Barrio Sésamo

No entiendo nada. El gobernador del Banco de España (no sé si este señor tiene a la vez rango de alcaide de prisiones) ha dicho que subir las pensiones un 1% pone en peligro la estabilidad del déficit. Yo vivía en el error. Nunca me imaginé que tantos pensionistas que no llegan a mileuristas pudieran poner en riesgo nuestro generoso sistema económico, dispuesto a regalar cien mil millones de euros a los bancos sin que el gobernador de marras haya dicho nada. No entiendo nada, está claro. Luego me dicen que el peligro para la democracia lo personifican los manifestantes que ejercitan la libertad de expresión. ¿El peligro de involución democrática son esos que gritan?, pregunto. Me dicen que sí que son ellos, no los partidos políticos apalancados y el Gobierno que aprueba reformas y recortes que se pasan por el arco de triunfo los derechos fundamentales que consagra (uno también sabe ponerse solemne) la Constitución Española. Reconozco que no me aclaro. Y luego, para rematar, vino sentencia del juez Pedraz. Yo, que antes era periodista, creí que lo importante era que la Audiencia Nacional dejara claro que no se puede criminalizar a cualquiera que quiera levantar la voz cuando le pisan la cabeza. Pero no, me equivoqué de nuevo. Lo más importante no es la sentencia, es que el juez haya dicho en ella que la clase política despide un tufo decadente de cuidado. (Esa es una cosa que se dice mucho en la calle pero, al parecer, los jueces no pueden coger cosas que encuentren en la calle porque se quedan sin independencia). Y yo sin enterarme por tercera vez, sin aprender a analizar la realidad como es debido. Así las cosas me alarma de manera especial la noticia de que “Barrio Sésamo” llegue a desaparecer de las televisiones. No puede ser. Necesito a la rana Gustavo y a Coco para que me expliquen bien la diferencia entre pensionistas y banqueros, golpistas y demócratas, patriotas y paletos, pijos y fachas, europeístas y papanatas, comisarios europeos y comisarios de policía, por encima y por debajo de nuestras posibilidades, grande y pequeño, ahorro y atraco, gobierno y oposición, rescate y secuestro, hipoteca e hijoputa, policías y palizas, orden público y represión, derechos y deberes, ciudadanos y súbditos, víctimas y verdugos, programas electorales y mentiras. Son demasiadas cosas. Barrio Sésamo no puede desaparecer.

Afectísimo

Por fin Rajoy y yo somos amigos, o lo parecemos. Rajoy ha dicho que me quiere y me elogia porque no fui a la plaza de Neptuno ni a ninguna otra a manifestarme. Mariano me agradece que yo sea uno de esos tipos a quienes él cree unos borregos estabulados en la paz del hogar, hondamente patriotas desde su comprensivo silencio, quemados pero resignados, responsabilizados ante la hecatombe del sistema y dispuestos a morir ahogados en su propia bilis antes que salir a la calle a molestar a nuestros dignos parlamentarios, a nuestras fuerzas del orden y a nuestros astutos banqueros. Mariano confunde de nuevo la velocidad con el tocino y la docilidad con el silencio. Mariano prefiere que el árbol frondoso de una manifestación le impida ver el bosque sombrío de mucha gente encabronada que hay detrás, que no dice nada pero lo piensa todo sin que por eso sientan simpatía por usted, su gobierno y la banda que nos hace las cuentas en Berlín. El presidente quiere entretenerse en talar los árboles silvestres que crecen en la Carrera de San Jerónimo antes que internarse en ese bosque inmenso, oscuro y silencioso que le espera detrás. Ya no basta con que manipulen nuestra hacienda y nuestra vida, ahora tenemos un Gobierno que también se quiere hacer dueño de nuestras intenciones, que pretende saber por qué salimos en casa o nos quedamos en ella. Lo que faltaba, Mariano. Yo evito las procesiones y las manifestaciones, las colas para ir a la cine, al baño y todas las aglomeraciones en general. Lo hago porque tengo los juanetes muy delicados y no quiero que me pisen. Pero has de saber, Mariano, (te tuteo desde la confianza que me da el afecto que me transmites) que estoy tan hasta los juanetes de que me pisen donde no deben como hasta las pelotas de que me gobiernen como no deben, de manera que no salgo a la calle porque me duelen los pies, no porque crea que no hay razones para salir y para no volver a entrar. Lo que pasa es que yo soy un cobarde, educado para conspirar en los chigres y poco más, temeroso de la policía y del infierno, pero con un límite que espero no tener que rebasar. Otros ya lo han sobrepasado con razón sobrada aunque a ti, Mariano, no te parezcan buena gente. Así que, querido presidente, no confundas a los ciudadanos con súbditos, ni la lealtad con la fidelidad perruna y hazte mirar la intuición política y el olfato democrático porque ya pasaron los tiempos de los validos en los que Quevedo se preguntaba aquello de “¿no ha de haber un espíritu valiente? ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?”. Quedo tuyo afectísimo, presidente.