Yogures

Los yogures van a estar desde ahora más cerca de la condición humana. Al ignorar cuál es su fecha de caducidad, los yogures entenderán mejor lo que sentimos los hombres y las mujeres al levantarnos cada mañana sin saber si ese será nuestro día final. Hasta ahora uno había sentido cierta inquietud en presencia de unos yogures y hasta de unas natillas. Los veía en la nevera como quien mira a los presos del corredor de la muerte que tienen fecha fija de ejecución, y pensaba si en algún lugar del cosmos no habrá un tipo con un palillo en la boca sentado ante un ordenador gigantesco que almacena nuestras fechas de caducidad. El tipo del palillo iría dándole a la tecla de borrar por estricto orden. Desde ahora, y merced a una brillante decisión de este Gobierno tan liberal, tanto los humanos como los yogures tendremos sólo una fecha de consumo preferente basada en unos extraños cálculos cuyo método desconocemos. Para nosotros y para ellos esto se llama esperanza de vida, un concepto que nos advierte de que nuestro tiempo es limitado, pero sin la saña del inapelable sistema de caducidad. Habrá yogures griegos (pobres), con bífidos  con l-casei, de sabores, desnatados, de chocolate, con trozos de fruta o naturales, pero las clases yoguriles se acabarán ahí porque, a la hora de la verdad, la fecha de consumo preferente los iguala a todos como ocurre con las clases sociales humanas ante la guadaña final. Y como esto de la fecha de consumo preferente puede ser aleatorio y mover a fatales errores de cálculo, el círculo hombre/yogur se podrá cerrar un buen día en que cualquiera de nosotros ataquemos con la cucharilla una tarrina de dudosa juventud y estado de conservación que nos intoxique mortalmente. Ahí, en ese acto supremo, habremos llegado juntos, yogur y paisano, a la fecha de caducidad, un final muy propio para una vieja relación que empezó en lo intestinal y terminará en lo existencial. A partir de ahora el único producto de uso masivo que tendrá fecha de caducidad será la Monarquía española, lo cual es una seguridad para los consumidores de mitos y postres pasados de fecha.

Palabras reales

Gracias a esta debutante Fundición Príncipe de Astucias me he enterado de que el Rey de España y su séquito de mustios pelotas con dentadura de hiena sonriente expropian palabras. No se puede usar el dominio internáutico Fundición Príncipe de Astucias porque también es de ellos. ¡Qué grande es la democracia del embudo! Uno nunca tiene bastante, Majestad. Cotos de caza, tías buenas, negocios, todo pago desde la cuna hasta el panteón, chófer con derecho a colleja, mucama para los nenes, avión, palacio, palacete, yate, ya te oí, balandro, caballo para la hípica, palco, corona, prótesis de carbono (14), elefantes, osos y todo lo que se tercie alicatado hasta el techo. El mundo es suyo, Señor, y resulta que ahora usted y sus eficaces lameculos también quieren trincar las palabras de los demás, dominar hasta los dominios que son del dominio público, poner en el diccionario carteles de “prohibido el paso, propiedad real”. Como decía el clásico: “De Somió acá ye tó de mio pá. De aquí a Somió todo ye mió”. Con lo mal que se les da los Borbones hablar en público y resulta que son dueños hasta de las palabras que no les corresponden. ¿Las querrán para el discurso de Navidad?
Así las cosas, creo que Su Majestad debe ordenar a su querida nuera la periodista que haga una lista de palabras de uso regio que llevarán el marchamo de “proveedoras de la Real Casa” como quería poner en sus tabletas de turrones aquellos dos caraduras berlanguianos llamados Planchadell y Calabuig.
Por ejemplo, la palabra zarzuela queda expropiada para mención exclusiva de la residencia real. Los que vivan de las zarzuelas de marisco o de interpretar las del maestro Ruperto Chapí que se vayan buscando otro nombre para sus fritangas y sus músicas. Otrosí, nada plebeyo podrá ser calificado de real porque ese adjetivo es sólo aplicable a las personas, lugares, casos y cosas borbónicas. Quiere ello decir que el platónico y manido concepto de vida real sólo definirá la existencia de la Familia Real y allegados. Las otras vidas serán vidas a secas. Diremos, por ejemplo: “don Iñaki Urdangarín, balonmanista en sus inicios, es en la vida real un astuto defraudador”, o “don Juan Carlos de Borbón es, en realidad, hijo de un señor que tomaba güisqui en Estoril. En la vida real dedica su tiempo a la caza de elefantes”. Ahí lo ves. Y si a mi me da la real gana de decir que viva la República, deberé dejarlo en gana a secas so pena de multa y encierro en la torre de Marivent. Y las únicas reales hembras serán aquellas que pasen a formar parte de la comitiva regia. Será denunciable llamar así al resto de las señoras por muy mollares que nos parezcan. El epíteto chorizo se lo queda en propiedad don Iñaki, y Sofía dejará de ser el nombre dado a la capital de Bulgaria y será entronizado y customizado para uso exclusivo de nuestra sencilla, melómana y esquiva reina. Melchor, Gaspar y Baltasar serán Magos a secas, como Aramís Fuster, dejarán de proclamarse las reinas de las fiestas de Vitigudino, por poner un caso, y es probable que una bula papal retire a Dios el título de Señor para que sólo el Rey pueda hacer uso del mismo. En decretos posteriores se podrán expropiar y personalizar también las palabras capullo, zángano, vividor/a, trepa, papanatas o zampabollos.
En la Fundición Príncipe de Astucias queremos llamar a la generosidad de los pueblos de España para con sus monarcas y allegados. No tengan reservas, cedan palabras para uso exclusivo de la Real Casa (las de los demás están sin pagar, así que son irreales). Tal vez algún día se les haga el regalo de la última de la colección: exilio.