España Duralex

A uno le preocupa más que le rompan la cara, las piernas o la vida entera a una mujer que el hecho de que España se rompa por la mitad o por alguna de sus esquinas. Hay cosas que no tienen repuesto, que no se pueden volver a recomponer, que son insustituibles como por ejemplo las novias, las madres, las abuelas y todas las mujeres en general. Es de preocupar mucho que un día sí y otro también haya mujeres muertas en las calles y en los periódicos, y preocupa aún más que algunos políticos las conviertan en rapiña electoral y algunos periodistas hagan de sus historias manidas crónicas sórdidas para entretener a audiencias embotadas y subnormalizadas por igual. A uno le preocupa, le altera, le encabrona y llega a sacarle de quicio que se rompan tantas vidas al cabo del año y que esta plaga medieval en la forma y en el fondo pase a formar parte de nuestro paisaje cotidiano, del soniquete de las radios y las televisiones y acabe por ser presentada ante el público como algo inevitable, y que los huérfanos de esas mujeres trituradas tengan que pleitear para conseguir una pensión de orfandad en un país que, efectivamente, está roto de indiferencia y burocracia si no es capaz de atender a las víctimas como lo que son.

Así que frente a estos crímenes me importa una mierda la tan cacareada y apocalíptica ruptura de España y me escandaliza que la derecha presuntamente humanista y católica, ayudada por la ultraderecha asilvestrada que por fin ha salido de la cueva y sin complejos, tengan más discursos para ahuyentar a un catalán nacionalista que para condenar a un asesino machista o a un violador en serie. España está rota, en efecto, pero la fractura no se ha producido en Cataluña ni en Euskadi, ni en ninguna otra fronterita con sus banderitas y sus pijos esnobs pronunciando sus discursos de falsos profetas victimistas. La ruptura de España se produce cada día que una mujer muere violentamente ante sus hijos, es violada, martirizada, privada de sus derechos, de su libertad, es prostituida, comprada o vendida, insultada, menospreciada en su empresa y tratada como un objeto de escaso valor del que se puede prescindir sin que a nadie le tiemble el pulso.

España se pulveriza en miles de trocitos cortantes, como los de un plato de Duralex que revienta contra el suelo de una cocina, cada vez que una mujer es asesinada y queda la duda de si esta España es capaz de hacer algo por sus huérfanos y si el Estado (en su conjunto o por partes) tiene verdadera sensibilidad legislativa, ejecutiva y judicial para poner en los primeros puestos de su agenda de trabajo la lucha contra la violencia machista con todos los recursos habidos y por haber. Mientras la gravedad de este problema se frivolice, se ignore, o se use como moneda de cambio para chalaneos electorales o para excitar bajos instintos en busca de votos fáciles, España seguirá rota con el suelo de su cocina lleno de miles de cristales rotos y afilados como cuchillas.

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