Testigo

El 11 de mayo falleció en Gijón de forma prematura una de las testigos de la operación “Marea”. Ustedes no lo han leído en ningún diario porque no fue noticia, porque ella no estaba acusada de nada, ni había sido consejera, ni directora general, ni nada de nada aparte de madre, hija, hermana, novia, parada unas veces y trabajadora algunas otras. Era solo un testigo más de este interminable proceso al que acudió a declarar por dos veces ante los juzgados. Debía explicar en qué circunstancias accedió a un contrato de 18 meses con un sueldo de 900 euros para trabajar en el Museo Barjola. No estaba acusada de nada porque nada malo había hecho, pero su presencia como testigo en los juzgados suscitó una insólita reacción periodística. Si los redactores de sucesos debieran acudir cada día a cubrir las declaraciones de los centenares de testigos que pasan por los juzgados de España, no tendrían tiempo para otra cosa.

Pero más insólito que este súbito interés, fue la determinación de publicar el nombre de la ciudadana con sus dos apellidos. ¿A santo de qué esté afán de señalamiento con una testigo?, me preguntaba yo que llevo casi 30 años siendo periodista. ¿Está de moda ahora en los manuales de estilo tratar a los testigos (que son colaboradores de la Justicia) como si fuesen reos condenados? ¿Por qué publicar el nombre completo de la testigo cuando en este país aparece citado con iniciales hasta el más curtido de los asesinos? ¿Tal vez esto es periodismo de investigación? No. Las respuestas eran más simples y más nauseabundas. Por un lado la testigo no era poderosa, no iba a querellarse contra los periódicos, era presa fácil. Así se puede ser un incisivo redactor: a costa de señalar con el dedo a ciudadanos anónimos que van al juzgado a cumplir con su deber. La segunda razón es aún más canalla y morbosa: el primer apellido de la testigo coincide con el de tres periodistas asturianos que, bien o mal, llevamos décadas en este oficio en el que, al parecer, hemos cosechado los odios de algunos juntaletras (no necesariamente los firmantes de las informaciones) que mojan la pluma en bilis y miseria y vieron en nuestra hermana una excelente disculpa para jodernos la vida a los demás. Dos de las informaciones que uno vio aparecieron firmadas, una de ellas con apellidos de camuflaje, y una tercera fue publicada como un libelo anónimo. Esta última era la más aguerrida, ya que se atrevía a calificar a la testigo de “colocada” (cito textualmente) a dedo y, nadando en mala baba, especulaba luego con que la mujer podría ser imputada por el juez.

Nuestra hermana Elvira Poncela, mujer culta, lectora e inteligente además de sensible, sufrió mucho viendo su nombre en los papeles y jamás llegó a entender a santo de qué era necesario hacerle daño. Nadie sabrá ya si tanto ensañamiento contribuyó a su muerte. Lo que sí sabemos es que amargó las últimas semanas de su vida. Qué cada cual responda de lo que le toque. Yo solo sé de lo que he sido testigo.

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