Cuento de Reyes

La otra noche triunfé. No, no es eso que están pensando. Fue un  triunfo extraño que paso a relatarles. Tras lavar los dientes, hacer pis (no sin alguna dificultad) y rezar mis oraciones me acosté con ánimo de dormir. Pero no fue así. Miré el despertador a las 2, las 3, las 4, las 5 y las 6 de la mañana. Si yo fuera niño se supondría que mi desvelo era fruto de los nervios y del deseo irrealizable de pillar “in fraganti” a sus majestades de Oriente colocando los regalos. Pero no. Uno ya ha dejado de ser niño hace siglos (salvo en la atracción irrefrenable hacia la lactancia materna) y resulta que la noche del insomnio de la que les hablo no era la de Reyes, sino la anterior. De manera que lidié el tedio de la vigilia con lecturas, interneterías varias y, finalmente, recurriendo a las drogas legales que me receta mi querido psiquiatra. Calculo que ya eran más de las seis de la mañana cuando conseguí dormir y, mire usted por donde, el sueño me compensó con creces de la aburrida vigilia de ojos como platos.

1. Jamelgos y jamonas

Héteme aquí que el sueño me llevó a pasear por una ciudad que era una extraña y calculada mezcla entre Barcelona y Gijón. En mi calidad de paseante onírico asistí primeramente a una extraña competición ecuestre que se celebraba en un acantilado en el que se mezclaban los bellos paisajes de la Providencia con los de la Barceloneta. Los caballos que competían en la prueba de marras eran rucios medio asilvestrados, tozudos, con muy malas pulgas que, eso sí, iban montados por unas chicas rubias de muy buen ver, óptimamente dotadas para la lactancia materna, todas macizas, risueñas, despreocupadas, ligerísimas de ropa aunque dentro del debido recato y muy atractivas. Yo creo que eran extranjeras. De pronto, uno de los jamelgos se desmadró atemorizando a una de las bellas amazonas y yo, como un cow boy avezado, me interpuse entre el fiero jumento y la rapaza evitando un incidente. Juro por Dios que, al mirarme de cerca, el caballaco tenía una expresión facial clavada a la de Pablo Motos.

Sin solución de continuidad y sin pagar taxi, autobús ni usar vehículo particular (ventajas sostenibles de desplazarse en sueños) me hallé de paseo por un despejado bulevar con vistas al mar. Era el Muro de San Lorenzo, pero yo tenía constancia de seguir en Barcelona. Aunque en la escena de la jira campestre caballar el tiempo era soleado y el ambiente veraniego, al trasladarme al centro urbano constaté una rápida caída de las temperaturas y una humedad relativa del aire invernal y pertinaz. Pese a ello yo deambulaba por las calles vestido con un sucinto pantalón corto y cubriendo mi tronco y extremidades superiores con una especie de americana. El conjunto se completaba con una manta muy pesada que ora me colocaba a modo de pareo para cubrirme las piernas, ora cruzaba sobre mi pecho y mi espalda ofreciendo a primera vista (y a segunda también) el aspecto de un pastor en plena trashumancia o el de un refugiado recién descendido de  una patera.

2. Pablo y Tania

Pese a este desarrapado, torpe y excéntrico atuendo que en la vida real habría provocado cuando menos mi identificación por parte de los Mossos D’esquadra, yo procuraba caminar erguido y con prestancia a fin de pasar inadvertido en una ciudad tan elegante y cosmopolita como la Ciudad Condal. Y mira tú por donde que, de pronto, veo venir hacia mi a Pablo Iglesias vestido con una trenka marrón y cogido del bracete de su novia Tania. Ella, muy amable, me saludó al cruzarnos con un movimiento de cabeza, gesto de consideración que yo atribuí a que, siendo ella una persona tan culta, había leído ya mi libro “Artículos de saldo” y, por ende, reconocía mi cara gracias a la foto que se reproduce en la solapa de la publicación. De igual manera que dejo aquí constancia de la gentileza y urbanidad de Tania,  he de decir que Pablo Iglesias me decepcionó ya que ni siquiera amagó una sonrisa de compromiso. Cuando ya me hubieron rebasado y a modo de venganza, giré la cabeza con la disculpa de observar por detrás la cola de caballo del joven líder político, aunque lo que quería ver en realidad era el culo de su novia, embutido a la perfección en un pantalón vaquero que pese a estar fabricado en un país imperialista y capitalista, permitía apreciar la perfecta turgencia, contorno, tamaño y presentación de las nalgas de la lideresa. Pensé entonces que tendría que cruzarme de nuevo con ellos, buscar la maniobra para hacerme el encontradizo,  presentarme como comunicólogo de provincias, decirle a Iglesias que deje de salir en la telebasura y, de paso, fijarme con mayor atención en las sugerentes formas de su chica.

