Prostático

Con los años he dejado de hacer footing para hacer solamente zapping. Y no crean, correr por los canales de televisión es más agotador que hacerlo por las calles ya que uno no corre por simple placer, sino que cambia de cadena perseguido por una camada de tertulianos que hinchan las venas del cuello, o azuzado por una jauría de actores españoles que chillan. Agotado por el zapping excesivo y huyendo de varios presuntos debates políticos con “expertos” y periodistas del pesebre, terminé por dejarme caer extenuado en un programa médico en el que se retransmitía en directo una operación de próstata. Observar a un probo cirujano maniobrando con los tejidos ajenos para conseguir que un ciudadano vuelva a mear con comodidad, puede llegar a ser un espectáculo fascinante. Al fin y al cabo uno se identifica con aquellas cosas que le han sucedido o que le pueden suceder, es decir que uno siempre puede situarse ante un espectáculo de ese tipo pensando que la próstata televisada es la suya propia. Una operación bien hecha y bien comentada es un ‘reality show’ que uno vive con intensidad creciente y poniendo cara de dolor ajeno, siguiendo sin respirar la trama que se sucede desde que el cirujano mete la cánula hasta que se da por terminada la faena, momento en el que uno se siente tan aliviado como el propio paciente o el equipo médico que se restaña el sudor y se felicita por la limpieza y el éxito de la intervención. Mi mujer cree que estoy loco por ver estos programas mientras como palomitas, pero yo le he dicho que me siento más identificado con la actuación de un urólogo que, por ejemplo, con la de los tertulianos enterados y sentenciosos que salen en un debate-basura de los viernes, la de Aznar, Rajoy o Rubalcaba, o las crónicas diarias de las chorizadas de Bárcenas o Urdangarín quien, dicho sea de paso, debería estar en la cárcel hace tiempo. Creo que hay más arte y nobleza en arreglar una próstata que en destruir un país entero y, además, uno ya tiene edad para ser más prostático renqueante que votante entusiasta. Salvo que la actualidad, el gobierno o la oposición digan algo sobre mi próstata o alguna cosa que sea de mi interés, no creo que vuelva votar ni a ver la televisión.

Milá

Hay muchas clases de periodismo, aunque la división más simple y efectiva es la que diferencia al buen periodismo del mal periodismo. Sin embargo, en los últimos tiempos he ido descubriendo algunas subespescies de cierto interés. Dejando aparte la bazofia con menudillos que se sirve para merendar cada tarde en telecinco, en esta carrera desenfrenada de rucios comunicadores va sacando cada vez más cuerpos de ventaja la siempre innovadora Mercedes Milá. La que fue periodista de referencia en televisión, entrevistadora incisiva y sagaz, se ha ido convirtiendo en una especie de caricatura de sí misma, como si estuviera retransmitiendo en directo su propia demencia senil progresiva, protagonizando un espectáculo más propio del teatro chino de Manolita Chen que de cualquier televisión con un mínimo de clase. Lo que pasa es que este oficio nuestro se ha ido convirtiendo en un rastro a medida que ha dejado de ser un negocio limpio y comprometido. Todo por la pasta. La calidad periodística se esconde en reductos cada vez más escasos donde los espectadores no somos tratados como imbéciles, pero estos programas son cada vez más excepcionales, porque nadie se resiste a ver a Mercedes Milá gritando por los platós como una vieja chiflada, enseñando el sostén o las bragas como una de aquellas mendigas desequilibradas que andaban por los descampados y de las que escapábamos horrorizados siendo niños. El único mensaje que transmite este nuevo periodismo se resume en la frase “lo que me sale del bolo”, epítome de la intelectualidad informativa y del editorialismo basura. Visto lo visto, uno ya no pide que haya buen periodismo o mal periodismo. Ya solo pide que haya periodismo.

Programación

Como afirmó Woody Allen hace décadas en uno de sus raptos de optimismo cósmico, “en Beverly Hills no tiran la basura, la convierten en televisión”.  Uno cree que en España estamos ya maduros para plantearnos este punto de la cuestión mediática. Producimos una realidad-basura que crece de manera exponencial y cuyo único destino digno es la televisión. Aquí dejo algunas propuestas de programas basados en la vida real por si algún magnate de telecomunicación quiere aprovecharlas. Pagando, claro.

“Españoles en el paro”. Secuela de “españoles en el mundo”, “asturianos en el mundo”, “murcianos en el mundo”, o “lagarteranas en el mundo”. El reality contaría son casi 5 millones de personajes que trabajarían gratis para que no les quiten el subsidio (si lo tienen). El share sería altísimo si tenemos en cuenta la gran cantidad de público potencial que, entre protagonistas directos y familias completas, querrían verse en la tele.

“Un país en los cajeros”. Revisión de la saga labordetiana “un país en la mochila” en la que se recorren los cajeros automáticos en los que pasan la noche miles de nacionales y foráneos. Se enseñarán trucos para aprovechar los embalajes de neveras y como evitar ataques neonazis.

“Sálvame”. Una tarde con los menesterosos en las colas de los roperos de Cáritas, los comedores parroquiales y las asociaciones de caridad. Mandando un sms con la frase “Es triste pedir” los telespectadores entrarán en el sorteo de un abono semanal en la Cocina Económica.

“Sálvame de Luxe”. Una tarde en una reunión del Consejo de Ministros viendo cómo el Gobierno exonera a banqueros corruptos y políticos trincones de cualquier responsabilidad en sus robos y tropelías. La serie se abre con un especial Bankia en el que Jorge Javier y Belén Esteban entrevistan a Rodrigo Rato.

“Salvados”. Intereconomía emite este coloquio moderado por Francisco Camps en el que toman parte cacos de todas las procedencias y filiaciones a quien no hubo manera de meterles mano aunque se lo llevaron crudo.

“La mierda en casa”. Versión  gamberra de la popular teletienda en la que se pondrán a la venta a precios de saldo programas políticos incumplidos de manera contumaz. Esta semana, gran oferta en “Digodiegos de don Mariano”, una golosina con cierto olor a podrido.

“Gran Germano”. Pasamos 24 horas al día en el interior la Comisión Europea bajo el ojo escrutador e implacable de Alemania que impide a los comisarios hacer manitas con el déficit o comerle la oreja a la prima de riesgo. Dirige y presenta Ángela Merkel.

“Callejeros, peseteros y viajeros”. Acompañamos a Suiza y la islas Caimán a un grupo de “desinversores” que ponen su dinero a buen recaudo de la Hacienda española.