Filial

En las crónicas previas al inicio de la Liga, los periodistas deportivos repiten de manera automática que el el Sporting jugará su primer partido contra “el filial del Real Madrid”, como si eso diera a los de aquí alguna ventaja sobre el rival, o conjurase cualquier peligro de volver a meter la pata. Hace unas cuantas décadas, decir que el Sporting jugaba contra un equipo filial de quien fuera, aunque fuese del Real Madrid, era sinónimo de aventurar la clara superioridad de los rojiblancos, aunque sin ánimo de ofender porque, eso sí, el Sporting era un equipo “señor” y no avasallaba a los filiales de nadie. Eran los viejos, buenos y lejanos tiempos del Sporting matagigantes, del Sporting que había entrado en Europa, de las gestas apabullantes, de las alineaciones que los niños sabíamos de memoria, de los jugadores que corrían con las pantorrillas embarradas y generaban por sí mismos más valor añadido para esta ciudad sin tener ni idea de lo que significaba la palabra “sponsor”. Aquél equipo señor y señorial con una cantera que generaba valores deportivos y financieros a partes iguales, se fue quedando en los huesos y en la memoria de muchas personas. Aquél equipo no existe desde hace tiempo y el que juega este domingo contra el filial del Real Madrid no es otra cosa que el filial de aquel perdido Sporting. Y para más ‘inri’, este equipo perdedor por los campos de España está muy lejos de ser ni un pálido aspirante a la categoría que tuvo el otro Sporting, su equipo matriz que ya solo sigue vivo en las memorias y las hemerotecas. Así que mañana se verá al filial del Real Madrid jugar contra el filial del que fue el Sporting real, del que los heroicos abonados siguen esperando alguna muestra de talento deportivo y empresarial, más que nada por saber si el filial progresa adecuadamente y llegará alguna vez a ser tan bueno como su añorado hermano mayor.

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Estatua

Puede que el único patrimonio con valor que le queda al Sporting sea la estatua de Manuel Preciado. La gente que hace una semana fue al Molinón a pedir la cabeza de toda la junta directiva y se negó a entrar en el campo a presenciar otra pachanga más, es la misma que pagó la escultura y que  ahora peregrina a la explanada del campo municipal a ver la efigie de un señor cuya principal habilidad fue hacer de la necesidad virtud y saber generar buen rollo todas las situaciones. A Preciado no se le recuerda por ser un estratega de primera clase o un Napoleón del área pequeña, a Preciado se le recuerda porque era capaz de ilusionar con la nada, hacer el flautista de Hamelin con un silbato, decir las verdades del barquero sin despeinarse, o llamar canalla a Mourinho. Su equipo era igual de bueno o malo que el actual, pero él había entendido que en el Sporting solo se puede trabajar con la ayuda de la calle, no en contra de ella. De manera que el cántabro de la voz rota que hacía chistes de chigre y había vivido una vida tan normal o tan desgraciada como la de otra mucha gente, que pasaba a veces por ser un canta mañanas y otras por un filósofo de la escuela existencialista del Piles, se subió sin reservas a los caballitos rojiblancos y dirigió sus ascensos y descensos con cara de risa o cara de pena, según tocara, pero en plena sintonía con esa masa oscura y vociferante que se llama la afición y que, en realidad, es la única conciencia que le queda a este monstruo llamado fútbol. Por todas estas razones la gente le hizo una estatua a Preciado, las mismas razones por las que sigue respetando a Quini y a pocos más. Hace siglos que el pueblo soberano pasea entre estatuas de generales estirados y reyes con mostacho que montan caballos obesos provistos de testículos como balones. La gente desconoce el nombre de estos reyes y generales porque no le interesan, porque nunca hicieron nada por ellos ni con ellos, como muchos personajes que se sientan en los palcos de los campos de fútbol y que piensan y hablan como estatuas vivientes a las que nadie lleva flores.

