Tirando

Cambiamos de año cada 365 días. Cambiamos de coche cada equis años. Ahora ya cambiamos más de año que de coche y llegará un momento en que no cambiaremos ninguna de las dos cosas. Cambiamos porque toca, a veces sin ganas, ni siquiera por necesidad. El año pincha y se le caen las piezas a cachos, como al coche. El día a día se llena de abollones, su aspecto pierde brillo, como el coche. El coche empieza a hacerse incómodo, gasta demasiado para lo que ofrece a cambio y cada avería es peor que la anterior, como el año. Y entonces vamos al concesionario a que nos cambien un año por otro y un coche por otro. Lo hacemos porque necesitamos año nuevo y coche nuevo para seguir adelante, para llevar a los niños al colegio, para escapar hacia ninguna parte. Viajamos en el tiempo de enero a febrero y luego soñamos con agosto para que el coche nos lleve lejos de nosotros mismos.

Y nada más volver de la inútil escapada estival ya le estamos metiendo caña al año para que llegue pronto diciembre aunque sabemos que ese viaje supondrá una sangría de horas y minutos que pagaremos tan caros como cada litro de gasolina. El tiempo y los octanos se queman y son irrecuperables. El tiempo que alimenta nuestras vidas, cada uno de nuestros años, es un combustible fósil que tiene fecha de caducidad como nuestra existencia, como nuestros coches. Y no somos productores de tiempo ni de petróleo, nuestra dependencia es total. Pagamos tiempo y gasóleo  a precio de lujo sabiendo de su inconsistencia, somos yonkis de tiempo y gasolina. Pero es igual. Seguimos el rito porque estamos en la rueda y hay que  modernizarse, renovarse, dar el pego. Siendo jóvenes nos ilusionaba por igual cambiar de año y cambiar de utilitario. Sentíamos un enorme subidón cada Nochevieja y cada vez que podíamos cambiar de coche. Cuando uno es joven piensa  que en el próximo año y en el siguiente monovolumen estará la solución, la velocidad definitiva, los viajes más exóticos y las mejores aventuras. Pensamos que en el año nuevo y en ese flamante coche viajarán la mujer más excitante, el hombre más divertido, el contrato indefinido, el aumento de sueldo, el ascenso, las ganas de todo, la salud, el dinero y el amor.

Un día caemos en la cuenta de que después de tanto tiempo cambiando de año y de coche nos siguen estafando. La experiencia y la repetición no nos han hecho expertos ni en años ni en máquinas. Ni nuestros años ni nuestros coches ha salido tan bien como nos prometieron. ¿Cómo es posible? Nos hemos leído al detalle cada folleto sobre el último modelo del deseado vehículo y hemos prestado la máxima atención a las ventajas que traerá a nuestra vida la versión más avanzada del software existencial que nos instalarán durante los doce meses siguientes. Pero nada. Todo se queda en medias verdades y ni los años ni los coches huelen a nuevo. Descubierta la trampa terminamos por conformarnos con coches de segunda mano y años de segunda mano a los que apenas prestamos atención. A estas alturas todo vale. El caso es ir tirando.

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Meteorología

El paro y el oleaje son dos fuerzas formidables e imparables como estamos viendo estos días. Hay alertas rojas en los puertos de mar y de montaña a causa de “fenómenos costeros adversos” (menuda cursilería para no usar una hermosa palabra como galerna), pero no se ve que la tormenta perfecta de desempleo por la que atravesamos desde hace varios inviernos sea capaz de aconsejar a nuestro gobierno aprobar la declaración de zona catastrófica de la economía española. Para ellos el cielo  está despejado y la mar en calma. Avante toda. Pero la realidad es que la fuerza del paro y la de las olas está igual de desbocada este invierno en el que, a falta de calefación por ser artículo de lujo, el personal se calienta solo leyendo la biografía de Blesa o la ennumeración de los regalos que le hacían a un tal PAC. Qué misterio de iniciales. Lo llamativo de estos minsitros que padecemos es que tratan el paro como una variedad más de fenómeno  meteorológico, explican el mapa del desempleo con la misma neutralidad que se explica el mapa del tiempo, y encima tienen la ventaja de no les pasa nada cuando sus previsiones no se cumplen. Ellos hablan el paro y del tiempo con la misma naturalidad. No se ven salpicados por ninguna de sus consecuencias, están siempre a cubierto, incluso  cuando profetizan que está a punto de salir el sol y lo que pasa es que cae una nevada de parados que congela las cifras de las cotizaciones a la Seguridad Social. Si eso lo hace un hombre del tiempo y por culpa de su error de pronóstico naufragan seis millones de personas el escándalo sería mayúsculo. Los de mi generación estábamos acostumbrados a la seriedad de Mariano Medina como hombre del tiempo, por eso nos irrita aún más la informalidad de Mariano Rajoy como hombre del paro. Puede que todo se deba a que Rajoy solo lee el ¨Marca¨y por eso no se entera de lo que pasa con el tiempo ni con el paro.