Desahuciado

Todavía conservo mi casa, pero me siento desahuciado de mis principios. Los he colocado voluntariamente a la puerta de mi casa, como en un rastro, y los voy malvendiendo por lo que me den, para que no me quiten la madriguera. Desahuciarlo a uno de sus principios es una fabulosa y contundente manera de hacer que uno se sienta débil y al albur de la corriente, amedrentado y dispuesto a hacer lo que sea con tal de salvar los muebles. Viene esto a cuento de anunciarles que mañana no me pondré en huelga. No lo haré porque me sale muy caro y, añado que,  puesto a elegir entre tener en números rojos mi cuenta corriente o mi conciencia, me avengo a lo segundo. Uno se siente desahuciado de sus principios cuando tiene que tomar decisiones de este calibre. Y uno odia entonces de manera especial su pactismo personal constante, su temor reverencial a sacar los pies del tiesto, el miedo que guarda la viña y la nómina y que, finalmente, servirá de muy poco porque ya todos somos pasto de los bancos y de la reforma laboral. El “carpe diem” (vive el momento) que alentó las más bellas revoluciones y utopías, se ha dado ahora la vuelta de manera grosera para convertirse en un “carpe diem” conservador, amarreta y tacaño que nos susurra al oído de los cobardes: “agárrate a lo que puedas para sobrevivir un día más. Mañana ya encontrarás otro resto de algún naufragio para flotar otro rato”. Los desahucios de los bancos se llevan por delante vidas y casas, sueños, proyectos y familias, pero también han abierto la puerta a la expropiación salvaje de los pocos principios, ilusiones o convicciones que uno pensaba conservar aún a estas alturas. El miedo ha ganado más enteros que la prima de riesgo y uno entrega su alma y sus utopías en una suerte de dación en pago que le convierte en un ser humano gris, confundido en el hormiguero conservador que recela de las cigarras bocazas y poco previsoras. Si por lo menos uno pudiera vender el alma al diablo por un buen precio tendría sobre su cabeza el halo romántico de un héroe. Vender el alma al diablo es mejor que sentirse desahuciado de su propia forma de ver la vida por unos tipos a los que no conoce de nada y a quienes la traición a sus principios (si alguna vez los tuvieron) ha salido mucho más rentable que a un servidor, traidor a la causa por treinta monedas de chocolate. Y cuando después de confesar estas cosas una vuelve a mirar en su interior ve que conserva la casa, pero cada vez es menos acogedora.

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