Señorío

Esos tipos que viven montados siempre a caballo y mantienen su fama y su imagen en el candelero gracias a la educación de los demás son unos estafadores. Esos que usan la colonia de marca, la corbata de seda y el honor de otros para ocultar sus verdaderas intenciones son unos provocadores. Sin paliativos. Uno prefiere que le roben la cartera a que le tomen por estúpido y disculpa mejor al ratero que roba de frente que a la rata que huye del barco por la puerta de atrás. Y digo esto tras presenciar el triste espectáculo ofrecido el jueves por quienes mandan en el Sporting de Gijón al liquidar al entrenador del equipo con una ausencia de educación y saber estar dignos de peores causas. Ese “señorío” del que siempre se presumió en el club (casi siempre como sucedáneo y placebo de los escasos goles, títulos y victorias) parece haberse ido por el mismo sumidero que se deslizaron los viejos y buenos tiempos del club. La imperdonable mala educación de quienes no fueron capaces de sentarse al lado de Manuel Sánchez Murias en la hora de su abrupto y anunciado despido (anunciado para todos menos para él), es propia de gentes a quienes mi padre siempre calificó de “pijoteros” y que, a mi entender, no merecerían representar a una entidad en la que (aún) creen miles de personas que pagan sus recibos como señores, hacen subir señoriales mareonas rojiblancas, tragan como pueden sus berrinches y suplen con su buena educación la que otros no tienen. Como casi todo lo demás, el señorío del Sporting ha pasado a manos de sus fieles aficionados, esa democracia directa y asamblearia que condena o perdona con las tripas, pero que siempre se retrata en las duras y en las maduras. Los hasta ahora sagrados depositarios del “señorío” mostraron el jueves que ya han empeñado hasta los valores intangibles del Sporting, las últimas joyas de la familia, y que están a dispuestos a quedar como cocheros porque, por suerte para ellos, el Molinón lo aguanta todo con señorío, desde luego. Aprendan o váyanse a su casa.

Primera

Los indignados de las calles y del fútbol de este fin de semana que pasó sólo quieren evitar una cosa: que nos pasemos la vida siendo gente de segunda división, plato de segunda mesa, cornudos de nuestros gobiernos y nuestros equipos, pagafantas dela Ligay de la economía, apaleados de los árbitros y los comisarios europeos, pinches de cocina de los chuletas mourinhos que en el mundo son, cola de Bruselas, zurullo de Merkel y unos desgraciados, y unos sospechosos al fin. La filosofía de quienes platican o se quejan, o se besan en las plazas de los pueblos hasta después de las 10 de la noche, es casi la misma que la de quienes lloran de pena en los fondos sur de los campos de fútbol: no ser toda la vida unos segundones, unos miserables, unos desnutridos de autoestima.  Si la realidad nos deja siempre en fuera de juego, si la suerte no se deja meter mano, si ya no ganamos ni a la pelota, si el menú del siglo es comerse los mocos hay que mantener la capacidad de indignarse y hacerlo al margen de los insultos del columnismo del facherío matón y opusdeista, y pasando del falso paternalismo de los presuntos progresistas de editorial que, como los otros, esperan en el fondo una buena carga policial con la que dar color a la primera página del periódico.

Un respeto, porque hay que sentir mucho los colores y la ciudadanía para seguir siendo socio de este club y votante de esta democracia. Hay que pisar las calles nuevamente y las veces que haga falta para que la vida no sufra una trombosis, para exigir que cambien al entrenador, al accionista mayoritario, al ministro de turno o a la madame  que regenta el puticlub bancario. Y estas personas se lo merecen, se merecen algo, porque quien se toma la molestia de ir al fútbol y a votar, de estar a la cola del paro y a la de las entradas de preferencia o a las dos a la vez,  tiene el derecho de indignarse, de saltar al campo, de gritar a los del palco, de sentarse en el adoquinado, y de pedir cuentas para no tener pagarlas siempre.

Quien se niega a ser de segunda merece ser siempre de primera. Así en el fútbol como en la vida.