Fútbol

Si el domingo hubiesen llegado a Madrid unos autocares cargados de manifestantes pro aborto, anti recortes o pensionistas yayoflautas, la muy eficiente delegada del Gobierno habría desplegado miles de policías para evitar que estas peligrosas personas alterasen la ingesta del vermú o la salida de misa de doce a la buena gente de adora a Ana Botella. Y al que se mueva, toletazo y a comisaría. Pero como lo que llegaron a la capital fueron solo un par de autocares cargados de ultras borrachos y de doblete que viajaron 500 kilómetros con la única intención de darse de hostias con barras de hierro, cadenas y otras herramientas, la delegada y los de la Liga de Fútbol pensaron que ello no era motivo de alarma.  El resultado fue un muerto apaleado y tirado al río, un proceso de eliminación de las personas físicas que recuerda a los empleados por la mafia de Chicago en los años veinte.

Al parecer, el Estado que dirige nuestros destinos tiene mucho miedo a quienes se manifiestan por las calles en demanda de derechos, justicia, decencia y estas cosas, pero sigue confiando en que el fútbol y su mundo son inocentes entretenimientos, y que esos muchachos que se ponen  de alcohol hasta las cejas y se matan a palos cometen locuras de juventud que se curarán con la edad o con la muerte prematura. Y que me perdonen los muchos aficionados sensatos, templados y normales que siguen saboreando un buen partido con buenas jugadas y estrategias, pero cada día me afianzo más en la idea de que el fútbol no solo corona y hace millonarios a musculosos ídolos medio analfabetos, sino que además consigue insólitos beneficios fiscales y de la Seguridad Social, sirve de plataforma privilegiada para traficar negocios e influencias, convierte en ilustrados babayos a periodistas de medio pelo y prohija tertulias en las que se entra de lleno en los límites de la zafiedad más burda, el machismo más casposo y la violencia verbal más propia de un bar de carretera que de un medio de comunicación (descontadas las presuntas “tertulias políticas” tan en boga). El fútbol sigue teniendo la sartén por el mango porque, además de ser un enorme negocio para algunos, cumple el mismo servicio que hace cuarenta años: idiotizar al que se deje. Sin ir más lejos Mariano Rajoy ha llegado a ser presidente del Gobierno con un bagaje intelectual del que tan solo sobresale su afición al fútbol. Al parecer eso humaniza al estadista y permite que se le perdonen otros pecados.

 De manera que el muerto del domingo en una reyerta entre bandas de  “ultras” tendrá en breve la consideración de accidente o daño colateral, nada que ver con este noble deporte que excita el patriotismo de los pueblos de España y sigue siendo el cemento que garantiza nuestra unidad nacional. La policía tiene cosas más importantes que vigilar en las calles. Al fin y al cabo, el fútbol es garantía del orden social..

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Noticias

En el mismo programa de radio oigo que en España se matan o abandonan cada año a unos 50.000 galgos, que un jugador del Barcelona ha costado cien millones de euros en vez de los 57 que se anunciaron, y que un científico español capaz de crear piezas de recambio para los riñones se va a Japón porque aquí no hay quién investigue nada excepto la vida privada de Belén Esteban. Dice el locutor que Mariano Rajoy ha tenido que ir a Washington a que le den una bolsa de conguitos para subirle la autoestima, que lo mismo la infanta blanqueadora entra en los juzgados bajo palio y que el presidente inexistente de la Asturias en extinción puede ser el próximo líder del PSOE. Un cardenal predica: la homosexualidad se trata con pastillas, como la hipertensión y las almorranas. Rajoy vuelve a España con su bolsa de conguitos para decir que ya estamos saliendo de la crisis, que todo está controlado, mientras un informe de IU dice que en los colegios de Gijón hay niños que roban piezas de fruta del comedor escolar para llevar a casa. En estos colegios se regalaba antes un ordenador a cada alumno. Ahora les bastaría con un bocadillo. De bable en les escueles a fame en les escueles. Leo que la variante de Pajares es casi tan cara como en Canal de Panamá y también será navegable, y que la Seguridad Social nos enviará una carta a los mayores de cincuenta para decirnos lo que nos va a quedar de jubilación. Para qué vayamos ahorrando. Qué sarcasmo.

La fealdad es la marca de este país. La marca España es la vulgaridad, la cutrez, el señoritismo gobernante, la inutilidad de la oposición, la chulería eclesiástica y la garrulería y la ignorancia como señas de identidad de muchos periodistas, tertulianos e intelectuales, nuevos dueños de la opinión pública junto a los cocineros y expertos en vinos.

Con estas noticias tan feas que contar duele aún más la muerte de Manu Leguineche. Se apaga una luz y no se enciende ninguna otra.

Na, na, na

A Montserrat Caballé se le mueve la peluca, se le salen los ojos de las órbitas y amenaza con derrumbarse en toda su humanidad sobre una multitud expectante que escruta los números de su participación navideña por si cae aquí, el premio o Montserrat. Ella es la alegoría viviente de lo que fue la enorme Seguridad Social española, un gran cuerpo social que fue glorioso, el colchón del Estado del bienestar, pero que ahora ya solo es una apariencia desmejorada, un armazón al que se le notan todos los alambres, una masa desmadejada a la que ayuda a sostenerse el fornido y gentil Bustamante, un albañil reconvertido en cantante que simboliza el contrato relevo, la precariedad de la improvisación hispana, la entronización de la grisalla. Los pinches sin experiencia pero con apariencia sustituyen a los divos. Los contratos a media jornada toman el relevo de vidas laborales con diez cuatrienios cotizados y un Longines de oro de regalo en la cena de jubilación. La mediocridad con aparente buena voz exclama ripios en do de pecho y toma el testigo de una tambaleante España que antes triunfaba en la Escala de Milán y ahora manda voceras a Eurovisión y arrasa en las romerías. España entera es una lotería cantada con su enorme talento por Marta Sánchez, un adelanto de lo que serán en el futuro muchas alumnas de la LOMCE, las chicas Wert como lo fueron las chicas de la Cruz Roja del franquismo. La máscara España suple a la Marca España porque de donde no hay no se puede sacar. Para que no falte de nada, la mujer que se comió a Niña Pastori se une al coro seráfico para aportar la españolidad el evento de los bombos, las velas y las lágrimas. Vuelve a España, vuelve por Navidad, parece insinuar la presencia flamenca y rotunda de la Niña a todos esos catalanes y otros bigardos separatistas que se quieren ir. A Raphael se le mueve una dentadura tan blanca que podría deslumbrar a toda una caravana de camiones con los que se cruzase de noche en la carretera de La Coruña. Él es nuestro Peñón de Gibraltar con unos dientes tan pulidos y relucientes que hacen sombra al paso de peatones que cruzaron los pérfidos Beatles en Abbey Road. Con todos los kilómetros que lleva recorridos el cantante de Martos por el camino que lleva a Belén nadie mejor que él para cerrar el anuncio tarareando a implante dental batiente y fosforecente esa musiquilla que nos es tan familiar, ese “na, na, na” que lo mismo sirve de letra a los niños de San Ildefonso que al himno de España, esta lotería tan nuestra, este país tan “na, na, na”.