No jodas, Arturo

Se me han puesto los pelos como escarpias oyendo estos días los lamentos ferroviarios de Artur Mas, quejoso de que su Cataluña del alma sea, al parecer y según dice él tras calarse la barretina como otros se calan la boina, la comunidad con menos infraestructura pública de comunicaciones. Trágico. Si no fuera porque a la misma hora en la que él inauguraba otro tramo más del AVE había 700 pasajeros del Alvia Gijón-Madrid atrapados en un túnel a la altura de Medina del Campo, pasajeros que fueron rescatados con una linterna y una llave inglesa tras varias horas de frío y oscuridad, yo mismo abriría una suscripción popular para regalarle un Ibertren nacionalista al pobre Arturo. Probín. Lo que uno se pregunta para compensar esta ola de papanatismo mediático y político que convierte un estornudo catalán en una gripe para el resto de España, moviliza periodistas, príncipes y presidentes, es qué cosas diría el muy honorable Arturo en caso de haber sido presidente de Asturias.

No se me ocurren qué sonoros epítetos, qué desgarradores gritos, qué militares arengas y desmelenados llamamientos a la rebelión se escucharían en la plaza de Catalunya en caso de que el señor Mas tuviera que presidir una región sin AVE, con sus dos ejes de salida por carretera hacia el Este y el Oeste sin terminar, con un tendido ferroviario hacia la Meseta diseñado en el siglo XIX y teniendo que pagar peaje para ir a Madrid por autopista. Y no digamos nada si le cupiera al honorable el honor de ser alcalde de la mayor ciudad de Asturias y se viera obligado a gestionar una tomadura de pelo del calibre del plan ferroviario de Gijón. Por arte de magia negra, incapacidad, idiotez o sabe Dios que más cosas, lo que iba a ser el mayor cambio urbanístico de la historia de Gijón corre el peligro de quedarse en una explanada para aparcar camiones y un túnel para poner sidra a enfriar antes de beberla para olvidar. Así que, antes de plañir como una viuda, don Arturo debería aprovechar los muchos trenes que tiene a su disposición para salir de su ensimismamiento nacionalista y darse un paseo por el resto de España, este país que oprime los históricos derechos catalanes, pero que está lleno aún de capitales y ciudades medianas o pequeñas que siguen reclamando lo que Cataluña tiene ya hace años y por duplicado. Dicho de otra forma: no jodas, Arturo.

Plá

Ahora que en España somos unos palmados y tenemos que andar vestidos con ropa heredada, sacándole el dobladillo al sueldo y a los pantalones y poniendo coderas a los jerséis, van los catalanes y piden un traje nuevo. Porque ellos lo valen y se lo debemos, al parecer. Dicen que son víctimas de un estado llamado España y que no quieren seguir subvencionando a pobretes y muertos de hambre que se quedan en el paro a costa de las muchas hilaturas y botellas de cava que se producen en Manresa o en el Penedés. Ellos son las víctimas y los demás somos unos gorrones. Lo dicen en catalán, pero se les entiende muy bien porque hablan castellano en la intimidad o en el balcón cuando es menester que el mensaje circule rápido. Además, están representados por unos políticos de perfil muy fenicio que son capaces de negociar (otros lo llaman chantajear) con lo que sea y manejan como nadie la pose de dignidad herida con un cuadro de Tapies de fondo. Eso es lo que hicieron durante todos estos años: apretar la teta de los presupuestos Generales del Estado con sus votos en el Congreso, con una representación parlamentaria a todas luces desmadrada que daba mucho juego para poner contra la pared al gobierno de turno que estuviera en minoría. Así fue como Cataluña tuvo antes que nadie inmejorables conexiones ferroviarias con la meseta (Asturias aún espera por ellas), además de todo tipo de concesiones fiscales. Buena parte del progreso catalán se ha hecho con el sucio dinero de los españoles, con los currantes charnegos que trabajaron allí en lo que fuese y con una cantinela permanente de victimismo que ha funcionado hasta ahora. Lo mismo tienen razón y ellos merecen un trato mejor que el resto de los españoles. Ahora que las ubres del Estado ya no tienen nada que ofrecer a las colonias catalanas, ellos se calan la barretina y dicen que se van por donde han venido, que prefieren depender de Bruselas. Mi respeto para las reivindicaciones catalanas aunque me suenen oportunistas y alentadas a la vez por el pujolismo más rancio y un progresismo de tertulia radiofónica que aún cree que el nacionalismo es la vanguardia. Para no perderme en este cansino laberinto releo unas líneas escritas por Josep Plá en 1932. “Los políticos catalanes hacen grandes gestos, se ponen cada dos minutos la mano en el pecho, dan chillidos sentimentales y hacen unos terribles aspavientos de bondad. Todo el mundo pone los ojos en blanco, va con el corazón en la mano y canta confusas romanzas que hacen llorar”. Amén.