Desahuciado

Todavía conservo mi casa, pero me siento desahuciado de mis principios. Los he colocado voluntariamente a la puerta de mi casa, como en un rastro, y los voy malvendiendo por lo que me den, para que no me quiten la madriguera. Desahuciarlo a uno de sus principios es una fabulosa y contundente manera de hacer que uno se sienta débil y al albur de la corriente, amedrentado y dispuesto a hacer lo que sea con tal de salvar los muebles. Viene esto a cuento de anunciarles que mañana no me pondré en huelga. No lo haré porque me sale muy caro y, añado que,  puesto a elegir entre tener en números rojos mi cuenta corriente o mi conciencia, me avengo a lo segundo. Uno se siente desahuciado de sus principios cuando tiene que tomar decisiones de este calibre. Y uno odia entonces de manera especial su pactismo personal constante, su temor reverencial a sacar los pies del tiesto, el miedo que guarda la viña y la nómina y que, finalmente, servirá de muy poco porque ya todos somos pasto de los bancos y de la reforma laboral. El “carpe diem” (vive el momento) que alentó las más bellas revoluciones y utopías, se ha dado ahora la vuelta de manera grosera para convertirse en un “carpe diem” conservador, amarreta y tacaño que nos susurra al oído de los cobardes: “agárrate a lo que puedas para sobrevivir un día más. Mañana ya encontrarás otro resto de algún naufragio para flotar otro rato”. Los desahucios de los bancos se llevan por delante vidas y casas, sueños, proyectos y familias, pero también han abierto la puerta a la expropiación salvaje de los pocos principios, ilusiones o convicciones que uno pensaba conservar aún a estas alturas. El miedo ha ganado más enteros que la prima de riesgo y uno entrega su alma y sus utopías en una suerte de dación en pago que le convierte en un ser humano gris, confundido en el hormiguero conservador que recela de las cigarras bocazas y poco previsoras. Si por lo menos uno pudiera vender el alma al diablo por un buen precio tendría sobre su cabeza el halo romántico de un héroe. Vender el alma al diablo es mejor que sentirse desahuciado de su propia forma de ver la vida por unos tipos a los que no conoce de nada y a quienes la traición a sus principios (si alguna vez los tuvieron) ha salido mucho más rentable que a un servidor, traidor a la causa por treinta monedas de chocolate. Y cuando después de confesar estas cosas una vuelve a mirar en su interior ve que conserva la casa, pero cada vez es menos acogedora.

Que lo deje

Escuché el jueves a la alcaldesa Moriyón salir en defensa de sus colegas los médicos, muy dolida por que la Administración “cambie unilateralmente las condiciones de trabajo” de los doctores, pero nada quejosa de que una huelga (cuya convocatoria ya no es unánime) esté desbaratando aún más, y desde luego de forma unilateral, las condiciones de vida de miles de enfermos gijoneses. La regidora que dice gobernar Gijón sigue sin tener claro que los ciudadanos la han elegido para ocuparse de la ciudad, no de la medicina, para gobernar, no para operar. Su trabajo es gestionar la maltrecha situación de este pueblo, no usar su cargo como altavoz para defender los intereses de un grupo de profesionales, queriendo ser juez y parte de un conflicto en el que, desde luego, quienes salen peor parados son los ciudadanos, no los médicos. Un cargo público está para mediar, conciliar y propiciar el diálogo, no para defender a una de las partes en conflicto haciendo gala de una falta de tacto e imparcialidad que sólo confirma y ratifica otras de sus rocambolescas actitudes anteriores. ¿Por qué no defiende Moriyón a los mineros en huelga contra el cierre de sus minas, o a los siderúrgicos en conflicto por la “modificación unilateral de sus condiciones de trabajo”? ¿A cuántos funcionarios municipales ha modificado ella sus condiciones de trabajo? La regidora gijonesa sigue mezclando churras con merinas y sus intereses particulares con el cargo que ocupa como cuando se iba de quirófanos en horas de oficina. No sé si estas declaraciones las hizo en “su tiempo libre”, como esas humanitarias intervenciones quirúrgicas con la que nos daba ejemplo, pero a uno se le antojan fuera de lugar y propias de alguien que parece mucho más preocupado porque nadie le quite su tostada en la sanidad pública (de la privada ya se encarga ella) que de conseguir que esta ciudad salga del marasmo, la atonía y la desgracia de seguir acumulando parados. Uno siempre creyó que la prioridad de un cargo público electo es la defensa de los intereses generales, no de los intereses corporativos de ninguna profesión, máxime si esa profesión es la suya propia y, además, si su huelga tiene un efecto directo en un servicio público muy sensible para con las necesidades de los ciudadanos. Pero ella, impasible el ademán, leyendo su discursito con el mismo tono y entonación de quien recita un trabajo escolar de fin de trimestre, lanza un sentido lamento por sus colegas los médicos y ninguno por los pacientes, los ciudadanos a quien ella tiene ahora la obligación de representar y defender. Esta alcaldesa sigue equivocada o, sencillamente, ha elegido un trabajo que no le gusta y cuya esencia no comprende. Si es así, que lo deje. La medicina y la política se lo agradecerán.