Multas

La Policía Local de Gijón echó multas de 800 euros a unos ciudadanos que ocupaban un espacio público. Dicen los guardias que se sintieron vejados por las burlas y fotos que les hicieron los allí sentados. Yo creí que la vejación era otra cosa, pero parece ser que se ha bajado mucho el listón de las sensibilidades. A la vista de tal insensatez, solo cabe afirmar que Gijón se ha convertido en una ciudad en la que lo policialmente correcto se ha superpuesto a políticamente correcto. Un guardia que sea demasiado susceptible debería dedicarse a otra cosa, sobre todo si carece de margen de tolerancia y capacidad de encajar el cabreo de los ciudadanos a los que debe servir en casi todos los casos y sancionar solo en los más extremos. En unos tiempos en los que el personal está harto de recortes, prohibiciones y avasallamientos constantes, las calles suelen ser lugares de ocio y desahogo. Salvo que este desahogo se pase mucho de la raya y sea una grave amenaza contra la convivencia, una multa de 800 euros por pitorrearse de la toma de Cimadevilla se me antoja un exceso monumental para una ciudad en la que la calle ha sido siempre lugar de coexistencia. Los periodistas que se creen noticia, los árbitros tarjeteros y los guardias que solo saben multar, tienen mucho peligro, tanto como los concejales que gobiernan las ciudades como se gobierna una comunidad de vecinos o el patio de un colegio. Un talonario de multas es más peligroso que una pistola si se utiliza con demasiada ligereza o se pone en manos de un concejal que se siente el vigía de occidente y de un guardia que cree ser el general Custer.

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Rollos

Parece mentira que un gobierno municipal que se sostiene gracias a un botellón político sin precedentes, se ponga tan estricto con la gente que bebe en la calle siguiendo una ancestral querencia gijonesa. Foro y PP, tan irreconciliables al parecer, llevan dos años bebiendo a morro de sus respectivos vasos comunicantes de votos para gobernar esta ciudad como si se tratara de una guardería infantil, poniendo puertas al campo. No hacen ascos a las babas ajenas porque en ese botellón tan rentable todos consiguen algo y no les va mal. En este botellón legalizado por las urnas siguen ejerciendo de pagafantas y recoge vasos las avispadas huestes de la izquierda local, ebrios de inutilidad, borrachos de fracaso y, por tanto, carentes de reflejos. Y así, entre chupito y chupito de poder prestado, la doctora Moriyón se dedicaba a preparar rollos de bonito para “Canal Cocina” mientras en Cimadevilla se preparaba un bonito rollo policial con toque de queda, vallas, perros y gendarmes. Si don Arturo Arias levantara la cabeza volvería a acostarla ante el estupor de ver su barrio militarizado, él que tan bien se lo pasó en plazas públicas, bares y hasta portales. Lo que uno se pregunta es de cuántas vallas y cuántos guardias dispone este Ayuntamiento para tapiar todos los lugares en los que la gente de esta ciudad se empeña en tomar la calle para tomar algo. ¿Habrá corralitos en la Cuesta del Cholo? ¿En el barrio del Carmen? ¿En el barrio de la Arena? ¿En las carbayeras? Porque resulta que en estos sitios también se reúne el personal a darle al frasco cuando el tiempo lo permite (el tiempo que tienen libre, quiero decir) y habrá que tomar medidas. Parece que la diferencia entre un botellón y una reunión autorizada de bebedores consiste en que haya mesas y sillas, sombrillas y ceniceros y, sobre todo, que se pague el canon municipal correspondiente.  Cuando no se sabe negociar, se prohíbe; cuando no se sabe gobernar, se castiga; cuando no se conoce el terreno que pisa, uno se mete en todos los charcos. Y así vamos: de valla en valla y de carril bici en carril bici, de rollo de bonito en bonito rollo, expectantes ante la próxima ocurrencia del nuestro gobiernín de botellón. Lo mismo se crea un “Canal gobierna” en el que la alcaldesa explique con claridad de qué va su rollo y su receta de gobierno. Si la hubiere.