Así que colocando la manta como mejor podía para no pasar frío y a ser posible no hacer mucho el ridículo, me dirigí caminando hacia lo que yo supuse que sería el destino de la culta parejita: la Universidad Pompeu y Fabra que, cosas de la fase REM, se hallaba ubicada en pleno barrio de La Arena (Gijón). Allí llegué vestido como un mamarracho y traté de otear entre la muchedumbre de estudiantes que iban y venían la coleta de Iglesias, el culo de su novia o viceversa. Pero de nuevo el sueño decidió por su cuenta y, sin más, me ví sentado en medio de una animada tertulia de intelectuales catalanes que reían y celebraban bromas muy para iniciados y muy para catalanoparlantes, cosa que un servidor no es.

3. El vermú

Por no parecer más tonto de lo que soy y ya que sentado a la mesa de los tertulianos podía usar la manta piojosa para cubrirme las piernas y dejar a la vista mi tercio superior algo mejor vestido, yo asentía a todo poniendo cara de estar en la pomada y me carcajeaba a coro ante las cosas que contaba un tipo de pelo cortado a cepillo, muy delgado y hablador al que conseguir entender una cutre historia doméstica. El intelectual, catedrático de alguna cosa, relataba a sus contertulios que cada vez que su mujer le mandaba a por el pan su hijo mayor, estudiante de algún posgrado por lo que pude entender, le obligaba a acudir al despacho de la doctora Puigcerdá, antigua compañera de aulas del intelectual y puede que novieta de juventud, a pedirle algún favor extracurricular para estimular su expediente académico. El padre accedía de mala gana por no desairar al hijo, un zote y un caradura por lo que de la historieta parecía desprenderse. “Para eso nos quieren los hijos”, decía resignado aunque con aire risueño y bondadoso el contertulio apoyado moralmente por todos nosotros con sonrisas benevolentes y cabezadas simultáneas de complicidad.

Por suerte para mí y cuando casi me tocaba decir algo en la tertulia, apareció un chef perfectamente uniformado de blanco que bien pudiera haber sido Ferrán Adriá. Aunque eran poco más de las 12 el rey de los fogones saludó a todos en catalán con algún parlamento acerca de las novedades de los fogones de última generación, ordenó servirnos unos vermús cojonudos con aceitunas verdes y, ni corto ni perezoso, se puso a sorber de un cuenco una especie sopa de verduras con gran aparato de ruidos y borborigmos. “Es mi hora de comer, pero ustedes sigan, sigan”, decía el chef salpicándonos a todos con trocitos de pimiento rojo que salían de su boca, muy mal ajustada para el uso simultáneo del aparato masticador y del aparato fonador.

4. Hotel Cary

Sin saber cómo me ví en la calle, libre ya de tertulianos, algo salpicado de hortalizas y siguiendo en sueños las mismas costumbres que tengo en mis tiempos de vigilia, me metí en un bar cuyo nombre y fachada me eran familiares por haberlos visto en algún suplemento gastronómico que en nuestros tiempos cubren el espacio que los periódicos dedicaban antes a dar noticias. Al entrar me topé con la minúscula recepción de un hotel decorada al gusto de los años sesenta y que compartía el mismo espacio con un bar restaurante de mesas de madera cuadradas cubiertas con manteles de tela algo ajados tras millones de lavados con lejía peleona. El sitio era antiguo y demodé aunque en conjunto el aspecto de todo era limpio y digno de modo que podría decirse que era “vintage”.

