Dignidad

Un político que se respeta a sí mismo y a la institución que representa o representó es, cuando menos, un político digno. La dignidad, rara avis de un tiempo a esta parte en el panorama de lo público, es un bálsamo para unas sociedades muy escocidas por tanto maltrato, por tanto malgasto, por tanta indignidad. No sé si Sergio Marqués fue el mejor o el peor presidente del Principado, el menos malo, el más agudo o el más innovador. Traté poco con él, pero sí me ha quedado en la retina esquemática de periodista la imagen de un ciudadano y político digno, silencioso y discreto, algo chapado a la antigua, y acostumbrado a capear con la vida. Cuando cometió el error de ganar unas elecciones vetadas para el PP, fue un presidente acosado y derribado, machacado de manera orquestada y organizada por el sanedrín de su propio partido y obligado a cortar por lo sano para poder seguir gobernando según le habían dicho las urnas.
Pese a los empujones y puñaladas recibidos de sus propios amigos, de aquellos que trataban de estar en la procesión y repicando, Marqués jamás ejerció de víctima, ni de profeta del odio contra sus sonrientes y patrióticos verdugos, ni pidió el voto por compasión o por venganza cuando volvió a ser candidato. Estas actitudes dignas y cabales no se suelen dar en la política de estos tiempos, callejuela estrecha en la que se ventilan despechos y ajustes de cuentas, o de la que salen de vez en cuando padres y madres de la patria que tratan de hacer sus llagas los dolores de toda una sociedad y que confunden un partido político con un club de fans. No daremos ejemplos. Sergio Marqués no fue uno de esos. Estuvo en política hasta que dejó de estarlo, se fue de puntillas, volvió a sus asuntos con mejor o peor fortuna, paseando por Gijón su estampa algo quijotesca y se dio de baja de la vida pública sin montar drama alguno. Su talla personal y política, su concepto global del cargo y de la persona y del servicio que se presta a las instituciones quedó claro al elegir ser dueño de sus silencios para respetar y ser respetado hasta el final.

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