Milá

Hay muchas clases de periodismo, aunque la división más simple y efectiva es la que diferencia al buen periodismo del mal periodismo. Sin embargo, en los últimos tiempos he ido descubriendo algunas subespescies de cierto interés. Dejando aparte la bazofia con menudillos que se sirve para merendar cada tarde en telecinco, en esta carrera desenfrenada de rucios comunicadores va sacando cada vez más cuerpos de ventaja la siempre innovadora Mercedes Milá. La que fue periodista de referencia en televisión, entrevistadora incisiva y sagaz, se ha ido convirtiendo en una especie de caricatura de sí misma, como si estuviera retransmitiendo en directo su propia demencia senil progresiva, protagonizando un espectáculo más propio del teatro chino de Manolita Chen que de cualquier televisión con un mínimo de clase. Lo que pasa es que este oficio nuestro se ha ido convirtiendo en un rastro a medida que ha dejado de ser un negocio limpio y comprometido. Todo por la pasta. La calidad periodística se esconde en reductos cada vez más escasos donde los espectadores no somos tratados como imbéciles, pero estos programas son cada vez más excepcionales, porque nadie se resiste a ver a Mercedes Milá gritando por los platós como una vieja chiflada, enseñando el sostén o las bragas como una de aquellas mendigas desequilibradas que andaban por los descampados y de las que escapábamos horrorizados siendo niños. El único mensaje que transmite este nuevo periodismo se resume en la frase “lo que me sale del bolo”, epítome de la intelectualidad informativa y del editorialismo basura. Visto lo visto, uno ya no pide que haya buen periodismo o mal periodismo. Ya solo pide que haya periodismo.

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Maruja y Juanluisito

Fue muy divulgada la sentencia emitida hace unos meses por Juanluisito Cebrián, patriarca del periodismo hispano, según la cual un periodista de más de 50 años ya no era apto para el servicio activo. Poco después liquidó a 129 trabajadores de El País. Pero como Juanluisito es un sabio y de sabios es rectificar, se conoce que cambió de opinión y convino consigo mismo y sus monaguillos pedirle a Maruja Torres, de 70 años cumplidos, que dejase de opinar en sus columnas y se dedicase a hacer reportajes como cuando tenía treinta años menos. Esto es como cuando las guerras se prolongan demasiado y se empieza a llamar al frente a los ancianos y a los niños. Para que Maruja Torres dejase de incomodar con su discurso libre y bien escrito, la disculpa buscada por la empresa fue la de todas: eso de que las cosas están muy mal y que hay que apretarse el cinturón, arrimar el hombro y tal y cual. Maruja, sabedora de que Torres más altas cayeron en esta profesión y de que la oferta era una añagaza de las peor especie para obligarla a dimitir, fízole al emisario de Juanluisito una peineta dialéctica y mandóle a la mierda, lugar de donde nunca debieron de salir estos batracios que croan en las últimas charcas del periodismo.

Así que El País se queda sin una de sus periodistas más brillantes, incisivas y humanas que cobraría en razón a su prestigio y capacidad de atraer lectores. Al cambio, el periódico se libera de una roja peligrosa y mantiene el privilegio de seguir contando con un sagaz gestor de personas y empresas que nunca dio una noticia que se precie, ni fue reportero de guerra, ni fue a una rueda de prensa, ni nada de nada, pero tuvo un padre del Movimiento, ingresó en la Academia de la Lengua, en el Club de las Almendritas Saladas (Trapiello dixit) y es amigo de los señores Audi y Armani, como bien escribió Maruja Torres. Ese currículo de Juanluisito y sus palmeros es lo que le queda al periódico para ir tirando y seguir convirtiéndose en uno más, corriente y moliente. Y maloliente. Luego se reunirán todos los listillos en un foro con mesas floreadas de botellas de agua mineral de marca y cuencos de almendritas saladas patrocinadas por algún banco, a debatir sobre el futuro de la prensa escrita y decir que lo tiene todo controlado. Maruja y Juanluisito son dos modelos de periodismo. Elijan ustedes.

Preguntar

Circula por las redes sociales este vídeo de 40 segundos que da mucho que pensar acerca del papel de los periodistas y la información sobre la crisis. Muchos de ustedes lo habrán visto; si no, véanlo. Jordi Évole habla sobre los recortes en sueldos y la desaparición de empleos con dos parlamentarias. Ignoro de qué partido. El periodista lleva la conversación a su terreno y, sin tensión alguna, sin hacerse el listillo ni mirar a la cámara para dárselas de agudo, pregunta a bocajarro a las diputadas si les parecería oportuno reducir a la mitad el número de miembros del Congreso y el sueldo de todos ellos quedara en poco más de mil euros. La naturalidad de la pregunta, hecha sin agresividad, buscando la noticia, y su oportunidad en los tiempos que corren no extraña al espectador, sólo extraña a las diputadas que, tras quedar mudas y con cara de pasmo, apenas aciertan a balbucear el típico “habría que estudiarlo” o “lo tengo que consultar con mi partido”. Sin editorializar como los santones de las tertulias, Évole desvela la realidad que tiene enfrente con la mejor arma de un periodista: la pregunta. No hay mejor escrache ni denuncia más efectiva que hacer la pregunta justa en el momento oportuno y esperar la respuesta. Preguntar y escuchar es el ejercicio del periodismo en estado puro.

Esta refrescante lección en 40 segundos contrasta con los insoportables debates-espectáculo televisivos protagonizados por opinadores energúmenos y multiempleados que aceptan representar como caricaturas el papel que les toca en ese pim-pam-pum del guiñol mediático. Los medios buscan ahora el share por medio de estériles digresiones sin fin de tipos bastante bien pagados que hacen bolos en varios canales y que parecen más ocupados en que prevalezca su opinión y la voz de su amo que en generar algo constructivo.

La información profesional, contrastada, comprometida con la pura realidad, que pregunta lo que a la gente le interesa saber, no lo que el entrevistado quiere contestar, es uno de los clavos ardientes a los que puede agarrarse un país machacado, bombardeado por propaganda de la peor especie, que presencia ruedas de prensa sin preguntas o por circuito cerrado, y que necesita saber la verdad y reaccionar ante ella. El periodismo complaciente con cualquier otro interés que no sea la verdad y el público, es tan estafador como el médico que oculta a sus pacientes la verdad del mal que les mata.