Mierda

Desear un feliz año nuevo es un riesgo. Desear a la gente que tenga un feliz año puede parecer un insulto si se tiene en cuenta que llevamos haciendo lo mismo durante las últimas cinco nochesviejas y que nuestros deseos de las uvas se han alejado cada vez más de la realidad. Cuanta más felicidad propia y ajena deseábamos, peor se portaba el tiempo en los 365 días siguientes. Un desastre. Los antiguos usaban una fórmula cada vez menos empleada: “feliz entrada y salida de año”. A mi siempre me ha parecido una manera prudente de expresar buenos deseos a la gente, aunque con mucho tiento, sin marcarse demasiado, ya que nuestra buena voluntad para con el prójimo empieza con la primera uva y termina con la última, justo lo que es la entrada y la salida del año, sin meternos en más dibujos. O sea que viene a ser lo mismo que desear “no te atragantes con las uvas, chato y que sea lo que Dios quiera”, ya que lo que suceda de ahí en adelante durante los doce meses restantes es algo que supera con mucho nuestras posibilidades de intervención. Tal como están las cosas, con la enorme lista de personas que conocemos dispuestas a desgraciar nuestra vida de enero a diciembre, y demostrada nuestra incapacidad para atraer felicidad en las últimas celebraciones de fin de año, no conviene esperar del año nuevo más clemencia que la que se da en el lapso de tiempo que duran las doce campanadas. Uno solo se atreve a desear felicidad durante esa tregua de apenas un minuto. Los tiempos se han puesto muy complicados hasta para los adivinos profesionales del futuro. No digo nada para nosotros, unos aficionados con algo de buena voluntad que no somos capaces de entender ni el recibo de la luz, que estamos empezando a no entender ni el pasado y que vivimos agobiados por el presente. Los actores han solucionado el problema de no meterse en jardines con los buenos deseos. Dicen “mucha mierda” antes de iniciar una función. Se supone que se desean mucha suerte aunque lo hacen con malas palabras, como para disimular y no tentar a la suerte con excesos de optimismo. Desear el bien en tiempos de tanto mal es un deporte de riesgo que termina por pasar factura con unos índices de frustración más dañinos que los del colesterol. Yo optaré este año por desearle a todo el mundo “mucha mierda”. A ver lo que pasa.

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