Adornos

Viendo todos los pingajos navideños ya colgados de fachada a fachada a mediados de noviembre, uno puede llegar a creerse que Gijón es una ciudad de cuento de hadas, que canta gloria a Dios en las alturas, recogieron las basuras de mi calle ayer a oscuras y hoy sembrada de bombillas. Si no lo es lo parece. A uno, que es un antiguo además de un tipo avinagrado, siempre le pareció un exceso que El Corte Inglés nos sacudiera el primer navideñazo en los morros nada más comenzar diciembre, pero esto de tener las calles llenas de espumillón cuando aún no se han marchitado las flores de Difuntos a uno le parece demasiado. Ya se sabe: el muerto al hoyo y el vivo al mazapán. Como la Navidad siga adelantando su temporada de celo, ya no habrá hueco en la repostería otoñal para los exquisitos huesos de santo, ni siquiera para escribir la carta a los Magos. Habrá que enviarles un sms o un guasap, que sale más barato. Con esta vertiginosa sucesión de las fiestas y las estaciones, con esta precipitación casi sodomita de un puente tras otro, de una festividad y la siguiente, pasaremos de los vasos de leche helada al turrón de Alicante y las lunes de Navidad quedarán ya colgadas para el Antroxu. Todo será vertiginoso, sin estaciones intermedias. Así están las cosas en este Gijón eternamente adornado  aunque, pensándolo bien, tiene su lógica este despliegue precoz de iconografía almibarada. Es la continuación normal de un estatus de villa decorativa. Vivimos en una ciudad en la que casi todo es de cartón piedra. Esto es Forolandia, ciudad de atrezzo y fantasía con un gobierno  de adorno y una oposición de brillantina, incapaz el primero de arreglar nada e impotentes los segundos de demostrarlo. Concejales de exposición que acuden cada día montar sus belenes municipales, a esperar en el pesebre el aguinaldo de los ciudadanos y a mantener la apariencia de arcángeles que anuncian a las ovejas (los pastores se han ido a Alemania) alguna falsa buena nueva con la que calentar el estómago. La continuación normal de esta inercia es colocar los colgantes navideños a mitad de noviembre, a ver si así nos entretenemos y pensamos que el año se acaba antes.

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