Patrimonio

Las corridas de toros serán declaradas bien de interés cultural aunque la mayor parte de este presunto arte ancestral consista en convertir a un bello animal en carne picada. El interés cultural de un país tiene estas cosas: antepone la tradición y el folclore a la sangre de un bicho inocente. Puestos a reivindicar y proteger nuestro patrimonio cultural, habría que recordar que en pinturas rupestres de hace 15.000 años aparecen ya los toros, nunca los toreros, de manera que lo lógico y en interés a su antigüedad, sería declarar bienes de interés cultural a los miuras y los victorinos, no a sus ejecutores vestidos de sota de espadas con calcetines rosa. Además, si la tradición y la repetición de los hechos durante años es el criterio preferencial para que algo sea protegido por el Estado con la vitola de culto, no va a haber más remedio que declarar bienes de interés cultural la corrupción, el cohecho, la prevaricación, el fraude fiscal, la violencia de género, el paro, la pobreza y otras actividades que conforman la marca España al igual que la tauromaquia. Es más, hay muchas personas que, por repugnancia, rechazan ver una corrida de toros, pero que soportan a diario y de manera involuntaria los espectáculos cotidianos de mentiras, especulación y corrupción, paro y miserias que se ofrecen gratis en cada telediario. No hace falta sacar una contrabarrera en Las Ventas para presenciar esta otra variante de la carnicería hispana, tan arraigada como los toros y más futuro. La tradición, lo que se ha hecho siempre, tiene en este país un peso esencial que es capaz de reforzar cualquier barbaridad con tal de que sea practicada de forma contumaz y sin asomo de arrepentimiento. En ese punto, un matarife de toros o un especulador bancario pasan a tener tanto valor cultural como el románico o las Meninas.

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