Multas

La Policía Local de Gijón echó multas de 800 euros a unos ciudadanos que ocupaban un espacio público. Dicen los guardias que se sintieron vejados por las burlas y fotos que les hicieron los allí sentados. Yo creí que la vejación era otra cosa, pero parece ser que se ha bajado mucho el listón de las sensibilidades. A la vista de tal insensatez, solo cabe afirmar que Gijón se ha convertido en una ciudad en la que lo policialmente correcto se ha superpuesto a políticamente correcto. Un guardia que sea demasiado susceptible debería dedicarse a otra cosa, sobre todo si carece de margen de tolerancia y capacidad de encajar el cabreo de los ciudadanos a los que debe servir en casi todos los casos y sancionar solo en los más extremos. En unos tiempos en los que el personal está harto de recortes, prohibiciones y avasallamientos constantes, las calles suelen ser lugares de ocio y desahogo. Salvo que este desahogo se pase mucho de la raya y sea una grave amenaza contra la convivencia, una multa de 800 euros por pitorrearse de la toma de Cimadevilla se me antoja un exceso monumental para una ciudad en la que la calle ha sido siempre lugar de coexistencia. Los periodistas que se creen noticia, los árbitros tarjeteros y los guardias que solo saben multar, tienen mucho peligro, tanto como los concejales que gobiernan las ciudades como se gobierna una comunidad de vecinos o el patio de un colegio. Un talonario de multas es más peligroso que una pistola si se utiliza con demasiada ligereza o se pone en manos de un concejal que se siente el vigía de occidente y de un guardia que cree ser el general Custer.

Fotos

El New York Times publica en primera fotos de españoles que rebuscan comida en la basura. Si esta es la primera repercusión de la campaña de promoción de España que pusieron en marcha don Mariano y don Juan Carlos, vamos dados. Claro que una golondrina no hace verano y un pobre no hace una recesión, pero algo de verdad hay en que una imagen vale más que mil palabras. Nosotros los españoles tampoco nos creemos que todos los yanquis sean miembros de la asociación del rifle, ni que todos los agentes del FBI son unos gilipollas arrogantes, pero tanta insistencia televisiva sobre ciertos tópicos acaba por calar. La foto de un compatriota rebuscando en la basura publicada por uno de los diarios más prestigiosos del mundo, ha sido  de difusión simultánea a las imágenes de  la tangana tercermundista que los antidisturbios y su piadoso ministro del Interior montaron el martes alrededor del Congreso de los Diputados.

El tipo que encarga el menú del día del contenedor y los guardias solmenando con la porra como en los mejores tiempos vienen a ser más de lo mismo, ambas imágenes componen una estampa que rememora una España que ya creíamos todos bien enterrada bajo toneladas de progreso, democracia y libertad. Pero no. La “marca España”, como pomposamente llamamos ahora a lo que Fraga denominó hace medio siglo “Información y Turismo”, es una entelequia que se nos cae de las manos a causa de una política económica tan represiva como la política de orden público, expresiones ambas de un concepto salvaje de la gobernanza en el que el ser humano y sus necesidades cuentan cada vez menos.

El hombre que come gaspies o la familia que espera el desahucio bancario son una parte de ese cuerpo social que se manifestaba el martes ante el contenedor (arquitectónico) donde, al parecer, reside su soberanía cuyos representantes, paradójicamente, se sienten amenazados y sacan a la policía a que los defienda de aquellos que los han elegido, pagan sus sueldos y soportan sus decisiones. El Congreso es inviolable, claro, pero no menos que nuestros sueldos, nuestras pensiones, nuestro futuro y nuestro derecho a manifestarnos antes de que el New York Times saque nuestra foto con la cabeza metida en el contenedor o molida a toletazos.