Sobre el casillero del que colgaban las llaves de las habitaciones se leía en letras de hierro forjado: “Hotel Cary, desde 1951”. Junto al rótulo completaban la estampa un cuervo disecado y una herradura. Pedí un vino, nunca debí hacerlo, ya que la patrona me sirvió un caldo rasposo y avinagrado cuya procedencia y año de cosecha se perdían en la noche de los tiempos. Había dejado mi inseparable manta en alguna parte de manera que, sin darme cuenta y para mitigar el frío, me metí en una cama turca que había en un rincón del comedor. Debí quedarme traspuesto ya que al despertar de mi cabezadita observé que el comedor estaba lleno de grupos de señoras mayores que como salidas de una excursión del Imserso ocupaban las mesas en animada conversación y encargaban sus comandas a voz en grito y en un catalán estridente e imposible de entender. Una de ellas golpeaba la mesa con la mano abierta y pedía con ansiedad raciones y más raciones de una cosa que yo entendí como una versión local de la ensaladilla rusa. La camarera, vestida con un impoluto delantal blanco, hacía notar a la anciana lo desmedido de su petición pero la otra hacía caso omiso a las recomendaciones de la profesional.

Muy turbado al verme en aquella ridícula situación, pedí disculpas a la camarera por haber ocupado la cama turca para tomar un vino (asqueroso, pensé). Ella se mostró comprensiva en un perfecto castellano y me dijo que el precio del vino era “un eurazo”, expresión que agradecí por ser dicha en castellano y contener además un guiño de humor que implicaba el perdón total por mi siesta en medio del comedor del Hotel Cary. Antes de despedirme del respetable quise mostrarme desenvuelto y cosmopolita y pensé pronunciar una despedida global dirigida a las parroquianas y a las amables hosteleras con unas frases en catalán. Cuando trataba de ordenar cuatro palabras y decir “adeu, macas” el sueño terminó.

Epílogo

Desperté pasadas las 11 de la mañana del 5 de enero recordando aún con todo detalle el extraño periplo desde la competición ecuestre hasta el Hotel Cary de grato recuerdo. Cuando mis neurotransmisores lograron recuperar una cierta normalidad pensé que tal vez los Reyes Magos existan de verdad y nos regalen a los descreídos pedazos de mundos surrealistas con los que compensar unas horas de insomnio. Eso sí, lo hacen una noche antes de la noche de Reyes, en su tiempo libre y como una broma con la que un idiota ha armado una historia en estos folios con la misma intensidad con la que de niño armaba un 6 de enero el deseado Mecano.

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Portales

Ayer me asomé al Portal de la Transparencia del Gobierno y ví dentro de él el alma de Rajoy. Me dió repelús encontrarme con esa visión, pero después pensé que la cosa tiene sentido porque este nuevo engendro administrativo es producto del alma de quien lleva más de tres años gobernando a base de mentiras completas, medias verdades, frases sin acabar y la lectura minuciosa del Marca como todo soporte intelectual. El Portal de la Transparencia es un invento que se ha sacado de la manga uno de los gobiernos más corruptos de nuestra historia para hacernos creer, a un año escaso de las elecciones autonómicas, que este es un país parecido a Noruega o Suecia donde un ministro dimite por no recoger la caca de su perro en una acera o por copiar en los exámenes. Para que no se vea la mierda que tienen entre las uñas este gobierno, este PP y algunos otros que le rondan Rajoy, su vicepresidenta la menina y otros asesores aúlicos han ideado esta manicura populista (cuidado con los populismos, le dicen a Pablo Iglesias todos estos) que traza de embellecer las zarpas de una Administración que bendice  sueldos de menos de 600 euros y ha dejado en el paro a millones de personas.

El portal de transparencia es un producto más del alma cínica del Rajoy, como lo es sacarse ahora de la manga un cheque bebé (tildado de despilfarro cuando lo hacía ZP) o unas ayudas a los parados de larga duración que fueron rechazadas cuando hace unos meses las solicitaron los partidos de la oposición. El portalón de Rajoy es otra añagaza más con que se trata de crear el espejismo de una democracia perfecta. Trampa. ¿De qué me vale a mi saber que el presidente de la SEPI (antiguo INI) gana más de 200.000 euros al año? Lo han hecho público ¿y qué? ¿Vamos a poder conseguir  que ese sueldo sea rebajado a la mitad o a la cuarta parte? No. En la proclamación del rey Felipe VI se gastaron 66.000 euros en canapés que, entre otros, sirvieron para agasajar a Mariló Montero y el caradura del tan jaleado Nicolasete, el espía de Montaplex (referencia viejuna para la los de mi generación). ¿Van a devolvernos el dinero? ¿Nos mandarán las sobras a casa para la cena de Nochebuena? Tampoco.

