Tibu I

Pensándolo bien, veo pocas diferencias entre la sucesión monárquica española y el legado do Tibu, esa broma chusca que incendia las redes sociales (al parecer las redes sociales son altamente inflamables porque las incendia cualquier bobada) y que viene a ser como una novatada de colegio mayor. Al fin y al cabo hay uno al que le da un aire, hace algo llamativo y reta a otros a que hagan lo mismo so pena de pagar una mariscada en caso de no cumplir el desafío. Es más, yo creo que Juan Carlos I no ha abdicado a  causa de esas intrincadas razones que analizan politólogos y tertulianos. Nada de ciclos históricos, ni del fin de la Transición, ni nada de nada. Chorradas. El Rey  ha visto en el legado do Tibu una ocasión dorada para darse el piro y dejarle a su hijo y nietas, respectivamente, el marronazo de tener que seguir jugando a los reyes en un país donde, por lo general, pintan espadas y bastos. La campechanía borbónica tiene la ventaja de que permite echarle morro a la Historia de España y metérsela doblada al propio sucesor. Si Carlos V se retiró a pescar truchas en Yuste porque le dio la gana, a ver por qué Juan Carlos I no va a poder solazarse en su pabellón de caza viéndolas venir. El legado abdicatorio de Juan Carlos I pone en la picota a Felipe VI, nuevo rey en la corte de Tibu que va a tener que mojarse tirándose en plancha sobre las revueltas aguas hispanas. O eso, o pagarles una mariscada a los de Podemos y a otros españoles que solo tienen interés por las coronas cuando se trata de las de sus propias muelas. Las demás les sobran. Así que el Rey Juan Carlos ha considerado la abdicación como una dación en pago de la pesada hipoteca que le suponía reinar, y ha optado por hacerle un legado con peineta a su querido hijo que, según se sucedan las cosas a partir de hoy mismo, será recordado por la historia como Felipe VI o como Tibu I el fugaz.

Viral

El concepto de la viralidad es una de las neo-gilipolleces que se ha instalado en nuestras costumbres, un neologismo producido por las redes sociales que obsesiona a los comunicadores porque conseguir un producto viral es, o puede ser, sinónimo de dinero, fama y proyección al estrellato. La viralidad es conseguir decir algo que se repita como la morcilla hasta la eternidad. Uno ha triunfado si dice algo que es viral, que corre como la pólvora y está en boca de todo el mundo. No importa si lo que ha dicho, escrito, fotografiado o sentenciado es bueno o malo, si ese mensaje tan rebotado tiene algo de talento o no, si es la frase de oro de un sabio o el rebuzno ilustrado a todo color de uno de los analfabetos integrales que colapsan todos los medios de comunicación. Lo que importa es que el mensaje sea repetido cuanto más, mejor. Ser viral es en realidad ser un pelmazo, ni más ni menos. De toda la vida, la gente cambió de acera cuando veía aproximarse a un sablista o a un pelmazo, sujetos ambos poco recomendables porque te robaban el dinero o el tiempo. Ahora, encontrarse con el mismo mensaje repetido hasta la saciedad, rebotado por unos y otros a todas horas, es elogiado y tiene premio porque, sencillamente, es viral. Sí se encontraba solo, quería hablar de toros o de fútbol o quejarse de lo mal que iba todo, el personal iba antes a contar su vida al barbero, a la peluquería de señoras, al bar de la esquina, o mataba sus fantasmas interiores hablando solo por la calle. Pero la modernidad y la soledad, ambas muy virales, nos han convencido de que lo mejor es hacer de la necesidad un Facebook y colocar allí mensajes, fotos de gatitos, platos combinados, frases enjundiosas, atardeceres, manos y pies, ojos, espaldas, hijos y amantes, neurastenias, cabreos, cumpleaños, bodas y bautizos, y esperar a ver quién es el más listo, el más agudo o el más chusco para conseguir alzarse con el aprobado general de la mayoría y ser viral de dos a tres, trending topic por la tarde y aclamado por el resto de los náufragos. Ya no basta con que una sola persona te pase la mano por el hombro y te invite a una cerveza para que dejes de sentirte solo. Ahora, si usted no es viral está perdido.