Extinción

Los reportajes sobre el Primero de Mayo van a terminar por convertirse en algo parecido a un documental de la tele en el que se muestran especies en extinción o antiguas civilizaciones desaparecidas. El trabajo pasó de ser una maldición bíblica a ser una excepción. Al cómputo de las razas de bichos que se han extinguido en el planeta desde que mundo es mundo habrá que sumar pronto la del “homo trabajador”. Si en toda España hubieran desaparecido 6,2 millones de osos pardos, urogallos, linces o ballenas, las autoridades de Bruselas estarían seguramente poniendo el grito en el cielo y ordenando una investigación. Y nuestro Gobierno, fiel vasallo de los mandatos de Bruselas, se apuntaría como un boy-scout a cumplir las ordenanzas emanadas de tan altas instituciones. Como lo único que desaparece son empleos y eso, al parecer, es un concepto abstracto, lo que se dice al respecto es lo sentimos, nos ayudará la Virgen del Rocío, tengan paciencia, o hagan movilidad exterior. El problema de que desaparezcan unas especies es que se rompe el equilibrio ecológico y otras proliferan anormalmente y terminan por arrasar el territorio, lanzado dentelladas a todo lo que se les pone por delante. Llegué a esta conclusión zoológica tras escuchar estos días la respuesta que dio a los periodistas la incombustible presidenta del PP asturiano, Mercedes Fernandez, al ser preguntada por las altas tasas de desempleo de Asturias. En medio de unas risitas que se le escapaban entre frase y frase la triunfadora Mercedes dijo que eso se lo deben preguntar al presidente de Asturias, “porque a mi los votantes me han colocado en la oposición”, añadió entre nuevas risitas que recordaban a los niños que juegan al escondite y aún no han sido pillados. Así que Mariano y su banda no responden y la presidenta PP de Asturias disfruta de nuevo y atechada en su cómodo oasis de oposición, ese escondite en el que juega al pilla-pilla y desde el que ve pasar la vida y presencia entre risitas como sus doctos colegas ordenan la desaparición de la minería, la industria en general, el empleo y los derechos sociales. Hay plagas que nunca se extinguen. Vaya fauna.

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“Perrodistas”

Hay gente que tiene miedo a los perros y gente que tiene miedo a los periodistas. Hay perros y periodistas rabiosos, claro, pero son una minoría así que este pánico irracional no se justifica. Yo mismo, sin ir más lejos, de niño tenía miedo a los perros pero, lo que son las cosas, de mayor me compré un perro y me hice periodista. Como la vida de periodista es un poco perra, todo quedaba en casa y el perro y un servidor nos entendíamos muy bien. Yo aullaba en algunas de mis columnas y el animal dormía a pierna suelta sobre las páginas del diario en el que yo escribía. Cierto es que siempre había alguna persona miedosa o precavida que cambiaba de acera al vernos, temiendo tal vez a un ladrido inoportuno o un amago de bocado en la pantorrilla. Pero todo ha cambiado. El paso del tiempo me ha demostrado que los perros tienen ya más libertad de expresión y mejor vida que los periodistas. A saber: los chuchos mean con absoluta libertad en la mayor parte de los parques, árboles y elementos del mobiliario urbano, mientras que los periodistas no siempre pueden escribir lo que quieren, cuando quieren y donde quieren. La vida de un periodista se parece cada vez a la de un perro apaleado de los de antes. Lo que es la sociedad: no está bien visto abandonar a su suerte a canes, gatos, salamandras o periquitos. Se arma la de dios porque el Rey mata un elefante, se crean sociedades protectoras de la mangosta, el armadillo o el pollo tomatero, se apoya a focas y ballenas, pero cada día se extermina laboralmente a un puñado de periodistas, muchos de ellos excelentes profesionales, formados, críticos, finos observadores de la sociedad y, por tanto, temibles para esa tropa de políticos melindres y empresarios impotentes que creen que la buena información es una plaga y los periodistas son sus portadores.
El resultado de este desequilibrio es la aparición del “perrodista”, una desgraciada mezcla de perro abandonado y periodista maltratado que vaga por las calles y las redacciones sin collar, dispuesto a vender su talento por mera supervivencia, que ya no llega ni a mileurista, que puede ser galgo o podenco, analfabeto o fino estilista, y que debe mover el rabo con alegría y sumisión cada vez que algún especulador del talento ajeno le ofrece un hueso para seguir tirando. Cualquier día nos ponen un microchip y nos meten en un albergue para ver si alguien nos adopta para escribir noticias a 0,10 céntimos la pieza. Para ladrar.