Mi tiu Logi. Un hombre bueno.

PIRI Y LOGI

Mis tíos Logi y Piri, en la celebración de sus 50 años de matrimonio

 

Algunas personas son como oasis verdes en este desierto extraño que se llama vida, por no llamarlo de otra forma. Algunas personas son buena gente. Otras personas son gente buena. La buena gente, por ejemplo, va al hospital a verte diez minutos cuando estás enfermo. La gente buena te lleva al hospital y se queda allí contigo hasta saber que estás en buenas manos. La buena gente cumple más o menos. La gente buena se coloca a tu lado cuando hace falta y sin condiciones.  Siempre.

Mi tío Eulogio Canal, mi tíu Logi,  era de la gente buena, de la que creaba a su alrededor un aura de bienestar, de calidez, de comodidad, un señor que reconciliaba a uno con el género humano trufado de tanto hijoputa. Mi tío Logi que acaba de morir tras asumir con entereza que tocaba entregar el equipo, y que murió sin querer aferrarse a un tubo para resistir un poco más, por no molestar, por no negar la evidencia de que la vida se acaba, era gente buena a la que apetecía encontrar en el bar, en la calle, en el Muro, en una reunión familiar. ¡Qué pocas tuvimos en los últimos años, Logi del alma, y qué pena me da ahora no haberte tratado más!

Cuando éramos niños teníamos tíos favoritos y Logi era uno de ellos. Y no solo porque siempre tuviera la cartera abierta para darnos propinas más que generosas, o porque nos invitase a helados de Los Valencianos si nos encontraba en verano por la calle mientras él daba una vueltina con mi tía Piri, su mujer, su compañera inseparable durante 52 años. No, no era solo por eso. Logi transmitía bondad, sin sermones, sin consejos, sólo con actos, sin publicidad, pero eso no lo sabíamos entonces porque éramos todavía muy jóvenes para entender que los adultos pueden hacer muchas cosas por los niños, pero que una de sus obligaciones esenciales era enseñarnos a vivir de acuerdo con un sistema consistente básicamente en no molestar y ayudar a quienes lo necesiten. Logi nos dejó claras esas dos cosas sin haberlas dicho en voz alta una sola vez, únicamente había que verle vivir, reír, hablar y asumir los derechos y los reveses de la vida, la salud y la larga enfermedad que le llevaba a dializarse tres veces por semana hasta que la máquina no pudo más.

De joven Logi era “el diosin” en el Barrio La Arena, en aquellas calles de posguerra en las que había que buscarse la vida. Era “el diosín” porque ya entonces era gente buena que llevaba retratada la bondad en su cara de mirada limpia y acogedora. No debía fácil ser bueno en tiempos de tanta oscuridad y sobrevivir más de ochenta años con un curriculum de buenas acciones sin alardes de las que muchos nos beneficiamos.

La prueba viviente de que esto que digo no es elogio barato a un muerto de la familia, es que Logi deja en su hijo Jorge y en su viuda, y en sus nietos Alex y Claudia, y en su hermano Siri y en su nuera Kati una pena mansa y una herencia de honradez, buen humor, socarronería y una bondad que les permite transitar este desierto extraño encontrando y compartiendo oasis de humanidad.

La pena es que desde hoy ya no nos encontraremos a Logi para que con esa voz profunda de barítono playu y esa media sonrisa siempre disponible, te invitase a un café, a una parrafada, te presentase orgulloso a uno de sus nietos o se interesase por tu vida. Mucha gente echa de menos desde hoy a mi tio Logi, un hombre bueno que descansa en tanta paz como fue capaz de crear en su vida. Y fue mucha.

Un besu, Logi.

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Paula y Alejandro

paula y nafría

Paula y Alejandro tienen los ojos limpios. Tienen la mirada de quien sabe de qué va la cosa. Miran por encima de la turbia realidad. Tienen los ojos como agujeros negros llenos de verdades que les permiten ser bellos y lejanos, envidiables ciudadanos que aún creen que el mundo puede ser un lugar habitable. Miro a Paula y Alejandro y recuerdo cuando yo era como ellos: bello, lejano, capaz de entender y de ignorar a la vez; convencido de que el mundo era una basura reciclable. Ahora ya no creo en el reciclaje. Sueño con serpientes y vivo con ellas. Soy una de ellas.

