Señorío

Esos tipos que viven montados siempre a caballo y mantienen su fama y su imagen en el candelero gracias a la educación de los demás son unos estafadores. Esos que usan la colonia de marca, la corbata de seda y el honor de otros para ocultar sus verdaderas intenciones son unos provocadores. Sin paliativos. Uno prefiere que le roben la cartera a que le tomen por estúpido y disculpa mejor al ratero que roba de frente que a la rata que huye del barco por la puerta de atrás. Y digo esto tras presenciar el triste espectáculo ofrecido el jueves por quienes mandan en el Sporting de Gijón al liquidar al entrenador del equipo con una ausencia de educación y saber estar dignos de peores causas. Ese “señorío” del que siempre se presumió en el club (casi siempre como sucedáneo y placebo de los escasos goles, títulos y victorias) parece haberse ido por el mismo sumidero que se deslizaron los viejos y buenos tiempos del club. La imperdonable mala educación de quienes no fueron capaces de sentarse al lado de Manuel Sánchez Murias en la hora de su abrupto y anunciado despido (anunciado para todos menos para él), es propia de gentes a quienes mi padre siempre calificó de “pijoteros” y que, a mi entender, no merecerían representar a una entidad en la que (aún) creen miles de personas que pagan sus recibos como señores, hacen subir señoriales mareonas rojiblancas, tragan como pueden sus berrinches y suplen con su buena educación la que otros no tienen. Como casi todo lo demás, el señorío del Sporting ha pasado a manos de sus fieles aficionados, esa democracia directa y asamblearia que condena o perdona con las tripas, pero que siempre se retrata en las duras y en las maduras. Los hasta ahora sagrados depositarios del “señorío” mostraron el jueves que ya han empeñado hasta los valores intangibles del Sporting, las últimas joyas de la familia, y que están a dispuestos a quedar como cocheros porque, por suerte para ellos, el Molinón lo aguanta todo con señorío, desde luego. Aprendan o váyanse a su casa.

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