Leve

Cada vez que empieza un año uno se da cuenta de cómo va rebajando sus expectativas vitales. La ambición es un gel de baño perfumado, la fortuna ya tiene dueño, el amor es un parque temático lleno de cristales rotos y la salud es una receta electrónica que facilita drogas legales de todos los colores. Puesto a la cola del hospital del Nido del Cuco con el resto de los internos para recoger la dosis de píldoras de colores mientras escucha como suena en Viena el ‘Danubio Azul’, uno espera que los próximos 365 no sean demasiado crueles porque ya no tiene cuerpo ni alma para más latigazos. La vida es un proceso de licuefacción en el que casi todos los días son 28 de diciembre, el cotillón está pasado de fecha y el vino del brindis es peleón y deja una resaca permanente. El dolor de cabeza del 1 de enero es crónico y vamos renunciando a ser Indiana Jones para conformarnos con ser Anacleto o Antonio Alcántara. Año por año, uno va renunciando a cosas sin darse cuenta o sin querer darse cuenta de ello, que es peor. Pasa de pretender formar parte de la clase dirigente a engrosar algo que antes se llamaba clase obrera; pasa de querer ser el primero de la clase a conformarse con que no le echen de ella y llega un momento en que se contenta con que a su alrededor haya gente con cierta clase. Ya no quedan fuerzas, ni ganas, ni mentiras que contarnos para creernos que 2019 terminará bien. Somos clase turista en el viaje de la Humanidad y vamos sentados en las localidades ciegas del gallinero.

La clase turista seremos un año más el motor del mundo, la clientela fija de los chiringuitos de la Seguridad Social, la respuesta a todas las estadísticas, la carne de cañón de todas las compañías aéreas, de todas las multinacionales depredadoras, los consumidores del alpiste ideológico de una clase política subnormalizada, los que sufrimos a chigreros cabreados, a funcionarios desmotivados, los que creemos que las infusiones y los relojes con pulsómetro nos harán libres, los que piensan que con una camiseta y cuatro mantras de baratillo pasaremos por revolucionarios de Internet. Y así iremos tirando otros doce meses si es que tenemos fuerzas para ello. Ningún año nuevo es feliz, si acaso podrá ser grave o menos grave. Si es leve ya será un milagro.

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