Paula y Alejandro hablan de fotos y cerveza. No hay en ellos prisa, ni temor, ni recelo ante el intruso que llega e interrumpe su testimonio de pureza humana sentados en la barra baja de la Revoltosa. Saben de qué va. Milagro de los bares. Y eso que son jóvenes, aunque seguramente el hierro de la vida les haya dado ya puyazos de pronóstico que ellos soportan con casta de bravos resistentes. La vida embiste y ellos cabalgan. A galopar.

Me recuerdan a los “Formales y el frío” de Bennedeti. Me recuerdan a esos diputados recién estrenados que se sientan en los escaños vacíos del Congreso a tratar de arreglar el mundo sin saber que sus jefes ya se dan por contentos arreglando el suyo. Me recuerdan a mí cuando aún tenía fe, esperanza y calidad. Calidad humana con ojos limpios.

Miro a Paula y Alejandro. Les hago unas fotos y les prometo escribir sobre ellos. Se ríen como diciendo miratúquépijadasseleocurrenaeste. Los viejos impotentes de esperanzas y sentimientos tenemos el recurso de las letras, el consolador que alivia nuestro paulatino viaje a ninguna parte que nos aleja de la pureza inesperada de Paula y Alejandro, sentados en la barra baja de La Revoltosa, hablando de fotos, tomando una cerveza y presagiando contra todo pronóstico que igual este mundo tiene algún remedio que ellos esconden en sus ojos de mirada limpia.

Va por vosotros.

María Sota de Bastos

María Sota de Bastos era esa: la sota de bastos. Quiso adaptar su nombre a los tiempos modernos y ser conocida por la Porrera (por aquello de la porra que lleva sobre su hombro derecho), pero su padre, un tipo muy seco llamado Heraclio Fournier, alegó que las normas del gremio de los naipes son muy estrictas y que nada de cambios. Porque, claro, Sota tenía marcado el destino desde su nacimiento. Jamás posaría para un pintor de fama, ni integraría el conjunto de imágenes de un escudo nobiliario, un retablo religioso, ni siquiera tendría la suerte de ser el mascarón de proa de un barco aventurero que surcara los siete mares, ni tampoco el símbolo de un coche inglés de postín, como lo era aquella lejana prima suya con alas que coronaba tan altiva y graciosa, como la Campanilla de Peter Pan, los morros de cada Rolls Royce.

Ya no pedía ser la Venus de Milo, aunque fuese manca, ni la Victoria de Samotracia para estar en el Louvre aunque decapitada. Le bastaba con haber podido dedicar su vida a ser otra estampa más refinada. Pero no, ella no sería ninguna de esas figuras porque estaba condenada para siempre a posar vestida con aquel atuendo de soldadito mamarracho, incluidos los leotardos, capa corta y falditas de romano. Y para colmo debería llevar al hombro un garrote. ¿Para qué? ¿A quien iba a amenazar con aquella cachiporra que la hacía parecer un muñeco de guiñol más que otra cosa? ¿Qué dignidad marcial le daba aquel palitroque mal talado y peor pulido? NInguna.

Descartada la posibilidad de cambiar su puesto con la Sota de oros, tan enjoyada y orgullosa ella con su medallón, o con la de espadas, portadora de un arma defensiva como Dios manda, María Sota de Bastos se habría conformado con ser la Sota de copas pese a ser consciente del riesgo de alcoholizarse en aquel palo de la baraja sin poder apartar de sí ese cáliz. Borracha y todo habría soportado mejor aguantar tardes interminables de tute, brisca, julepe, mus o siete y media recibiendo en su cara el humo de los cigarros de los jugadores, sus blasfemias y salivazos, o los manotazos tremendos con los que cantaban las cuarenta.

