Obama

Hubo una vez en la que el presidente de Estados Unidos tenía las ideas tan claras y las manos tan limpias y blancas, que todos quisimos ser negros. Obama era el ideal de la democracia capitalista que se llevó a la cabaña del tío Tom a toda suerte de desheredados de la pasión política, incluyendo a socialistas zapateristas que pensaron seriamente en obligar a José Luis a tomar rayos uva para oscurecer su lechosa piel, y hacer así más redonda la famosa alineación planetaria de líderes que vaticinó la caucásica Leire Pajín. Obama se presentó como el modelo de la honradez, la utopía y la transparencia, pero los años nos han mostrado que la única transparencia que buscaba el señor presidente era la de nuestras cuentas de Facebook, Twitter y correo electrónico, conocer nuestros más ocultos pensamientos, palabras, obras y omisiones. Para que luego hablen de los que se bajan películas por la cara. Obama lo hace todo por patriotismo, claro que sí, pero resulta que en este país nos echamos a temblar cada vez que alguien empieza a presumir de patriota. Ahora ya no hace falta que unos tipos con petos del FBI llamen a tu puerta a las cinco de la mañana para llevarte en pijama al cuarto oscuro; entran por el ancho de banda como si fuera el rancho en el que marcan el ganado cada año. Ya me parecía a mí que detrás de tanta bondad, tanto compromiso y tanto buen rollo institucional con banda sonora de espirituales negros, acabaríamos por descubrir tomates en el calcetín y caspa escondida. Lo único que cualquier poder tiene interés en lavar más blanco son sus propios trapos sucios, y si para eso tiene que traficar con datos en negro, robados mediante un sutil pirateo informático, da lo mismo que el gato sea blanco o negro, lo que importa es que cace ratones. Obama debería hacer algo por blanquear su oscurecida imagen porque ya no es el negro que tenía el alma blanca.

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