Adjetivos

Los periodistas, de natural simplificadores de la realidad por falta de tiempo, de ganas o de vocabulario y de cultura en general, llevamos en nuestro repertorio de tópicos, en nuestro “top ten” de morcillas, dos adjetivos que sirven para todo: atípico y polémico. Decimos que una cosa es polémica por ser atípica; un señor es atípico y se convierte en polémico; un tema es polémico o atípico, o las dos cosas a la vez, cuando necesitamos hacerlo actualidad, y así todo el tiempo. Además, la palabra “polémica” se emplea por igual para describir una bronca entre Rajoy y el FMI, un partido Madrid-Barça, o para adjetivar un desacuerdo entre Coto Matamoros y Karmele Marchante. Los periodistas necesitamos de hechos que puedan tildarse de atípicos y polémicos para aderezar nuestros guisos literarios de usar, envolver y tirar. Pensamos que un titular que incluya una de las dos palabras es garantía suficiente para captar lectores. Sin embargo, los dos adjetivos acaban por perder valor a fuerza de ser manoseados. Por ejemplo, seguimos diciendo que nuestra tasa de paro es atípica cuando, en realidad, es lo más típico que hay en España desde hace ya bastante tiempo. Un paro tan atípico genera mucha polémica, claro, y entonces se empiezan a organizar los típicos debates que suscitan enormes polémicas que dan lugar a nuevos debates. El ministro Wert muestra a diario una atípica afición por la polémica, aunque él y sus amigos del PP creen que lo atípico es que la gente no tenga dinero para estudiar sin beca, o que no pueda sacar un 6,5 de nota media. A estos señores, Wert a la cabeza, sólo les gustan las polémicas cuando las arman ellos y están convencidos de que la clase media es muy atípica y sólo busca la bronca (que es una versión sin destilar de la polémica). La Familia Real también considera que las polémicas que se producen cada vez que uno de sus miembros sale a la calle y es abucheado provienen de colectivos minoritarios, muy atípicos, desde luego y amantes de la polémica. A uno le parece que mientras el nivel de estupidez y soberbia de nuestras instituciones siga siendo tan insultantemente atípico, las polémicas estarán garantizadas y algunas de ellas terminarán por ser de dimensiones enormemente atípicas. Atentos.

Fundar y fundir

Fuentes de alto rango y solvencia de nuestra ilustre competidora, la Fundación Príncipe de Asturias, han contactado de manera repetida e insistente con miembros próximos a la genuina Fundición Príncipe de Astucias con el fin de reiterar firmemente que nadie de esa venerable institución ha estado detrás (ni delante, ni al lado, supongo) del secuestro de nuestros dominios terminados en .es. Es más, estas mismas fuentes han asegurado que nuestra satírica tarea de juntaletras y juntarayas les hace gracia.
Suponiendo que tal neutralidad y simpatías sean ciertas ¿por qué tanto afán en hacerlas saber si nadie acusó de nada a la noble Fundación Príncipe? ¿Temen ellos o alguien que la fundación de esta Fundición pueda terminar en la fundición de esa Fundación? ¿Creen que fundamos lo nuestro para fundirles lo suyo? ¿Es que infundimos tanto miedo? ¿Es que confundimos fundar con fundir? Todo ello es infundado, me parece. Sepan quienes esto lean que fundar una fundición como esta conecta hasta el fondo con la fundada tradición metalúrgica astur, fundamento de una industriosa historia regional que, por desgracia, otros han sido quienes la han fundido en los crisoles de su ambición, su desidia, su centralismo o sus papanatismos. Lo que nosotros queremos fundir es la hipocresía rampante, el fascismo acrisolado, latente o patente, la mala hostia regional con el deseo de crear, no de destruir. Fundiendo lo uno con lo otro y con lo de más allá en los altos y bajos hornos de nuestros nobles talentos que arden en deseos de aportar algo nuevo, buscamos dar fundamento a una imagen de Asturias rebelde, creativa, madura, con cabeza y visión propia, sin doctrinas, sin presiones, sin deudas (aparte de las propias de cada fundidor de las que no nos haremos cargo), libre de idiotas, moralistas de via estrecha, lameculos de nariz broncínea, pelotilleros de palacio y otros parásitos que, amén de molestar, no pagan nunca ni una ronda.
¿Es acaso el fundamento de tanta prevención que en nuestro modesto nombre se incluya el sustantivo Príncipe? ¿Y si es el de Beckelar, felizmente reinante en sus país de las galletas de chocolate? ¿Y si es el de Sissí? ¿Y si es el de Gales con sus orejas? ¿Por qué el Príncipe de Astucias debe tener algo que ver con el de Asturias? Él mismo, el de Astucias, ha dicho que su reino no es de este mundo. No debe la Fundación disculparse ante la Fundición. Ni el Ministro Soria debe perder un segundo del tiempo que dedica a cerrar minas y encabronar mineros en ocuparse de esta modesta troupe de fundidores de palabras. Enfunden sus sospechas y sus simpatías de manual de buenos demócratas y vuelvan ustedes a sus astucias dejándonos a nosotros en las nuestras. No desenfunden tanta artillería contra este humilde taller de provincias en el que no tenemos la suerte de tener ni un vasco o un catalán en nómina para atecharnos en el hecho diferencial y pedir la independencia. Déjennos fundar y fundir con la astucia de que disponemos, esa habilidad que, entre otras cosas, sirve a unos para engañar y a otros para evitar engaños.
Suyo afectísimo.
Jaime Poncela, fundidor de tercera.