Intentó fugarse con el caballo de bastos, pero a él le iban más los  jinetes que las amazonas. Trató de formar parte de la corte del rey de copas pero todas las rondas estaban ya pagadas. Desesperada, trató de quitarse la vida dejando que le cayera encima el as de bastos, pero la salvó de la muerte por descarte su casco ridículo con dos alitas.

La última vez que supe de ella se había tratado de colar en una baraja de póquer americano, pero todas aquellas cartas hablaban solo inglés y fue un fracaso. Abandonada por descuido una noche en la mesa de un bar por un jugador descuidado vive ahora sola haciendo de marcapáginas en un libro de cocina. Es una carta descartada, pero feliz aunque el  libro sea de Ferrán Adriá.

Vicente Díez Faixat: arquitectura personal

Foto de Marco Antonio Fernández Fonseca

Foto de Marco Antonio Fernández Fonseca

Vicente y Covadonga eran una exótica y amorosa pareja que paseaba por Gijón con una niña india llamada Agnes (su procedencia y el nombre lo supe muchos años después). Sabíamos que Vicente era arquitecto y que era hermano de aquél enigmático barbudo que paseaba el Muro de San Lorenzo cuatro veces al día. Llevaba ya entonces una barba que podría ser de progre al uso en aquellos tiempos, nada fuera de lo normal salvo su mirada apacible. Pero Covadonga era la belleza y el misterio a partes iguales con su piel siempre morena, su pelo intensamente negro recogido en una trenza y una forma de mirar el mundo tan apacible y acogedora como la de su pareja. Todo en ellos era diferente, aunque en ellos se notaba un afán por pasar inadvertidos. Sencillamente eran así.

La simple aparición de aquel peculiar trío en el mundo pequeño y rectilíneo del Gijón de hace más de treinta años, excitaba mucho nuestra imaginación de chavaletes y nos llevaba a mantener acaloradas discusiones acerca de si Covadonga (entonces tampoco sabíamos cómo se llamaba) eran una genuina india de las praderas americanas. En eso estábamos más o menos de acuerdo, aunque se discrepaba sobre si su procedencia era apache, comanche o pawnee. Habíamos visto muchas películas, Covadonga es de Gijón.

La suerte y la vida me han llevado a seguir cruzando mis pasos con los de Vicente Díez Faixat en muchas ocasiones: cuando dimitió por coherencia personal del único cargo público que tuvo; cuando se fue a Sarajevo con una caravana solidaria; cuando no tuvo pelos en la lengua para hablar de los desastres urbanísticos que se perpetraban en este Gijón o cuando empezó a apadrinar proyectos solidarios en medio de África. De él he aprendido que la arquitectura entendida como una disciplina completa es la que ejercen individuos que, como él, construyen a la vez su propia persona y los edificios que diseñan. Vicente se ha construido y se sigue construyendo a sí mismo con una mezcla de tozudez ideológica en la defensa de sus principios que no le impide ejercitar una inmensa capacidad de diálogo, de integración, de integridad, de dar guerra sin renunciar a hacerlo en paz, de discrepar sin quitar la palabra al otro y de seguir mirando el mundo con la mezcla justa de desasosiego y esperanza, de paciencia y de urgencia.

Vicente es un buen hombre en el sentido más machadiano de la palabra bueno. Lo años han ido acentuando físicamente los signos de la bondad con la que ha construído su vida. La última vez que hablamos le dije que cada vez se parecía más a esos maestros de filosofía oriental dotados de un poder irresistible para convencer con la mirada y enseñar con la propia vida. Él cree que exagero. Sus amigos dispersos en en lugares tan lejanos como México, Senegal o Japón hablan sin palabras de los cimientos de humanidad, solidaridad y universalidad sobre los que se ha ido edificando este hombre sabio, inteligente, agudo y comprometido con los más vulnerables. Su mirada sigue teniendo la misma limpieza y calidez que la que tenía cuando su hija mayor era un bebé recién adoptado. Sus palabras se pronuncian con la contundencia de quien está convencido de que solo la verdad nos hará libres, pero pronunciadas con la sencillez de quien se reivindica a sí mismo como uno más. Vicente sigue construyendo su familia, su persona y el mundo que le rodea desde la rebeldía del hombre maduro que pudo haberse quedado en ser un niño bien, un arquitecto más en medio de un mundo en ruinas que, sin embargo, él sigue queriendo rehacer con sus manos y las de quienes quieren parecerse en algo a las personas que, como Vicente, hacen que el mundo sea a veces un salón de estar acogedor en vez de un campo de refugiados.

