Eminencia

El funeral de Adolfo Suárez fue también el entierro de una manera de entender las relaciones entre la iglesia y la sociedad en España. Rouco Varela, ejerciendo de monseñor hiena en su versión más feroz, enterró cualquier rescoldo que pudiera alentar aún en este país de una Iglesia algo moderna y dispuesta a convivir en democracia. En su homilía fúnebre Rouco ejerció de sanador del franquismo que pugna por resucitar, hizo de profeta de la historia más negra de España y proclamó la vigencia absoluta del Dios del Antiguo Testamento, un tipo avinagrado, malencarado y vengativo para quien es un placer anunciar desastres, invocar catástrofes y churruscar ciudades enteras llenas de fornicadores. Parece demasiado fácil y populista criticar a un ser de estas características porque se ha instalado a sí mismo en la categoría de caricatura fácil de ridiculizar. No merecería la pena señalar lo que es obvio y perder un minuto en criticarlo, pero el problema de Rouco es que tiene aún mucho público y no solo en la misa de doce sino también fuera de ella. El mensaje del cardenal no puede ser tomado como el simple exabrupto de un clérigo viejo, ultramontano y borracho de bilis, sino como la expresión de una España a quien ya se le queda corto el ultraderechismo del PP y necesita sintonizar con voces aún más contundentes y dispuestas no solo a justificar que cualquier camino es válido para hacerse rico: jamás he oído a Rouco poner en la picota la reforma laboral o los recortes sociales del PP, o defender el informe de Cáritas sobre la pobreza. Pero al público incondicional de Rouco Varela le interesa ir aún más allá y contar con una voz “moralmente autorizada” que, además de preservar el dinero en los bolsos de siempre, ayude a desenterrar la guerra (santa, por supuesto) para meter en vereda a quienes se salen del carril.

En el funeral de Suárez (con dictador guineano incluido) el cardenal ha enseñado la culata de un arma que la Iglesia ha manejado con maestría desde siempre: el miedo, la amenaza y el castigo. Rouco se pasa por el forro el trabajo realizado durante la transición por muchos curas y algunos obispos, y olvida a toda a una sociedad de creyentes y no creyentes que está dispuesta en general a convivir. Si la hoja de ruta de Cristo marcaba en dirección a la concordia, la paz y la misericordia, la Iglesia que representan Rouco y sus palmeros camina en sentido contrario y cometiendo el pecado más condenado: el escándalo, un motivo de “ruina espiritual” como escribió Santo Tomás. Al que escandalice “mejor le fuera que se le atase al cuello una piedra de molino y se le arrojase al mar”, se lee en el evangelio de San Lucas, eminencia.

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Botas

 

No podría ser de otra forma. El cardenal Rouco Varela se fue a casa proclamando la misericordia, la esperanza, el amor universal y dejando clara la apuesta de la cúpula de la Iglesia española por la democracia, la separación de poderes y su afán por conectar con el sentir generalizado del pueblo. Ya t’oyí, qué risa. Fiel a su estilo de monseñor hiena, el ya ex presidente de la Conferencia Episcopal Española aprovechó su última comparecencia pública para predicar el miedo, la amenaza, la sospecha y para subrayar una vez más su encariñamiento incondicional con las versiones más ultraconservadoras e intolerantes del poder. Rebuscando entre cualquier carroña ultraderechista como argumentario principal de su homilía, su eminencia puso sobre el altar del 11-M como ofrenda al rencor propio y al dolor ajeno toda la bazofia conspirativa de Aznar y sus secuaces, sin mostrar atisbo de usar su autoridad moral para llamar al arrepentimiento a toda esta caterva de inmorales que son tan amigos suyos  por el daño que han causado a todo un país. Esos eran, monseñor, los que tenían “oscuros objetivos de poder” y quienes no dudaron en usar la premeditada muerte de inocentes como arma política y electoral. La misa por las víctimas (obligatoria y única en un país presuntamente aconfesional) no fue el lugar del arrepentimiento y la misericordia porque el púlpito de Rouco volvió a ser tribuna de mitin a favor de la España más negra, retorcida, turbia y embozada que hemos estado padeciendo en los últimos años. El guardián de la caspa en los capelos cardenalicios ha patentado en estos años un nuevo sermón de la montaña que es el sermón de la escombrera, una versión bastarda del original escrita a cuatro, seis u ocho manos con Gallardón, Jorge Fernández y compañía, en la que los bienaventurados son los de siempre y los que irán al infierno al contado o en cómodos plazos vamos siendo cada vez más. Monseñor tortura dice todas estas cosas al tiempo que se queja de la pobreza del discurso público, él que no ha cambiado de discurso en toda su vida y cuya única ambición es hacer lo posible por obligar a los demás a que cambien el suyo propio.