El portal de la transparencia es en realidad la cueva de Ali Babá presentada como el portal de Belén. Los ladrones se disfrazarán de pastorcillos melancólicos y humildes mientras que Cospedal y Montoro, los ángeles exterminadores, pasarán unos meses hacièndo de arcángeles que anuncian la buena nueva, y los presidentes del Santander, el BBVA y Bankia harán de reyes magos que agradecerán las atenciones recibidas en estos años llevando sus presentes al Portal.

El portal de la transparencia es un añadido más a la tragicomedia española cuando están a punto de liquidar al juez Ruz, el que tiene las llaves de ese otro portal que tratan de fregar a toda  prisa la Cospedal y los suyos para nunca sepamos qué se hizo en el PP con los sueldos cobrados en negro, o la caja “B” que sufragó las obras de su sede de Madrid y algunas otras. Cuando me enseñen quien vivía en el portal de esa casa de citas, quien era el presidente de la comunidad de vecinos y el portero del inmueble, creeré entonces que hay alguna esperanza para la transparencia real, la que pedimos los de esta parte la calle, los del portal de enfrente.

Veraneos 14

Alaska canta el Cara al Sol con la silicona nueva en toda la Escalerona acompañada por Lina Morgan, Carlos Rubiera y los de la cabra. Es la Semana Grande y el espectáculo debe continuar a ritmo del ébola que es la canción del verano. Llegan de Andorra unos gaiteros con barretina que llevan los maletines de Jordi Pujol. El Yoda sodomiza a España subido a un taburete mientras grita Más y Más. Donald Draper me ofrece un culín de sidra que va escanciado mientras cae con suma elegancia desde el ático del Bankunion Building por cuya fachada, a la sazón, asciende el Sporting de segunda división a primera depresión. Le siguen hordas de inmigrantes que trepan desde Melilla para conocer a Fátima Báñez y los milagros que hace con la Virgen del Rocío. Se suma al exorcismo el arzobispo de Oviedo que dona un riñón a la Virgen de Begoña con motivo de las fiestas patronales. Lo hace a riesgo de padecer la venganza de la Santina que siente unos celos pequeñinos y galanos mientras, despechada, aprende a cantar tangos papales con letra de Rouco Varela y Homero Manzi. Los arzobispos siempre hacen sus cálculos, aunque sean renales, y las vírgenes están ahí para aguantar lo que sea: bodas de luto, ofrendas florales, forales o foristas y bautizos con champán. Jovellanos se bajó de la peana el 6 de agosto por ser alérgico a las coronas y pasea en albornoz por el Muro pidiendo un polígrafo y un bolígrafo, buscando un digno e ilustrado sucesor y pillando sitio de preferencia para ver los fuegos. Pablo Iglesias se suelta la coleta y se convierte en Mario Vaquerizo y ríe como una hiena analfabeta al tiempo que  devora los despojos de los toros tullidos y descabellados del Bibio. Los toros mansos se suicidan a la vez que Robin Williams y se largan haciendo una peineta al respetable. “Si no aguantan bromas que se vayan del mundo”, declara Ruiz Gallardón apartando los muertos no nasciturus de la semana mientras se coloca la mantilla española bajo la que esconde a su hijo borracho. Se dice que el presidente silente, Javier Fernández, ha participado en el descenso del Sella de incógnito. Lo ha hecho buceando para acallar las voces de esos que dicen que aún no ha hecho nada digno de mención. “Llevo tres años aguantando la respiración. Ahora verán de lo que soy capaz”, declaró Fernández a un grupo de periodistas sordomudos que tomaban nota en cuadernos sin papel con bolígrafos sin tinta. Todos ellos son mancos. Se abre la puerta del ascensor y aparecen Jorge Javier y una ex novia de Paquirrín que me dicen “llevas la bragueta abierta”. Despierto con taquicardia bañado en sudor frío. Las siestas de verano son muy peligrosas.

