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Últimamente he escuchado decir que Benedetti fue un poeta simplón y fácil, como de marujas, y que Spielberg es un director de cine pelmazo. No me atrevo a preguntar nada acerca de Machado, Juan Ramon, Mozart o Beethoven, de Serrat, de Aznavour o Javier Krahe por sí me dicen eso tan repetido de que son artistas sobrevalorados, o sobrevalorados a secas ya que es posible que para esta fecha hayan dejado de ser artistas. Puede que esta misma escuela de pensamiento opine que Velázquez no tiene sentido después de inverntarse la Polaroid, que un curso acelerado de Fotoshop permite ser Warhol o Picasso, o que los debates de La Clave de Balbin han sido superados con creces por la finura de las tertulias de la sexta donde los invitados llaman gordas a las mujeres que les llevan la contraria. En el mundo de los 146 caracteres cualquiera puede ser cualquier cosa, y todo lo que supera la simpleza de dos frases sin acentos, puntos y comas empieza a ser tenido por sobrevalorado, antiguo o gastado y termina por ser enterrado bajo densas capas de ignorancia, indiferencia, simpleza o caspa. Ya sé que esto no es culpa de nadie, que son cosas que pasan, que las ciencias adelantan que es una barbaridad, y que uno debe adaptarse a la evolución o quedarse en el árbol comiendo plátanos. Uno se entera de que se hace mayor cuando se queda perplejo ante más cosas cada vez y no tiene bastante con 146 letras para explicar su desconcierto.

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