El recibo

El reciboCada fin de año llega como el recibo de la luz: sin avisar. Y seguimos sin aprender. Todos sabemos que el año se acaba y que hay que pagar el recibo, pero continuamos siendo pillados por sorpresa cada 31 de diciembre y ante cada factura de la luz. Y es que, para colmo, nunca nos salen las cuentas. Ni recordamos haber encendido tanto el radiador como para soltar esta pasta gansa en kilovatios, ni tenemos la sensación de que los 365 días vividos nos hayan dado para tanto como para tener que tirar a la basura otro taco de resguardos de los doce meses gastados vaya usted a saber en qué. En sobrevivir, básicamente. Tal vez el Ministerio de Fomento, o el de Vivienda, deberían procurarnos a los ciudadanos un recibo justificativo del año consumido. Cada  30 de diciembre debería llegarnos a casa una cartita con las estadísticas de nuestro consumo de tiempo a año vencido. Yo he tenido años en los que no recuerdo en qué se me ha ido tanto tiempo. No sé si en febrero me pasé de la raya consumiendo días en asuntos de poca monta, si luego recuperé energía en verano con un gasto cabal de siestas y sobremesas, o si en otoño me dediqué a disparar al aire salvas de horas como quien tira con pólvora ajena hasta llegar a San Silvestre, después de haber hecho correr el contador para nada que haya merecido la pena. Uno debería poder graduar los años como gradúa la calefacción. Sobre todo, porque el tiempo se está poniendo ya tan caro como el petróleo. Y cada vez más escaso.

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