de las  opiniones de Díaz tienen bastante de terrorismo verbal, ideas abortadas o, al menos, mal paridas. La Infanta Cristina no tiene nada que ver ni con el aborto ni con ETA (que se sepa), ni siquiera tiene que ver con la Justicia (eso ya se sabe), aunque la simple mención de su nombre provoca últimamente tantos rechazos como los que genera ETA en casi todos los ciudadanos, y el aborto en algunos. El movimiento 15-M tiene tanto que ver con la derecha como el ministro Díaz con la izquierda, sin embargo, Beatriz Talegón (que es del PSOE y progre, al parecer) ha dicho unas cosas sobre el 15-M que tienen tan poco sentido como las que dice el ministro Fernández Díaz (que es del PP y del Opus) sobre el aborto. José Mourinho tiene tanto que ver con el ministro Díaz, la Infanta desimputada y la señorita Talegón, como el aborto con ETA y, sin embargo, Mourinho es una de las pocas personas capaces de conseguir de un plumazo que la gente hable de él en vez de hacerlo sobre ETA, el aborto o la ex imputación de la Infanta. Además, el entrenador del Real Madrid ha sido capaz de crear tantos anti madridistas con la misma eficiencia que la Infanta y su marido han multiplicado el índice de republicanos en España.

¿Qué quiere decir todo esto? Nada en general y todo en particular, o que lo mismo hay etarras contrarios al aborto, republicanos que se alegran de la no imputación de la infanta, indignados que son monárquicos hasta la médula, opusdeistas que han abortado en Londres, madridistas etarras, socialistas del opus, ministros idiotas, militantes del PP antimonárquicos. Uno solo quiere decir que este el caos en que vivimos a diario y que, como dijo Groucho Marx, puede que lo entienda mejor un niño de siete años. Si es así, que me traigan un niño de siete años.

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Primera

Los indignados de las calles y del fútbol de este fin de semana que pasó sólo quieren evitar una cosa: que nos pasemos la vida siendo gente de segunda división, plato de segunda mesa, cornudos de nuestros gobiernos y nuestros equipos, pagafantas dela Ligay de la economía, apaleados de los árbitros y los comisarios europeos, pinches de cocina de los chuletas mourinhos que en el mundo son, cola de Bruselas, zurullo de Merkel y unos desgraciados, y unos sospechosos al fin. La filosofía de quienes platican o se quejan, o se besan en las plazas de los pueblos hasta después de las 10 de la noche, es casi la misma que la de quienes lloran de pena en los fondos sur de los campos de fútbol: no ser toda la vida unos segundones, unos miserables, unos desnutridos de autoestima.  Si la realidad nos deja siempre en fuera de juego, si la suerte no se deja meter mano, si ya no ganamos ni a la pelota, si el menú del siglo es comerse los mocos hay que mantener la capacidad de indignarse y hacerlo al margen de los insultos del columnismo del facherío matón y opusdeista, y pasando del falso paternalismo de los presuntos progresistas de editorial que, como los otros, esperan en el fondo una buena carga policial con la que dar color a la primera página del periódico.

Un respeto, porque hay que sentir mucho los colores y la ciudadanía para seguir siendo socio de este club y votante de esta democracia. Hay que pisar las calles nuevamente y las veces que haga falta para que la vida no sufra una trombosis, para exigir que cambien al entrenador, al accionista mayoritario, al ministro de turno o a la madame  que regenta el puticlub bancario. Y estas personas se lo merecen, se merecen algo, porque quien se toma la molestia de ir al fútbol y a votar, de estar a la cola del paro y a la de las entradas de preferencia o a las dos a la vez,  tiene el derecho de indignarse, de saltar al campo, de gritar a los del palco, de sentarse en el adoquinado, y de pedir cuentas para no tener pagarlas siempre.

Quien se niega a ser de segunda merece ser siempre de primera. Así en el fútbol como en la vida.