Hija

Para apreciar en toda su extensión la necesidad de que siga habiendo un Día Internacional de la Mujer solo tengo que mirar a mi hija de 16 años y pensar luego en Ruiz Gallardón. La bella y la bestia. Con ese contraste tan brutal en la cabeza no hace falta dárselas de hombre feminista para entender que a las mujeres les queda mucho que luchar. En términos de evolución social y de lógica, mi hija pertenece a una generación de mujeres llamada a avanzar, a conquistar metas de independencia, de autoestima y de libertad muy superiores a las de su madre y su abuela. Mi hija desconoce el sentido de la palabra patriarcado porque a los 16 años no cabe en cabeza alguna un mundo en el que sexo forme parte del currículum o de los méritos profesionales. A los 16 se espera tener todo el mundo por delante porque es lo que toca, porque es el momento de pensarlo con fe ciega, porque no hay fuerza de la naturaleza capaz de convencer de lo contrario a alguien que tiene la libertad como su único patrimonio. Lo que mi hija no sabe es que hay una parte de su vida, una parte de enorme importancia, en la que su capacidad de decisión esta siendo coartada.

Lo que no sabe mi hija es que, por ser mujer, hay unas leyes que la consideran inestable, menor de edad mental perpetua, un ser poco digno de confianza si de lo que se trata es de decidir sobre su propio cuerpo. Y lo que tampoco sabe mi hija, tan orgullosa de ser mujer, tan encantada de serlo, es que un tipo llamado Gallardón ya ha decidido por ella algunas cosas tan vitales como sí debe o no ser madre. Y el problema es que Gallardón y quienes le alientan jamás se preocuparán por conocer la opinión de esta generación de mujeres, la generación que aspira a tener en sus manos el futuro de muchas cosas importantes que aún están por llegar. Gallardón ha manipulado la vida de mi hija con el mismo desprecio que el vigilante de una cuerda de presos tira de las cadenas para enseñar quien manda allí, porque bajo esa moralina babosa, trasnochada, machista y clerical se esconden muchas más cosas, entre ellas, creo yo, la implícita justificación de la violencia de género. ¿Va a defender a mi hija de un agresor quien hace leyes del aborto que la convierten en una máquina de parir sin criterio, en un ser inferior en derechos? Quien pega e insulta a las mujeres también las consideran objetos, seres inferiores y manipulables. ¿Quien agrede a las mujeres con una ley abusiva piensa defenderlas de los abusos con otra ley? No me lo creo.

Pienso en la enorme ilusión de mi hija adolescente chocando contra la tremenda mezquindad de Gallardón y su tropa de piadosos machos intoxicados por un brebaje que mezcla el fanatismo, la injusticia y la prepotencia más montaraz. Pienso en los muchos días 8 de marzo que mi hija tendrá aún que vivir, entender y reivindicar para que su condición de mujer no se vuelva contra ella, para seguir empujando hasta tumbar y enterrar en el olvido el mundo que representan esos tipos con cara y alma de Gallardón.
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