 

Bombo

Manolo “el del bombo” fue uno de los mitos de mi infancia que se desmoronó de manera abrupta e inesperada, con más violencia que el tenderete de los Reyes Magos. Mi visión del mundo cambió un poco cuando me enteré que Manolo “el del bombo” era un señor que cobraba por animar a la selección española, que vivía de tocar el bombo como la plañideras antiguas vivían a costa de prestar su llanto en los duelos ajenos. Uno siempre había pensado que Manolo y su bombo eran una pieza más del entramado puzzle de la españolidad en el balompié, de la raza, de la furia, de la casta. Manolo era a mis ojos un misionero del del deporte, un sacerdote de la afición que había dejado atrás una vida cómoda de retransmisiones deportivas en el salón de casa para salir al mundo a dar testimonio de sus colores. Pero no. Manolo cobraba, como es lógico, y dejó de ser para mi un héroe para convertirse en un pesetero. La afición, siempre buscadora de nuevos talentos que den color a la cosa, cuenta ahora con el famoso camarero Alberto Casillas, un tipo con vocación de héroe mediático que lo mismo da cuartelillo a un piquete del 15-M y se enfrenta al séptimo de caballería, que anda por ahí vitoreando a Chavez, o entra en el Ritz pidiendo la abdicación de Pablo Iglesias. Tiene hambre de plató, como dicen los inciados en la telebasurología. Veremos lo que tarda en sentarse en las sesudas tertulias de la Sexta, en las de 13TV o en el mismísimo Sálvame de Luxe para hacerse un polígrafo. El camarero Casillas es un nuevo ídolo de la afición, tañedor del bombo que más interesa en este momento a los medios de comunicación mayoritarios, manteniendo arriba el ánimo de una parte del graderío que necesita contar con mártires devorados por las fauces del tipo de la coleta, culpable de todo de un tiempo a esta parte. A Casillas se le ha encomendado el papel de flautista de Hamelín, de Manolo “el del bombo”. El problema es que está sobreactuando, se ha entrenado poco para el papel de hombre-del-pueblo-víctima-de-su-honradez y se le ve el cartón. Aunque estuviera subvencionado Manolo era más creíble que el camarero. Y más entrañable.

Coleta

Cuando Felipe González regaló la expropiada Galerías Preciados al millonario venezolano Gustavo Cisneros, debió pensar que aquella era su máxima contribución a la revolución proletaria tras la expropiación de Rumasa. Felipe González, tan amigo de Venezuela en aquellos tiempos en los que escuchar a Violeta Parra y Quilapayún era sinónimo de progresía, ha salido de su madriguera por segunda vez en pocas semanas para sumarse al coro de sabuesos que hozan en todas grietas posibles buscando cualquier forma de desacreditar al partido “Podemos” y su líder, Pablo Iglesias. Las simpatías de Iglesias por la Venezuela y Cuba actuales no son del agrado de González, tan americanista en sus tiempos, tan fumador de Cohíbas regalados por Fidel. Felipe ha dado un paso más en la elaboración de la teoría enunciada por él mismo acerca de la coalición universal PP-PSOE. “Podemos” ha hecho un nuevo favor a la democracia convirtiéndose en el reactivo que nos ayuda a visualizar con claridad de que están hechos los cimientos de nuestra democracia. Iglesias y los suyos, más de 1,2 millones de votantes que no merecen todo el respeto de los que reparten los carnés de demócratas, son desde el lunes el enemigo común que va a terminar por unir para siempre a curtidos socialistas con toda la carcundia neofascista de foros y tertulias, más dispuestos a coincidir con los Le Pen en el club de campo que con los “Podemos” en la cola de Alcampo. Alcampo es el supermercado francés en el que, al parecer, compra sus camisas Pablo Iglesias, detalle que da al estilismo indumentario del neonato político un toque proletario de extrarradio, como una traducción actualizada de cuando Felipe y los suyos vestían de pana y lucían patilla de hacha recorriendo los pueblos en un “cuatro latas” para captar el disputado voto del señor Cayo. Hace tiempo todos estos se han cortado la coleta, justamente cuando las coletas vuelven a cotizar en política.