Misericordia

La incontinencia verbal de algunos obispos es legendaria. Cada vez que hablan consiguen que más gente se plantee apostatar a gritos. El arzobispo Oviedo es uno de los más afamados cultivadores del verbo florido y fuera del tiesto. Recordemos sus emocionados llamamientos a votar a los partidos defensores de la familia (aunque sus cabezas de lista estuvieran re-divorciados), o sus diatribas contra “los de la ceja”, esos peligrosos incendiarios de templos. El jueves volvió a sacar la lengua a pasear a cuento de la muerte de Santiago Carrillo, a quien deseó que sus víctimas aboguen por él para que no pase demasiados milenios en el infierno. Don Jesús Sanz hizo una piadosa reflexión en la que contrastó la presunta “inmisericorde” vida de Carrillo con la misericordia que recibirá de Dios. Qué bueno es Dios y qué mezquino es el obispo. Lo raro es que el obispo, que es empleado de Dios, no sea capaz de ser tan misericordioso como su jefe y despida al muerto con un remedo de piedad que solo es un escupitajo destinado, una vez más, excitar los instintos de la caverna. Parece claro que Dios perdona a todos pero los obispos no están por la labor de hacerlo con algunos. Es piedad selectiva que permite hacer la vista gorda con unos pecados y no con otros, guardando silencio unas veces y no otras. Si, por ejemplo, un ilustre cadáver ha sido ministro de una tremenda dictadura golpista y hasta participó de un gobierno que firmó penas de muerte a la hora del café, ningún obispo dirá nada inconveniente cuando el noble fiambre parta a encontrarse con el Sumo Hacedor. Ningún prelado recordará sus pecados, ni rogará a los fusilados que salgan de la fosa común de alguna cuneta a acompañar hasta las puertas del cielo a quien los mandó fusilar. Si alguien cree que debe ser perdonado vale más que lo hable directamente con Dios, nunca con algunos de sus ministros. Ellos tienen el embudo estropeado de tanto hacer que determinados camellos pasen por el ojo de la aguja y ciertos cañones reciban sus necesarios riegos de agua bendita. La guerra santa no es cosa de moros o de cristianos, es un estado mental que impide la moderación y cultiva cualquier cosa menos la misericordia.