Multas

La Policía Local de Gijón echó multas de 800 euros a unos ciudadanos que ocupaban un espacio público. Dicen los guardias que se sintieron vejados por las burlas y fotos que les hicieron los allí sentados. Yo creí que la vejación era otra cosa, pero parece ser que se ha bajado mucho el listón de las sensibilidades. A la vista de tal insensatez, solo cabe afirmar que Gijón se ha convertido en una ciudad en la que lo policialmente correcto se ha superpuesto a políticamente correcto. Un guardia que sea demasiado susceptible debería dedicarse a otra cosa, sobre todo si carece de margen de tolerancia y capacidad de encajar el cabreo de los ciudadanos a los que debe servir en casi todos los casos y sancionar solo en los más extremos. En unos tiempos en los que el personal está harto de recortes, prohibiciones y avasallamientos constantes, las calles suelen ser lugares de ocio y desahogo. Salvo que este desahogo se pase mucho de la raya y sea una grave amenaza contra la convivencia, una multa de 800 euros por pitorrearse de la toma de Cimadevilla se me antoja un exceso monumental para una ciudad en la que la calle ha sido siempre lugar de coexistencia. Los periodistas que se creen noticia, los árbitros tarjeteros y los guardias que solo saben multar, tienen mucho peligro, tanto como los concejales que gobiernan las ciudades como se gobierna una comunidad de vecinos o el patio de un colegio. Un talonario de multas es más peligroso que una pistola si se utiliza con demasiada ligereza o se pone en manos de un concejal que se siente el vigía de occidente y de un guardia que cree ser el general Custer.

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Multas

El Gobierno quiere multar a los padres de hijos borrachos. Cuando un gobernante no tiene ni idea de cómo atajar un problema suele tirar del talonario de multas y echar la culpa de todo a los ciudadanos. La derecha fue siempre muy partidaria de las medidas ejemplarizantes, de los castigos y los escarmientos. Si su hijo bebe no se pregunte por qué. Métalo en una habitación acolchada y rodeado de gaseosas hasta que se le pase la sed. No se meta en líos, no eduque, no se dedique a tratar de saber lo que pasa. Usted no es el amigo de su hijo, es el padre, lo mismo que el ministro tampoco está ahí para ser amigo de los ciudadanos, está, como dice Gallardón, “para repartir dolor” o, en su caso, multas. Esos chavales que van por la calle con un litro de vodka bajo el brazo no pertenecen a un servicio de mensajería, se la beben con sus amigos en los bancos del parque. Leí hace tiempo que el 80% de los jóvenes encuestados se declaran voluntariamente ebrios y puede que ese porcentaje coincida con el de los que están desilusionados, hartos, convencidos de que no hay perspectivas en Asturias, de que antes de ganar un sueldo decente deberán pasar por todos los submundos laborales conocidos y aún por inventar. Así que beben, luego existen. Los jóvenes hígados maltratados por la resaca son lo más contante y sonante de su curriculum. Tal vez estamos presenciando el nacimiento de una generación de alcohólicos públicos y fracasados anónimos.

Hay veces que las borracheras de realidad conducen sin remedio a las de vidrio. La vida presenta unas perspectivas de garrafón de las que uno sólo puede zafarse con alcohol de garrafón: abundante y barato. A contratos-basura, bebidas-basura y ocio-basura. ¿Nos desesperamos ante la recesión, o nos vamos de copas? La anestesia general no es aún ilegal en España y la venden en los bares, así que hay que aprovechar. Mientras el ministro no tenga algún argumento más sólido que las multas para que la gente deje de beber, mejor que se calle. O que se emborrache con vino de misa.