Cachopos

Sandoval ha sido al Sporting de Gijón lo que el cachopo es la gastronomía: una simpleza. Ninguno de los dos aporta nada nuevo a sus respectivas disciplinas, pero ambos han conseguido mantenerse en el candelero a base de hacer de la necesidad virtud y de la repetición y la falta de originalidad sus señas de identidad. Sandoval lo ha conseguido a base de un discurso más propio de un vendedor de quincalla del Rastro que de un entrenador formado y con criterio. No hace falta ser un faltosu como Mourinho o un filósofo cursi y redicho como Valdano, pero entre ambas cumbres de manierismo futbolístico hay un término medio de normalidad al que el señor Sandoval no llegó nunca. La receta del sandovalismo dialéctico ha sido el discurso repetido, el discurso-cachopo muy rebozado, sazonado y relleno con el surtido clásico de disculpas, populismo, colores, malditos árbitros, guiños a la afición, victimismo y menciones a las glorias pasadas en las que él no tuvo arte ni parte. De la misma forma que la única originalidad que el cachopo puede aportar a la gastronomía es un tamaño descomunal y grotesco, propio de una dieta de hombres de las cavernas, Sandoval hizo que su discurso post-partido fuera cada fin de semana más torrencial y repetitivo, tan enorme como un cachopo de circo, consiguiendo que el creciente tamaño de sus disculpas y las bondadosas casualidades de algunos marcadores ocultasen la total inconsistencia de su receta futbolística. Ya que el ex entrenador sabe de hostelería, no es previsible que el restaurante de la familia Sandoval en Humanes haya sido merecedor de una estrella Michelín a base de cocinar platos tan elementales como el cachopo. Algo más refinado habrá en la carta de ese establecimiento que haya servido para ganarse los galones internacionales. El Molinon y los gourmets franceses tienen mejor paladar que el que se les supone, por eso Sandoval y el cachopo tienen una trayectoria limitada. La receta del cachopo es tan básica como la del fútbol de Sandoval, por eso ambos son platos secundarios, muy celebrados de tarde en tarde para forrar con los amigos, pero cargantes como dieta única, cotidiana y repetida. De momento, el cachopo sobrevive a Sandoval y Sandoval puede que se dedique una temporada a preparar cachopos.

Filial

En las crónicas previas al inicio de la Liga, los periodistas deportivos repiten de manera automática que el el Sporting jugará su primer partido contra “el filial del Real Madrid”, como si eso diera a los de aquí alguna ventaja sobre el rival, o conjurase cualquier peligro de volver a meter la pata. Hace unas cuantas décadas, decir que el Sporting jugaba contra un equipo filial de quien fuera, aunque fuese del Real Madrid, era sinónimo de aventurar la clara superioridad de los rojiblancos, aunque sin ánimo de ofender porque, eso sí, el Sporting era un equipo “señor” y no avasallaba a los filiales de nadie. Eran los viejos, buenos y lejanos tiempos del Sporting matagigantes, del Sporting que había entrado en Europa, de las gestas apabullantes, de las alineaciones que los niños sabíamos de memoria, de los jugadores que corrían con las pantorrillas embarradas y generaban por sí mismos más valor añadido para esta ciudad sin tener ni idea de lo que significaba la palabra “sponsor”. Aquél equipo señor y señorial con una cantera que generaba valores deportivos y financieros a partes iguales, se fue quedando en los huesos y en la memoria de muchas personas. Aquél equipo no existe desde hace tiempo y el que juega este domingo contra el filial del Real Madrid no es otra cosa que el filial de aquel perdido Sporting. Y para más ‘inri’, este equipo perdedor por los campos de España está muy lejos de ser ni un pálido aspirante a la categoría que tuvo el otro Sporting, su equipo matriz que ya solo sigue vivo en las memorias y las hemerotecas. Así que mañana se verá al filial del Real Madrid jugar contra el filial del que fue el Sporting real, del que los heroicos abonados siguen esperando alguna muestra de talento deportivo y empresarial, más que nada por saber si el filial progresa adecuadamente y llegará alguna vez a ser tan bueno como su añorado hermano mayor.