Tibu I

Pensándolo bien, veo pocas diferencias entre la sucesión monárquica española y el legado do Tibu, esa broma chusca que incendia las redes sociales (al parecer las redes sociales son altamente inflamables porque las incendia cualquier bobada) y que viene a ser como una novatada de colegio mayor. Al fin y al cabo hay uno al que le da un aire, hace algo llamativo y reta a otros a que hagan lo mismo so pena de pagar una mariscada en caso de no cumplir el desafío. Es más, yo creo que Juan Carlos I no ha abdicado a  causa de esas intrincadas razones que analizan politólogos y tertulianos. Nada de ciclos históricos, ni del fin de la Transición, ni nada de nada. Chorradas. El Rey  ha visto en el legado do Tibu una ocasión dorada para darse el piro y dejarle a su hijo y nietas, respectivamente, el marronazo de tener que seguir jugando a los reyes en un país donde, por lo general, pintan espadas y bastos. La campechanía borbónica tiene la ventaja de que permite echarle morro a la Historia de España y metérsela doblada al propio sucesor. Si Carlos V se retiró a pescar truchas en Yuste porque le dio la gana, a ver por qué Juan Carlos I no va a poder solazarse en su pabellón de caza viéndolas venir. El legado abdicatorio de Juan Carlos I pone en la picota a Felipe VI, nuevo rey en la corte de Tibu que va a tener que mojarse tirándose en plancha sobre las revueltas aguas hispanas. O eso, o pagarles una mariscada a los de Podemos y a otros españoles que solo tienen interés por las coronas cuando se trata de las de sus propias muelas. Las demás les sobran. Así que el Rey Juan Carlos ha considerado la abdicación como una dación en pago de la pesada hipoteca que le suponía reinar, y ha optado por hacerle un legado con peineta a su querido hijo que, según se sucedan las cosas a partir de hoy mismo, será recordado por la historia como Felipe VI o como Tibu I el fugaz.

Ajedrez

 

Vendrá ahora otro rey de los de a caballo que nos indicará a nosotros, pobres peatones, pobres peones, cual es el camino de la Historia. Los reyes han tenido siempre la misión de hacerse cargo de la Historia, como si la Historia fuese el Alsa Gijón-Oviedo, un medio de transporte explotado como monopolio oficial sin cuyo uso no se llega a parte alguna, al parecer. En general, los reyes han tenido casi siempre la sagrada misión de convertir la Historia en un coto cerrado en el que solo pueden entrar según qué gentes. Han expedido los certificados de lealtad, fidelidad y honestidad a nombre de quienes ha convenido en cada momento y, del mismo modo, se han encargado de promulgar la excomunión civil para aquellos que tienen alergia a los tronos, los armiños y las dinastías. Ya escribió Bertolt Brecht que la Historia recuerda al faraón que mandó hacer las pirámides pero no guarda ni un solo nombre de los esclavos que tiraron de los bloques de piedra. “El joven Alejandro conquistó la India/ ¿Él solo? /César derrotó a los galos. / ¿No llevaba siquiera cocinero? / Felipe de España lloró cuando su flota fue hundida. / ¿No lloró nadie más?” El rey Juan Carlos vino a explicarnos quien hizo la transición: ¿sólo la transitó él? La Historia es una estatua ecuestre sobre la que cabalgan los reyes fundidos en bronce a la espera de que esa mayúscula Historia que les pertenece vomite sobre su catafalco una pátina de honor que dé al modesto pueblo volátil e ignorante nuevas razones para seguir creyendo que los reyes son la pieza clave del ajedrez de los siglos. Vendrá ahora otro rey en su caballo de Troya a invadir el tablero antes de que los modestos jugadores sepan como se traba el jaque mate.