Milá

Hay muchas clases de periodismo, aunque la división más simple y efectiva es la que diferencia al buen periodismo del mal periodismo. Sin embargo, en los últimos tiempos he ido descubriendo algunas subespescies de cierto interés. Dejando aparte la bazofia con menudillos que se sirve para merendar cada tarde en telecinco, en esta carrera desenfrenada de rucios comunicadores va sacando cada vez más cuerpos de ventaja la siempre innovadora Mercedes Milá. La que fue periodista de referencia en televisión, entrevistadora incisiva y sagaz, se ha ido convirtiendo en una especie de caricatura de sí misma, como si estuviera retransmitiendo en directo su propia demencia senil progresiva, protagonizando un espectáculo más propio del teatro chino de Manolita Chen que de cualquier televisión con un mínimo de clase. Lo que pasa es que este oficio nuestro se ha ido convirtiendo en un rastro a medida que ha dejado de ser un negocio limpio y comprometido. Todo por la pasta. La calidad periodística se esconde en reductos cada vez más escasos donde los espectadores no somos tratados como imbéciles, pero estos programas son cada vez más excepcionales, porque nadie se resiste a ver a Mercedes Milá gritando por los platós como una vieja chiflada, enseñando el sostén o las bragas como una de aquellas mendigas desequilibradas que andaban por los descampados y de las que escapábamos horrorizados siendo niños. El único mensaje que transmite este nuevo periodismo se resume en la frase “lo que me sale del bolo”, epítome de la intelectualidad informativa y del editorialismo basura. Visto lo visto, uno ya no pide que haya buen periodismo o mal periodismo. Ya solo pide que haya periodismo.

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