En unos tiempos en los que la Iglesia parece querer calzarse las hippies sandalias del pescador, Rouco y sus hermanos siguen sacando cada mañana el lustre a sus botas militares. Y la cosa no va a mejorar.

Paraíso

El Tribunal Constitucional avala que la Iglesia no pague el impuesto de bienes inmuebles (IBI). Como Dios está en todas partes, según sostiene la fe católica, el tal impuesto les podría salir a los obispos por un ojo de la cara, ya que esa omnipresencia hace que el índice de ocupación del suelo por parte de la divinidad es casi del ciento por ciento. Echen cuentas. Pero todo tiene arreglo, porque el Estado va a misa de vez en cuando y allí es aleccionado con meticulosidad sobre las cosas de la fe. A saber: cada iglesia, cada convento, casa de ejercicios, colegio religioso o catedral es la casa de Dios, pero hace siglos que repetimos de forma automática esa frase tan inspirada: “que Dios te lo pague”. Sabemos que tal promesa va unida a un pufo asegurado, pero ya nos hemos acostumbrado a estos impagados. De manera que ministros y jueces saben que el IBI que no pagan ahora los obispos lo pagará Dios algún día, y se avienen a apuntar la deuda eclesiástica en una barra de hielo que guardan en el Tribunal Constitucional para estas ocasiones. Así que todos tranquilos. Dios proveerá y Dios pagará cuando llegue el día del Juicio Final. Antes de ordenar en dos filas a unos buenos y a los malos para mandar a unos al cielo y a otros a las calderas de Pedro Botero, el Señor dirá “¿qué se debe aquí?” para dejar zanjada la deuda fiscal contraída por los pastores de su rebaño. Parece ser que, de haberse dado el caso de verse obligada a pagar el impuesto, la Iglesia habría remodelado todos los crucifijos que componen el mobiliario eclesial para sustituir el cartelito de “Inri” por otro que ponga “IBI” para reivindicar así la exención impositiva de las sotanas. Los jueces y los ministros no habrían soportado esa tremenda visión en cada sacristía, ni en todas las aulas escolares en las que se volverá a restaurar la presencia de la cruz del Gólgota gracias a otra ley, en este caso educativa. Así que el Constitucional en fecha tan señaladas como estas, ha liberado a la Iglesia de la cruz del impuesto y a Jesucristo de verse crucificado entre un fabricante de cementos y una infanta de España por un inspector de Hacienda. Ahora que las empresas se van a otros países huyendo de los impuestos, tenemos garantizado que Dios no se deslocalizará de España a causa de la presión impositiva. España es un baluarte del catolicismo y un ejemplo de lo que es el paraíso, al menos el paraíso fiscal para algunos.

