Inocente

Nunca he tenido claro si la esperanza es lo primero o lo último que se pierde. Dicen que lo primero que se pierde es la inocencia, aunque según pasan los años cada vez tengo más claro que sólo siendo un inocente, qué te cayó la frente, se puede mantener una dosis razonable de esperanza. Hace falta tener una fe ciega para seguir siendo inocente y esperanzado. Cada día de los Inocentes envidio a la gente que siempre cree en algo, aunque sea mentira, y envidio mucho más a quien se lo tiene creído a secas aunque él mismo sea una patraña con patas, un falso profeta de su propia marca registrada. Yo no soy inocente, ni espero nada que no sea ir a peor. Además, los inocentes siempre salen perdiendo en casi todas las películas, son unos personajes muy entrañables para ser carne de cañón de la épica y la lírica, pero llevan todos los golpes en la misma mejilla o, en su caso, no les quedan mejillas en las que recibir bofetadas. Uno empieza por desconfiar de los Reyes Magos y acaba por no fiarse ni de su sombra. El proceso es siempre el mismo y no cesa ni el 28 de diciembre. La vida, por mucho que Unicef, Walt Disney y Emilio Aragón se empeñen en lo contrario, no hace más que darnos razones para desconfiar y andar siempre mirando a ver si ya nos han colgado el monigote a la espalda.

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