Que sea por muchos años.

Brandy, de gran reserva

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Quisiera brindar por Brandy, por Florencio Díaz Brandy. Brindo por este bigardo de buena planta, alto como los húsares de la reina, como los antiguos y galanes guardias municipales de Gijón que, vestidos de azul marino o blanco nuclear, hacían suspirar a propies y foriates porque siempre tenían para ellas una buena palabra, un guiño, un cantarín por lo bajo, un chiste picante sin llegar a verde. Levanto mi copa llena de palabras porque ya ni para vino nos queda, para desear salud y largos años a uno de los pocos seres vivos capaz de reírse de la vida, de la muerte, de las desgracias, de las gracias, del Sporting y del Madrid, de la tragedia cómica que es la vida.

Brindo por la generosidad sin límites de Brandy de la que sus amigos son testigos privilegiados. Brindo por la ternura y la bondad que se esconde bajo ese vozarrón de fiera o de barítono de ópera italiana con el que lo mismo manda ”a tomar polulco” al policía que acaba de multar su coche mal aparcado, que llama “¡cromu!” a una moza guapa que cruza la calle y resulta digna de tal piropo. Brindo por como presume de ser padre y abuelo, por su capacidad para dar la cara por los suyos, por seguir adelante a pesar de que la dureza del camino y por hacerlo sin quejarse, sin dar que hacer, sin amargar la vida a nadie, haciendo del humor (a veces del humor más negro) el salvavidas con el que él y los que le rodean se mantienen a flota.

Brandy pertenece a la vieja y casi extinta estirpe de los playos que disfrutan aún de la tertulia, la sidra y la baraja, de la discusión venga o no venga a cuento, de la risa con los amigos, del arte de perder el tiempo en buena compañía. La pasta de la que está este Brandy de solera, la pasta genérica de que salió este tierno duro como pocos, este duro del oeste capaz de soltar una lágrima ante la desgracia del prójimo más débil, debería ser conservada en alguna cámara de alta seguridad para inocular una pizquina a cada niño que nace a este mundo donde lo que se lleva cada vez más es la indiferencia y la gilipollez. Un poco de “brandysmo” es el antídoto perfecto para vivir con algo más de elegancia y de capacidad para hacer que la vida de los otros y la de uno mismo sea menos complicada, menos la almidonada, más vivible.

Brindo por Brandy, por el musolari más impertinente y babayu de la mesa que, acabada la partida, hace que sus rivales lloren de risa con su última ocurrencia, como por ejemplo la de hacerle una foto a un camarero de Casa Justo que arregla el aire acondicionado del chigre subido en una silla colocada a su vez sobre una mesa. Título de la foto, según Brandy: “la cabra actúa hoy en Casa Justo”. Levanto la copa que no levantará el Sporting por el Brandy que es uno de los más ácidos, certeros y peleones críticos deportivos de esta ciudad. Brindo por quien tiene bastante con una palabra para dejar en evidencia a los gilipollas, tan abundantes desde siempre.

Brandy de gran reserva es este gijonés que está más dispuesto a la consolar la desgracia ajena que a quejarse de la propia. Es ese amigo que, como canta Serrat, pertenece a la clase de aquellos a quienes “si les roza la muerte disimulan, que para ellos la amistad es lo primero”.
Gracias, cromu, chaval, grande. Gracias por dejarnos aprender de ti que la vida es un chiste y que solo entendiéndola así podremos decir que hemos vivido.