Estatua

Puede que el único patrimonio con valor que le queda al Sporting sea la estatua de Manuel Preciado. La gente que hace una semana fue al Molinón a pedir la cabeza de toda la junta directiva y se negó a entrar en el campo a presenciar otra pachanga más, es la misma que pagó la escultura y que  ahora peregrina a la explanada del campo municipal a ver la efigie de un señor cuya principal habilidad fue hacer de la necesidad virtud y saber generar buen rollo todas las situaciones. A Preciado no se le recuerda por ser un estratega de primera clase o un Napoleón del área pequeña, a Preciado se le recuerda porque era capaz de ilusionar con la nada, hacer el flautista de Hamelin con un silbato, decir las verdades del barquero sin despeinarse, o llamar canalla a Mourinho. Su equipo era igual de bueno o malo que el actual, pero él había entendido que en el Sporting solo se puede trabajar con la ayuda de la calle, no en contra de ella. De manera que el cántabro de la voz rota que hacía chistes de chigre y había vivido una vida tan normal o tan desgraciada como la de otra mucha gente, que pasaba a veces por ser un canta mañanas y otras por un filósofo de la escuela existencialista del Piles, se subió sin reservas a los caballitos rojiblancos y dirigió sus ascensos y descensos con cara de risa o cara de pena, según tocara, pero en plena sintonía con esa masa oscura y vociferante que se llama la afición y que, en realidad, es la única conciencia que le queda a este monstruo llamado fútbol. Por todas estas razones la gente le hizo una estatua a Preciado, las mismas razones por las que sigue respetando a Quini y a pocos más. Hace siglos que el pueblo soberano pasea entre estatuas de generales estirados y reyes con mostacho que montan caballos obesos provistos de testículos como balones. La gente desconoce el nombre de estos reyes y generales porque no le interesan, porque nunca hicieron nada por ellos ni con ellos, como muchos personajes que se sientan en los palcos de los campos de fútbol y que piensan y hablan como estatuas vivientes a las que nadie lleva flores.

Anuncios

Pies

Los jugadores de la Roja caen bien al personal porque, además de hacer su trabajo de forma brillante, son los únicos millonarios que conocemos con capacidad para levantar la moral de España porque lo hacen sin estafar a nadie, sin tener que ser intervenidos por las autoridades monetarias y sin hacer que nos suban los impuestos, sin costarnos dinero extra ni disgusto alguno. Lo que hacen lo hacen con pasión, modestia, alegría y desparpajo, a la vista del pueblo llano, sin trampa ni cartón. La mayor parte del resto de los ricos y famosos que se sientan en bastantes bancos, gobiernos y empresas de nuestro país, son los clásicos jugadores chupones de equipo mediocre, incapaces de jugar para el equipo y visten la camiseta de España a propia conveniencia y solo para pedir, nunca para dar. A estos tipos que se lo llevan crudo sin pudor y nos tratan como a idiotas, no se les conocen más hazañas que las ejecutadas en beneficio propio; tienen la lágrima fácil y la disculpa difícil si se les pilla en falta. En ese caso jamás nos piden perdón, nos piden más dinero para que tapemos sus vergüenzas. Un dolor, oiga. Si todos los millonarios españoles fueran tan cumplidores y brillantes como los futbolistas de la Selección Española, este país nuestro cargado de deudas y cagado de miedo se levantaría de la cama por las mañanas con otro cuerpo, con alguna esperanza, con la sensación de contar con algún liderazgo sólido y capaz de redimir el nombre de España de su imagen menesterosa y segundona que nunca hemos conseguido sacudirnos del todo. Igual es que el patriotismo reside básicamente en cumplir con el trabajo de forma honrada, sin especular ni con el balón ni con la prima de riesgo, con el afán de mejorar sin avasallar, de ganar sin pisotear y ser rico por méritos propios, no por ser un estafador. Ahora que ya no hay líderes que entusiasmen con las ideas de su cabeza, el personal se ha buscado héroes que convencen con los pies. Algo es algo.