Respuestas

Han dicho Rouco y sus hermanos (los obispos) que la crisis se debe a que hemos olvidado a Dios. Es una forma de verlo. De hecho en los tiempos de Job y de los brujos, de los chamanes y los hechiceros, las malas cosechas se atribuían a la furia del Altísimo y así nadie la emprendía a ladrillazos con el hombre del tiempo ni pedía al Gobierno la declaración de zona catastrófica. Ya se sabe que Dios es misericordioso pero a tiempo parcial y que es la Iglesia quien le indica cuando debe serlo. Lo que Rouco quiere decir en realidad es que cuando la gente aborta y se divorcia más de la cuenta sube la prima de riesgo y el paro, aunque lo que debería decir es que cuando los banqueros de misa y comunión diaria, algunos de ellos opus deístas de pro, creen que la gente son insectos y merecedores de ser pisados, atracados, humillados y ofendidos, son ellos los que se olvidan del presunto dios en el que creen y pasan a bailar la conga junto al becerro de oro. Pero, claro, la Conferencia Episcopal no les va a enmendar la plana a gentes tan principales como sus eminencias diciéndoles que la crisis la producen cuando olvidan a Dios los banqueros presuntamente católicos que roban a destajo, o los políticos defensores de la familia y manifestantes contra el aborto que, eso sí, encubren a chorizos de tomo y lomo. Es una pena que la Iglesia siga dando respuestas del siglo X para preguntas del siglo XXI y tratando a los poderosos del siglo XXI con la misma manga ancha que en el siglo X. Ahora solo falta que Rouco nos explique por qué el verano no acaba de llegar. Posiblemente dirá que Dios quiere evitar así tanto top less fuera de temporada, que Jesucristo se dejó abierta la nevera, que los angelitos mueven las alas con demasiada fuerza o que el infierno es, en realidad, un concesionario de Pescanova. Como dijo aquel llegará el día en que la Iglesia sólo tendrá respuestas para preguntas que ya nadie se hace.

Misericordia

La incontinencia verbal de algunos obispos es legendaria. Cada vez que hablan consiguen que más gente se plantee apostatar a gritos. El arzobispo Oviedo es uno de los más afamados cultivadores del verbo florido y fuera del tiesto. Recordemos sus emocionados llamamientos a votar a los partidos defensores de la familia (aunque sus cabezas de lista estuvieran re-divorciados), o sus diatribas contra “los de la ceja”, esos peligrosos incendiarios de templos. El jueves volvió a sacar la lengua a pasear a cuento de la muerte de Santiago Carrillo, a quien deseó que sus víctimas aboguen por él para que no pase demasiados milenios en el infierno. Don Jesús Sanz hizo una piadosa reflexión en la que contrastó la presunta “inmisericorde” vida de Carrillo con la misericordia que recibirá de Dios. Qué bueno es Dios y qué mezquino es el obispo. Lo raro es que el obispo, que es empleado de Dios, no sea capaz de ser tan misericordioso como su jefe y despida al muerto con un remedo de piedad que solo es un escupitajo destinado, una vez más, excitar los instintos de la caverna. Parece claro que Dios perdona a todos pero los obispos no están por la labor de hacerlo con algunos. Es piedad selectiva que permite hacer la vista gorda con unos pecados y no con otros, guardando silencio unas veces y no otras. Si, por ejemplo, un ilustre cadáver ha sido ministro de una tremenda dictadura golpista y hasta participó de un gobierno que firmó penas de muerte a la hora del café, ningún obispo dirá nada inconveniente cuando el noble fiambre parta a encontrarse con el Sumo Hacedor. Ningún prelado recordará sus pecados, ni rogará a los fusilados que salgan de la fosa común de alguna cuneta a acompañar hasta las puertas del cielo a quien los mandó fusilar. Si alguien cree que debe ser perdonado vale más que lo hable directamente con Dios, nunca con algunos de sus ministros. Ellos tienen el embudo estropeado de tanto hacer que determinados camellos pasen por el ojo de la aguja y ciertos cañones reciban sus necesarios riegos de agua bendita. La guerra santa no es cosa de moros o de cristianos, es un estado mental que impide la moderación y cultiva cualquier cosa menos la misericordia.